El pueblo entretenido…

El Toro de Osborne en tiempos de crisis.

El Toro de Osborne en tiempos de crisis.

 

Mira, paisano, hace unas décadas cuando aún pervivía en mís años adolescentes la vocación de científico empedernido y releía el Mundo Feliz de Huxley, creía  –ingenuo de mí— que cuando llegaran los tiempos que hoy vivimos, la sociedad del ocio haría de nosotros unos ciudadanos libres del país de la curiosidad insaciable, instalados en la contemplación de la holganza infinita. Lo más duro del trabajo –nos hicieron creer entonces– sería hecho por máquinas silenciosas que nos permitirían, entre otras muchas cosas, leer sin agobios textos tan bellos como los Cuentos de Ise, en los que el principe japonés Ariwara Harihira filosofa sobre el imparable paso arrollador del tiempo:

“La luna no es la misma,

la primavera no es ya

la primavera de ayer.

Solamente yo no cambie.”

Pero la realidad de esta malograda sociedad del ocio en la que cada vez se nos priva más de la libertad de elegir cómo queremos destrozar nuestro tiempo, no es otra que comprobar fehacientemente cómo las libertades que nos son reconocidas en la  solemnidad de los papeles oficiales, cada vez son más descafeinadas. Libertades de atrezzo, paisano, a las que les chorrea la pringue de la parafernalia teatrera. Ya se lo oí decir al nobel Saramago hace un par de años: “La democracia, como la vivimos nosotros, es una falacia. El mundo está gobernado por las finanzas y no elegimos, precisamente, a los financieros“.

Hoy en día los políticos del liberalismo feroz y los financieros de la globalización económica se han repartidos los papeles en esta farsa. Los primeros, destrozan los esquemas de la sociedad del trabajo permitiendo la basura laboral en los sectores económicos más rentables en favor de los segundos. Mientras, los financieros, rentabilizan los mitos pacotilleros de usar y tirar. Y entre ambos se reparten los dividendos de la democracia virtual.

Aquella imagen del Che Guevara, con boina y barba revolucionaria, que en otros tiempos  era paradigma y bandera del “pueblo unido jamás será vencido”, la sociedad del ocio adormidera la comercializa hoy junto a las camisetas de los chicos de  La Roja, las bufandas de la selección de fútbol, o las fotografías de los protagonistas del culebrón de turno televisivo. Tal vez porque nunca nos dijeron que el gran secreto de la sociedad del ocio que nos han diseñado es que: “El pueblo unido puede ser vencido… si se le mantiene entretenido”.

            El poeta griego Eurípides, un heterodoxo austero de hace veinticinco siglos que hacía hablar a los dioses del Olimpo en sus obras de teatro como si se tratara gente de la calle, llegó a decir en un rapto de sinceridad tabernaria que “donde no hay vino, no hay amor.” Tal vez habría que buscar en esta afirmación la razón última por la que Jesucristo, antes de ser entregado para su pasión y muerte, se reuniera con sus más allegados y después de llenarles las copas de vino siguiendo el ritual hebreo del Hallel, hiciera el brindis más grande que jamás haya conocido la Historia: “para que os améis los unos a los otros”.

            Sin lugar a dudas Marañón, el médico filósofo, tenía razón cuando afirmaba que todas las enfermedades –y el desamor es una grave dolencia— se reducen a una sola: la tristeza de vivir. “Vivir en el fondo –decía— no es usar la vida, sino defenderse de la vida, que nos va matando; y de aquí su tristeza inevitable, que olvidamos mientras podemos, pero que está siempre alerta. La eficacia del vino en esta lucha contra el tedio es incalculable”. El gallego universal de la pluma y los fogones Álvaro Cunqueiro, por su parte,  no se quedó corto cuando este asunto de gastrosofía lo llevó hasta los confines de la otra vida: “Sin vino no hay cocina, y sin cocina no hay salvación ni este mundo ni el otro”, tal vez porque cocinar, que es el supremo arte de la paciencia, sea un acto intrínseco de amor que requiere  que cada fracción de tiempo sea querida en sí misma, es decir, dejando que la vida  se vaya haciendo a su amor.

            Bien sabes, paisano, tú que aprendiste a pie de mostrador tabernario aquello de que el vino es la parte intelectual de la comida, que con mala uva no sólo no se hacen buenos vinos, sino que se malogran también muchos platos. En definitiva, paisano, la mala leche en la cocina como el desamor en la vida, sólo sirven para hacer yogur y gente desgraciada, respectivamente.

(@suarezgallego)

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