El culto a la diosa fortuna

ante la administración de loterias

Mira, paisano, el otro día les comentaba a mis contertulios el Caliche y Cantaorejas, que los esfuerzos realizados por el ser humano para paliar los duros efectos de todos los males que últimamente están pasando en el mundo, y de forma más preocupante en nuestro país, podrían resumirse en una máxima de gramática parda que ya sabían nuestros abuelos: “Las penas con pan son menos”. Siendo por ello por lo que cuando uno toma conciencia de que es un desheredado social y un descamisado al más puro estilo libertario, lo primero que hace, paisano, es asaltar un supermercado y llenar un carro de la compra con garbanzos, avíos para el puchero y cartones de leche.

Hedonismo puro, en definitiva, paisano, para paliar la resignación con la que nos han enseñado a asumir que a esta vida hemos venido a sufrir y a penar; y para pasarlo bien ya tendremos una eternidad en la otra vida donde desquitarnos de lo lindo.

Pese a ello, y por si las moscas, la mayoría de las veces desoímos la voz de la piadosa resignación y tratamos, cada vez que podemos, que el paraíso prometido se nos haga realidad en este “valle de lágrimas”, sin necesidad de tener que esperar a la otra vida –que dicho sea de paso nos llegue cuanto más tarde mejor–. Tal vez ahí resida la explicación de porqué en estos tiempos encontramos más gente haciendo cola ante las administraciones de lotería para comprar décimos para el sábado, para el jueves, bonolotos, “euromillones” y “primitivas” con bote, que ante las puertas de las iglesias para encomendarse a Dios y pedirle favores.

Hemos hecho del Organismo Nacional de Loterías un dios oficial a quien encomendamos nuestras frustraciones cotidianas, después de que cada Navidad nos haga creer que con sólo soplar burbujas –incluida la inmobiliaria antes de reventar– podemos hacer realidad nuestros sueños.

A la vista de los hechos, por contradictorio que nos parezca, no hay mayor maldición que se le pueda desear al peor de los enemigos que aquella de: “Permita Dios que se te hagan realidad tus sueños”, porque casi siempre, una vez que se han logrado, acabamos siendo esclavos de ellos. Bien que nos lo explicaba con su peculiar soniquete de maestra y poeta Gloria Fuertes cuando nos decía que ella había conocido gente tan pobre que sólo tenía dinero.

No obstante, paisano, hace tiempo que, como una vacuna moral y de autoestima, me aprendí la milonga del recordado gaucho Facundo Cabral: “Pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy”, la cual tatareo a modo de terapia mientras espero mi turno ante los santuarios de la suerte los lunes por la tarde, o cada vez cuando frente al televisor desde los telediarios nos dicen que yo no sé quién nos va a rescatar, sin que nunca se nos diga ni de quiénes ni de qué.

A los pobres, paisano, por lo visto, sólo nos quiere la suerte. Lo que pasa es que la “joía” se hace mucho rogar y se reparte muy mal. Por lo visto a la diosa Fortuna no se la busca, si le caes en gracia te suele encontrar ella.

Los cuatro puntos cardinales del Linares tabernario

A mueca la azumbre, Arturo Cerdá y Rico, Don Lope

A mueca la azumbre. Fotografía de Arturo Cerda y Rico. (1906) Publicada en Revista Don Lope de Sosa.

 

Memorias de Tabertulia: Andanzas y pitanzas del prior de la Cuchara de Palo.

 

Linares Tabernario

Linares limita al norte

con la taranta,

al sur con un suspiro,

al levante con los toros,

y al poniente con el vino.

 

Y en cada taberna tiene

un balcón a un precipicio,

donde vuelan las palabras

como sueños de chiquillo,

en el que los poetas sueltan

las palomas de sus versos,

y los grajos de sus gritos:

 

¡Oiga, señor!

¡Que no se prohíba el cante!

-y disculpe usted si chillo-

¡Que le perdonen la vida

al bueno del gusanillo,

ese que matan al alba

los que ahogan su extravío!

¡Que en esta tierra bebemos

sólo el corazón del vino,

ese que en el aire suena

más que el ruido del martillo

robándole a los barrenos

la gloria de su estallido!

 

José  María  Suárez Gallego

Medievo siglo XXI

matalla medieval 2

No soy el único a quien se le ponen los pelos como escarpias cada vez que se topa con alguien que se arroga el privilegio de hablar en nombre de Dios, porque la mayoría de las veces, tras esta sutil prerrogativa de los que se atreven a interpretar los deseos divinos, acaban escondiéndose sutiles pretextos para justificar intereses económicos –algunos inconfesables–, ambiciones de poder –muchas insaciables–, y personalísimas soberbias –con bastante “santa ira” –.

Uno, que ya cuenta en su haber con acantilados y precipicios en los que rugen los desencantos y aúllan los espantos, ha conocido a sesudos ateos que de tanto negar a Dios han acabado creyendo en él, y a “piadosos” creyentes que portaban con la misma desfachatez hipócrita la cruz en el pecho que el diablo en los hechos.

Los estudiosos de los fenómenos religiosos nos cuentan que allá por el siglo XVIII –al que llamaron de las luces– la Cristiandad pasó el “sarampión de la Ilustración”. Esto es, en plan simplista, que la vara de rey –o de alcalde–, y el báculo de papa –o de obispo–, dejó de estar en una única mano, comenzándose a vislumbrar si el mandamás civil lo es por la gracia de Dios, o si Dios existe, o deja de existir, porque lo diga el mandamás. Este sarampión histórico del reparto de poderes cívico-religiosos aún no lo ha pasado, por ejemplo, el mundo islámico, y ahí está el guirigay que tienen montado algunos “ayatolás” gobernantes al mezclar ingredientes socialmente tan incendiarios como la guerra santa, el paraíso de los mártires y el precio del petróleo.

El rifirrafe que hubo hace unos años sobre la asignatura de Educación para la Ciudadanía, aún no resuelto hasta que se acometa seriamente una reforma de la educación con altura de miras y sin calderilla partidista, iba un poco por esa línea, por el sempiterno tira y afloja entre el poder civil y el religioso a la hora de adiestrar, formar, instruir, disciplinar, educar o amaestrar a una juventud que cada vez muestra menos interés por los paraísos prometidos, y cada vez le cuesta más hacerse un hueco en esta jungla social llena de falsos tarzanes y maquilladores fanáticos de monas Chitas. Tanto al fenómeno religioso, como a las ideologías políticas, se les está quedando obsoleto y caduco el marketing con el que quieren hacernos llegar sus mensajes.

En definitiva, eso de que “la verdad nos hace libres” no está reñido en absoluto con que “la libertad nos hace verdaderos”. Por mucho pánico que a algunos les de que los más jóvenes lo descubran y lo sufran en sus propias carnes y en sus propias almas.

Tal y como van las cosas, de momento, “la verdad nos hace indiferentes”, y “la libertad nos convierte en cabreados”. La falta de imaginación de la que han hecho gala los ideólogos de la globalización es manifiesta: Muerto el comunismo, el capitalismo nos ha devuelto al Medievo, a la secular lucha de moros contra cristianos, desde siempre muy bien rentabilizada por los que dicen hablar y actuar en nombre de Dios.

 

batalla medieval

Elogio del chivo expiatorio

chivo expiatorio de Efe Suarez

Chivo expiatorio. Ilustración de Efe Suárez-

 

Le he leído a Gabriel García Márquez que el ser humano no nace definitivamente el día que su madre lo alumbra, sino que se ve obligado a parirse a sí mismo una y otra vez a lo largo de su existencia.

Estos “autopartos” coinciden con épocas cruciales de la vida. Así, a los “veintipocos” años uno está dispuesto a “comerse el mundo”. A los “treintayalgo” ya sabe de sobra qué mundo se ha de engullir. Llegados los “cuarentaymuchos” hace lo indecible para que el mundo elegido no se le indigeste. Y a los “cincuentaypico” trata por todos los medios de esquivar los vómitos de los mundos atragantados de los demás. A los sesenta y cinco, según he visto en mi contertulio el Caliche, felizmente jubilado ya, se vive para paladear lo poco que nos han ido dejando del mundo que un día pretendimos comernos.

Esta trayectoria vital se refleja en el concepto que se va teniendo de la amistad según nos vamos pariendo. Hasta los treinta años estamos convencidos de que el mejor amigo del hombre es el perro; a los cuarenta y tantos, cuando ya tenemos hijos e hijas en edad de que lo saquen a pasear, descubrimos que el mejor amigo del hombre es en realidad el jamón –el ibérico partido en lonchas finas, a ser posible–. Pasado ya el ecuador de los cincuenta, uno descubre, cuando intenta sobrevivir en el mundo de los demás, que el verdadero amigo del hombre no es otro que el chivo expiatorio. Esto es: el que se come los marrones de  la incompetencia ajena; el que inmolamos para tapar las vergüenzas colectivas; ese que se sacrifica ante la cobardía de no hacernos el harakiri para purgar nuestras íntimas culpas.

En tiempos de crisis asistimos atónitos al espectáculo de ver cómo los que se han arrogado el mérito de haber engordado las vacas de los tiempos de la opulencia, son los primeros ahora en buscar chivos expiatorios y “comemarrones” que paguen por haberlas esquilmado con el forraje que ellos mismos envenenaron.

Por lo visto, escasa vez coinciden en una misma persona los que se comen el jamón, los que se comen los marrones, y los que son mordidos por los perros de esta puta crisis.

El Reino de Trinconia

 

El Reino de Trinconia

(Publicado en Diario Jaén el viernes 28 de julio de 2017)

Mientras que a Francia se la identifica popularmente con la literatura de los ilustrados del siglo XVIII, a Italia con el Renacimiento, a Inglaterra con los escritores victorianos, y a Alemania con sus filósofos y pensadores, la literatura que nos representa a España ante los ojos del resto de Europa, y del mundo entero, es la de la picaresca y los bandoleros. Miguel de Cervantes nos perfiló a don Quijote y su fiel escudero Sancho como los arquetipos de las dos obsesiones que han inquietado secularmente a los españoles: El cómo cubrirse de gloria sea como sea, y, sobre todo, el cómo llenar la andorga cada día sea como sea. La gloria del “ser” y el hambre del “tener”, caiga quien caiga y al precio que sea, que ya, como siempre, pagará el más tonto o el más honrado, y el que venga detrás que arree.

Todos los personajes del Lazarillo de Tormes, Rinconete y Cortadillo, el Buscón, el Licenciado Vidriera, Guzmán de Alfarache y tantos otros, son ciudadanos de una misma patria, súbditos del Reino de Trinconia, en el que no hay nada más que dos estirpes, las mismas que el bueno de Sancho Panza pone en boca de una de sus abuelas al final del capítulo de las Bodas de Camacho: “Dos linajes solos hay en el mundo, […] que son el tener y el no tener”.

La cuarta acepción de la segunda voz del verbo transitivo “trincar” en el diccionario de la Real Academia Española es: robar, tomar para sí o hurtar. El Reino de Trinconia es pues el país en el que el robo está interiorizado de forma endémica. En el país de Trinconia se tiene asumido que el que no roba es porque es tonto o más bueno que el pan. Su moneda oficial es el eufemismo, porque éste es el capote dialéctico con el que toreamos las palabras y descabellamos los conceptos que ellas albergan. Los capotes, como los eufemismos, tienen mucho de mentira disimulada, de impostura, porque con los primeros ponemos la bravura del toro al alcance de la puya del picador para desgastarle su fiereza, y con los segundos le arrebatamos a las palabras lo que de fieras y puyazo tienen. Los eufemismos han tratado siempre en el Reino de Trinconia de ponerle el disfraz de “políticamente correcto” a las actuaciones incorrectas de los políticos y sus adláteres. No es justo decir que “los políticos son unos sinvergüenzas”, más bien habría que decir en honor a la verdad “que hay muchos sinvergüenzas metidos a políticos”, o a directivos de estamentos pseudo oficiales como las federaciones deportivas y otros patios de Monipodio y cuevas de Ali Babá.

Llamarle a la suegra madre política es un ejemplo de lo que suele hacer un eufemismo sin piedad alguna. No es la palabra suegra la que se percibe como deterioro del sagrado concepto de madre, sino es el de política quien parece envilecerla. Llamarles daños colaterales a las víctimas civiles de una guerra, o regulación de empleo a un despido masivo, tienen los mismos fundamentos y amparan los mismos argumentos que llamarles suavemente “hijos de mala madre” a los “hijos de puta” que han dado lugar a ello.

La gastronomía es fuente de “sabrosos” eufemismos, regalándonos algunos muy curiosos y de plena actualidad. Así, quien nos aburre con su discurso es un “pestiño”; quien se traga sin rechistar los argumentos de un discurso político es un “come talegas”; quien pese a todo sigue apoyando reiteradamente  a quien lo engaña, es un “papa frita”; quien  justifica como bueno y necesario lo que hace quien lo está engañando es un “mendrugo”; el ladrón que se lleva lo que no es un suyo es un “chorizo”; quien se va dejándonos su deuda, lo ha hecho endiñándonos una “cebolla”, y más que privarlo de libertad hay que “meterlo en el talego” para que no siga ”aliñándonos las cuentas” con las que nos da “gato por liebre”.

Dame pan y dime tonto, parecen decir algunos en este Reino de Trinconia pese a que “ser más bueno que el pan” sea el eufemismo más castizo de tonto.  Muchos ya no pueden ni ganarse el pan porque otros no han dejado de untarse con la manteca de la corrupción. Ya lo decía Voltaire: “Entre lobos, conviene aullar de vez en cuando”. ¡No hay más solución que darle la vuelta a la tortilla!

La metamorfosis del domador de moscas

Lion_Tamer_by_suiSIDIUS

El domador. Ilustración de suiSIDIUS

Me dice mi amigo el Caliche, contertulio del verano y demás fiestas de guardar, que quién más o quién menos alberga entre sus ambiciones más íntimas el deseo de, látigo en mano, poder doblegar leones  allí dónde a uno lo vean. No faltan los que aspiran a más y no se conforman con asustar a cuatro gatos melenudos –por muy leones que parezcan–, sino que sueñan con dominar fieras corrupias, y, llegado el caso, hasta  acogotar en público dragones de mil demonios.  El afán desmedido de notoriedad tiene su intríngulis.

Derribar al que brilla y amedrentar  al poderoso, es el deseo irreprimible del que creyéndose tener el látigo mágico de someter bichos feroces, pero no la pericia de utilizarlo con maestría, ni, por supuesto, el valor de meterse en la jaula con las fieras, ha de conformarse con ser el domador de las moscas que el león espanta con su cola. El hecho es, según parece, tener un motivo para adornarse con los entorchados propios del circo, y así disimular el patetismo de su vanidad desnuda.

El domador de moscas cuando toma conciencia de sus  miedos y sus limitaciones  trata de imitar al que brilla y adular al poderoso. Envidia a las libélulas por los destellos luminosos de sus alas cuando vuelan, y respeta a los leones cuando al rugir muestran los puñales de sus colmillos. Pero no pierde oportunidad de exhibir su nombre y sus proezas con letras bien grandes en los carteles de su particular circo: “Fulanito de Tal, experto domador de moscas”.  La autocomplacencia en sus delirios de grandeza lo llevan a proclamarse a si mismo mariscal de todos los domadores de moscas, para lo cual no renuncia a utilizar en  beneficio propio el buen nombres, las hazañas y las proezas, de auténticos domadores de leones, de reconocido prestigio y sobrada valentía.

Un día descubre que las moscas no admiten más sumisión que su genética adicción a la mierda ajena. Es entonces cuando decide convertirse con urgencia en una mosca cojonera, que acabará siendo abatida indefectiblemente por la cola de un viejo y displicente león.