Juanito el barbero de Linares, (in memoriam)

Juan Argudo (el segundo por la derecha) con el maestro Antonio Ordoñez y el premio Nobel de Literatura Ernest Hemingway, en la plaza de toros de Linares.

Me contaba Juan Argudo, el barbero de Linares, a quien el universal maestro de la guitarra Andrés Segovia le dio el honroso titulo de “arquitecto de mi cabeza” por ser su peluquero, que el insigne concertista compartió en Madrid durante sus años mozos una tertulia a la que acudían entre otros el poeta Federico García Lorca, el pintor Salvador Dalí, el poeta y pintor Rafael Alberti y el director de cine Luis Buñuel, cuando éste último, en la Residencia de Estudiantes, fundó el primer cine-club de España, allá por el comienzo de los años veinte del pasado siglo XX. De ellos, el que no era perito en lunas, como habría de decir el poeta Miguel Hernández, lo era en estrellas, pero todos fueron diestros en atrapar el tiempo, que no en vano a Dalí se le derretían los relojes en sus pinceles. Tan ilustre tertulia recibió el nombre de “Malditas sean las prisas”.

Una vez al mes acudía, sin prisas, al sillón de su barbería, junto al cual llevaba Juan Argudo desde los ocho años, precisamente desde cuando su padre, ante la alternativa de mandarlo como “niño de carga” a los terreros de las minas, como tantos niños mineros de la posguerra, prefirió que fuera aprendiz con un sacamuelas de la céntrica calle de Los Riscos, pensando que al menos allí encontraría un techo para la lluvia del invierno y una sombra para el sol terrible de los verano del sur. Más de cincuenta años llevaba Juanito -que, además de barbero, fue en otros tiempos un novillero valiente- siendo el arquitecto de las cabezas de Linares y de casi todos los toreros que por ella han pasado

No fue casualidad que a la primera corrida a la que lo llevara su padre fuera aquel 28 de agosto de 1947 cuando el toro “Islero” mató en Linares a Manolete. Pero no es ese hecho el que se le quedó grabado a aquel Juanito que escasamente contaba con diez años de edad, sino el avión que, volando muy bajo por un cielo plagado de las chimeneas de las minas, revolucionó a las gentes al día siguiente de aquella tragedia taurina. Más de medio siglo llevaba Juan Argudo entre la barbería de las Ocho puertas y la del Lugarillo hablando de toros y toreros, de las muchas anécdotas que a tantos linarenses les han acontecido, de aquellos tiempos cuando Linares tenía una sucursal de Bando del España, y de cuando los tranvías -que entonces eran el progreso- se cruzaban con los arrieros y sus recuas de borricos que venían por las tardes de Sierra Morena con cargas de leña, jaras y lentiscos, el ramón para que ardiera en los hornos de las tahonas linarenses. Y en aquellos años difíciles, entre la leña, venía de estraperlo la carne de gabato o de ciervo viejo en adobo que los furtivos le ganaban a la sierra mientras musitaban por lo “bajini”: “Carne pal hambre ganá con el sudó del hambre”

Yo no sé si habrá una medalla para los que le ganaron la partida al tiempo entre tijeretazo y tijeretazo, y vaivenes de la navaja barbera en el cuero. Yo no sé si con una hojalata de colores podrán pagarse más de cincuenta años de tertulia y de historia a pie de acera, pero por si así fuera, yo la pedí para Juanito Argudo. Aunque la foto junto a Ernest Hemingway y Antonio Ordóñez en el callejón de la plaza torera de Linares -el albero de Santa Margarita- bien pueden valer todas las hojalatas en las que las humanas vanidades sacian sus efímeras glorias. 

Ya no tiene Linares tranvías, ni sucursal del Banco de España, ni arrieros con los que cruzarse ni, afortunadamente, “niños de carga” en los terreros de las minas, pero sigue viniendo la carne de monte en adobo desde Sierra Morena, y Juanito, el barbero, seguía recordando anécdotas como ésta: “Estando próximo a cumplir el maestro de la guitarra don Andrés Segovia los noventa años vino a Linares y, como siempre, fue a visitar el santuario de la Patrona, Nuestra Señora de Linarejos. Tomás Reyes Godoy, quien hubiera sido alcalde, médico y amigo suyo le dijo: “Andrés, pídele a la Virgen que te dé otros noventa años de vida”, y don Andrés, socarrón, le contestó: “¿Y quién eres tú para ponerle coto a la Virgen?”

Por algo dirían aquellos ilustres intelectuales de la Generación del 27 lo de “malditas sean las prisas”, pero Juan Argudo, en las tertulias, con todo el respeto, le ha llegado a corregir la plana hasta al mismísimo don Matías Prats: “Aquel toro de Domecq que indultaron se llamaba Pomposo, don Matías, Pomposo”. Y es que más de cincuenta años hurgando en el albero de las cabezas son un doctorado, de esos que da la vida en el aula magna de la calle, en el pupitre en el que se convierten los mostradores de las viejas tabernas del sur, aquellas donde aún se oyen al son de una guitarra las voces quebradas del tiempo recitando viejos versos

Linares limita al norte
con la taranta,
al sur con un suspiro,
al levante con los toros,
y al poniente con el vino. 

Y en cada taberna tiene
un balcón asomado a un precipicio,
donde vuelan las palabras
como sueños de chiquillo,
donde los poetas sueltan 
las palomas de sus versos,
y los grajos de sus gritos:

¡Oiga, señor!
¡Que no se prohíba el cante!
-y disculpe usted si chillo-

¡Que le perdonen la vida
al bueno del gusanillo!,
ese que matan al alba
los que ahogan su extravío.
Que en esta tierra bebemos
sólo el corazón del vino,
ese que en el aire suena
más que el ruido del martillo
robándole a los barrenos
la gloria de su estallido.

© José María Suárez Gallego

Alfonso Sánchez Herrera o el elogio de la alegría. (In memoriam)

Alfonso Sánchez Herrera, alcalde de Jaén durante los periodos  1989-1991 y 1995-1999

La última vez que coincidí con Alfonso Sánchez Herrera en un acto, fue en enero pasado con motivo del homenaje que Jaén Gastronómico le rindió al Restaurante Bagá por la distinción de la que había sido objeto con una Estrella Michelín. Hacía tiempo que no coincidíamos, sabía que estaba pasando por una enfermedad complicada, pero su ánimo, como siempre, era bueno.

Compartimos dos copas de vino tinto y una reflexión que le había hecho su médico: “Si tomarte un vino te hace feliz, tómatelo, que eso también cura”.

Salió a relucir la vena gastrosófica que siempre cultivábamos ambos cuando coincidíamos en las comidas de los eventos gastronómicos. Sacó a colación a García Márquez: “Morirse es lo peor que te puede pasar en la vida”, y por eso hay que seguir vivo, apostillaba Alfonso.  Y salió también Camilo José Cela: “Lo peor de la muerte es que después de ella nunca te vuelve a pasar nada”. Y Alfonso apostillaba aferrándose a la vida.

            No me unió a él ni un carnet de partido, ni una ideología política, ni intereses de otro tipo, sólo las aficiones gastronómicas y un fino sentido del humor para ejercer ambos como gastrósofos tabernarios. Ambos fuimos miembros por Jaén de las primeras Academias Andaluzas de Gastronomía y del Vino, y fue, allá por la primavera de 1998, el primer alcalde en ser investido Comendador de la Orden de la Cuchara de Palo, acto que tuvo lugar camino del castillo en el Horno de Salvador. Por ser cuaresma y fiel a su tradición no probó ni gota de vino. Después de aquello volvió a ser Comendador como presidente de la Cofradía de la Buena Mesa.

Que el sentido del humor es una manifestación palpable de la inteligencia emocional es algo que Alfonso Sánchez Herrera nos hacía llegar en todo momento.

Hace unos años hablando en la comida posterior a un jurado gastronómico me refería que los alcaldes y los cronistas oficiales somos “carne de callejero”, pero no éramos responsables de todo lo malo que podría ocurrir en una calle con nuestro nombre. Él me dijo que su nombre se lo habían puesto al recinto ferial, y que agradecía la deferencia porque allí nunca pondrían un tanatorio. Le dije que yo prefería más que un nombre de una calle, el de un pasodoble o el de un combinado para tomar en barra. Ambas circunstancias son alegres.

El próximo día 14, en el Capítulo 115 en Santa Elena, Despeñaperros, la Orden de la Cuchara de Palo te lo dedicaremos a ti, Alfonso. Ya está alguien trabajando para brindar por tu memoria con un combinado, con un “Sánchez Herrera” lleno de la alegría y la concordia que tú nos diste.

Lo del pasodoble se lo dejo a la excelente Banda Municipal de Jaén, que para eso fuiste su acalde y de los mejores.

Una última cosa Alfonso. Si allí donde has llegado ves al Comendador y amigo Diego Rojano, dale un fuerte abrazo de nuestra parte. ¡No es que os vayáis los mejores, es que nos vais dejando aquí a los regulares y similares!

¡Te recordaremos, comendador alcalde y amigo!

José María Suárez Gallego (Maestre prior de la Orden de los Caballeros de la Cuhara de Palo)

Académicos por Jaén de las Academias Andaluzas de Gastronomía y del Vino
De izquierda a derecha: José María Suárez Gallego, José Calabrús Lara, Francisco Javier Carazo Carazo, Alfonso Sánchez Herrera, Diego Rojano Ortega, y Guillermo Sena Medina.
Reunión en Jaén a comienzos del siglo XXI


Publicado en Diario Jaén el viernes 30 de agosto de 2019

Geranios y contables

La esencia última de la cultura común de los pueblos del Mediterráneo reside en la especial querencia que sus gentes le tienen a la calle. Es la plazuela, o la calleja íntima de un pueblo, o un barrio, el cuenco donde se subliman las esencias más puras de lo que somos, de lo que cada uno es como individuo o como colectivo. Las calles de la Malena en Jaén, del Albaicín en Granada, de Plakas en Atenas, los zocos de Estambul, o las callejuelas de Jerusalén, tienen en común la mágica simbiosis entre el viandante, los portales, la piedra, los zaguanes, la cal, los geranios, la albahaca y el ruido de la propia vida bullendo como la sangre.Es el paisanaje fundido en el paisaje, como si cada instante fuese el fin del mundo, y el instante siguiente la nueva creación. El eterno retorno después de no haber ido a ninguna parte esperando un saboraje.

No hay mayor crueldad, por tanto, para el paisanaje mediterráneo que encerrarlo entre las cuatro paredes de su propia casa, si no es para dormir, claro está, porque para vivir la vida en toda su extensión está la calle con sus múltiples facetas: la taberna, el cafetín, la tienda de barrio, la barbería, las casas de comidas económicas en las cercanías de la parada de autobuses pueblerinos, la puerta de la iglesia el domingo por la mañana mientras tañen las campanas, la llamada a la oración de la tarde desde el alminar de la mezquita, los rabinos recitando el Talmud en la inmensidad del sábado, la churrería sosegando urgentes mañanas de inciertos lunes, las noches de verano, ¡aquellas noches de verano dormitando en el fresco de la calle con el sabor al barro del botijo hecho un hilillo entre los labios! Aquellas noches de ambigú en el cine de verano, sillas de anea, gaseosa de limón, olor a hierbabuena y jazmín, y en el universo a medio hacer de la noche, Anna Magnani retornaba a la Roma de Rosellini. Nada mejor que las encíclicas en blanco y negro de los padres del cine neorrealista para meternos en las costuras del paisanaje mediterráneo y su especial querencia, su necesidad, de calle.

Desde que somos europeos de derecho, es decir, desde que Europa nos subvenciona el aceite de oliva a cambio de no poder pescar ni en las fuentes de nuestros pueblos, a cambio de arrancar las viñas, ¡aquellos pescaitos fritos con vino tinto de la costa mientras adivinábamos los ojos del horizonte! desde que somos hijos adoptivos de la Europa eslava, sajona y normanda, vamos perdiendo la calle como extensión de nuestras almas. Cada día que pasa, la puñetera crisis de convergencias macroeconóicas, nos va quitando un trozo de calle al caer la tarde. ¡Es inaceptable que los contables sigan dirigiendo el mundo!

Y al concluir la cena, ante la inquietud de no saber el color del futuro que nos habrá de amanecer mañana, nos abandonamos en los brazos del sillón de la salta sin más protagonista, ni más argumentos, para una efímera cabezada que comernos el mundo de canal en canal, el incierto mundo de los escasos quince metros cuadrados que rodean nuestro sillón y el televisor, intentando adivinarle al futuro el color que nos habrá de amanecer mañana.

Sin darnos cuenta nos hemos ido convirtiendo en carne de audiencia, las salitas de nuestras casas cada vez se parecen más al camarote de Groucho Marx. ¡Pronto, que nos devuelvan la calle! o acabaremos perdiendo también el pan con aceite y el geranio que al paisanaje mediterráneo nos brota en el costado del corazón con el primer llanto, nada más nacer. Ya nos lo dijo André Maurois: “Cuando las cosas no van bien, nada como cerrar los ojos y evocar una cosa bella“.

Aún no se ha derogado la “ley del trágala” y sigue vigente la “ley del Talión” del ojo por ojo, y la luz del dios de las tres culturas sigue iluminando a unos y cegando a otros. Al final, entre los duelos de los ciegos y los quebrantos  de los iluminados,  acabaremos todos tuertos, como ya nos avisó el mahatma Gandhi,  que por cierto era hindú.

Lo dicho, es inaceptable que los contables dirijan el mundo a través de quienes libremente los hemos elegido en las urnas, o acabaremos plantando geranios en ellas.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 23 de agosto de 2019

Moscas

Consubstanciales al verano, descaradamente voraces y vulgares, las moscas, como escribió don Antonio Machado –el profesor de Baeza–, en el sopor de la tarde siguen sin labrar como abejas ni brillar cual mariposas. Evocadoras, sí, de librotes cerrados de mecánica cuántica, cartas de amor – ¡qué tiempos aquellos cuando escribíamos nombres en el vaho, encaramados al último sorbo de corazón que nos quedaba por beber en el vaso largo de la noche! –, evocadoras de los párpados yertos que les florecían a las tardes muertas en las que invocábamos al dios de los palíndromos.

Decididamente y con urgencia hay que proclamar a la mosca cojonera como patrimonio vivo de la humanidad deshumanizada por su inestimable contribución a la evolución integral del ser humano. Sin ella, y sin los que la imitan, nuestra especie no hubiera desarrollado el sentido de la perseverancia y de la lucha sin cuartel, el “llega quien resiste” de las victorias íntimas. En el fondo, todos aspiramos a convertirnos en la mosca cojonera de nuestras moscas cojoneras, y esa metamorfosis hace que el inquieto mulo del destino siga dando corajudas coces en la cuadra de las conciencias. Impagables moscas que nos mantenéis despiertos y ligeros de equipaje a la sombra estéril de los vanidosos laureles.

© José María Suárez Gallego

Escupiendo a barlovento

Monumento “Barlovento” de César Manrique en Costa Martiánez – Lago Martiánez

Últimamente caigo en la cuenta de cómo ha aumentado el número de premios que se conceden en Jaén. Hoy en día no hay estamento, institución o ente privado o público que se precie, que no resista la tentación de elegir a sus “mejores”. “Júntate a los buenos y serás uno de ellos”, le decía como sabio consejo don Quijote a Sancho. Pero uno, puñetero empedernido, se pregunta: Si los premios se conceden a los mejores, y hay tantos premios, es un indicio claro de que contamos con muchos buenos. ¿Entonces por qué estamos dónde estamos y no despegamos nunca? O quienes conceden los premios no aciertan, o quienes los reciben no los merecen. Pero aquí da premios hasta el “tío de los globos”, ese que encabeza las procesiones de Semana Santa con el carrito de las chucherías.

El endémico victimismo que padecemos lo adornamos con que Jaén es una provincia que ha desmantelado su ferrocarril, y que mantiene para vergüenza ajena un tranvía oxidándose que nos ha costado lo que no tenemos. Ocupamos los últimos puestos en todo lo positivo, y los primeros en todo lo negativo. Tenemos el ayuntamiento más endeudado, y llevamos como un estigma que, de los diez municipios españoles con mayor tasa de desempleo, tres son de Jaén.

Recuerdo aquellos tiempos en los que cambié la trinchera del desencanto por el noble menester de ser corresponsal de barra tabernaria, más que de guerra de salón, en los que guardaba en el cajón de mi mesa un diario de vivencias —sempiternamente inédito— al que titulé “Escupiendo a barlovento”, y cuya dedicatoria decía así: “A mis amigos en el poder. Piadosamente”. Escupir a barlovento es la lección primera que ha de aprender todo grumete a la hora de embarcarse, ya sea por mera aventura lúdica, ya sea por el solo deseo de adentrarse en el mar tenebroso de las singladuras políticas. Escupir a contraviento, esquivando tu propio salivazo devuelto por la galerna, es la reválida que la universidad de la vida le hace pasar a todo aquel que lleva cumplida relación de todas las cosas que nos duelen desde hace tiempo en los cojones del alma.

¿Qué nos quedará por ver y padecer en este circo de payasos que dan más miedo que risa antes de que ejerzamos nuestro irrenunciable derecho al pataleo? Julián Marías escribió en 1963 su “España posible en tiempos de Carlos III”, reeditada en 1988 coincidiendo con el bicentenario de la muerte del “rey alcalde”. En tal libro nos da noticia de interesantes documentos sobre lo que le sucedió al todopoderoso y arrogante don Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, quien en la primavera de 1766, cabreado el pueblo por la subida del pan, fundamentalmente, y por la prohibición de usar las capas largas y los sombreros de ala ancha, como causa más folclórica, tuvo que poner los pies en polvorosa camino de Cartagena como medida precautoria para no perder el pescuezo por retorcimiento, que así le llama el pueblo llano a lo que sostiene la cabeza cuando el cabreo con sus gobernantes es muy grande. Valgan como botón de muestra las jácaras que el pueblo de Madrid dedicó al marqués de Esquilache en su huida:

Algún tiempo mucho fui, / ya cosa ninguna soy, / pues se cagará en mi hoy / quien temblara ayer de mí. / Ruedo hoy, ayer subí, / hoy huir, ayer mandar, / más, puesto a considerar, / justo mal se me señala / pues una cosa tan mala / en que había de parar. […] / Más ¿por qué ha de tener tan triste fin? / Porque engordó muy bien y era razón /le llegase también su San Martín”.

Trataré de localizar al “tío de los globos” y convencerlo para que otorgue sus premios a los peores, a ver si así acertamos de una puñetera vez.

© José María Suárez Gallego

Maravillosamente locos

No hace tanto tiempo imaginábamos que los primeros años del siglo XXI nos traerían una idílica sociedad del ocio en la que trabajando poco –porque el trabajo lo harían los robots– dispondríamos de mucho tiempo libre para la holganza, teniendo para ello una capacidad adquisitiva suficiente para costearnos lo propio del vivir de cada día, y los gastos del divertimento de hacer las cosas que más nos gustasen.

El caso es que las nieves del tiempo ya han plateado mis sienes, y mi bigote ha perdido su negrura, pero no su rebeldía, y cada mañana frente al espejo recuerdo con mayor asiduidad unos versos del insigne andaluz Caballero Bonald: “Somos el tiempo que nos queda”, lo que me lleva a vivir cómo si no hubiera mañana. De la idílica sociedad del ocio surgida de una pretendida jornada laboral de menos horas y más salario con la que soñábamos en aquellos tiempos en los que Neil Armstrong pisó por primera vez la Luna, hace ya cinco décadas, hoy queda más bien poco. Las máquinas y los ordenadores no se instalan en las empresas para que los trabajadores trabajen menos, como se nos hizo creer entonces, sino para que trabaje un menor número de operarios, y los que lo hacen lo hagan por menos dinero, y en un mundo que no se cree que hace cincuenta años los humanos pisamos la Luna.

Cada día nos levantamos con la resaca emocional de haber vivido el día anterior con la sensación de ser menos “ciudadanos” y más “consumidores”, sabiendo que lo que se espera de nosotros es no contravenir los presupuestos generales del estado, siendo más rentables, más dóciles y menos reivindicativos, ante lo cual no tengo otra defensa moral que reclamar íntimamente mi derecho a la pereza, como hizo Pablo Lafargue, el yerno de Marx, en una crítica feroz a una sociedad capitalista y kafkiana que para perpetuarse necesita el motor del “eso es lo que hay” impuesto a los consumidores, en contraposición al “precisamente no es eso lo que queremos” que reclamamos como ciudadanos. En base a eso, cada vez más se le exige a quien aspira a un puesto de trabajo una mayor formación para cobrar menos y trabajar más en una sociedad deshumanizada, donde los momentos de holganza se dedican, sobre todo, a calcular la deuda pendiente de nuestra hipoteca.

Hace algunos días hablando de estos temas con mi contertulio el Caliche, éste me preguntó si –de ser posible– estaría dispuesto a volver a nacer de nuevo y vivir la vida con la experiencia de haberlo hecho ya una vez. Le dije que no. Que jamás renunciaría a mis cumpleaños infantiles celebrados con una tarta casera de galletas María empapadas en almíbar y cubiertas con chocolate y coco, y hecha con mucho cariño por mi abuela Encarna. Nunca me expondría, como un incipiente consumidor actual, al peligro de celebrar algo en el desamor impersonal de un Telepizza o un McDonald, a menos que como ciudadano libre me dejaran colgar un cartelito: “Ama tu trabajo, pero no te enamores de tu empresa, porque nunca sabes cuándo dejará de amarte”, o bien “Ama tu jubilación, pero nunca te enamores de ella, porque nunca sabes cuándo dejarás de amarla”.

El domingo próximo a las seis de la mañana asistiré a un peculiar concierto en el castillo renacentista de Sabiote. Mi buen amigo, al que quiero como un hermano, Jesús Paulano, me ha convocado para que vea amanecer en vivo y en directo a los sones de la Sinfonía n. 9 en re menor, Op. 125 “Coral” de Ludwig van Beethoven interpretada por la Partiture Philharmonic Orchestra bajo la dirección de Juan Paulo Gómez. Además, aportarán sus voces Natalia Serrano (soprano), Anna Gomà (mezzo), Ángel Luis Molina (tenor), David Gascón (barítono), el Coro Ciudad de Jaén y el Partiture Chorus. Este concierto dará vida a un nuevo proyecto solidario bajo el nombre de “Sabiote en alma” que difunde los valores que la música como energía tiene para movilizar emociones positivas y mejorar la comunicación entre las personas. Renacimiento, amanecer en el mar de olivos, oda a la alegría, Beethoven… ¡Maravillosamente locos para sentirse vivos!

© José María Suárez Gallego

Pulicado en Diario Jaén el viernes 26 de julio de 2019

Jacobo Gobert, un general francés en Guarromán

La Rendición de Bailén, (1864), José Casado del Alisal. (Museo del Prado)

En las actas del Primer Congreso sobre Nuevas Poblaciones celebrado en La Carolina en 1983, el doctor en medicina y pediatra de Linares Jaime Nicolau Castro, a quien una fatal enfermedad nos lo quitó de nuestro entusiasta grupo de amigos e investigadores, hacía una breve alusión, en lo que él tituló “Mi vagar por los archivos Parroquiales de Sierra Morena”, a la situación de los mismos en las Nuevas Poblaciones. Para la preparación de su tesis doctoral titulada «Factores genéticos y caracteres del crecimiento de recién nacidos sanos en nuestro medio», investigó la genealogía hasta tres generaciones de mil niños nacidos en el Hospital Comarcal «San Agustín» de Linares, para lo cual investigó en los archivos parroquiales de todas las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena. Tres volúmenes no editados, y de los cuales conservamos una copia dedicada gracias a su amistad y amabilidad, fueron el resultado de sus investigaciones. No es este el momento ni el lugar de hablar de su interesante trabajo científico, sino de la referencia que hace a la partida de defunción de «un general francés muerto en Guarromán en 1808».

Guiados por la inevitable curiosidad de todo investigador, vimos el original de tal partida en el libro 3º de Sepelios, folio 72, del Archivo Parroquial de Guarromán, cuya transcripción literal, además de una copia fotográfica de la misma, reproducimos respetando su ortografía original:

«En el día diez y siete del mes de Julio, año de mil ochocientos y ocho, yo el Br. Dn. Josef Manuel Guerrero, Cura Párroco de esta Yglesia de Guarromán sepulté en su cementerio al Cadaber de M. Jacobo Gobert, General de División de los Coraceros franceses, que murió la noche antes en mi casa de resultas de la batalla de Bailén, donde recibió un Balazo por cima de la frente, y cayó soporado, y así murió. De que doy feBr. Josef Manuel Guerrero» (Sic)

Durante una década estuvimos esperando el momento propicio para que quedara pública constancia, en la Iglesia Parroquial de la Inmaculada Concepción de Guarromán, de la inhumación en un nicho del cementerio anexo a ella (hoy bajo el suelo de su sacristía), del General de la División de Coraceros del Ejército Napoleónico, Jacques Nicolás Gobert, que participó, muriendo en sus prolegómenos, en lo que ha pasado a la Historia como La Batalla de Bailén.

La celebración del VII Congreso Histórico sobre Nuevas Poblaciones y su relación con la Guerra de la Independencia, unido a la eficaz colaboración del entonces párroco de Guarromán, don Domingo García Dobao (bailenense de nacimiento), hizo  posible que una lápida recuerde hoy a este «general olvidado de un ejército perdedor» cuando soplan vientos de una Europa pretendidamente unida y en paz, y cuando se hace desde unos pueblos que enarbolan en el lema de su bandera «Nacimos con el Fuero para la concordia de los pueblos». Concordia para los vivos desde el recuerdo a los muertos. Pólvora de la paz como salvas de ordenanza –las de los cohetes de fiesta popular–, para los que murieron por causa de la pólvora de las balas y los obuses.

El general Jacobo Gobert (1760 – 1808), efectivamente, muere en casa del cura párroco de Guarromán el sábado 16 de julio de 1808, festividad de la Virgen del Carmen, después de haber sido herido en el Cerro de la Harina, próximo a Mengibar, en uno de los varios escarceos guerreros que los días previos a la batalla tuvieron lugar para controlar los pasos que cruzaban el Guadalquivir.

Lógicamente, el bueno del párroco, el bachiller don José Manuel Guerrero, estando las Nuevas Poblaciones tomadas por el ejército francés (se estima que en los días previos a la batalla se encontraba concentrado en esta real población, que albergaba normalmente algo menos de seiscientos vecinos, un contingente de más de diez mil soldados franceses con todos sus pertrechos) no asentó al ilustre difunto en el libro correspondiente hasta que no se supo el desenlace de tanto movimiento bélico.

Ello hizo posible que, según la partida en cuestión, reproducida unos párrafos anteriores, el general Gobert muriera paradójicamente en una batalla en la que no pudo participar, sencillamente porque tuvo lugar tres días después de que muriera; los mismos días que el párroco se anticipó a darle nombre por escrito para los anales de la Historia.

Gobert fue sepultado en los nichos que en el cementerio de Guarromán, como hace constar el párroco en la partida, había entonces para enterrar a los difuntos de mayor prestancia social, eclesiástica y militar, situados junto a los muros posteriores del templo. En el año 1950 se terminó de edificar una sacristía nueva, estando ésta a nivel del suelo del altar, para lo cual en la construcción se aprovechó la elevación que facilitaban los ya citados nichos, entre el que se encontraba el del general Gobert, cuyo esqueleto pudieron ver en su ataúd, con su sable y sus descoloridos entorchados, los albañiles que hicieron las obras, y algunos monaguillos curiosos hoy ya venerables octogenarios.

Pese a esto, el general Gobert posee una monumental sepultura en la sección de mariscales del cementerio parisino de Pere-La Chaise, obra del escultor David d’Angers, compuesta por una figura ecuestre y cuatro bajorrelieves de mármol en los que se escenifican algunas de sus gestas. Fue adquirida por la Academia Francesa el 10 de octubre de 1837 (veintinueve años después de haber muerto) y el 18 de julio de 1845 (justamente treinta y siete años después de su fallecimiento) su corazón fue depositado en la tumba en presencia de los académicos franceses Pingnard, Choquet y Achille Lecrerc.

Así lo hemos visto escrito en la biografía que sobre él publicó en Paris C. Mulliè en 1850, bajo el título general de Biographie des Célébrités Militaires. Entendemos que la historia de su corazón puede encuadrarse en el ambiente romántico de la época, y que en realidad lo que se introdujo en su sepultura bien pudo ser algún efecto personal, o, en todo caso, algunas de las vendas manchadas con su sangre que se les hicieran llegar por el estado mayor francés a sus familiares desde Guarromán.

Sea como fuere, el general Gobert posee dos tumbas, la de Guarromán, donde está, y la de París, donde no está, y un corazón viajero que, según su biógrafo, anduvo rodando por esos mundos cerca de cuarenta años, hasta encontrar un descanso eterno cargado de leyenda y argumento de opereta romántica, tan a la usanza de la época.

Harina de otro costal es el asunto, a modo de leyenda urbana, de la calavera de Gobert rodando de casa en casa, y guardada por algún tiempo debajo de la cama de un patriota vengador que se hizo con ella a modo de trofeo. Cuando en 1950 se abrieron los nichos de la iglesia de Guarromán nadie habló entonces, ni se ha contado después, del esqueleto de un militar sin cabeza, al que hizo referencia Federico Ramírez García (1850-1929), historiador de Linares, sin precisar nombres de personas ni de lugares.

El artista José María Casado del Alisal, pintó en 1864 una recreación totalmente ficticia y alegórica de la Rendición de Bailén, que se encuentra en el Museo del Prado, que reproducimos al comienzo de este artículo, en la que hizo aparecer, supuestamente, al general de coraceros Jacobo Gobert con un uniforme español, el brazo en cabestrillo y la cabeza vendada. Este cuadro ha sido la imagen de las etiquetas del vino más popular elaborado en Bailén, conocido por sus gentes como el “vino del aporreao” por la condición de herido de guerra en la que pretendidamente aparece Gobert. A continuación, damos a conocer la biografía del General Gobert aparecida en las páginas 507 y 508 del volumen primero del Dictionnarie Biographique des Generaux Francais de la Revolution et l’Empire, editado en París en 1934 y debida a la pluma de Georges Six. Dos precisiones hay que hacer sobre ella: La primera, que Gobert murió el 16 de julio de 1808 y fue enterrado al día siguiente. La segunda, que es cierto que existe una tumba en el cementerio parisino de Pére-La-Chaise, si bien está vacía, pues los restos de Jacobo Gobert se encuentran a dos metros bajo el suelo de la sacristía de la Iglesia Parroquial de Guarromán, desde cuando el techo de los nichos del cementerio de personajes ilustres, anexo al muro del edificio de la iglesia, fue aprovechado para situar sobre él la actual sacristía, hecho que ocurrió a finales de los años cuarenta del pasado siglo XX, siendo párroco don Juan Antonio López Valero. Todavía queda en el recuerdo de inquietos y curiosos monaguillos de entonces, hoy octogenarios, cómo en uno de aquellos nichos estaban «los restos de un militar con su uniforme y entorchados, con su sable, en cuya lápida se leía un nombre extranjero y que los albañiles volvieron a cubrir». Hubiera sido una casualidad que otro militar con un vistoso uniforme decimonónico de oficial, al llevar espada, además de Gobert, estuviera enterrado en la Iglesia Parroquial de Guarromán y no nos hubiera llegado ninguna noticia de ello. Sin duda, los restos en cuestión apuntan a que son del general de coraceros M. Jacobo Gobert, hoy rescatados para la memoria histórica de todos

GOBERT, Jacques-Nicolas, nació en la isla de Guadalupe el 1 de junio de 1760 y murió en Guarromán el 17 de julio de 1808. Estudió en la escuela de Ingenieros Militares de Meziéres, saliendo de la misma con el grado de lugarteniente en 1780. Adscrito a l’Armée du Nord durante el periodo de la Revolución, su vida militar fue intensa y movida. En 1793 fue nombrado general de brigada, pero ese mismo año cesó en sus funciones, fue arrestado y conducido a la prisión militar de Vabbaye en París. A los pocos días fue puesto en libertad y se reintegró como jefe de batallón de ingenieros, destacado en Brest. De nuevo fue destituido en el 1795 por el Comité de Salud Pública, pero fue rehabilitado por el Directorio al año siguiente. Alcanzó de nuevo el grado de general de brigada en 1799. En 1800 fue herido de poca consideración y comienza su colaboración con el general Dupont como jefe de su estado mayor en 1’Armée d’Italie. Dos años después es enviado a Brest, desde donde participa en la organización y realización de una expedición a Guadalupe, regresando a Francia ese mismo año. En 1803 es nombrado general de división y al año siguiente obtiene la Legión d’Honneur. Con su ejército -2ª División du Corps d’Observation des Côtes de l’Oceán- llega a Vitoria el 30 de diciembre de 1807. El 24 de junio de 1808 llega a Madrid, desde donde parte para auxiliar a Dupont, que estaba en Andalucía desde comienzos de junio. Gobert pasó por Manzanares el 8 de julio y el 12 por Guarromán. Desde allí partió para Mengíbar, en donde fue herido por una bala en la cabeza el 16 de julio. Rápidamente fue trasladado a Guarromán, donde murió. Su tumba, obra de David d’Angers, se encuentra en el cementerio parisino de Pere-La Chaise. Su nombre está inscrito en el lado oeste del Arco del Triunfo de l’Etoile.

Arco del Triunfo en París
Lado oeste del Arco del Triunfo en el que se encuentra inscrito el general Gobert

© José María Suárez Gallego

Acceso al texto que recrea la página del diario del boticario de Guarromán correspondiente al día 22 de julio de 1808, en la que cuenta cómo se encontraba esta real población después de que la abandonaran las derrotadas tropas napoleónicas. Pinchar en el siguiente enlace.

https://josemariasuarezgallego.files.wordpress.com/2018/08/del-diario-del-boticario-de-guarroman-don-raimundo-de-calanda-julio-de-1808.pdf

Recreación de la muerte del General Gobert, 19 de julio de 2008