Cuchara de palo de Copenhague (Dinamarca)

#CucharasDePaloDelMundo

Esta cuchara fue adquirida en diciembre del año 2015 en Copenhague, para esta colección de Cucharas Sin Fronteras.  por el actual Caballero Comendador Numerario de la Orden de la Cuchara de Palo, Manuel Morillas Sánchez (cuando aún ni pensaba en ser parte de esta institución). Manolo Morillas es en la actualidad el Comendador Numerario más joven de la Orden, tiene la misma edad que ella cumple este año.

Me contó que cuando la compró era una mañana muy fría, con nieve, como corresponde en ese tiempo a un país nórdico como Dinamarca. Se dirigía con unos amigos al Parque Tívoli, y en el camino se encontró con una señora mayor danesa que en el portal de su casa, junto a una calle nevada, vendía utensilios de cocina. Como pudo, por gestos, le preguntó si tenía cucharas de palo. Una sonrisa de ella, me contó Manolo, le dirigió su vista hasta esta cuchara de madera de olivo.

Es curioso que hubo que ir a buscar una cuchara de palo danesa a 2.800 km de Jaén, y resulta que ¡es de madera de olivo!

¡Muchas gracias, Comendador Morillas! No es ésta la única cuchara traída por ti que amplía y enriquece la colección. Tu espíritu viajero nos ha ido trayendo otras de otros paisajes, paisanajes y saborajes, de otros continentes, por los que has ido pasando.

(Colección de José María Suárez Gallego)

Cuchara de palo “catacaldos” de Guarromán (Jaén)

Cuchara “catacaldos” procedente del Restaurante y Casa de Antigüedades Las Tinajas, de Guarromán (Jaén)

#CucharasDePaloDelMundo

Esta curiosa cuchara “catacaldos” me la regaló para la colección el también Comendador Custodio de Nuestra Sede Matriz de Las Tinajas, en Guarromán, Rafa Oliván (a él no le gusta que le llamamos Rafael, ¡qué le vamos a hacer!), y formaba parte de su tienda de antigüedades.

Se ha utilizado, no sabemos desde cuándo, para probar el punto de sal, o de otros condimentos, en los caldos y que no se quemase la lengua el cocinero, o cocinera, en la cata de ellos.

El extremo más ancho se introducía en el caldo caliente, hirviendo casi siempre, y se dejaba que cayera a través de la hendidura en forma de canalillo para que se enfriara, hasta que llegara sin quemar al otro extremo, una cuchara más pequeña que era la que se llevaba a la boca el guisandero que probaba el punto de sal o de picante en su justa temperatura.

Bérard es una empresa francesa que las lleva fabricando desde 1892, junto a otros utensilios de madera, en Saint-Laurent-en-Royans, entre los Alpes franceses y la Costa azul. Su proceso de fabricación es respetuoso con los bosques y el medio ambiente, y cada pieza se fabrica de manera artesanal. No es de extrañar que la utilizara Auguste Escoffier (1846-1935), que fue el prestigioso cocinero, restaurador y escritor culinario francés, que popularizó y actualizó los métodos de la cocina francesa tradicional y que es considerado como el creador de la alta cocina moderna, y el gran transformador de este noble oficio en el primer tercio del siglo XX.

(Colección de José María Suárez Gallego)

El fémur ancestral

De la experiencia de estos dos meses confinado, y haber vivido en primera persona los efectos restrictivos de una pandemia (una epidemia mundial), he tenido oportunidad de reflexionar sobre muchos aspectos de mi vida cotidiana, y en todo caso haber aprendido muchas cosas que por nimias o evidentes, siempre había creído que eran prescindibles.

A lo largo de mi vida he conocido alguna gente que no ha sido capaz de hacer nada para cambiar el pequeño mundo que lo rodea, y siempre se han justificado con un “¡el día menos pensado…!” como excusa y lamento impotente. Nunca llegué a entender si eso que muchas personas harían en ese mítico “día menos pensado”, siempre envuelto en un halo de sorpresa y misterio grandilocuente, podría ser desde que se suicidaran ellos por no aguantarse, hasta que me mataran a mí, por no aguantarme. Pero siempre el “día menos pensado” ha sido el saco de la procrastinación, palabra de difícil pronunciación que define el arte, o mala costumbre, de dejar las cosas para luego, para después, para “el día menos pensado”. ¡Es el castizo “vuelva usted mañana” celtibérico!

Esta crisis originada por un extraño virus, nos está enseñando que el “día menos pensado” puede ser hoy. Ya lo están siendo estos días, y pueden ocurrirnos cosas que nunca habíamos imaginado: Que se cerraran todos los bares, que nos quedáramos sin trabajo, que no pudiéramos despedir a nuestros muertos, ni abrazar a nuestros vivos, que se cerraran los colegios y las universidades, que no hubieran procesiones de Semana Santa, ni Fallas de Valencia, ni romerías, ni feria de Sevilla, ni sanfermines, ni verbenas populares, ni primeras comuniones, ni bodas, ni Rocío, ni toros, ¡ni fútbol!…

El día menos pensado ¡quién lo diría! puede ser hoy, y ¡ya lo es! Y me viene a la memoria una frase, que siempre he tenido como de San Agustín de Hipona, como única respuesta al “día menos pensado” de los que procrastinan: “Si necesitas una mano, te recuerdo que yo tengo dos”. (Con sus hombros correspondientes para arrimarlos)

El día siguiente al “día menos pensado”, también amanece, y hay que estar allí para construirlo. Nunca entenderé a los que a toda solución le agregan dos problemas sin soluciones, pero nunca están, ni se les espera.

Le preguntaron una vez a una eminente antropóloga en una entrevista de radio, cuyo raro apellido no acierto a recordar, que bajo su opinión de experta cuál había sido el momento crucial en el que en la evolución de las especies se produjo el primer signo de civilización del ser humano. Ella contestó que siempre había creído que ese instante debió ser el que certificaba el hallazgo, en unas excavaciones arqueológicas, del fémur de un primate, que presentaba una callosidad ósea que evidenciaba que se había fracturado y posteriormente vuelto a unir por formación de un nuevo tejido óseo.  Comentó que ningún mamífero con un fémur roto puede sobrevivir, porque antes de que el hueso vuelva a unirse, el individuo fracturado habría sido presa de un depredador, al no poder correr y huir, ni podría buscar alimento, ni agua. Aquel fémur fracturado y vuelto a unir, requería tiempo y que el sujeto en cuestión hubiera sido cuidado en su inmovilidad por otros semejantes suyos. Hubiera sido protegido, alimentado, cuidado… Ese era el primer indicio de civilización: ¡No abandonar a su suerte a un semejante débil, enfermo e impedido, cuidándolo, curándolo y rescatándolo para la comunidad!

Este fémur ancestral es el mejor monumento a la impagable labor, ahora más que nunca elogiada y aplaudida, de nuestros sanitarios. A su heroica vocación de servicio y a su abnegada humanidad a través de la historia. Y sobre todo un aviso a navegantes de que “el día menos pensado” podemos vernos en otra como ésta, y esperaremos entonces que los sanitarios estén ahí, pero protegidos y con medios, y a ser posible mejor pagados y valorados.

La salud pública nunca puede ser un negocio de cuatro “avispaos”, por muchas cacerolas que hagan sonar, aunque sea golpeando la cabeza de un fémur ancestral.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 15 de mayo de 2020

Juego de cucharas de palo procedentes del Mercado de brujería y esoterismo de Sonora (D.F. México)

#CucharasDePaloDelMundo

El Mercado de Sonora es uno de los mercados públicos establecidos por el gobierno de la ciudad del Distrito Federal de México en la década de los 50 para organizar y regular este tipo de manifestaciones populares. Fue inaugurado el 23 de septiembre de 1957. Anteriormente fue llamado el “Mercado de los brujos o Mercado de los animales” siendo uno de los más emblemáticos y populares del Distrito Federal de México, conocido mundialmente por la venta de hierbas para prácticas de magia y esoterismo, y la venta de productos relacionados con la “Santa Muerte”, el Día de Difuntos, y San Judas Tadeo.

Allí se venden artículos de ocultismo para llevar a cabo practicas de magia (blanca o negra), tradiciones de la religión y magia de culturas prehispánicas, Santería, el culto a la Santa Muerte, chamanismo y varios otros que demuestran el sincretismo de las creencias y prácticas que existen en la capital de México. Se estima que cada fin de semana aproximadamente unas dos mil personas llegan específicamente a esta sección del mercado. Los artículos que se venden incluyen amuletos, herraduras, velas en una variedad de tamaños, formas y colores, con muchos de los colores teniendo funciones específicas, polvo de oro, sal negra, polvos de ingredientes desconocidos, “agua de San Ignacio” para alejar malos influjos, lociones y jabones aromáticos, muchos de los cuales se relacionan con hechizos de amor, y utensilios para poder llevarlos a cabo, como es el caso de estas cucharas de palo, de diferentes tamaños que me trajo desde allí el artista creativo, quesadeño, Manuel Albarrán, reputado diseñador mundial de piezas para vestuario e indumentarias realizadas en metal y cuero. Dejo un enlace a su web www.manuelalbarran.com  para dar a conocer su excelente trabajo. Estas cucharas se utilizan para medir cantidades, y mover las pócimas y brebajes cuando cuecen sus componentes de hierbas y otros ingredientes en él.

No han sido sólo estas cucharas de palo las que Manolo Albarrán me ha traído de medio mundo, enterado de mi colección de las mismas.

(Colección de José María Suárez Gallego)

Primero de mayo, confinado

Il quarto stato. Obra de Giuseppe Pellizza da Volpedo

#MeditacionesDeUnConfinado en el Primero de mayo.

Cuanto más arrecie la tormenta y sintáis como truenos los latidos del miedo y del desánimo, anudaos unos a otros por los brazos, levantad la cabeza, y avanzad, avanzad, siempre avanzad, que si alguno se rinde lo llevaréis en volandas y no caeréis.

Avazad, avanzad porque os espera el arcoiris.

© José María Suárez Gallego

Churros confinados

Me pedía el cuerpo escribir hoy sobre los treinta y tantos días que llevamos confinados en casa. Escribir de todos los héroes sin capa, de las heroínas sin mantilla, pero con mascarilla, a los que nunca podremos pagarle su eficiente trabajo y dedicación en las peores circunstancias. Me hubiera gustado escribir sobre mis contertulios a los que ahora no veo y nos solíamos convidar casi todos los días a la hora del aperitivo. Deseaba escribir sobre los ebrios de egolatrina y pesebrina que quieren hacer carrera política a costa de “nuestros muertos” (que son de todos porque a todos nos duelen lo mismo), pero ya se sabe que cuando al tonto se le señala la Luna para que sepa dónde está, el tonto no mira la Luna, sino al dedo que la señala.  De sobra sabemos lo aficionados que son algunas gentes a trasegar muertos olvidando a los vivos, o a olvidar muertos para vivir ellos. Me hubiera gustado escribir también de los que el maldito coronavirus les ha hecho darse cuenta de la facilidad que tienen para hacer emerger el gilipollas que todos llevamos dentro; y de los niños que nos han recordado que debemos sacar a flote ante las peores situaciones la ternura del niño que también llevamos dentro. De si resistiremos el “Resistiré” otra pandemia más. De mi contertulio el Caliche al que no veo desde hace más de un mes, minero pensionista silicótico que me manda un whatsapp diciéndome: “¡Tengo miedo de que este bicho venga a por mí también! A la mascarilla le he hecho un agujero para poder fumar sin contagiarme en mi casa. ¿Eso es seguro?” Le digo que no sea tonto y no se preocupe, que con él no pudo ni las explosiones de los barrenos, ni la reconversión de la minería, ni lo recortes sanitarios (que ahora nadie hizo), ni el vino peleón que se toma cada día. Quería escribir de los “balconazis” que ponen “orden” en la calle desde sus atalayas tras la ropa tendida; de los “cansaperros” que los sacan a mear diez veces al día; de los “covimbéciles” insolidarios que no respetan el confinamiento. Del comando “a posteriori” que sabe de sobra qué si mañana llueve, pasado mañana lo sabremos con toda seguridad. De los acaparadores de papel higiénico. De mi vecino Pedro Sánchez (que no es el de la Moncloa) de la saga de los “Gallinica”, que me trajo dos mascarillas a mi casa, cuando en la farmacia ya no quedaban, diciéndome: “A vosotros los mayores tenemos que protegeros los primeros como agradecimiento por lo mucho que habéis hecho por nosotros”. Me hubiera gustado escribir de cómo en las peores circunstancias el mismo paisaje hay que verlo con ojos nuevos. Recordé a Bertolt Brecht: “No aceptes lo habitual como cosa natural. / Porque en tiempos de desorden, / de confusión organizada, / de humanidad deshumanizada, / nada debe parecer natural. / Nada debe parecer imposible de cambiar”.

Asomado a la ventana tras los cristales vi como llovía en este día gris y triste. El texto a medio escribir, sin haber desayunado. No recordaba cuanto tiempo hacía que no comía churros. Las churrerías no son imprescindibles y por eso están cerradas. Así es que me he puesto a hacerme unos churros, yo que nunca había intentado hacerlos. Recordé el sabor festivo que tienen. Siempre me he preguntado por qué en las verbenas de ferias todas las peleas acaban frente a las churrerías.

Lo cierto es que mi falta de pericia en las artes churreras hicieron que más que churros desayunara papajotes. Esa masa frita que se vendía en los bulliciosos y efímeros zocos árabes de Al-Andalus, precursores de los actuales mercadillos semanales, en los que bajo el incierto e inestable equilibrio de cuatro palos y un variopinto toldo, se compraba y se vendía todo, y hasta se tenía tiempo para sosegar la gazuza matutina, acercándose a los peroles de humante aceite hirviendo donde se ofrecían recién hechos los “isfany“, como esferas huecas o papajotes, o el “mussammanat“, como esponjosas y crujientes tortitas bañadas en miel o en azúcar, que tanto me recuerdan a las papuecas.

¡Pensándolo bien, somos churros confinados!

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 17 de abril de 2020

Eufemismos gastropolíticos

Es el eufemismo el capote dialéctico con el que toreamos las palabras y descabellamos los conceptos que ellas albergan. Los capotes, como los eufemismos, tienen mucho de mentira disimulada, porque con los primeros ponemos la bravura del toro al alcance de la puya del picador para desgastarle su fiereza, y con los segundos le arrebatamos a las palabras lo que de fieras y puyazo tienen. Los eufemismos tratan, últimamente con mayor frecuencia, de ponerle el disfraz de “políticamente correcto” a las actuaciones incorrectas de los políticos.

Llamarle a la suegra madre política es un ejemplo de lo que suele hacer un eufemismo sin piedad alguna. No es la palabra suegra la que se percibe como deterioro del sagrado concepto de madre, sino es el de política quien parece envilecerla. Llamarle daños colaterales a las víctimas civiles de una guerra, o regulación de empleo a un despido masivo, tienen los mismos fundamentos y amparan los mismos argumentos que llamarles suavemente “hijos de mala madre” a los “hijos de puta” que dieron lugar a ello.

La gastronomía es fuente de “sabrosos” eufemismos, regalándonos algunos muy curiosos y de plena actualidad. Así, quien nos aburre con su discurso es un “pestiño”; quien se traga sin rechistar los argumentos de un discurso político es un “come talegas”; quien pese a todo sigue apoyando reiteradamente a quien lo engaña, es un “papa frita”; quien justifica como bueno y necesario lo que hace quien lo está engañando es un “mendrugo”; el ladrón que se lleva lo que no es un suyo es un “chorizo”; quien se va dejándonos su deuda, lo ha hecho endiñándonos una “cebolla”, y más que privarlo de libertad hay que “meterlo en el talego” para que no siga ”aliñándonos las cuentas” con las que nos da “gato por liebre”.

Dame pan y dime tonto, parecen decir algunos pese a que “ser más bueno que el pan” sea el eufemismo más castizo de tonto. Muchos ya no pueden ni ganarse el pan porque otros no paran de untarse con la manteca. ¡Hay que darle la vuelta a la tortilla!

© José María Suárez Gallego