Cuestión de conciencia

mayo francés

(Publicado en Diario Jaén el viernes 4 de mayo de 2018)

Mi abuela Encarna, que era de pueblo, pero no era tonta –pese a la opinión que algunos urbanitas supremacistas siguen teniendo de la gente del medio rural–, cuando alguien cometía una insensatez solía decir de él “que no tenía luces”. Expresión análoga que el otro día le oí exclamar a mi contertulio el Caliche, desde su monumental cabreo de jubilado en apuros, cuando me comentaba su particular batalla contra la empresa distribuidora de la energía eléctrica, por la última factura de la luz que le habían cobrado. Es que tienen menos luces que el coche de un furtivo, exclamaba enderezándose con rabia la gorra para descargar los kilovatios de su acaloro.

Le explicaba que es que la compañía eléctrica había subido el recibo de la luz un 35% a pesar del contrasentido de que marzo y abril hayan sido unos meses con abundantes lluvias y vientos, y siendo la energía hidráulica y la eólica las más baratas. Oyéndolo, a uno se le venían encima todos los palos del sombrajo que protege los planteamientos sociales actuales, cuando aparte de la anecdótica paradoja de que sean precisamente los que nos venden la luz los que “menos lucen tienen”, no las tuvieran tampoco los que dejaron en manos privadas la propiedad de algunos sectores estratégicos del Estado: La energía y las comunicaciones, sobre todo. Los ciudadanos, el pueblo que es en quien reside la soberanía del Estado, cada vez más somos considerados por la maquinaria del liberalismo feroz que nos engendró la crisis, como unas meras ubres a las que se les puede ordeñar sin piedad e indefinidamente. A “revienta teta”, que diría mi contertulio el Caliche.

El nobel José Saramago estaba cargado de razón cuando decía que la democracia tal y como se interpreta hoy es una gran falacia, porque el mundo está en manos de los financieros, y a ellos no los elegimos en las urnas. Las cuentas claras y el chocolate espeso, es lo que reclama la gente, el pueblo, sobre todo cuando es quien paga el chocolate, aunque sea el del loro “iluminado”.

Es el propio Saramago quien nos dejó dicho también que la alternativa al neoliberalismo que nos inunda se llama conciencia. Y precisamente la conciencia no es un sistema económico. No es la organización de los mercados. No es un nuevo régimen político. Es algo más que todo eso. Es la conciencia que hay que tener contra todo y contra todos los que precisamente entienden que lo que no hay que tener es conciencia.

¿Con qué contamos nosotros para oponernos a un neoliberalismo sin conciencia? No ostentamos el poder, no estamos en el gobierno, no tenemos multinacionales, no controlamos las finanzas especulativas de los mercados mundiales, no tenemos nada de eso. ¿Qué es lo que tenemos entonces para oponernos? Nada más que la conciencia.

La conciencia no se gana un día y ya la tienes hasta que te mueres. Se gana y se pierde y se renueva todos los días, seguía razonando Saramago.

Se cumple en estos días el cincuentenario del llamado Mayo del 68 francés, cuando un 10 de mayo de 1968 decenas de miles de estudiantes parisinos acudieron a las barricadas del Barrio Latino. El 13 de mayo nueve millones de trabajadores franceses se unen a los estudiantes y tomando conciencia inician una huelga general que culminó poniendo patas arriba los cimientos de la República.

Mayo es un mes en el que proliferan las banderas: El uno de mayo los sindicalistas tremolan sus banderas rojas. Los prebostes de las cofradías romeras tremolan sus banderas multicolores, y los hinchas y forofos del fútbol airean las banderas de sus fanatismos.

¡Si el Caliche” supiera que hoy muchas de aquellas banderas arrastran sus pespuntes de nostalgia por las moquetas de los despachos oficiales de Bruselas! Con razón se me queja, entre trago y trago, de que cada año que pasa las banderas de los sindicatos van siendo menos rojas; que cada mayo que pasa las banderas de las romerías van siendo más laicas, y que cada vez hay menos hombros en las tabernas a los que agarrarse para cantarle por lo “bajini” a las orejas del alma desde la conciencia.

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La mentira encuadernada

(Publicado en el Diario JAÉN el viernes 6 de abril de 2018)

Esto de escribir la Historia con objetividad es tarea ardua y muy complicada. Ya el refranero popular desde su docta gramática parda nos pone en sobre aviso al recordarnos que “cada cual habla de la feria según le ha ido en ella“, o lo que es igual, que lo que para unos parecen podencos para otros no son más que galgos corredores, y quien fue alabado como recto profeta y casto varón por unos, por sus contrarios ha sido tenido por vil embaucador y amante del pendoneo. De todos es sabido que mucho antes que la Historia fue la Fábula y es condición humana el pretender fabular la realidad por adornar de este modo con un mayor interés las vidas que carecen de él.

Ya Cervantes nos dejó dicho al respecto en El Quijote: “habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les haga torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir“, cita a la que acudo con devoción bíblica cada vez que como cronista oficial de mi pueblo he de sentarme a la orilla del río de los sucesos, que diría Madariaga, para dar cuenta de las aguas, las turbulentas y las mansas, que por su cauce fluyen.

Sonroja leer los libros de historia que se enseña a los alumnos en las “ikastolas” vascas, no ya por el vapuleo que se da a la historia del resto de los españoles, los “maketos”, sino por la tendenciosa falta de rigor con el que se quieren justificar unas pretendidas identidades nacionalistas salidas de los delirios antiespañoles del ínclito Sabino Arana. Tres cuartos de lo mismo pasa en las escuelas catalanas donde se cae en el contrasentido de que los alumnos tengan que estudiar la historia de Europa, europeos somos, evitando en lo posible contar la historia de España. ¿Se conseguirá, al menos, que al resto de las comunidades autónomas se nos incluyan en la lección dedicada a África?

Que desde los nacionalismos excluyentes se diseñen los contenidos a estudiar sobre la historia común de los pueblos de la vieja Iberia bajo la óptica de sus particulares intereses nacionalistas, no deja de ser una temeridad cívica y una falta de respeto con las generaciones venideras. Que cada pueblo asuma, por tanto, su historia y padezca a sus políticos con resignación perseverante, de lo contrario no tendremos más remedio que darle la razón a aquel que dijo que la Historia no es más que la mentira encuadernada, lujosamente encuadernada en algunos casos, pero mentira barata al fin y a la postre cargada de delirios supremacistas.

El genial Francisco de Goya intuyó como nadie el turbulento mar en el que suelen desembocar las tormentas ideológicas de algunos espíritus delirantes. En uno de sus tenebrosos aquelarres mentales nos dejó escrita a los pies de un durmiente una de sus demoledoras moralejas: “El sueño de la razón produce monstruos“.

De Goya siempre me sorprendió su cuadro “Perro semihundido”, en el que un chucho anónimo, tal vez descendiente bastardo de Melampo, el perro que pintara junto a Carlos III y en cuyo collar estampara su firma, lucha por librarse de unas difusas arenas movedizas. Pudiera ser que en este expresivo lienzo nos dejara el viejo Goya la imagen, no ya de los monstruos que produce la razón, sino la de cuando como perros semihundidos en la Historia comenzamos a preguntarnos qué hacemos con los monstruos de la sinrazón y sus víctimas.

Hay quienes han considerado lo estéril que fue que los españoles nos tomáramos tanto trabajo en combatir a los franceses durante la Guerra de la Independencia para que después de toda la sangre y todo el quijotismo derramado acabáramos recibiendo al impresentable de Fernando VII al grito de “¡Vivan las caenas!”.

A la Historia no siempre le resulta fácil ni edificante ser ejemplo y aviso de lo presente, y advertencia de lo por venir. Lo malo del futuro es que no sabemos las intenciones que tiene hasta que no nos devora como Saturno a sus hijos.

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El lince Olavide

LINCE OLAVIDE

Suelta del lince Olavide en el valle del Guarrizas, Sierra Morena (Jaén)

 

(Publicado en Diario Jaén el viernes 9 de febrero de 2018)

 

Hace unos días, los escolares de 5º y 6º de Primaria del CEIP Carlos III de Santa Elena han bautizado con el nombre de “Olavide” a un lince que se liberará próximamente en el valle del río Guarrizas, una de las dos zonas de reintroducción del lince ibérico en la comunidad andaluza.

El proyecto Life+Iberlince pretende la recuperación de la distribución histórica del lince ibérico (Lynx pardinus) en España y Portugal. Según el método que siguen los técnicos de Iberlince para darle nombre a los ejemplares que se van a soltar este año, todos ellos deben comenzar por la letra O, y para ello han posibilitado que a través de las redes sociales todo el mundo pudiera hacer una propuesta de nombre con esta condición. Han sido los escolares santaeleneros, en cuyo municipio se encuentra enclavado el Parque Natural de Despeñaperros, los que han unido su interés por la conservación del medio ambiente, y su deseo por conocer mejor su historia, los que han aprovechado la celebración del  250 aniversario de la promulgación del Fuero de Población por el que se fundaron las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, y le han dado el nombre de quien hizo posible estas colonias en el siglo XVIII, el intendente Pablo de Olavide, a un lince que recorrerá y vivirá en los mismos parajes de Sierra Morena que aquellos colonos que los pusieron en cultivo ganándoselos al paisaje montaraz.

Curiosamente el nombre que se la ha puesto, Olavide, hace justicia a la tercera acepción con el que el Diccionario de la Real Academia Española define lince: Persona aguda, sagaz.

Sin lugar a duda Pablo de Olavide hizo gala de su agudeza y sagacidad al ponerse al frente del que fue tenido como el proyecto estrella del reinado de Carlos III, ni más ni menos que tratar de poner en marcha una sociedad agraria que sirviera de modelo al resto de los pueblos de Andalucía y el resto de España, en el que entre otras cosas se implantaba la enseñanza primaria como obligatoria, y se comenzaba a valorar el trabajo de la mujer en aquella sociedad agraria que pretendía ser modelo. El propio Olavide lo dejó escrito cuando las envidias e intrigas en la Corte de Carlos III dieron con sus huesos en la cárcel y fue procesado por la Inquisición: «Yo me había figurado dar en las colonias un modelo de aplicación a todos los pueblos de España y en especial a los de Andalucía»

Cabe preguntarse si la colonización de Sierra Morena y Andalucía, aquel proyecto destinado a que Europa volviera su mirada hacia la gloria de Carlos III, aquel primer intento de un proyecto de Europeidad triunfó o no. No sería fácil cuantificar y cualificar bote pronto un posible triunfo o fracaso siendo tantos y tan variados los aspectos para tener en cuenta. Material de trabajo para ello se ha generado en el transcurso de los nueve congresos históricos que desde 1983 se han celebrado en estas Nuevas Poblaciones. Sólo invito a quién se adentre en este espacio histórico a que visite estas colonias dos siglos y medio después de haber sido fundadas. Seguirá encontrando hombres y mujeres que trabajan por su tierra desde un aliento colectivo adobado por sueños de colonos del siglo XXI, evidencia de que el proyecto primitivo de los ilustrados no ha terminado y queda mucho por hacer. No puede haber fracasado, por tanto, lo que aún está construyéndose.

Todos aquellos lugares se aglutinan hoy bajo la misma bandera celeste, blanca y verde que en 1988 dio lugar a la Mancomunidad Cultural de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, la Olavidia que trata de llevar felizmente al futuro los proyectos del presente que se urdieron con las mimbres de un pasado común. No en vano en el timbre del escudo enarbolan su lema: “Nacimos con el Fuero para la concordia de los pueblos”. Como un intento cargado de didactismo de no olvidar los orígenes, aunque se encuentren derogados, y no perder el rumbo encaminado a ganar cada día la meta del progreso desde la tolerancia, la libertad, la cultura y la concordia.

Larga vida pues al lince Olavide, él es un símbolo de que no sólo somos historia y seguimos vivos y coleando.

EN LA SUELTA DEL LINCE OLAVIDE

Autoridades y niños que participaron el suelta del lince Olavide.

 

ARTICULO DEL LICE OLAVIDE EN DIARIO JAEN

 

 

 

La Revolución de los Tamarindos

MUNICIPIOS DESPOBLACIÓN

(Publicado en Diario JAÉN el viernes 12 de enero de 2018)

Existe un antiguo refrán africano según el cual “quien planta tamarindos no cosecha tamarindos“, debido sobre todo a que este árbol tropical tarda casi un siglo en dar sus primeros frutos.

Un cuento tradicional africano nos relata también cómo una vez un muchacho adolescente vio como un anciano de su aldea estaba haciendo hoyos para plantar matas de este árbol. El muchacho, con insolente inocencia, le preguntó al viejo campesino: “Abuelo, ¿para qué planta tamarindos si nunca los va a poder cosechar?“. El anciano campesino, con su infinita sabiduría y experiencia, le respondió con una sonrisa en su rostro: “¿Por qué no te vas a hacer puñetas, zagal? ¡El terreno es mío y planto lo que me da la gana!

En la versión original del cuento, la respuesta del abuelo fue mucho más contundente y poco decorosa.

Lo cierto es que, desde un tiempo a esta parte a la gente mayor, los viejos, los veteranos, los pensionistas, eufemismos aparte, se nos hace aparecer ante el resto de la sociedad como los culpables de que la economía vaya mal. Es recurrente que el tema de lo vacía que esta la “hucha de las pensiones” circule de vez en cuando con el mensaje subliminal de que estamos tan mal porque hay que pagar a los “parásitos” de los pensionistas. O los hospitales y los consultorios están colapsados porque los viejos para no aburrirse no hacen otra cosa que irse a “echar el rato” con el médico. Como si el desastre ocasionado por el aparato corrupto que rige los destinos de este reino de Trinconia no tuviera nada que ver en ello.

Desgraciadamente estamos a un paso de que cualquier iluminado, de esos que dicen que las autopistas (previo pago de 12 € el trayecto) se colapsan cuando nieva porque los españoles salimos de viaje y no nos quedamos en nuestras casas por el mal tiempo, comience a justificar todo este desastre económico con el hecho de que hay viejos que se ponen enfermos y a los que hay que mantener y cuidar, aunque míseramente la mayoría de las veces.

En los años sesenta del pasado siglo, cuando comenzó a fraguarse el desarrollismo económico español, el llamado franquismo sociológico de la época desprestigió tres cosas y desubicó otra: Se desprestigió el mono azul de trabajo como algo indigno. La consecuencia primera de ello fue que se devaluó la formación profesional, creándose una carencia de mandos intermedios bien formados y un exceso de frustrados con titulación universitaria. Curiosamente, los ingenieros de la NASA llevan monos de trabajo y fueron capaces de llevar el hombre a la Luna.

Se desprestigió la bicicleta por las connotaciones que evocaban los años de hambrunas de la posguerra, y con ello el respeto al medio ambiente.

Vivir o ser de pueblo se estigmatizó. Ya se encargó el cine ramplón de la época de multiplicar peyorativamente los sinónimos del honorable adjetivo de lugareño. Los niños de la época querían hablar “finolis” como los de Madrid, escondiendo así el “pelo de la dehesa” del mundo rural. Con ello se difuminó la cultura tradicional como patrimonio colectivo heredado y seña de identidad.

No menos grave fue desubicar a toda la gente mayor, a los abuelos. Muchos de ellos acabaron viviendo en pisos pequeños en los cinturones dormitorios de las grandes ciudades. “Estorbando” y sin poder transmitir a los nietos un estilo de vida sin mala leche y sin rencores, como ha ocurrido en todas las culturas en las que a los mayores se les ha tratado con respeto y desde la veneración.

Mucho me temo que los ideólogos de esta sociedad global de mercados inhumanos, gobernantes corruptos e insensibles, filósofos de salón y nacionalistas insolidarios, ya estarán pensando en establecer una obsolescencia programada para todos los que no seamos “rentables” por cuestiones de edad.

Será el momento de comenzar a plantar tamarindos. No veremos sus frutos, pero llegado el caso si podremos ver colgando de ellos a quiénes están empeñados en convertir nuestro mundo en un vertedero de emociones insensibles e inhumanas. La Revolución de los Tamarindos no suena tan mal para definir una época decisiva de la Historia en el siglo XXI. ¿Verdad?

COSECHANDO TAMARINDOS

 

Nacionalismos gastronómicos

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(Publicado en Diario JAÉN el viernes 16 de diciembre de 2017)

 

La España de las autonomías lo es también de los sabores, y de un sinfín de peculiaridades inherentes al hecho irremediable de tener que comer todos los días. Pese a las apariencias, no existe un nacionalismo gastronómico español consolidado –caso de Francia–, y nuestras cocinas regionales, ya se llamen autonómicas o “nacionales”, evitan, mostrar su lado más exacerbadamente nacionalista, debido sobre todo a que la lengua del ser humano es mucho más sensata y sabia cuando ejercita el goce de los sabores que cuando habla de política, de fútbol o de religión. Tal vez sea en estas simples apreciaciones en las que resida el motivo primero por el que San Benito, ya en el Medievo, les recomendaba a sus monjes hablar poco y comer prudentemente bien. Filosofía ésta de la vida monacal que ha llegado hasta nuestros días revestida de algunos latinajos que aconsejan, sobre todo en las comidas navideñas de empresa, en las cenas homenaje y similares, aquello de “brevis oratio et longa manducatio”; o dicho en román paladino: Menos discursos y mas “papeo”. Que en definitiva es lo que siempre dice mi buen amigo el Caliche: Más olla y menos bambolla.

Hemos aprendido del bueno de Sancho Panza su praxis contundente: “Júntate a los buenos, y serás uno de ellos”. Lo que ponemos en práctica también a la hora de comer, porque la experiencia nos ha dicho, sin necesidad de escarmentar en cabeza ajena, que los malos –los de mala conciencia, mala baba, mala uva y mala leche, los de la cruz en el pecho y el demonio en los hechos– son ante todo una “hartá” indigestos.

Se ha dicho repetidas veces que la cocina es el supremo arte de la paciencia, y tal vez sea por ello por lo que se valore tanto hoy en día el saber disfrutar de los placeres de la buena mesa, sobre todo cuando cada vez más el reloj nos tiraniza sin piedad y las prisas se han afincado en nuestras vidas como si de parientes impacientes e inoportunos se tratara. Los avances tecnológicos que nos han llevado a creernos a pies juntillas este mito que llamamos progreso, no siempre son sinónimos de calidad de vida. Baste con observar que mientras se han conseguido grabar los sonidos, perpetuar las imágenes, rescatar los sueños e inventarnos una realidad virtual a través de las redes sociales, afortunadamente aún no se ha descubierto el artefacto que nos describa la geometría de los sabores de un simple trozo de pan de pueblo preñado con aceite de oliva virgen extra. ¿Qué cacharro puede explicarnos toda la inmensidad del mar condensada en una sardina asada en la plenitud del verano? ¿Qué artilugio puede medir en toda su intensidad las sensaciones perfumadas de una copa de buen vino? ¿Sería capaz algún artificio electrónico de dimensionar en unas cuantas palabras las redondeces que nos sugieren los sabores de un jamón ibérico perfumando una caseta de feria? Ni el aparato más sofisticado puede, de momento, “vivir por nosotros” el mundo de sensaciones que delimitan los puntos cardinales de una mesa con mantel y tertulia. Siempre hay que poner en valor el ingrediente principal de una buena la comida: Los comensales.

En la mesa colectiva que es España, cada región afronta las cosas de comer de forma diferente, de ahí que no podamos hablar de una cocina española, sino de las cocinas de España. Aún a riesgo de caer en la tentación de generalizar, cosa que nunca es buena, podemos decir que un vasco presume siempre de lo que come. Un catalán se enorgullece de que lo que come y cómo se oficia es su primera patria. Un levantino no presume de la paella en sí, sino de que las ha hecho él. El gallego no presume de tener una gran cocina, sólo se calla y la disfruta socarronamente. Pero los andaluces, ¡ay, nosotros los andaluces, esos del acento de chiste y el deje de llanto! somos más gastrósofos que gastrónomos, por ello solemos presumir más de con quién hemos comido y dónde lo hemos hecho, que de lo ingerido.

Tenemos asumido ya lo que nos aconsejaba el bueno de Sancho, pero dicho a nuestro aire: Si quieres volar con las águilas, no te juntes con los pavos, ni a la hora de comer.

 

NACIONALISMOS GASTRONOMICOS

El espíritu del Fuero

CARTEL DE FUERO 250 CON ESCUDOS DE TODOS LOS PUEBLOS

(Publicado en el cuadernillo especial que el Diario Jaén ha dedicado a las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena el jueves 13 de diciembre de 2017)

Se conmemoran este año los dos siglos y medio de la Promulgación del Fuero de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, y por tanto los 250 años de la puesta en marcha de lo que fue considerado como el proyecto estrella del reinado de Carlos III.

Ha sido precisamente el Fuero, a través de una Comisión Nacional Ejecutiva, denominada “FUERO 250 (1767-2017)”, para la organización de tales eventos, quien ha dado nombre y contenido a esta feliz efeméride, aunando a 14 municipios y dos entidades locales autónomas, repartidos en cuatro provincias andaluzas y una castellana manchega.

En estas cinco décadas transcurridas desde 1967 cuando se conmemoró el bicentenario, hemos pasado, a nivel popular, del «aquí vinieron alemanes y suizos traídos por el rey que inventó la lotería» a divulgar, sobre todo a partir de 1983, fecha de la celebración del Primer Congreso Histórico sobre Nuevas Poblaciones, las raíces de lo que somos. He ahí el valor sociológico, además del académico, de los congresos sobre Nuevas Poblaciones, y del ambiente creado en estas colonias carolinas ante un proyecto al que dimos en llamar Olavidia, en recuerdo del intendente que las impulsó en sus orígenes, Pablo de Olavide y Jáuregui.

Ya no se trata de ejercer una actividad más o menos productiva o lúdica de doctorandos y eruditos locales. No se trata de condenar tesis doctorales y revistas de iniciados al círculo cerrado de corteses citas bibliográficas, más enfocadas a dar el baremo metodológico que a aportar luz sobre el tema. Se trata de contar la historia de nuestra presencia aquí. Las aventuras y desventuras de aquellos que levantaron nuestras casas, cultivaron nuestros campos, canalizaron nuestras fuentes, abrieron nuestros caminos, tendieron nuestros puentes, parieron nuestros vivos y enterraron nuestros muertos. Todo ello sin abandonarse al fácil chauvinismo, sin descuidar el rigor científico y de la forma más honesta posible.

Los congresos de historia sobre Nuevas Poblaciones han sido, y afortunadamente lo siguen siendo, con motivo de esta celebración ya ha tenido lugar la primera fase del noveno, el vértice en el que se mantiene en equilibrio la aportación académico-universitaria, la voz popular y el apoyo de la administración local. De ahí que estos pueblos de historia corta hayan buscado sus señas de identidad a través de estos eventos académicos. Se hace necesario y urgente divulgar sus conclusiones, porque además de sembrar conocimientos se alimentan raíces que habrán de trocarse en ramas y frutos de progreso en un futuro.

Pretendemos simple y llanamente ser divulgadores de la Historia, de nuestra historia, sin perder de vista lo que al respecto Cervantes nos deja escrito en El Quijote:

«…debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición no les haga torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porveni

Ni el miedo, ni el rencor, ni la afición habrá de torcer el camino por el que transcurrirán los próximos cincuenta años hasta llegar al año 2067 en el que se celebre el Tricentenario del Fuero. Pretendemos que esta conmemoración del Fuero 250 sea la aldaba con la que avisamos a las próximas generaciones que queda mucho por hacer para mantener vivo el espíritu ilustrado que hizo nacer estas Nuevas Poblaciones, desde el convencimiento de que una sociedad mejor es posible, siempre que no perdamos el aliento y el deseo de trabajar por ello cada día.

EL ESPIRITU DEL FUERO ARTICULO EN DIARIO JAEN