Semblanza del autor

Nació José María Suárez Gallego en Granada, ciudad en cuya universidad comenzó –allá por los años setenta del pasado siglo– este oficio de tinieblas en el que tarde o temprano acaba convirtiéndose la pasión por escribir. Aunque, como decía Borges, hay que jactarse más de lo que uno ha leído que de lo que uno ha escrito. Porque en el fondo ponerse a escribir no es otra cosa que intentar abrir una caja de sorpresas, o el cofre de Pandora, o la chistera de un prestidigitador. Como diría Nathalie Serraute, “escribir es tratar de saber qué escribiríamos si escribiéramos“.

Aprendió las primeras letras en Tetuán, en el ambiente utópico de las tres culturas; a escribir versos y parir palíndromos, en la arena de las playas de Málaga; a doctorarse en ciencias inútiles, en Granada; a volar cometas y estudiar el cielo, en Salamanca; a tomar cerveza con espuma controlada por efecto criogénico y presión isobárica, en Sevilla; a ver los barcos venir, en el rompeolas de Linares; a circular entre rotondas viceversas, semáforos asincrónicos y cuestas asintóticas, en Jaén; y a volar con las águilas y no con los pavos, en Guarromán, lugar en el que reside y resiste felizmente.

Su vida ha tenido un ir y venir todas las mañanas –con los zapatos limpios– al trabajo de ganarse el pan, y un trasiego por las tardes a la holganza de no perderse el vino. A pesar de que hace años que saltó la alambrada de las canas, aún no ha resuelto el dilema de si es un granadino que sueña en Jaén, o un giennense parido en Granada. De todos modos, piensa resolver tal conflicto de identidades –quiera el Destino que dentro de muchos años— cuando esparzan la mitad de sus cenizas en una fuente clara de la Alhambra, y la otra mitad en un arroyo limpio de Sierra Morena, que ya se encargará el padre Guadalquivir y sus hijos afluentes de llevarlas a la mar océana, y juntarlas allende el Jardín de las Hespérides, al sur de las burbujas.

Sigue teniendo aún, a pesar de los desencantos, una razón última para cantar por las mañanas, mientras se afeita, aquello de “Pobrecito mi patrón piensa que el pobre soy yo…”, tal vez porque nunca dejó que se le agriara la mala uva del perro viejo, ni se le helara la sangre gorda del diablo joven.

Lo de la corbata no se lo tengáis en cuenta, no es más que un disfraz, una impostura para no perder el norte en el viaje irrenunciable hacia Ítaca. Me consta que ha estado en muchos sitios, pero nunca ha abandonado su patria interior.

Este año tampoco se ha matriculado en el conservatorio para aprender a tocar el trombón de varas, aunque aún no ha renunciado, cuando llegue el día, a tocarlo en una banda de jazz en un cafetín de esos en los que las copas no son de garrafón, y el jamón lo parten a cuchillo, como Dios manda.

 En todo es un sempiterno aprendiz que trata de pulir su piedra bruta en cada instante para llegar a la piedra angular en la que se sustente su universo, estando convencido de como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba. Convencido fervientemente, también, de que a maestro sólo se puede llegar, si se es aprendiz cada día.

En el fondo, dice él, la vida es como hacer una tortilla. ¡Cuestión de echarle huevos… pero con mucha poesía!

                                                                                                               C.D.C.

JOSE MARIA SUAREZ GALLEGO EN CARTEL DE CUCHARA DE PALO

En la Plaza de España de Tetuán el 2 de marzo de 1956, fecha de la proclamación de la Independencia de Marruecos como protectorado de España.