Septiembre, el eterno retorno.

Desde antaño se han empleado en estas tierras las plantas aromáticas como aderezo y condimento. Nuestros antepasados, los iberos, sin ir más lejos, que llevaban figurillas de bronce como ofrenda a la cueva del Collado de los Jardines, la enigmática “Cueva de los muñecos” del Parque Natural de Despeñaperros, corazón mágico de Sierra Morena, gente sabia, las empleaban en abundancia formando parte de un arte ancestral que aún perdura en la memoria colectiva. Elegir las hierbas aromáticas que cada plato necesita es, sin que un guisandero actual llegue a sospecharlo, un ritual culinario que antiguamente constituyó un tributo hecho ofrenda a la Naturaleza. El eterno retorno. El estar volviendo a empezar siempre. La razón última que justifica que todo tiene sentido para los hijos de la Madre Naturaleza, sobre todo cuando aspiran, como un fin último, a no tener en ella una madrastra como la de La Cenicienta.

            Durante el Renacimiento, la cocina más culta que se vio inmersa en el huracán de las especias, retornó a las hierbas, práctica que los agricultores de cada lugar, y los monjes medievales, no habían abandonado nunca. La hierba más simple, cortada fresca y secada en tiempo y forma, ennoblecía la carne más común y plebeya, no ya por sus ricos perfumes sino por sus virtudes terapéuticas. Junto a la biblioteca del monasterio más pobre y remoto, en el que dormía entre viejos códices el secreto no apto para los no iniciados, en el herbolario para las hierbas secas, y en el jardín para las frescas, atesoraban miles de misterios por descifrar escritos en cada hoja y cada tallo de cualquier hierbecilla silvestre. Aún perduran hoy, como prueba de ello, los licores salidos de las viejas abadías, fruto del secreto de sus códices y del misterio de sus herbolarios.

            Vemos como la razón última de las plantas aromáticas no era sólo hacer sublime la modesta cocina del campesino, sino hacer nutritiva la vianda más frugal, y digestiva la pitanza más dura de roer. Su riqueza en sales minerales, en alcaloides que dirían los químicos, y en vitaminas cuando son frescas, las hacen indispensables en la cocina popular y tradicional, que, si bien nunca fue proclive a juntar saberes de libros con pucheros y fogones, nunca le faltó el sentido común ardiendo entre las ascuas para convertir los saberes populares en sabores.

            Prueba de lo dicho es que los romanos cuidaban sus conejos enfermos de cólico con hinojo, además de utilizar sus semillas para ellos mismos como estimulantes estomacales, carminativas y liberadoras de gases, y proclives a abrir el apetito. Los gladiadores tomaban hinojo como generador de fuerza para vencer al contrario y así salvar la vida. Los griegos la elevaron a la categoría de planta sagrada, hasta tal punto que coronaban a los ganadores de los juegos de Olimpia con una corona de hinojo, pues pensaban que los libraba de la grasa superflua del cuerpo, como justo premio a los que habían conseguido con disciplina, vencerse a sí mismos, conservando el rito de la corona de laurel para los que vencían a otros en el campo de batalla.

            Los sabios griegos creían que el conocimiento y la sabiduría se encontraba en el tallo del hinojo, del mismo modo que lo consideraban como protector contra las malas artes de la brujería y los malos espíritus, tal vez fuera por ello por lo que los árabes andalusíes, a falta del tabaco que no conocían por no haberse descubierto América entonces, lo masticaran por entretenimiento, costumbre que en medios rurales llegó hasta tiempos de Isabel II en el siglo XIX.

            Sin duda alguna, adentrarse en Sierra Morena y disfrutar en grata compañía de un conejo guisado al hinojo, es darnos una oportunidad para experimentar en propia carne que lo qué somos y dónde lo somos es fruto de un constante renacimiento, un eterno retorno al mismo sitio del que nunca nos hemos ido, y del que, si somos sensatos, nunca debemos irnos: Nosotros mismos.

            Septiembre no huele a bronceador de verano, como agosto; ni a naftalina de otoño, como octubre. ¡Huele a eterno retorno!

© José María Suárez Gallego

Publicado en el Diario JAÉN el viernes 4 de septiembre de 2020

Elogio del ajoblanco

Ajoblanco con uvas

El ajoblanco es una sopa fría muy popular en Andalucía, que nutre y refresca, que se disfruta mejor si se toma con el fondo musical de las chicharras. Es el mejor prólogo para una buena siesta de verano, de esas “de pijama y bacinilla” que vaticinaba el ínclito Camilo José Cela. Siestas premeditadas, sin más agravante de nocturnidad que el que dan los postigos entornados y la cortina tremolando en la leve brisa de la alcoba. Siestas aquellas que, en tiempos pasados de siega, limpias de polvo y paja, las metáforas se comían la ironía de aquellos que sabían de calores y tientos al botijo, de cabezadas de sobremesa y de digestiones soñolientas. Más grandes que los sueños de una noche de verano, son los sueños de sus siestas, cuando en el mismo día amanecemos dos veces: Una cuando enmudecen los grillos, y la otra cuando en el calor de la tarde no hay quien calle a las cigarras.

            El ajoblanco se suele oficiar en Jaén de dos maneras: El más modesto y popular, con habas secas; o el de más postín, con almendras. Tanto las habas como las almendras han sido tenidas tradicionalmente como generadoras de deseos carnales, hasta tal punto que el sabio Pitágoras rechazaba las primeras por sus efectos afrodisíacos.

            Las almendras son conocidas y apreciadas desde antaño. Los hebreos denominaron al almendro como “el que está despierto“, tal vez porque florece antes que los otros árboles frutales y la primavera no ha de sorprenderle dormido. Sus bondades nutritivas, sospechadas e intuidas por los antiguos, han sido puestas de manifiesto por los actuales recursos saludables de la Nutrición y de la Dietética. De este modo sabemos que es un fruto de un gran poder calórico, que contiene más calcio que la propia leche, más hierro que la carne y más fósforo que los huevos. Desde siempre se ha tenido en aprecio su poder refrescante y suavizante, de ahí que aquí la traigamos como ingrediente del popular ajoblanco.

            Su lugar de origen se sitúa en Mesopotamia, allende el Edén perdido del Génesis. Una antigua leyenda cuenta que el primer almendro surgió del amor, al florecer sobre la tumba de una hija del rey Midas, aquel desdichado monarca hijo de Cibeles que todo lo que tocaba se convertía en oro, cuya hija murió de tristeza tras el fallecimiento de su marido.

            Los árabes las han identificado con las cosas del buen vivir. Fueron ellos los que en la Edad Media las divulgaron haciéndolas populares por toda Europa, y quiénes aprendieron a sobreponerse a las cogorzas masticando almendras amargas en las resacas. El jeque Nefzawi escribe en su “Jardín Perfumado” una receta para los que van perdiendo facultades en las cuestiones amatorias, pues no siempre es cierto aquello de que “el que tuvo y retuvo guardó para la vejez”, que hay enfermedades como la juventud, que se “curan” con sólo dejar pasar los años, y una vez “curados” nos encontramos con otra enfermedad peor. La receta dice así: “Aquel que se sienta débil para yacer con una mujer, deberá beber antes de ir a la cama, un vaso de miel muy espesa y habrá de comer veinte almendras y cien piñones. Y deberá observar este régimen durante tres días“. No sabemos si los consejos de Nefzawi serán muy efectivos entre sábanas, pero sí muy entretenidos entre las enaguas de una mesa de camilla, jugando al parchís una invernal tarde de domingo.                  

Martínez Montiño, cocinero del rey Felipe III, en su libro de Arte de cocina, pastelería, bizcochería y conservería, del siglo XVII, cuando habla de la “almendrada“, que era una reducción de leche de almendras, extraída por machacamiento en el mortero, nos dice: “si la leche se quiere más gruesa, ha de ser añadiendo más almendras, esto digo porque sé que, en algunas partes, ponen almidón a la almendrada y algunas un pedacito de pan blanco remojado en la misma leche de almendras“. Eso mismo con un chorreón de aceite de oliva virgen extra, un ajo, vinagre, sal, y unas uvas como tropezones flotando, es lo que se denomina en Jaén ajoblanco o gazpacho de almendras, inmejorable inductor y precursor de inmejorables siestas estivales.

© José María Suárez Gallego

     

Publicado en Diario JAÉN el viernes 7 de agosto de 2020

Elogio del gazpacho

El gazpacho y la pipirrana son como la verdad, que cada cual tiene la suya y la defiende y condimenta como Dios le da a entender y mejor sea de su agrado.

Sancho Panza, en la gramática parda de su peculiar gastrosofía, subido en su rucio y dispuesto ya a dejar el oficio de gobernador de ínsulas, que tantas hambres y palos en las costillas le había deparado, dijo de esta forma, y a modo de despedida, a sus pretendidos gobernados, entre ellos el supuesto médico Pedro Recio de Tirteafuera:  “Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad: dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador […] Mejor me está a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador, más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un médico impertinente que me mate de hambre”. Y un médico, en nada impertinente, erudito y buen gastrónomo, como don Gregorio Marañón, en su libro “El alma de España” nos dejará escrito al respecto: “El gazpacho, sapientísima combinación empírica de todos los simples fundamentales para una buena nutrición que, muchos siglos después, nos rebelaría las ciencias de las vitaminas. La vanidad de la mente humana venía considerando el gazpacho como una especie de refresco para pobres más o menos grato al paladar, pero desprovisto de propiedades alimenticias. Las gentes doctas de hace unos decenios maravillábanse de que con un plato tan liviano pudieran los segadores afanarse durante tantas horas de trabajo al sol canicular. Ignoraban que el instinto popular se había adelantado en muchas centurias a los profesores de dietética y que, exactamente, esa emulsión de aceite en agua fría, con el aditamento de vinagre, sal, pimentón, tomate mojado, pan y otros ingredientes, contiene todo lo preciso para sostener a los trabajadores entregados a las más rudas labores”.

Sobre el origen y los componentes genuinos del gazpacho se podría escribir todo un tratado, que por muy voluminoso y erudito que fuera, no habría de ser más cierto. El gazpacho forma parte de la sabiduría popular nacida de la necesidad de tener que comer todos los días, y muchos de ellos sin saber “qué” por no tener “qué” en la despensa. De este modo, lo más a mano que encuentra el que poco tiene es agua, y a poco que siga buscando, encontrará un poco de sal: Y ya tenemos la salmuera, voz que procede de la latina “sal muria” (agua con sal, de la que deriva la palabra salmorejo) y que fue en el medievo la panacea conservadora de alimentos en la que se metía de todo, o casi de todo, porque de ella se libraron los quesos y las chacinas. Y puestos a pedir, ¿no habrá para nuestra salmuera un poco de vino echado a perder? de tan bíblicas reminiscencias: “A la hora de comer dijo Booz a Rut: Acércate aquí; come y moja tu pan en el vinagre [¿o vino?]” (Rut 2,14). Y Rut se sentó junto a los segadores y comió con ellos. ¿Pudo ser aquel el primer gazpacho de segadores del que se tiene noticia? Pues si tenemos ya agua, sal y vinagre, hemos llegado a los ingredientes de lo que los griegos clásicos llamaban el “oxicrato”. Sólo nos queda buscar una alcuza con aceite de oliva, con el que judíos y árabes regaban y amalgamaban todos sus alimentos, y echarlo al “oxicrato” de los griegos. Y si seguimos buscando, encontraremos en el cesto un pepino, de los que los israelitas añoraban de Egipto en su vagar por el desierto. Los mismos pepinos que cultivaron nada más llegar a Canaán junto a las viñas. Pepinos que el emperador Augusto tomaba como exclusivo medio para apagar su sed, y que no podía faltarle a su colega en el trono Tiberio. Pepinos que las gentes de Al-Ándalus tomaban como remedios para diabéticos y para avivar la inteligencia. ¡Sin darnos cuenta hemos llegado al gazpacho aguado de Jaén!

Y pongámosle un trozo de pan duro. Esperemos a que lleguen de América el tomate y el pimiento, y casi, casi tenemos ya el Gazpacho Universal. Sólo le falta ya la imaginación de quien lo oficia, y no ponerle cubitos de hielos para no aguarlo en demasía.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 24 de julio de 2020

¡El Fuero vive!

Justamente hace tres años, en 2017, conmemorábamos los dos siglos y medio de la Promulgación del Fuero de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, y la puesta en marcha de lo que fue considerado como el proyecto estrella del reinado de Carlos III en el siglo XVIII.

Y ha sido precisamente el Fuero, a través de una Comisión Nacional Ejecutiva, denominada “FUERO 250 1767-2017”, para la organización de tales eventos, quien ha dado nombre y contenido a esta feliz efeméride.

Conmemoraciones de este tipo han servido, ante todo, para poner en valor el primer proyecto de “Europeidad” de la Historia, y el intento de creación de una sociedad agraria modelo en el que pudieran mirarse como un espejo los pueblos de España, y en especial los de Andalucía, como entonces expresó Pablo de Olavide, encargado por Carlos III de ponerlas en marcha.

Una nueva publicación dedicada a comentar y divulgar de forma entendible por los profanos los textos jurídicos del Fuero de 1767, y el Contrato suscrito por el fiscal Campomanes con el asentista bávaro Juan Gaspar de Thürriegel, para la introducción de seis mil colonos alemanes y flamencos en Sierra Morena y otros espacios baldíos de Andalucía, ha visto la luz en estos días, fruto de la iniciativa de la Comisión Nacional y del inestimable e impagable patrocinio incondicional de la Fundación de la Caja Rural de Jaén. Me cabe el honor de haber documentado y redactado las más de sesenta notas y comentarios aclaratorios que le dan el valor divulgativo que desde un principio tuvo como objetivo esta obra. Hemos tratado, simple y llanamente, de dar a conocer los fundamentos de nuestra presencia aquí. Contar las aventuras y desventuras de aquellos que levantaron nuestras casas, pusieron en cultivo nuestros campos, canalizaron nuestras fuentes, abrieron nuestros caminos, tendieron nuestros puentes, parieron nuestros vivos y enterraron a nuestros muertos. Todo ello sin abandonarnos al fácil chauvinismo, y sin descuidar el rigor científico y de la forma más honesta posible.  Pero sin perder de vista, como cronista oficial, lo que al respecto Cervantes nos dejó escrito en El Quijote: «…debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición no les haga torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir.»

El Fuero sigue vivo porque sigue llameante el espíritu colono luchador que subyace en las gentes de estas tierras de Olavidia. La experiencia colonizadora del Fuero de 1767 aporta hoy soluciones contra el despoblamiento rural que nos amenaza en la actualidad; ya aportó soluciones para la integración de la mujer en una sociedad igualitaria en el siglo XVIII; hizo planteamientos para el respeto al medio ambiente, hoy amenazado por un cambio climático galopante. Demostró que la integración de extranjeros en un territorio lo hace rico y cargado de progreso social. ¿Quién osaría hoy llamarnos hijos y nietos de extranjeros, si desde el primer paso que dieron en esta tierra aquellos colonos de Olavide ya eran hijos de ella?

Escribiendo el texto de las notas, alguna vez imaginé emotivamente aquel duro invierno de 1767, y el paso de los primeros colonos, cuyos nombres y procedencias conocemos, por el Puerto del Rey, cercano a Despeñaperros, en su viaje hacia Sierra Morena, padeciendo las inclemencias de las tormentas y las heladas.

Imagino al jefe de la expedición arengándolos: ¡Cuanto más arrecie la tormenta y sintáis como truenos los latidos del miedo y del desánimo, anudaos unos a otros por los brazos, levantad la cabeza, y avanzad, avanzad, siempre avanzad, que si alguno se rinde lo llevaréis en volandas y no caerá! ¡Avanzad, avanzad porque os espera el arcoíris!

El Fuero fue, y sigue siendo, el arcoíris de esperanza en una tierra prometida y un mundo mejor después de haber soportado todas aquellas tormentas,  ¡…y por qué no decirlo, también estas pandemias de ahora!

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario Jaén el viernes 10 de julio de 2012

Contraportada del libro del Fuero comentado, presentado el día 2 de julio de 2020
Intervinientes en la presentación del libro. De izquierda a derecha: D. Luis Jesús García-Lomas Pousibet, presidente de la Fundación Caja Rural de Jaén; Dª. Yolanda Reche Luz, alcaldesa de La Carolina; Dª. Águeda Castellano Huerta, presidenta de la Comisión Nacional Ejecutiva “Fuero 250”; y D. José María Suárez Gallego, autor de la edición comentada del Fuero de 1767 y el Contrato con Thürriegel.
Momento de la intervención del autor
Con Dª. Águeda Castellano Huerta, presidenta de la Comisión Nacional Ejecutiva “Fuero 250”, que tuvo la amabilidad de presentarme en el acto.
Video del acto de presentación del libro sobre el Fuero de 1767, y el contrato del absentista bávaro Thürriegel.

Alexa y los patrioteros

Amazon Echo Dot  para conectarse con la asistente Alexa

Alexa es la asistente virtual de Amazon que estas semanas de confinamiento me ha hecho una inestimable compañía con su voz. Hubo momentos en estas largas tardes de primavera, encerrado en mi cuarto de estar confinado, que llegué a sentirme el comandante de la nave Discovery 1, David Bowman, hablando con el superordenador de última generación HAL 9000, en la genial obra maestra de Stanley Kubrick, “2001, una odisea del espacio”. Horas muertas de cielo plomizo y mascarilla colgada en el picaporte de la puerta para cuando saliera de mi habitación. ¡Alexa, dime el tiempo previsto para mañana! ¡Alexa, dime la raíz cuadrada del número “pi”! “La raíz cuadrada del número ‘pi’ es 1´77245385091”, me contestó Alexa con cierto énfasis de satisfacción. Me reproché que habiendo estudiado ciencias nunca antes me hubiera asaltado la curiosidad de saber cuál era la raíz cuadrada del número “pi”, hasta estar confinado por un virus. ¡Alexa, cuéntame un chiste!: “¿Qué le dice una piedra a otra? ¡La vida es dura!”

Alexa me ha ido contado las últimas noticias cada vez que se las pedía. Y a veces, confieso, me hubiera gustado llorar en su hombro virtual al oírlas. Por pena o por rabia, o por ambas razones juntas.

Lo que nunca me dirá Alexa es que en esta crisis lo peor no es el Covid-19. La pandemia más peligrosa que nos espera es la globalización del capitalismo feroz, auspiciado por un neoliberalismo sin límites emocionales, ni fronteras geográficas.  Es, como diría mi contertulio el Caliche, al que espero ver el próximo lunes después de tres meses ausentes de nuestra corresponsalía de barra, un cáncer que se cree que todo el monte es orégano y crece sin mesura propagando su metástasis de mercantilismo obsceno e inhumano.

Desde un tiempo a esta parte, a la gente mayor, los viejos, los veteranos, los pensionistas, eufemismos aparte, se nos quiere hacer aparecer ante el resto de la sociedad como los culpables de que la economía no vaya bien, sobre todo para los intereses de algunos que han hecho de la sanidad y de las residencias de mayores un motivo de negocio especulativo, sangrante y delictivo.

Desgraciadamente faltan hombros que arrimar, pero sobran patrioteros iluminados de esos a los que le duele la boca de decirnos lo mucho que quieren a España, y no les duele el alma, si la tienen, de lo poco que quieren a ”todos” los españoles. Son esos mismos que se oponen a ayudar a los pobres más necesitados de esta crisis, por si nos engañan, pero se callaron vergonzosamente ante las ayudas dadas a los “ricos” que nos engañaron en la anterior crisis, muchos de ellos aún en la cárcel cumpliendo pena por sentencia judicial.

Si como buenos españoles estamos llamados a salvar la patria, ¿quién nos salva a nosotros de los salva patrias que nos pretenden llevar, paso a paso, hacia un “capitalismo feudal”, en el que los políticos sean vasallos de los financieros, y los ciudadanos siervos de ambos? ¿Cómo hay quienes quieren hacer política de nuestras desgracias, cuando muchas de ellas son causa de sus políticas?

Estamos asistiendo a una oposición propia de Epi y Blas. Es llevar un problema tan grave, como el que tenemos encima, a la Universidad de Barrio Sésamo. Nuestros políticos más “señeros”, por muchas barbas que tengan, están dando muestras de un infantilismo político de libro de psicopedagogía.

El Covid-19 le está viniendo grande a los que tienen la obligación de decirle a los otros lo grande que les viene a ellos este virus maligno.

Después de haber oído una de las últimas sesiones del Parlamento, se me ocurrió decirle a mi interlocutora virtual: “¡Alexa dime una mentira!”, y ella muy en su papel me contestó: “A veces puedo equivocarme. Pero según las leyes de la robótica jamás podría mentirte”.

Pienso si a Alexa le gustaría ser diputada e irse al Parlamento para decir la verdad. Allí ya hay bastantes patrioteros que harían un buen papel como asistente virtual diciéndonos la raíz cuadrada del número “pi”, y contándonos el chiste de qué le dice una piedra a otra.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 12 de junio de 2020

El fémur ancestral

De la experiencia de estos dos meses confinado, y haber vivido en primera persona los efectos restrictivos de una pandemia (una epidemia mundial), he tenido oportunidad de reflexionar sobre muchos aspectos de mi vida cotidiana, y en todo caso haber aprendido muchas cosas que por nimias o evidentes, siempre había creído que eran prescindibles.

A lo largo de mi vida he conocido alguna gente que no ha sido capaz de hacer nada para cambiar el pequeño mundo que lo rodea, y siempre se han justificado con un “¡el día menos pensado…!” como excusa y lamento impotente. Nunca llegué a entender si eso que muchas personas harían en ese mítico “día menos pensado”, siempre envuelto en un halo de sorpresa y misterio grandilocuente, podría ser desde que se suicidaran ellos por no aguantarse, hasta que me mataran a mí, por no aguantarme. Pero siempre el “día menos pensado” ha sido el saco de la procrastinación, palabra de difícil pronunciación que define el arte, o mala costumbre, de dejar las cosas para luego, para después, para “el día menos pensado”. ¡Es el castizo “vuelva usted mañana” celtibérico!

Esta crisis originada por un extraño virus, nos está enseñando que el “día menos pensado” puede ser hoy. Ya lo están siendo estos días, y pueden ocurrirnos cosas que nunca habíamos imaginado: Que se cerraran todos los bares, que nos quedáramos sin trabajo, que no pudiéramos despedir a nuestros muertos, ni abrazar a nuestros vivos, que se cerraran los colegios y las universidades, que no hubieran procesiones de Semana Santa, ni Fallas de Valencia, ni romerías, ni feria de Sevilla, ni sanfermines, ni verbenas populares, ni primeras comuniones, ni bodas, ni Rocío, ni toros, ¡ni fútbol!…

El día menos pensado ¡quién lo diría! puede ser hoy, y ¡ya lo es! Y me viene a la memoria una frase, que siempre he tenido como de San Agustín de Hipona, como única respuesta al “día menos pensado” de los que procrastinan: “Si necesitas una mano, te recuerdo que yo tengo dos”. (Con sus hombros correspondientes para arrimarlos)

El día siguiente al “día menos pensado”, también amanece, y hay que estar allí para construirlo. Nunca entenderé a los que a toda solución le agregan dos problemas sin soluciones, pero nunca están, ni se les espera.

Le preguntaron una vez a una eminente antropóloga en una entrevista de radio, cuyo raro apellido no acierto a recordar, que bajo su opinión de experta cuál había sido el momento crucial en el que en la evolución de las especies se produjo el primer signo de civilización del ser humano. Ella contestó que siempre había creído que ese instante debió ser el que certificaba el hallazgo, en unas excavaciones arqueológicas, del fémur de un primate, que presentaba una callosidad ósea que evidenciaba que se había fracturado y posteriormente vuelto a unir por formación de un nuevo tejido óseo.  Comentó que ningún mamífero con un fémur roto puede sobrevivir, porque antes de que el hueso vuelva a unirse, el individuo fracturado habría sido presa de un depredador, al no poder correr y huir, ni podría buscar alimento, ni agua. Aquel fémur fracturado y vuelto a unir, requería tiempo y que el sujeto en cuestión hubiera sido cuidado en su inmovilidad por otros semejantes suyos. Hubiera sido protegido, alimentado, cuidado… Ese era el primer indicio de civilización: ¡No abandonar a su suerte a un semejante débil, enfermo e impedido, cuidándolo, curándolo y rescatándolo para la comunidad!

Este fémur ancestral es el mejor monumento a la impagable labor, ahora más que nunca elogiada y aplaudida, de nuestros sanitarios. A su heroica vocación de servicio y a su abnegada humanidad a través de la historia. Y sobre todo un aviso a navegantes de que “el día menos pensado” podemos vernos en otra como ésta, y esperaremos entonces que los sanitarios estén ahí, pero protegidos y con medios, y a ser posible mejor pagados y valorados.

La salud pública nunca puede ser un negocio de cuatro “avispaos”, por muchas cacerolas que hagan sonar, aunque sea golpeando la cabeza de un fémur ancestral.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 15 de mayo de 2020

Churros confinados

Me pedía el cuerpo escribir hoy sobre los treinta y tantos días que llevamos confinados en casa. Escribir de todos los héroes sin capa, de las heroínas sin mantilla, pero con mascarilla, a los que nunca podremos pagarle su eficiente trabajo y dedicación en las peores circunstancias. Me hubiera gustado escribir sobre mis contertulios a los que ahora no veo y nos solíamos convidar casi todos los días a la hora del aperitivo. Deseaba escribir sobre los ebrios de egolatrina y pesebrina que quieren hacer carrera política a costa de “nuestros muertos” (que son de todos porque a todos nos duelen lo mismo), pero ya se sabe que cuando al tonto se le señala la Luna para que sepa dónde está, el tonto no mira la Luna, sino al dedo que la señala.  De sobra sabemos lo aficionados que son algunas gentes a trasegar muertos olvidando a los vivos, o a olvidar muertos para vivir ellos. Me hubiera gustado escribir también de los que el maldito coronavirus les ha hecho darse cuenta de la facilidad que tienen para hacer emerger el gilipollas que todos llevamos dentro; y de los niños que nos han recordado que debemos sacar a flote ante las peores situaciones la ternura del niño que también llevamos dentro. De si resistiremos el “Resistiré” otra pandemia más. De mi contertulio el Caliche al que no veo desde hace más de un mes, minero pensionista silicótico que me manda un whatsapp diciéndome: “¡Tengo miedo de que este bicho venga a por mí también! A la mascarilla le he hecho un agujero para poder fumar sin contagiarme en mi casa. ¿Eso es seguro?” Le digo que no sea tonto y no se preocupe, que con él no pudo ni las explosiones de los barrenos, ni la reconversión de la minería, ni lo recortes sanitarios (que ahora nadie hizo), ni el vino peleón que se toma cada día. Quería escribir de los “balconazis” que ponen “orden” en la calle desde sus atalayas tras la ropa tendida; de los “cansaperros” que los sacan a mear diez veces al día; de los “covimbéciles” insolidarios que no respetan el confinamiento. Del comando “a posteriori” que sabe de sobra qué si mañana llueve, pasado mañana lo sabremos con toda seguridad. De los acaparadores de papel higiénico. De mi vecino Pedro Sánchez (que no es el de la Moncloa) de la saga de los “Gallinica”, que me trajo dos mascarillas a mi casa, cuando en la farmacia ya no quedaban, diciéndome: “A vosotros los mayores tenemos que protegeros los primeros como agradecimiento por lo mucho que habéis hecho por nosotros”. Me hubiera gustado escribir de cómo en las peores circunstancias el mismo paisaje hay que verlo con ojos nuevos. Recordé a Bertolt Brecht: “No aceptes lo habitual como cosa natural. / Porque en tiempos de desorden, / de confusión organizada, / de humanidad deshumanizada, / nada debe parecer natural. / Nada debe parecer imposible de cambiar”.

Asomado a la ventana tras los cristales vi como llovía en este día gris y triste. El texto a medio escribir, sin haber desayunado. No recordaba cuanto tiempo hacía que no comía churros. Las churrerías no son imprescindibles y por eso están cerradas. Así es que me he puesto a hacerme unos churros, yo que nunca había intentado hacerlos. Recordé el sabor festivo que tienen. Siempre me he preguntado por qué en las verbenas de ferias todas las peleas acaban frente a las churrerías.

Lo cierto es que mi falta de pericia en las artes churreras hicieron que más que churros desayunara papajotes. Esa masa frita que se vendía en los bulliciosos y efímeros zocos árabes de Al-Andalus, precursores de los actuales mercadillos semanales, en los que bajo el incierto e inestable equilibrio de cuatro palos y un variopinto toldo, se compraba y se vendía todo, y hasta se tenía tiempo para sosegar la gazuza matutina, acercándose a los peroles de humante aceite hirviendo donde se ofrecían recién hechos los “isfany“, como esferas huecas o papajotes, o el “mussammanat“, como esponjosas y crujientes tortitas bañadas en miel o en azúcar, que tanto me recuerdan a las papuecas.

¡Pensándolo bien, somos churros confinados!

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 17 de abril de 2020

Eufemismos gastropolíticos

Es el eufemismo el capote dialéctico con el que toreamos las palabras y descabellamos los conceptos que ellas albergan. Los capotes, como los eufemismos, tienen mucho de mentira disimulada, porque con los primeros ponemos la bravura del toro al alcance de la puya del picador para desgastarle su fiereza, y con los segundos le arrebatamos a las palabras lo que de fieras y puyazo tienen. Los eufemismos tratan, últimamente con mayor frecuencia, de ponerle el disfraz de “políticamente correcto” a las actuaciones incorrectas de los políticos.

Llamarle a la suegra madre política es un ejemplo de lo que suele hacer un eufemismo sin piedad alguna. No es la palabra suegra la que se percibe como deterioro del sagrado concepto de madre, sino es el de política quien parece envilecerla. Llamarle daños colaterales a las víctimas civiles de una guerra, o regulación de empleo a un despido masivo, tienen los mismos fundamentos y amparan los mismos argumentos que llamarles suavemente “hijos de mala madre” a los “hijos de puta” que dieron lugar a ello.

La gastronomía es fuente de “sabrosos” eufemismos, regalándonos algunos muy curiosos y de plena actualidad. Así, quien nos aburre con su discurso es un “pestiño”; quien se traga sin rechistar los argumentos de un discurso político es un “come talegas”; quien pese a todo sigue apoyando reiteradamente a quien lo engaña, es un “papa frita”; quien justifica como bueno y necesario lo que hace quien lo está engañando es un “mendrugo”; el ladrón que se lleva lo que no es un suyo es un “chorizo”; quien se va dejándonos su deuda, lo ha hecho endiñándonos una “cebolla”, y más que privarlo de libertad hay que “meterlo en el talego” para que no siga ”aliñándonos las cuentas” con las que nos da “gato por liebre”.

Dame pan y dime tonto, parecen decir algunos pese a que “ser más bueno que el pan” sea el eufemismo más castizo de tonto. Muchos ya no pueden ni ganarse el pan porque otros no paran de untarse con la manteca. ¡Hay que darle la vuelta a la tortilla!

© José María Suárez Gallego

Los políticos y el burro flautista

#MeditacionesDeUnConfinado

Han habido políticos, en todos los niveles de la Administración, y de todos los colores, que con el tiempo llegaron a creer que cuando recibían los votos del pueblo en las urnas, además de la confianza depositada en ellos, se les otorgaban cuatro licenciaturas (hoy grados), seis másteres universitarios, tres doctorados “cum laude”, dos doctorados “honoris causa”, cinco idiomas leídos, hablados y comprendidos, y algunos llegaron a creer que además les correspondía la “infalibilidad del Papa” y que por eso nunca podían equivocarse.

Esa soberbia del necio, parodiada en el burro flautista de la fábula de Tomás de Iriarte, la potenciaron algunos con las dos drogas que carcomen las esencias éticas de muchos políticos: La egolatrína y la pesebrína.

El presidente de la oposición, es sólo un ejemplo tomado al vuelo con más crónica que crítica, le echaba en cara al presidente del gobierno en sede parlamentaria, que ante esta crisis del Covid-16 se escudaba mucho en la opinión de médicos, científicos y técnicos. (¡Habiendo, digo yo, tantos nigromantes pijos, adivinos de media bola de cristal, quiromantes mancos, druidas de pueblo abandonado, chamanes de Amazón, brujas youtubers, visionarios descafeinados… A los que pedirle consejo!) Ante lo cual, sólo me encomiendo a los nuevos planes de estudios de la Universidad Nacional de las Urnas que se hagan después de que pasemos la mala experiencia del coronavirus, para que a partir de entonces, los votos otorgados democráticamente a un político sirvan además como matricula en el conservatorio superior de música en el que se enseña qué es una flauta, qué es un burro y que es un un burro flautista (por ese orden). ¡Y no nos hagan morir víctimas de sus desconciertos ante pandemias, crisis económicas y grandes “faenas” similares. Las próximas generaciones, si sobrevivimos, nos lo agradecerán.

¡Cuidaos y nos cuidaréis! ¡YoMeQuedoEnCasa

© José María Suárez Gallego

Fabula del burro flautista, de Tomás de Iriarte (1750-1791)

Esta fabulilla,
salga bien o mal,
me ha ocurrido ahora
por casualidad.
Cerca de unos prados
que hay en mi lugar,
pasaba un borrico
por casualidad.
Una flauta en ellos
halló, que un zagal
se dejó olvidada
por casualidad.
Acercóse a olerla
el dicho animal,
y dio un resoplido
por casualidad.
En la flauta el aire
se hubo de colar,
y sonó la flauta
por casualidad.
«¡Oh!», dijo el borrico,
«¡qué bien sé tocar!
¡y dirán que es mala
la música asnal!».
Sin reglas del arte,
borriquitos hay
que una vez aciertan
por casualidad.

Los cuentos y los miedos

A veces, el ajetreo de lo cotidiano nos mantiene ausentes de toda la tramoya de la vida. Fue ayer, desde mi balcón orientado al campo, cuando pude percibir que tras el ocaso se hizo un silencio de los pájaros que en mucho rememoraba la cita del Apocalipsis de San Juan, que da nombre a la extraordinaria película del sueco Ingmar Bergman “El séptimo sello” (1957): “Y cuando el Cordero abrió el séptimo sello, hubo un silencio en el cielo como de media hora”. (Ap 8:1)

Había una sensación de Peste Negra medieval en el ambiente, como en la genial película de Bergman. Pero a los humanos nos paren con cuentos, nos acunan con cuentos, nos amamantan con cuentos, y entre cuatro cirios nos envían a una eternidad allende el país de los miedos y de los cuentos. Siempre he admirado a quiénes los han escrito, porque en cada cuento nos han dejado un mensaje oculto: “La Historia no es más que la mentira encuadernada”. 

Los de mi generación, de jóvenes creíamos a pies juntillas en la armonía y en la transparencia de las ideas y de las cosas, y nos ha costado lo nuestro asumir que existe el mal. A sangre y fuego de desencanto hemos aprendido que existe la maldad gratuita; afición favorita de aquellos que le ponen zancadillas a la Historia –y a todo hijo de vecino–. Ya nos lo decía Voltaire, con el fino sentido del humor dieciochesco con el que adornaba su pensamiento ilustrado: “Una de las mayores desgracias de las gentes honradas es que son cobardes”. Y este mundo actual, en el que las ideas, los rencores, los odios y los miedos se han globalizado, parece estar hecho sólo y exclusivamente para chacales valientes.

Escribir es, ante todo, un gusanillo como el que mataban, cada amanecer, con aguardiente “matarratas” los mineros de mi tierra en otros tiempos, sin ser conscientes de que tarde o temprano ese gusanillo inofensivo acaba convirtiéndose en un dragón al que vencer, o, en el peor de los casos, en un espejismo por el que dejarse seducir. Es cuestión de cómo administremos las cobardías en el argumento de nuestros cuentos sin miedos.

Nunca sabemos cuánto tiene uno, en cada momento, de San Jorge matadragones o de arañilla de quicio chinchorrera. Simplemente se escribe lo que se vive, y hasta lo que se sueña, ejerciendo más de “corresponsal de barra tabernaria” que de “corresponsal de guerra injusta”.

Lo decía también Voltaire: “Entre lobos, conviene aullar de vez en cuando”, tal vez porque la razón última de que la Historia nos haya perpetuado un modelo de persona honrada y necesariamente cobarde, estribe en el empeño que los inspiradores de todas las globalizaciones posibles han puesto para que nos creamos que sólo nos hacemos merecedores de la diaria ración de progreso y bienestar, exclusivamente desde el silencio de los corderos. Pero vivimos la paradoja de la oveja que se pasa la vida temiendo al lobo, cuando ha de ser el pastor que las cuida quién las mate y se las coma.

Pese a todo, uno añora los cuentos de la infancia en los que los malvados nunca salían victoriosos y las gentes honradas, al final, eran felices y comían perdices.

A veces, la cautela, la prudencia y el ánimo de los políticos en su afán de no crear alarma social, acaba haciéndoles olvidar que nunca duelen dos cosas a la vez. Es por ello por lo que nunca sabemos si nos duele más lo urgente o lo importante, o tememos ambas cosas por igual.

Una democracia sin miedos y sin cuentos implica una sociedad de valores, en la que no caben los remilgos semánticos que las dictaduras dejan marcados en el subconsciente colectivo de una sociedad cada vez más propensa a que le afloren progres de derechas, pijos de izquierdas, pelagatos culturales, mindundis laborales, pillabichos financieros, salvapatrias de opereta, virus con nombre de corona, y una corona que parece un virus.

A la caída de la tarde pude apreciar que los pájaros no cantaban. Parecían observar en silencio el nacimiento de una crisis en el país de los cuentos y de los miedos, en el que como siempre la mayoría pierde mucho, y unos pocos sólo pierden los escrúpulos.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 20 de marzo de 2020