Olavidia, Quesos y Besos.

En mayo de 2015, una encuesta realizada entre los usuarios de la web sobre viajes y turismo Hoteles.com, declaró que Guarromán fue votado mayoritariamente como el destino turístico menos romántico de España.”

             A principios del mes de junio de ese mismo año, el recién nombrado alcalde de Guarromán, Alberto Rubio Mostacero, me dijo que había un matrimonio interesado en poner una fábrica de quesos artesanos en Guarromán, y que querían que sus nombres estuvieran relacionados con la historia de este pueblo, que hablara con ellos y que como cronista oficial del municipio los informara de estos pormenores.

            Así ocurrió. Tuve una conversación con Silvia Peláez, ingeniero químico y perteneciente a una familia que tradicionalmente ha tenido ganado caprino, y la parte femenina de la pareja que quería emprender la fabricación de quesos en Sierra Morena.

            Hablamos de la peculiaridad del nombre de Guarromán, de su significado, de su historia, y de que debido a él se nos había “declarado el destino turístico menos romántico de España”, y que por eso yo opinaba que en Guarromán se debería de hacer una “gastronomía guarromántica”, que no es otra cosa que ser romántico en Guarromán. Propuse para la empresa el nombre de “Quesos y besos”, y así sus quesos podrían ser objeto de regalo romántico también. Lo cierto es que en la actualidad “Guarromántico” ya es un exquisito queso de esta empresa, que se elabora añadiendo cuajo tradicional a la leche cruda de cabra.

            La empresa puso en marcha todos los trámites burocráticos. El matrimonio Paco Romero y Silvia Peláez debatieron con sus familiares la “locura” del nombre propuesto por el cronista de Guarromán (más propio de un local de alterne de carretera, como nos reconoció Paco Romero al recoger el Premio Nacional Cuchara de palo 2019 ). El hecho es que registraron el nombre como marca, se establecieron en una nave que acomodaron para tal efecto en el Polígono de Los Llanos, de Guarromán, y comenzaron su actividad de producción de quesos con leche de cabra.

            En el año 2017, Guarromán y todas las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena fundadas por Carlos III en el siglo XVIII, bajo la dirección del intendente Pablo de Olavide, celebraban su 250 Aniversario (1767-2017), y se habían preparado muchos actos para conmemorarlo.

            El primer queso de Quesos y Besos se llamó” Olavidia”, como el territorio que abarcaban las Nuevas Poblaciones en las que se integraba Guarromán, y en homenaje a este 250 Aniversario y a Pablo de Olavide, su impulsor.

            El queso Olavidia fue declarado como el Mejor Queso Absoluto en el Gourmet Quesos 2018, es decir el mejor queso de España de 2018 en todas las categorías, premio este último que repitió en la edición de 2019. En 2020 Olavidia fue Medalla de Plata en el World Cheese Award 2019-20, celebrado en Bérgamo (Italia).

            Hace unos días en Oviedo el Olavidia de Quesos y Besos ha conseguido ser el Mejor Queso del Mundo en el World Cheese Awards 2021.

            Todo lo demás que hay que añadir a este relato se llama tesón, corazón, entusiasmo, ilusíón, confianza, trabajo, trabajo, trabajo… de Silvia Peláez y Paco Romero, y viceversa. El mismo espíritu que pusieron los colonos que trajo Carlos III a esta Tierra de Olavidia en el siglo XVIII, y que Silvia y Paco, como colonos del siglo XXI, han escrito en una metáfora hecha queso que se llama Olavidia: Una línea de ceniza de aceituna marca la frontera entre el Jaén que duerme sus glorias y el Jaén que se levanta frente a su futuro.

            Nunca hubiera imaginado nuestro “poeta cabrero”, Miguel Hernández, que las piedras lunares sobre las que se levantara Jaén estuvieran hechas de leche de cabra y ceniza de huesos de aceituna sobre las que resucitar como el Ave Fénix.

            Nunca hubiera soñado Pablo de Olavide que a Sierra Morena vendrían unos colonos de la Sierra Sur como Silvia y Paco. ¡Muchos quesos y besos guarrománticos para vosotros, inmejorables colonos de la Olavidia del siglo XXI!

© José María Suárez Gallego

https://www.quesosybesos.es/

Publicado en Diario JAÉN el viernes 12 de noviembre de 2021

Cuestión de huevos

Heraclides de Siracusa, que vivió en el siglo IV antes de Jesucristo, según refiere Ateneo en su libro “El Banquete de los eruditos”, hizo una valoración de los huevos más exquisitos, que son, según él, los de la hembra del pavo real, los de la gansa del Nilo y los de la gallina. Lo que nos pone de manifiesto lo antigua que es la preocupación por hallar bondades en el universo encerrado en el cascarón de un huevo.

El propio Leonardo Da Vinci llegó a hacer la siguiente afirmación, fruto de su talento renacentista, e incluida en sus notas de cocina, según consta en el falso Códice Romanoff, pero que no por ello deja de sernos creíble: «Los huevos bendecidos por los sacerdotes saben igual que cualquier otro huevo«.

Uno de los primeros apuntes gastronómicos más certeros que se han escrito sobre los huevos y el aceite de oliva se lo debemos al filósofo, matemático y médico andalusí Ibn Rushd, más conocido en la historia de Occidente como Averroes, en el siglo XII en su tratado Kitab al-Kulliyat fi-l Tibb (“Libro sobre las generalidades de la Medicina”), y dice así: “Los mejores huevos son los de las gallinas. Cuando se fríen en aceite de oliva son muy buenos.”

En la literatura gastronómica es recurrente el tema sobre el gusto de monjes y frailes por los huevos, donde lo manifestado por Leonardo Da Vinci al respecto nos viene a poner lo terrenal y lo divino en el justo sitio que a cada cuál corresponde. De este modo Alejandro Dumas, padre, en sus apuntes sobre la cocina española, fruto de un viaje por la España de la primera mitad del siglo XIX, nos cuenta la siguiente anécdota ocurrida en una posada a la hora de desayunar: «— ¿Quiere usted —le dijo la posadera— un par de huevos para un fraile o un par de huevos para un seglar?». El novelista francés, asombrado, preguntó qué diferencia existía, contestándole así la posadera: «– Pues que un par de huevos para un fraile se compone de tres huevos y un par de huevos para un seglar se compone de dos.»

Pero la cosa no habrá de quedar ahí, pues en el siguiente cuento popular andaluz, conocido por la «Docenica del fraile» y recogido en su Cocina Andaluza por el recordado cronista oficial de Córdoba y avezado gastrónomo, Miguel Salcedo Hierro, se nos da otra curiosa referencia sobre un fraile que entró en una huevería para comprar una docena de huevos, diciéndole de esta manera a la dueña: «Como son para personas distintas me los va a despachar por separado, de la forma siguiente: Para el padre prior, media docena, y apartó seis; para el padre guardián me encargó un tercio de docena, y separó cuatro, agregándolos a los otros, y para mí, que soy más pobre, un cuarto de docena, y procedió a apartar tres más, que añadió a los anteriores. Total, que si hacemos las cuentas son seis del prior, cuatro del guardián y tres del fraile, igual a trece. El buen hombre pagó su docena y se fue.»

Viendo, pues, que tanto los huevos benditos como los que no lo están saben lo mismo, pero valen más baratos si son para sartén de convento al entrar uno más en la docena, el cancionero popular nos da fe de la mayor o menor longevidad de las viandas, sean vianda celestial o pitanza terrenal: «Toma el huevo de una hora, / el pan, de aquel mismo día, / el vino, que tenga un año / y algo menos la gallina». Es como si el neoliberalismo globalizado, elevándonos los precios de la energía hasta que “nos cueste un huevo”,  acabe creándonos nuevos sentimientos de culpa recordándonos que “consumimos energía por encima de nuestras posibilidades”, y no nos quede otra cosa que hacer dietas de adelgazamiento y aceptar la presión fiscal como unos eficaces instrumentos de control de las relaciones sociales, culturales, económicas y políticas. O en su caso poner en práctica lo que se dice en Linares de que “tres huevos son dos pares”, sin saber si los huevos deben estar benditos o no, y entonemos como un himno el “manda huevos” que un día se oyó en las Cortes Generales. ¡Qué difícil es cuadrar las cuentas al gusto de todos los huevos y sin tener que rezar!

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 15 de octubre de 2021

La lengua y la espada

Hace días, a un conocido que siempre ha estado interesado en los temas de la masonería, le dije que entendía que los masones llevaran un mandil en sus actos porque simbólicamente se sentían canteros y constructores de sí mismos, pero que nunca supe el motivo por el que en algunos de sus ritos llevan también una espada, si históricamente han defendido una fraternidad universal desde la paz y la concordia.

 El conocido, sabedor de mis vocaciones gastronómicas, trató de saciar mi curiosidad con una fábula de Esopo y de cómo un mismo ingrediente, según se cocine, puede ser el mejor o el peor de los manjares, y que en este caso la espada sí pincha y corta siendo un ejemplo simbólico de lo que pretendía explicarme.

Y me dijo así: Esopo era un esclavo frigio que vivió cinco siglos antes de Cristo. Está considerado el padre de la Fábula, porque no olvides que las cuatro habilidades que hicieron posible que el ser humano se distanciara en la evolución de las especies del resto de los simios, son que aprendió a hablar, que aprendió a cocinar, que aprendió a reír, y que aprendió a fabular, algo que no hacen el resto de las especies.  Esopo contaba que uno de sus amos llamado Xantus, lo mandó al mercado para que trajese el mejor alimento que encontrara con el que agasajar y sorprender a unos importantes invitados que esperaba. Esopo compró solamente lengua y la hizo aderezar de diferentes modos. Los convidados se hartaron de comer de aquel manjar al que no dejaban de elogiar en cada bocado. Cuando quedaron solos, Xantus le preguntó qué era eso tan delicioso que tanto habían elogiado sus invitados.

Esopo le dijo a su amo: “Me pediste lo mejor, y traje lengua. La lengua es el fundamento de la filosofía y de las ciencias, el órgano de la verdad y la razón. Con la lengua se instruye, se construyen las ciudades y las civilizaciones, se persuade y se dialoga. Con la lengua se canta, con la lengua se reza y se declara el amor y la paz. ¿Qué otra cosa puede haber mejor que la lengua?”

Algunos días después, Xantus le dijo a Esopo que en unos días vendrían otros visitantes que no les agradaban mucho, pero que por motivos de protocolo no tenía más remedio que atenderlos y darles de comer, pero que quería manifestarles su desagrado sirviéndoles una mala comida. “Trae del mercado lo peor que encuentres” le recomendó. Esopo trajo lengua y la hizo preparar con un sabor tan desagradable que repugnó a todos los comensales.  “¿Qué porquería es lo que le has servido?” le preguntó Xantus. “¡Lengua!, contestó Esopo. La lengua es la madre de todos los pleitos y discusiones, el origen de las separaciones y las guerras. Con la lengua se miente, con la lengua se calumnia, con la lengua se insulta, con la lengua se rompen las amistades. Es el órgano de la blasfemia y la impiedad. No hay nada peor que la lengua”.

“La lengua es como una chispa de fuego –prosiguió mi conocido– aunque sea muy pequeña puede causar daños inmensos e irreparables. La más pequeña de las chispas, ha creado los mayores incendios forestales, devorando terrenos, ciudades y pueblos, y hasta vidas humanas. El hombre que ha sido capaz de dominar todos los tipos de animales, ¡cuánto le cuesta domar su propia lengua! La lengua es pues una espada de doble filo, y la espada que los masones llevan en la cintura no hace otra cosa que recordarles simbólicamente que cuando desenvainen la lengua deben hacerlo también desde la razón y el honor con el que desenvainan la espada”.

Andábamos en esta disertación cuando tras los ventanales veíamos caer la primera lluvia de septiembre, mes que no huele a bronceador como agosto, ni a alcanfor de otoño como octubre. Septiembre huele a eterno retorno, a volver a empezar. A borrón y cuenta nueva. Comienza un nuevo curso político, y oyendo lo que estoy oyendo estos días, a veces creo que debe ser saludable que de algunas lenguas cargadas de sinrazón y odio se encargue la espada con su doble filo de sensatez y cordura. ¡Y que Esopo nos las cocine a su estilo fabuloso para general escarmiento!

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 17 de septiembre de 2021

Algoritmos y «algorismos»

Es alrededor del fuego familiar donde se han escrito, se han contado y se ha llenado de contenido toda una forma de vida tradicional, íntimamente rota sólo desde que entró a nuestras cocinas, en el desarrollismo de los años sesenta del pasado siglo, el muy pulcro gas butano, y desde que un portentoso chisme llamado televisor se adueñó de nuestra cocina-comedor una década después. Pero si el primero condenó el fuego a un rincón exclusivo de la casa: la cocina; el segundo nos condenó a todos a vivir arrinconados a golpe de «¡chiiis!», que bien pensado es la expresión más oída cuando se tiene el televisor encendido mientras se come en compañía. En los últimos tiempos ya ni se manda callar al resto de los comensales porque cada cual es carne silenciosa de los algoritmos matemáticos frente a su “smartphone”.

A la hora de la comida, almuerzo o cena, es cuando abrimos la prodigiosa ventana del mundo de la televisión o de las redes sociales, y nos damos cuenta de que nunca tan increíbles inventos, de tan amplias posibilidades culturales para el entorno del hombre, se utilizaron tan profusamente para mantener callados a todos los comensales de una misma familia. Sólo un «¡chiiis!» mandando callar a todos y el mando a distancia, en manos del primero que le da captura, han podido dinamitar en pocos años las bases del buen oír y del mejor ser oído mientras se lleva a cabo el sagrado menester de compartir el pan nuestro de cada día.

Reivindicamos desde estas líneas, que el ir y venir de los tiempos, eso que ya se llama la modernidad de la posverdad, nos traiga inventos y artilugios para ser más felices y más libres, pero no para tenernos callados ante una «ventana» en la que ni tan siquiera podemos dibujar corazones con la escarcha de nuestro vaho. Reivindicamos que retornen a nuestras mesas los contadores de cuentos y de historias, y que se le diga un coreado «¡chiiis!» al televisor y todo lo que venga a robarnos con algoritmos el poco corazón colectivo  que aún late junto al fuego del hogar, en el que por mejor pasar el tiempo los niños hurgaban, hurgábamos, en las brasas con una ramilla de olivo, acción ésta que se recriminaba, en otros tiempos, con un vaticinio fatal para las noches de invierno: «¡Niño quédate quieto que te vas a mear en la cama!». Nunca llegué a entender qué misteriosa relación existía entre el ser un efímero domador de ascuas y el riesgo de la micción nocturna involuntaria, pero aún ahora, cuando las nieves del tiempo han plateado mi sien, reivindico desde la añoranza la música acompasada y cadenciosa del tenedor batiendo huevos en el viejo tazón, la sartén en el fuego del hogar crepitando picadillos de cebolla y ajos, y el mortero majando pimienta y clavo. No había, entonces, más «¡chiiis!» que cuando queríamos oír al perro ladrándole al gato por su tardanza en volver a casa. Y es que desde antiguo es sabido el poderoso influjo de la Luna en los seres vivos cuando acuden a la irresistible llamada del amor a través de los tejados, plagados hoy de antenas por las que nos llegan los ecos del progreso, llevándose los únicos latidos del corazón colectivo que de momento no se pueden manejar con un mando a distancia ni con los algoritmos matemáticos de las redes sociales. Nos queda algo que contarnos, algo que compartir, algo que decirnos unos a otros antes de que los algoritmos del progreso nos priven de los “algorismos” de pintar “algo” en nuestras vidas y en las de las personas por las que sentimos “algo” más que puñetero asco e indiferencia. ¡Eso que se llama amor y empatía!

Y ese día llegará cuando menos se piense, y serán los herejes y las brujas que han pasado por la Historia los que juzgarán y sentenciarán a todos los inquisidores y talibanes que los juzgaron y los ajusticiaron.

A los algoritmos matemáticos frente a los “algorismos” emocionales, les puede ocurrir como les pasó a muchos inquisidores y talibanes de todas las religiones, que por malvados nunca estuvieron a la altura moral y ética de sus herejes y de sus brujas.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 20 de agosto de 2021

35 años como cronista oficial de Guarromán

El cronista oficial de Guarromán junto a un busto de su rey fundador Carlos III

Hay dos vanidades que sin pudor suelo ejercer en público. Una, mi condición de ex fumador con más de tres decenios de antigüedad en el gremio de los anicóticos la otra, el ejercicio no remunerado de los menesteres propios del cronista oficial de Guarromán, desde hace ya tres décadas y media. Y ruego me disculpen el asomo de inmodestia, pero en el hecho de no fumar –sin amargarle la vida a los todavía fumadores–, y en la oportunidad de poder escudriñar, vaticinar y escribir lo que fueron, son y pretenden ser mis convecinos como pueblo, sin más recompensa, por un lado, que no toser por las mañanas, y sin otra satisfacción, por el otro, que no perder el sentido del esfuerzo gratuito en pos de la comunidad que me soporta –y viceversa–, encuentro el mejor equipaje para acabar de saltar la barrera de los sesentones con el mismo estado de ánimo y compromiso que cuando pasé la de los veinteañeros, eso sí, algo más sobrado de arrobas, con las sienes pintando plata, y un poco más de hierro lastrando  el corazón.

En los casi cincuenta años que hace que cumplí los veinte, he tenido la oportunidad de conocer profesionalmente a algunos individuos tan pobres que sólo tienen dinero, que diría la sin par Gloria Fuertes. He conocido también a algunos mozuelos imberbes sin otro sueño que llegar a lo peor de sí mismo atiborrados de pasta dineraria, que, con la arrogancia al uso en el Imperio, te llaman gilipollas porque te obcecas en ponerle remedio al celemín de mundo que te ha tocado padecer o disfrutar, según se mire y soplen los vientos. A mi generación —yo también nací en el cincuenta y tres; yo también crecí con el Yesterday — nos amamantaron con leche en polvo americana en ubres tartesas, fenicias, romanas, visigodas, moras, judías y cristianas, y tal vez sea por ello por lo que los de mi generación —yo también nací en el cincuenta y tres; en todo he sido aprendiz; como tú sintiendo la sangre arder me abrasé sabiendo que iba a perder–, sentimos alergia a los burger de comida rápida y aprendimos a matarle el sabor a la Coca Cola con el ron de la rebeldía.

Eso sí, la leche no se nos agrió, ni nos afloró la mala uva del perro viejo, ni se nos heló la sangre gorda del diablo joven. y una vez resuelto el asunto del plato de lentejas diario, sin haber muerto en el intento, fue inevitable preguntarse por el además que la vida ofrece, y a poco que te lo hayas propuesto acabas dándote cuenta que el además de la vida  no es otro que la vida misma en toda su extensión de gratuidad y solidaridad, como el sol, la luna y el aire, antes de que algún avispado, máster en sacaliñas para más señas, descubra la forma de cobrarnos los rayos que Febo nos regala cada mañana para que leamos plácidamente el periódico. No sé si el remedio al todo vale de la llamada cultura corrupta del pelotazo, pudiera estar en resucitar a don Quijote de las bibliotecas y hacerlo cabalgar por los pueblos de España, plantándole batalla a tanto gigante, que haberlos haylos, que a modo de molino hace girar sus brazos al aire más insolidario y más indecente. Sería el nuevo «Don Quijote de la Catarsis» que, a propósito de los menesteres del cronista oficial, y por comenzar a barrer por los rincones propios, nos deja dicho: «Debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les hagan torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir«.

Salvador de Magariaga nos habló de un cronista con reúma articular —es decir, según él, el reúma que te incita a escribir artículos— sentado a la orilla del río de los sucesos. Los cronistas oficiales nos sentimos pagados con que nos dejen cerca del costado que más le duele a Jaén, ¡y no saben cómo y cuánto le duele! Será por ello por lo que siempre andamos tratando de esconderles las lanzas a la legión de Longinos que como moscas pululan por este calvario de olivos.

© José María Suárez Gallego

Publicado el viernes 23 de julio de 2021 en Diario JAÉN

Escupir a barlovento

El autor en Los Toros de Guisando (Avila) (2002)

Recuerdo aquellos tiempos en los que cambié la trinchera del desencanto por el noble menester de ser corresponsal de barra tabernaria, más que de guerra de salón, en los que guardaba en el cajón de mi mesa un diario de vivencias –sempiternamente inédito— al que titulé “Escupiendo a barlovento”, y cuya dedicatoria decía así: “A mis amigos en el poder. Piadosamente”.

Escupir a barlovento es la lección primera que ha de aprender todo grumete a la hora de embarcarse, ya sea por mera aventura lúdica, ya sea por el sólo deseo de adentrarse en el mar tenebroso de las singladuras del poder. Escupir a contraviento, esquivando tu propio salivazo devuelto por la galerna, es la reválida que la universidad de la vida le hace pasar a todo aquel que lleva cumplida relación de todas las cosas que «me duelen hace tiempo en los cojones del alma», que diría nuestro Miguel Hernández.

© José María Suárez Gallego

Trampantojos

Con los años aprendemos que, si en la juventud fuimos capaces de desafiar todas las reglas, ya de mayores nos arriesgamos a secundar todas las excepciones, con la esperanza de que algún día podamos sentirnos como cuando no queríamos ser igual que todo el mundo. ¡Y pensar que yo de mayor quería ser niño!

Muchas veces sucede que aquello que nos ocurre en la vida no aparenta ser lo que nos parece. Por ello es prudente que antes de pronunciar palabras que resulten inconvenientes al que las oye hay que darles la mesura de la reflexión, pues de no ser así habrá de pasarnos lo que suele ocurrirle al necio, que siempre que habla parece que regaña al que lo escucha desde la cordura.

            En las cosas de la pitanza ocurre lo mismo, que hay viandas que tras sus nombres esconden otras realidades. De este modo el pavo no es ave alguna, sino carruécano o carrueco frito con chorizo y guindillas. De igual manera los pajarillos de huerta no son avecillas que revolotean junto a la vieja noria, sino pimientos verdes pequeños que abiertos a todo lo largo de su mitad se fríen y se toman «salaíllos» como tapa de taberna. Y sin alejarnos del terreno hortelano, en él hemos oído hablar también de los boquerones de huerta que en manera alguna son pececillos de alberca, sino judías verdes rebozadas en huevo y harina con levadura, y fritas en aceite de oliva virgen extra. Los lagartos, y no el que reventó en la Malena, precisamente, son en las tierras de La Loma, los cogollos de lechugas con aceite, sal y un poco de vinagre, si se quiere. Esto mismo se conoce en la huerta murciana como perdiz, y perdiz se le llama en la ciudad hermana de Granada a la patata asada, las «papas asás» con sal y pimienta que preparamos en esta tierra.

            Habrá de ocurrirnos igual con el carnerete, pitanza que no lleva carne ni tiene relación alguna con el carnero, y que ha sido durante buen tiempo el quitahambres matutino de gañanes y labriegos de Sierra Mágina y de la campiña de Jaén. Plato que en su esencia no es más que rebanadas de pan frito, picatostes, que rematarán una salsa hecha con un diente de ajo machacado en el mortero junto a un pimiento rojo seco, y después puestos a hervir en agua sazonada con aceite, vinagre y sal. Como punto final se le «estrellarán» tantos huevos como comensales haya. Así lo comimos en Pegalajar, acompañado de un buen tazón de leche, como ya se hacía en las épocas de duras faenas agrícolas.

            Otra forma de hacerlo, mucho más sustanciosa que el ya descrito, es el que se prepara en Cambil, donde en el aceite que más tarde dará cuerpo a la salsa, se ha frito un chorizo, una morcilla y un par de torreznos, que de esta guisa pasarán a ser suculentos tropezones junto a los picatostes. Al sofrito también se le puede agregar tomate y comino, dándole de este modo más sabor. Pero lo que no ha de faltarle, en modo alguno, son los huevos escalfados, para que de esta forma no haya motivos de llamarle «carnerete capao», como así se le llama al que no los tiene.

            Las cosas no siempre son lo que parecen, ni tras un nombre se encierra siempre la realidad de una palabra. En Linares había, allá por el siglo XVIII, según referencia dada por el historiador Federico Ramírez y que nos comentó el recordado cronista Juan Sánchez Caballero, un lugar conocido por «el carnerete», que no era otra cosa que «una especie de alberquilla de altas paredes en la que se acostumbraba a depositar los restos de los difuntos cuyas familias no poseían en la iglesia sepultura de preferencia».

            Otra antigua vianda es el carnerete que lleva habas fritas como tropezones, plato más de campiña que serrano, pero que unido a una cancioncilla popular que se cantaba en algunos pueblos de Sierra Mágina, nos unen ambos carneretes, el de vivos y el de muertos, cuando corrían tiempos de penuria pitancera:

«Si no fuera por las habas, / ¿dónde estaríamos ya? / Camino del cementerio / con las manitas cruzás».

            La vida no deja de ser una alacena repleta de trampantojos, en la que algunos, para nuestro desconsuelo, no dejan de ser “ni chicha ni limoná”.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 25 de junio de 2021

El ego y las moscas

El domador. Ilustración de suiSIDIUS

Dicen que nunca duelen dos cosas a la vez. Es por ello por lo que nunca sabemos si nos duele más lo urgente o lo importante.

      Fue Víctor Erice quien en su película “El espíritu de la Colmena” (1973), nos contaba, a modo de leyenda subliminal de posguerra, la fascinación de una niña rural por la figura de Frankenstein. Todos, al fin y al cabo, vivimos atrapados por la colmena y su espíritu, que por un lado nos tiraniza con su sistema férreamente organizado, y por otro nos permite hacer de la imaginación la mejor solución para sobrevivir en la geometría impersonal de sus celdillas hexagonales.

La colmena, sobre todo en épocas de crisis económica y sanitaria como ésta que ahora padecemos, es el paradigma del espíritu de solidaridad y colaboración de una sociedad que, habiendo sido amamantada por las vacas gordas de un pretendido progreso, ahora se defiende de las dentelladas rabiosas de las vacas flacas del miedo y del desconcierto, como si se tratara de cerdos en su marranera viviendo la existencia feroz de la pocilga. A mordiscos y hocicones defienden su comida y su rodal de podredumbre, compartiendo con sus congéneres sólo el lodazal y la inmundicia en la que todos se revuelcan –y nunca mejor dicho– como marranos en un charco. Algunas sesiones de las Cortes Españolas son últimamente ejemplo de ello. Parafraseando a don Antonio Machado son: «Mala gente que habla / y va apestando la tierra».

A las abejas, por el contrario, las une la perfección de sus panales,  la utilidad de su cera y la golosina de su miel. A los cerdos que comparten zahúrda y marranera los mantiene unidos, en una palabra, la mierda común en la que retozan y con la que se embadurnan.

Me dice mi contertulio el Caliche que quien más o quien menos, alberga en su ego de atrezo, el deseo de, látigo en mano, poder doblegar leones allí donde a uno lo vean. No faltan los que aspiran a más y no se conforman con asustar a cuatro gatos melenudos –por muy leones que parezcan–, sino que sueñan con dominar fieras corrupias, y, llegado el caso, hasta acogotar en público dragones de mil cabezas. El afán desmedido de notoriedad tiene su intríngulis, sobre todo cuando se nota que es de cartón piedra.

Derribar al que brilla y amedrentar al poderoso, es el deseo irreprimible del que creyéndose tener el látigo mágico de someter bichos feroces, pero no la pericia de utilizarlo con maestría, ni, por supuesto, el valor de meterse en la jaula con las fieras, ha de conformarse con ser el domador de las moscas que el león espanta con su cola. El hecho es, según parece, tener un motivo para adornarse con los entorchados propios del circo, y así disimular el patetismo de su vanidad desnuda y sumisa.

El domador de moscas cuando toma conciencia de sus miedos y sus limitaciones trata de imitar al que brilla y adular al poderoso. Envidia a las libélulas por los destellos luminosos de sus alas cuando vuelan, y respeta a los leones cuando al rugir muestran los puñales de sus colmillos. Pero no pierde oportunidad de exhibir su nombre y sus proezas con letras bien grandes en los carteles de su particular circo: “Fulanito de Tal, valiente domador de moscas”. La autocomplacencia en sus delirios de grandeza lo llevan a proclamarse a sí mismo mariscal de todos los domadores de moscas, para lo cual no renuncia a utilizar en beneficio propio el buen nombre, las hazañas y las proezas, de auténticos domadores de leones, de reconocido prestigio y sobrada valentía.

Un día descubre que las moscas no admiten más sumisión que su genética adicción a la mierda ajena. Es entonces cuando decide convertirse con urgencia en una mosca cojonera, que acabará siendo abatida indefectiblemente por la cola de un viejo y displicente león con la melena de la sensatez que dan las canas.

Nunca sabe el ego del domador de moscas, si lo urgente es doblegarlas o lo importante es que ellas se lo coman. Ya lo decía don Antonio Machado: “Inevitables golosas, / que ni labráis como abejas, / ni brilláis cual mariposas

El ego de algunos no es más que un trampantojo lleno de moscas.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 28 de mayo de 2021

Las buenas maneras

Una de las primeras cucharas de palo que como premio concedió la Muy Ilustre y Noble Orden de los Caballeros de la Cuchara de Palo, de la que me honro en ser su maestre prior, fue al entrañable jaenero, encantador de perfiles y siluetas, domador de tintas y lápices de colores, gobernador de ínsulas de papel prensa en las que corría como un soplo la Brisa de la Alameda, y por todos recordado siempre, Pepe «Vica«.

         En su discurso de ingreso como caballero de esta Orden, que lo hizo en verso, glosó al modesto artilugio de madera que da nombre a esta institución, y entre otras muchas e interesantes cosas nos dijo a modo de epílogo:

«Pido a Dios que me ponga cuando muera /como cruz, dos cucharas de madera /para que los hambrientos gusanos /no pierdan las buenas maneras / y se coman mi cuerpo con las manos«.

         Nos dan pie sus versos, llenos del buen humor que da la agudeza del lápiz que los escribió y la mente que los inspiró, para hablar de las buenas maneras en la mesa de comer, en la mesa de negociar y en la mesa de gobernar, en unos tiempos en los que ya es costumbre que ante todas las mesas: las de comer, las de negociar y las de gobernar, se pierdan las buenas costumbres y las buenas maneras en el arte de dialogar.

         Pues bien, fueron los pueblos del Cercano Oriente, fenicios, caldeos y egipcios, los primeros en establecer normas de comportamiento en la mesa mientras se tomaban la diaria pitanza, las cuales fueron seguidas por los griegos al pie de la letra y modificadas y aumentadas por los romanos hasta alcanzar un mayor grado de limpieza y comodidad. Este desarrollo en el refinamiento de las cosas del comer, se truncó bruscamente con la caída del Imperio Romano y la llegada de Atila y los demás bárbaros del Norte, de gustos y procederes más rústicos y no especializados, precisamente, en extender el dedo meñique mientras bebían. El Medievo fue un lento retorno a las viejas formas, y no será hasta el Renacimiento, con modos de vida más cultos y sofisticados, cuando los hábitos gastronómicos comiencen a transformarse, hasta llegar al delicado Barroco en el que se establecieron normas y utensilios que han llegado hasta las buenas formas de nuestros días.

         Vivimos unos tiempos repletos de atilas y atilesas, y me aterra pensar que llegado el caso se nos haga sucumbir ante el esquema vital que desde los poderes fácticos globalizados –incluido el religioso— se nos pretende aplicar, resumido en uno de los consejos ripiosos del médico del siglo XVII Juan Sorapán de Rieros: “Dieta, mangueta y siete nudos a la bragueta“. Sobre todo, cuando uno se entera de que la susodicha mangueta no es otra cosa que una cruel y vil lavativa, ya sea de uso dietético, jurídico, político, religioso o anti buenas costumbres democráticas y de respeto ante quien no piensa como el resto de su prójimo.

Hoy en día, y más con los efectos de la pandemia, se nos pretende cosificar. Hacernos cosas estadísticas. La perversión de esta estrategia ha conseguido, en un alarde de virtuosismo, que se cosifiquen también nuestros cosificadores. Lo decía Groucho Marx: “Nunca partiendo de ideales tan altos podríamos haber caído tan bajo”.

¿Y usted de mayor que quiere ser? –me preguntaban hace mucho tiempo–. Pues mire, yo quiero ser más tolerante, más respetuoso, más educado, mejor que era ayer a esta misma hora, con mejores maneras y más demócrata, de lo que usted pretende enseñarme con su impresentable proceder. Pero si usted no me entiende, o no quiere entenderme, me esforzaré por ser peor que es usted, a ver si así se ve usted reflejado en el espejo de la mala persona que usted pretende que yo sea.

Lo primero que se aprende de los seres tóxicos es, a ser posible, a no ser como ellos, aunque todos los pesebres en sus diferentes tamaños y calidades, si hacen milagros, casi siempre lo hacen a peor.

Quedémonos, ahora que hablamos de pesebres, con lo que decía Juan Ramón Jiménez a propósito de su Platero: “Si al hombre que es bueno hubiera que llamarle asno. Si al asno que es malo hubiera que llamarle hombre”.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 30 de abril de 2021

La Europa de chichinabo

Esta es la Europa de los Pueblos y del respeto a sus gentes, sus valores y su cultura, no la Europa de chichinabo de los mercados que pretenden imponernos. (Siento no poder poner el nombre del autor de la fotografía, por desconocerlo)

Cuentan que en la antigua Grecia hubo quienes pleitearon ferozmente por sostener que la luna de Atenas era mejor y más luminosa que la de Éfeso. Aunque no faltaron entre los atenienses quienes se burlaban de los propios conciudadanos que pretendían llevar su amor propio más allá de los confines de la estratosfera. Fueron los franceses quienes le pusieron nombre a este fanatismo patrio, llamándolo chauvinismo, y ensalzando con ello la figura del soldado Nicolás Chauvín que vistió el uniforme gabacho en tiempos de la Revolución Francesa, de la I República y con Napoleón, a quien admiró fervientemente hasta después incluso de que cayera en desgracia con su pueblo y con su ejército, no teniendo otro oficio ni beneficio que el ensalzar de forma enfermiza y desmedida a su patria con todos sus patrioteros.

Hay quienes han considerado, hispanochovinismos aparte, lo estéril que fue que los españoles nos tomáramos tanto trabajo en combatir a los franceses durante la Guerra de la Independencia para que después de toda la sangre y todo el quijotismo derramado acabáramos recibiendo al impresentable de Fernando VII al grito de “¡vivan las caenas!”. Con la expulsión de los franceses entonces, según parece, ganamos la dignidad nacional, pero perdimos la oportunidad de evitar que padeciéramos nuestros cien años de soledad de España sin Europa, al final de los cuales sólo nos quedaron unos cuantos sombreros de paja chamuscados de los últimos de Filipinas, y una colección de vitolas de los puros de la Cuba colonial.

El hecho es que en las últimas décadas hemos pasado del glorioso “La, la, la” de Massiel y de poner la mano para que Europa nos socorriera, a tener que rascarnos el bolsillo cada vez más para socorrer a los “nuevos” europeos que son ahora los que cortan el bacalao en el Festival de Eurovisión, relegando a los últimos lugares las canciones y el orgullo de los intocables de la vieja Europa. Tomen nota, a propósito de esto, nuestros paisanos olivareros, ahora que el olivo va dejando de ser patente de corso para ejercer de jaenero con la boca chica y europeo con el cazo grande. Las subvenciones y ayudas por los efectos de la pandemia están prometidas pero pendientes de venir. Europa siempre ha sido una buena madre prometiendo y mejor madrastra recortando.

La Unión Europea que nació como un entramado de intereses económicos de países que trataban de llamarse hermanos, pero en el que algunos tendrían que seguir siendo los primos de siempre, y no como la Europa de los pueblos unidos en la diversidad. Por la Europa de chichinabo a la que engañaron hace un año con mascarillas de broma y ahora con vacunas que se pierden o no llegan, pululan desde la ultraderecha neofascista hasta la extrema izquierda trotskista, pasando por los antiglobalización, los ultraliberales, los republicanos jacobinos, los antiliberales radicales, los socialistas disidentes, los soberanistas eurófobos, los nacionalistas oportunistas, y los rojos de derechas y los fachas de izquierda de toda la vida, sin que sean capaces de aportar soluciones, o al menos esa es la sensación que se percibe. Posiblemente, ojalá nos equivoquemos, después de la pandemia en curso se inicien los cien años de soledad de Europa sin Europa, pasados los cuales tal vez nazca quien se invente un chovinismo europeo plurinacional que añore apasionadamente la sociedad de los derechos sociales que vamos perdiendo entre la desidia de unos y el cinismo de otros.

La Europa de nuestros sueños ha resultado ser la Europa de nuestros desencantos. Por eso antes de levantarnos sobre las piedras lunares, deberíamos arrancar los sesenta y seis millones de olivos que dicen que hay en Jaén, pegarles fuego, y en esa pira quemar también todos los embustes con los que nos han engañado invocando a Europa y todos sus rollos.

Con sus cenizas se podría escribir en las piedras lunares: “Ardan aquí todas vuestras mentiras”. Nos habéis ido quitando todo con vuestros “bellos” argumentos, pero recordad que la pira ya se ha encendido y arde también por y para vuestros chichinabos.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes día 2 de abril de 2021