Pintahuevos

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(Publicado en Diario Jaén el viernes 7 de abril de 2017)

El Viernes de Dolores ya huele a incienso, cera candente y fe perfumada de primavera. Huele a Semana Santa, en una palabra. Huele a tradición y a una peculiar forma de expresar los sentimientos religiosos en estas tierras del sur. Si algún acento peculiar pone la provincia de Jaén en el tapete de las tradiciones, no es otro que el de la diversidad. Jaén es ante todo una provincia diversa que pone de manifiesto su diversidad a través sus paisajes, sus paisanajes y sus saborajes.

Estamos conmemorando este año el 250 aniversario de la fundación de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena por el rey Carlos III, con gentes venidas de Centroeuropa. De aquellos alemanes y suizos sólo nos quedan la fisonomía y los apellidos de sonoridad germánica de muchos de sus descendientes, y una tradición que ha perdurado y es muestra viva de la amplia diversidad cultural que sustenta los referentes de la identidad jiennense. Es la fiesta de Pintahuevos, que aún se celebra en tierras de Olavidia, en la Comarca Norte de Jaén, cada domingo de Resurrección. En ella se pone de manifiesto cómo un modesto huevo puede haberles sugerido, a prácticamente todas las culturas significativas de la Humanidad, la teoría primera del origen del Universo y las claves de su constante renovación.

En la vieja Alsacia, región que hoy pertenece a Francia pero que en el siglo XVIII era territorio alemán, se cuenta una antigua leyenda según la cual San Pedro cuando iba a visitar la tumba de Jesucristo, dos días después de haber sido crucificado, se encontró en el camino con María Magdalena que le dijo con gran alborozo que Cristo había resucitado. El apóstol desde su incredulidad –sigue contando la leyenda– le contestó de esta forma: “¡Ya!, creeré que eso es cierto cuando las gallinas pongan los huevos de color rojo”. Entonces, María Magdalena, abrió el delantal que llevaba recogido entre las manos y le mostró una docena de huevos de un brillante color escarlata, que acaba de recoger del gallinero de su casa. Se tiene noticia de la existencia, en un monasterio griego, de un cuadro en el que se recoge este hecho. Como puede suponerse esta historia no está recogida en ninguno de los cuatro Evangelios canónicos, ni forma parte tampoco de los llamados apócrifos, sino que se trata de una narración perteneciente al folclore y la cultura tradicional de algunas regiones de Alemania, Francia, e incluso Rusia, recogidas tanto por católicos como por ortodoxos.

Bastantes alsacianos y bávaros dieron vida en el siglo XVIII a las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena. Junto a sus pocos enseres y sus muchas ilusiones trajeron esta leyenda y, sobre todo, la tradición de pintar huevos el domingo de Resurrección; costumbre que en Guarromán y Carboneros es conocida como pintahuevos; chocahuevos o cuca en Aldeaquemada; rulahuevos en Santa Elena, y domingo de los huevos pintaos en Venta de los Santos, aldea de Montizón.

Desde aquel 3 de abril de 1768, primer Domingo de Pascua que los colonos centroeuropeos celebraron el pintahuevos en su nueva tierra andaluza, los guarromanenses, entre otros, han conmemorado la Resurrección de Cristo acudiendo cada año al paraje denominado Piedra Rodadera, y portando cestillos de huevos pintados de vivos colores, que a la hora de la merienda suelen acabar formando parte de una pipirrana de pimientos asados, aceitunas negras y mucho aceite para mojar. Aquellos colonos, como ahora sus descendientes, revivían el ancestral rito del eterno renacimiento del Cosmos, el estallido vital de la primavera a través de la Resurrección de Cristo, que en sus últimas raíces no encierra otra cosa que el deseo y la esperanza de la propia resurrección de cada cual. Las ocho generaciones que nos separan de los primitivos colonos han diversificado los colores dados a los huevos, que en un principio solían ser amarillos si se cocían con paja, o morados si se dejaban hervir con la piel violácea de las cebollas, o rojos cuando se impregnaban del tinte que soltaba una tela de este mismo color mojada en agua hirviendo.

La vida es una noria. A unos cangilones le suceden otros… Es el eterno retorno, el perpetuo renacimiento.

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Los pueblos, sus nombres y las señas de identidad

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Bien es cierto que es para no perdonarle a don Miguel de Cervantes, que, habiéndonos parido El Quijote para mayor gloria de las letras hispanas, nos privara del que sin duda hubiera sido el topónimo más peculiar de España, aquel lugar de la Mancha de cuyo nombre don Miguel no quiso, o no le convino, acordarse.

La Geografía, para quien esto escribe, fue, por obra y gracia de mi condición de hijo de militar, más que una tediosa asignatura que irremediablemente nos hacía bostezar de aburrimiento de cinco a seis de la tarde, un grato acicate que me llevaba a devorar literalmente un viejo atlas de provincias que había en casa, buscando los lugares en los que habría de hacer nuevos amigos y acomodar el cuerpo a un clima diferente. Ello me llevó a aprender a leer y a traducir Ramadán por Cuaresma, en Tetuán; a hacer raíces cuadradas con sabor a salitre, en Málaga; a escribir versos sobre cómo se rompe el agua, en Granada; a hacer ecuaciones diferenciales perfumadas de azahar, en Sevilla; a tomar cañas con farinato cuando cae la tarde en la inmensidad dorada y pétrea de Salamanca; a ver los náufragos venir, en el rompeolas de Linares; a circular entre rotondas viceversas y semáforos asincrónicos, en Jaén; y a volar con las águilas y no con los pavos, en Guarromán, lugar en el que resido y resisto felizmente. Cuando se es hijo de alguien susceptible de ser trasladado por motivos de trabajo, se tiene la sensación de que se es un poco de todos los lugares, poseyendo, en definitiva, la misma patria que el Capitán Trueno, es decir, aquella surgida de las sensaciones soñadas más que del pisotón de las apabullantes botas de la realidad.

De la misma forma que una vez descosidas las costuras de la Historia descubrimos que los Reyes Católicos no fueron tan católicos, y que todavía está por ver si los restos que se veneran en Santiago de Compostela pertenecen al apóstol del caballo blanco, o al druida celta Prisciliano, de la misma manera, cuando entramos en las entretelas de la Geografía nos enteramos que a los Montes Perdidos hace mucho tiempo que los encontraron, que los Montes Universales tienen su encanto localista, y que el lugar mas lejano del planeta no está en Africa, como cabría suponer, sino en un bello paraje, más allá de Tragacete (Cuenca), donde nace el río Cuervo. Allí nos gustaría ver a Indiana Jones en sus mejores tiempos, si es que es capaz de llegar integro.

Cuando viajamos, aunque lo hagamos a lomos del sillón de la salita, sin más lanza que llevarse al ristre que el mando a distancia del televisor, nos damos cuenta que nos ofrece más confianza, así como quien dice amigosparasiempre, el campechano Castropepe en Zamora, que no el distante hablemedeusté Don Benito extremeño, que de todos es sabido que hay distancias que se andan y distancias que se sufren en el amor propio y la dignidad. Sacar las oposiciones de maestro y ser destinado a San Pedro de los Burros, en Asturias, sobre todo si al consorte lo mandan a So, en La Coruña, es poco menos que cantar misa y que el señor obispo te asigne como parroquia la de Paganos, en Alava, o la de Atea, en Zaragoza. Todo un prometedor comienzo para una carrera pastoral.

Y es que el ir y venir de los tiempos retuerce los vocablos hasta convertir “aqua rosae” en Asquerosa, que así se llamó hasta 1943 Valderrubio, Granada, cuando a propuesta de la Tabacalera se le cambió el nombre. Lógicamente, debieron pensar, que es más comercial vender tabaco procedente del Valle del Rubio –por el tipo de tabaco–, que no de tan impúdico lugar. El mismo Federico García Lorca, que vivió sus años mozos en Asquerosa, y donde se inspiro para escribir “La Casa de Bernarda Alba“, prefería poner en sus cartas el remite de “Apeadero de San Pascual, Pinos Puente” antes que nombre tan poco poético.

Ocurre que cuando un pueblo decide cambiar su nombre, lo hace cargándolo de pompa y rimbombancia. Así, en la década de los sesenta del pasado siglo, cuando ser de pueblo era poco más que una indignidad, el municipio leonés de Alija de los Melones, cambió su nombre por el más hidalgo de Alija del Infantado. Así, el también municipio leonés de Sacaojos, cambió el suyo por el de Santiago de la Valduerna –tal vez apoyándose en las reminiscencias guerreras y heroicas de la batalla de Clavijo–, o el madrileño Miraflores, antes de ser un lugar de vacaciones veraniegas, se llamó Porqueras de la Sierra, nombre a todas luces más agreste y prosaico. ¡Pero a ver quien invita a los amigos a pasar un domingo en el chalet de una urbanización con estirpe tan porcina!

A veces las veleidades semánticas retuercen como tirabuzones las etimologías de los topónimos y los nombres de los lugares acaban por indicarnos justamente todo lo contrario de lo que en sí encierran sus significados. En realidad, Groenlandia viene a significar literalmente tierra verde, y no precisamente por la abundancia de vegetación, sino a modo de promoción para animar a sus posibles colonizadores. Y en Tierra de Fuego, la parte más austral de América, hace un frío de aquí no te menees, por muchas y calentitas llamas que se le arrimen a su nombre. Algo parecido ocurre con el topónimo Guarromán, que nada tiene que ver con hombre guarro, sino con el río de los granados, el “Wadi-r-rumman” que llamaron los árabes en el Medievo. Y es que es para hacernos meditar cómo a la Cultura, la nuestra, la que mamamos durante siglos de los pechos de los tartesos, iberos, fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, árabes, judíos y cristianos, le están surgiendo, como a la atmósfera, agujeros en el ozono protector de sus señas de identidad, los cuales, la mayoría de las veces, tratamos de parchear con los contrasentidos de un sucursalismo cultural ramplón y de última hora. Somos capaces de ver el “man” –hombre en inglés– en Guarromán colocado junto al guarro, y no vemos “gua” —Wadi en árabe, el río o el arroyo-. Hagamos a vuelapluma un urgente repaso por cuántos ríos, y pueblos del suelo patrio, comienzan por “gua” o “guada”. Olvidamos de la noche a la mañana el legado árabe cuajado durante ocho siglos, y sólo bastan unos cuantos lustros de terapia televisiva para engancharnos al tren del sajonismo. Y es que el padre Guadalquivir y su antañona cultura ya no pueden con el todopoderoso imperio lingüístico del Mississipí.

Pero el parcheo toma tintes de disquisición grouchomarxista cuando denominamos a la entrada de Andalucía Despeñaperros, precisamente porque allí perdieron la batalla de las Navas de Tolosa las tropas árabes, –no olvidemos que también ha quedado en la historia aquello de “perro judío” para que nadie de las llamadas “tres culturas” se sienta ofendido por agravio comparativo–,  y colocamos el blanco y verde nazarita –el verde es el color del Islam– de nuestra enseña autonómica junto al nombre del famoso desfiladero. Irónico homenaje para aquellos “perros” que perdieron la tierra a golpes de mandoble, y sin embargo nos ganaron los símbolos siglos después. Otra vez volvemos a tener la patria del Capitán Trueno, la soñada más que la que pisamos.

Tal vez sea por todo esto por lo que tras los nombres peculiares de los pueblos se escondan los remiendos con los que tapar tantos agujeros que se nos abren en nuestras señas de identidad culturales. Hacer un congreso sobre el tema para cuando pase el chaparrón de la crisis, no tiene otras pretensiones, además de pasar unos días agradables, que el lanzar la primera paletada reparadora al consabido agujero negro de nuestras señas de identidad. Comencemos custodiando nuestros topónimos y acabaremos por no perdernos en un bosque de contrasentidos.

Yo me imagino los diálogos de los ponentes entre sesión y sesión:

— …Pues yo soy de Calamocos, en León.

— Considéreme su paisano, yo vengo de Benamocarra, en Málaga.

Y es que el mundo es un pañuelo con el que saludarnos, por mucho que se empeñen

unos cabritos fanáticos en empaparlo de lágrimas y sangre.

 

Elogio de la fregona en el Día Internacional de la Mujer

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He oído decir a muchas venerables abuelas, sobre todo de pueblo, que la liberación femenina comenzó el mismo día que se inventó la fregona, a finales de la década de los años cincuenta del pasado siglo XX.

Fue entonces cuando la mujer de su casa –de profesión sus labores, como se hacía constar en el carnet de identidad– dejó de fregar el suelo hincando las rodillas, para hacerlo de pie; manteniendo erguido no sólo el cuerpo, sino el talle de su dignidad, porque desde siempre eso de arrodillarse ha tenido connotaciones, más o menos piadosas, de humillación, vasallaje y sumisión.

La fregona, con su palo a modo de vara de mando, su mocho y su cubo con su cestillo escurridor –invento de un español, por cierto–, vino en aquellos años a poner en marcha una revolución doméstica en el mundo de la mujer, a la que la tradición y las buenas costumbres la habían tenido tirada por los suelos, trapo en mano y cubo en ristre, para tener la casa como los chorros del oro, y no ser objeto de críticas maliciosas por parte de sus propias vecindonas, mujeres también que tampoco se libraban de andar tiradas por los suelos, ni de ser reprendidas por maridos malcriados en el más denigrante machismo de la época. La mujer, tirada en el suelo, rodillas en tierra, en un principio, y agarrada al palo del mocho de la fregona después, no sólo le sacó brillo al suelo de su casa, sino que acabó viendo como se reflejaba en él la geometría irrenunciable de su dignidad.

Ciertamente hay inventos, como éste, que no han servido para que el hombre llegue a la Luna, pero sí para poner en órbita el respeto incuestionable hacia la condición de mujer, sea cual fuere la época. Aunque la fregona, como todos los acontecimientos históricos, sigue teniendo sus revoluciones pendientes. En este caso, la mujer, pese a fregar erguida, lo sigue haciendo con agua sucia.

La realidad es que, paradójicamente, muchas mujeres, durante el más de medio siglo de existencia de la fregona, han sido agredidas con el mismo palo que sustenta el paradigma de su dignificación.

Evidentemente, sólo con tecnología no se hace una revolución. Hay que seguir en la brecha luchando y no bajar la guardia.

¡FELIZ DÍA DE LA MUJER!

(AUNQUE AÚN HAY MUJERES QUE SUFREN MALTRATO. LLAMA ENTONCES AL 016, NO DEJA HUELLA EN LA FACTURA TELEFÓNICA Y ES GRATUITO)

La Nueva Icaria

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(Publicado en Diario Jaén el viernes 3 de marzo de 2017)

 

En los tiempos del bachillerato, la edad de los valores abstractos, despertaron en mí más simpatía los griegos que los romanos. Pues si bien a ambos pueblos les envidiaba el trajín aventurero del ir y venir a todos los confines del Orbe conocido, admiraba de los primeros que lo hicieran con el bagaje cultural de sus filósofos y sus poetas, mientras que los segundos, arrogantes, ahítos de legiones y centuriones, manu militari, que dirían ellos, expandían las esencias del imperio a garrotazo y tentetieso. Y ya sé que me dirán que esto que cuento tiene tufillo demagógico, que ahí está Séneca, pero yo a Séneca siempre lo he tenido más como un andaluz de raíz profunda.

A los estudiantes de ciencias, el latín se nos acababa con la Guerra de las Galias, y de los griegos sólo nos quedaba, y en clases particulares para mediopensionistas, la Mitología. Pues bien, cuentan las crónicas mitológicas sobre Dédalo que fue el hombre de mayor ingenio de su tiempo. De oficio arquitecto, escultor y maravilloso artífice de la piedra, hasta tal punto que se llegó a decir que sus estatuas cobraban vida como si fueran criaturas de carne y hueso. Tenía Dédalo un sobrino llamado Talos, muchacho éste avispado como el que más, pues a corta edad ya habían inventado el torno de alfarero y la sierra de cortar, amén de otros ingeniosos utensilios. Celoso su tío y maestro, Dédalo, de la fama alcanzada por el muchacho, lo mató, siendo descubierto mientras lo sepultaba. Para librarse del castigo impuesto por el tribunal del Areópago huyó a la isla de Creta, donde el rey Minos le dio asilo a condición de que construyera un laberinto, el Laberinto por excelencia, para encerrar al Minotauro, ese monstruo mitad toro y mitad hombre, de terrible aspecto, que le tenía quitado el sueño al rey.

Construido el Laberinto, Dédalo soñaba con volver a su patria. No le seducía la idea de vivir en un lugar enteramente rodeado de agua, y pensó que salir volando era la mejor forma de huir. Metódicamente, y mediante un extraordinario ingenio, fue atando y encerando entre sí un gran número de plumas de ave hasta conseguir unas verdaderas alas. Su hijo Icaro le ayudaba con esmero en tan artística labor. Construidos los artefactos voladores, uno para Dédalo y el otro más pequeño para Icaro, se elevaron los dos por el aire suavemente y abandonaron la tierra del Laberinto. Sólo una recomendación le hizo Dédalo al joven Icaro, que no volara muy alto pues el sol derretiría la cera que unía las plumas y desarmado de tal guisa el artefacto caería en picado hacia los abismos. Pero Icaro le tomó el gustillo a eso de remontarse cada vez más y más, ocurriendo lo propio en estos casos. El sol quemó sus alas y el jovenzuelo se precipitó a tierra desde el cenit de sus triunfos. Al lugar donde ocurrió tan luctuoso suceso le llamaron Icaria.

Pasados, tiempo ha, los años del bachillerato y casi olvidado el culebrón mitológico, nos renace en el paisaje de la postmodernidad y de la postverdad una nueva Icaria, abismo donde van cayendo todos aquellos cuyas alas fueron quemadas por el sol del pelotazo, la falta de escrúpulos y la indecencia insolidaria. El paisanaje de a pie de esta Nueva Icaria anda cabreado, estupefacto, perplejo, viendo como Dédalo no sabe salir del Laberinto que él mismo construyó para encerrar al Minotauro del unte, el enganche y la comisión. Los jueces del Areópago no olvidan lo del joven Talos y han decido meterse en el Laberinto en busca de Dédalo y el Minotauro. El rey Minos, preocupado, decepcionado por aquel que se pierde en sus propios laberintos. Al final, el tiempo dirá quién acabará comiéndose a quién, pero por lo pronto la palabra honrado ha dejado de ser sinónimo de gilipollas y perdedor. Mientras tanto Ulises y sus argonautas siguen buscando el espíritu de la transición en el Olimpo y a la sufrida Penélope le han vuelto a subir el precio del butano y de la luz mientras teje y desteje el presupuesto familiar para poder llegar a fin de mes. Y es que, como decía el poeta, nos paren con cuentos, nos mecen con cuentos, y a la luz de cuatro cuentos nos hacen ciudadanos de la Eternidad.

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Premiar a los mejores

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(Publicado en Diario Jaén el viernes 3 de febrero de 2017)

Últimamente caigo en la cuenta de cómo ha aumentado el número de premios que se conceden en Jaén. Hoy en día no hay estamento, institución o ente privado o público que se precie, que no resista la tentación de elegir a sus “mejores”. Únete a los buenos y serás uno de ellos, le decía como sabio consejo don Quijote a Sancho.

Pero uno, puñetero empedernido, se cuestiona: Si los premios se conceden a los mejores, y hay tantos premios, es un indicio claro de que contamos con muchos mejores. ¿Entonces por qué estamos dónde estamos y no despegamos nunca? O quienes conceden los premios no aciertan, o quienes los reciben no los merecen. Pero aquí da premios hasta el “tío de los globos”, ese que encabeza las procesiones de Semana Santa.

La Fundación Amancio Ortega ha seleccionado a los 500 jóvenes que el próximo curso podrán estudiar primero de Bachillerato en institutos de Estados Unidos o Canadá. Andalucía ha sido la segunda comunidad española en número de becarios, con 73, después de Madrid (76). Málaga es la provincia andaluza con más estudiantes becados, un total de 21. Le siguen Sevilla (13), Cádiz (10), Córdoba y Granada, con 9, Huelva (3) y Almería, con dos becados. ¡Y ninguno de Jaén!

El endémico victimismo que padecemos lo adornamos con que Jaén es una provincia que ha desmantelado su ferrocarril, y que mantiene para vergüenza ajena un tranvía oxidándose que nos costado lo que no tenemos. Ocupamos los últimos puestos en todo lo positivo, y los primeros en todo lo negativo. Hemos desmantelado la mejor escuela de hostelería que nos ha dado a cocineros “cum laude”. Tenemos el ayuntamiento más endeudado, y llevamos como un estigma que, de los diez municipios españoles con mayor tasa de desempleo, tres son de Jaén.

Recuerdo aquellos tiempos en los que cambié la trinchera del desencanto por el noble menester de ser corresponsal de barra tabernaria, más que de guerra de salón, en los que guardaba en el cajón de mi mesa un diario de vivencias –sempiternamente inédito— al que titulé “Escupiendo a barlovento”, y cuya dedicatoria decía así: “A mis amigos en el poder. Piadosamente”.

 Escupir a barlovento es la lección primera que ha de aprender todo grumete a la hora de embarcarse, ya sea por mera aventura lúdica, ya sea por el sólo deseo de adentrarse en el mar tenebroso de las singladuras políticas. Escupir a contraviento, esquivando tu propio salivazo devuelto por la galerna, es la reválida que la universidad de la vida le hace pasar a todo aquel que lleva cumplida relación de todas las cosas que nos duelen desde hace tiempo en los cojones del alma.

¿Qué nos quedará por ver y padecer en este circo de payasos que dan más miedo que risa antes de que ejerzamos nuestro irrenunciable derecho al pataleo?

Julián Marías escribió en 1963 su “España posible en tiempos de Carlos III“, reeditada en 1988 coincidiendo con el bicentenario de la muerte del “rey alcalde”. En tal libro nos da noticia de interesantes documentos sobre lo que le sucedió al todopoderoso y arrogante don Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, quien en la primavera de 1766, cabreado el pueblo por la subida del pan, fundamentalmente, y por la prohibición de usar las capas largas y los sombreros de ala ancha, como causa más folclórica, tuvo que poner los pies en polvorosa camino de Cartagena como medida precautoria para no perder el pescuezo por retorcimiento, que así le llama el pueblo llano a lo que sostiene la cabeza cuando el cabreo con sus gobernantes es muy grande.

Valgan como botón de muestra las jácaras que el pueblo de Madrid dedicó al marqués de Esquilache en su huida:

Algún tiempo mucho fui,

 ya cosa ninguna soy,

pues se cagará en mi hoy

quien temblara ayer de mí.

Ruedo hoy, ayer subí, hoy huir, ayer mandar,

más, puesto a considerar,

justo mal se me señala

pues una cosa tan mala

en que había de parar. […]

Más ¿por qué ha de tener tan triste fin?

Porque engordó muy bien y era razón

le llegase también su San Martín“.

Trataré de localizar al “tío de los globos” y convencerlo para que otorgue sus premios a los peores, a ver así acertamos de una puñetera vez.

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Ahora que termina la Navidad

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Foto by Victor Gonzálo

Decía el bueno de mi abuelo Paco –quien me enseñó, entre otras cosas, a coger los días por sus aristas cortantes y no sangrar— que cuando alguien llamara a mi puerta solicitando unas monedas de ayuda, lo socorriera sin titubear, sin entrar a considerar la certeza o el fingimiento de su necesidad.

Argumentaba mi abuelo que en el ejercicio de toda caridad siempre había una gran dosis de egoísmo, además de la consabida pretensión vana de aquellos que dejados llevar de su cicatería moral pretendían ganarse la vida eterna a golpe de calderilla, pues el fin último de la caridad, se mire por donde se mire, no es un acto de solidaridad pura –ni mucho menos de justicia– sino el deseo de que no se pierda, perpetuándola, la costumbre de dar cuando se nos pide de sopetón, sobre todo por si llegada la desgracia nos vemos obligados a pedir nosotros también, que de sobra es sabido lo veleidosos que son los avatares de la vida en tiempos de vacas flacas.

Apostillaba mi abuelo que toda limosna debía ir acompañada sólo de una sonrisa. Para él era bochornoso el comportamiento de quiénes por el hecho de dar unas monedas se creían con derecho a dar también un consejo: “Tenga hermano y no se lo gaste usted en vino”, esgrimiendo la pretensión de constituirse en socios capitalistas de la desgraciada empresa del pobre –precisamente su pobreza— decidiendo también el destino más apropiado para tan insignificantes fondos.

La sociedad del “pan y amor todos los días“ me ha asignado, por lo visto, un “mendigo oficial” con el que hago caridad callejera sin darle consejos, acompañando mi exigua limosna de una sonrisa –ciertamente con lo que le doy no tiene más remedio el buen hombre que conformarse con el tinto de tetrabrik–, pero tengo la sensación íntima de que con mi silencio cobarde, con mi actitud cómoda y pasiva, estoy colaborando a que se sigan haciendo pobres durante todo el año desde la injusticia, para luego poder hacer caridad con ellos en Navidad, tiempo de vergonzantes chantajes emocionales.

@suarezgallego

 

Instintos básicos

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(Publicado en Diario JAÉN el viernes 6 de enero de 2017)

Es fácil comprobar, si miramos a nuestro alrededor, que el ansía de felicidad es el motor primordial de los humanos. Anoche en la cabalgata de los Reyes Magos, observando a los niños y sus padres, comprobé, una vez más, que el instinto de felicidad debe estar escrito en el código genético. Todos nacemos con la capacidad de proteger y buscar nuestra satisfacción en la vida, tan necesaria para perpetuar la especie, pero en el caso de los niños, si les dejamos tranquilos y a su aire, de forma natural van a ser felices espontáneamente.

Cada seis de enero me viene a la memoria aquella lejana noche de recuerdos infantiles, cuando henchido de ilusión puse mis zapatos escolares en el balcón, y a la mañana siguiente habían desaparecido. Desde entonces no volví a fiarme de los Reyes Magos, ni de los plumeros de sus pajes, ni de las barbas de mentira, ni de los negros de betún, ni de los oropeles de purpurina, ni de las joyas de hojalata, ni de los diamantes de culo de vaso. Me consolaron diciéndome que tal vez se los había comido un camello. Desde aquel instante comencé a tomar conciencia de que el mejor regalo que se nos puede hacer es que no nos quiten lo poco que nos pertenece. Y cada año escribía la misma carta: “Queridos Reyes Magos: ¡Devolvedme mis zapatos! “

Esto me hace creer que los instintos básicos del ser humano son tres, como los Reyes Magos: El instinto de supervivencia para poder permanecer en la vida; el instinto de curiosidad para conocer, saber y experimentar el hecho de estar vivo; y el instinto de felicidad, para gozar y disfrutar de la sensación de vivir. Aunque éste último ha sido el que más se le ha tratado de cercenar desde que el mundo es mundo. Los siglos nos han ido llenando la Historia de contrabandistas de desencantos que siempre han pretendido cambiarnos los tres instintos básicos por un montón de baratijas emocionales que nos adormecieran el deseo de vivir, saber y ser felices. A este mundo de sucedáneos le sobran demasiados contables y le faltan muchos poetas: ¡Menos “tíos del saco”, que asusten, y más “tíos de los globos”, que diviertan!, habría que gritar en los telediarios cada día.

Hay un empecinamiento histórico por parte de quienes desde siempre han pretendido gobernar nuestros cuerpos y dirigir nuestras mentes, en que nos aflore el instinto tribal de nuestro aldeanismo endémico, para de este modo mantenernos divididos según los idearios políticos, las creencias religiosas, los planteamientos intelectuales, los gustos sexuales o las pasiones deportivas. Vano intento, porque hay algo en lo que todos estamos de acuerdo por encima de las demás circunstancias: En querer ser felices.

Un mercantilismo exacerbado que identifica lo que somos con lo que tenemos; un feroz nacionalismo racista que nos hace creer que somos lo que no pueden, o no les dejamos ser, a los otros; y un pobre hedonismo de chichinabo que nos complace en el confort de la pereza mediocre, son las patologías que amenazan el deseo de una felicidad compartida.

Llegado a esa edad en la que, como en el tango, las nieves del tiempo han plateado mi sien, uno ha aprendido ya a coger los días por sus aristas cortantes sin sangrar, movido por estos tres instintos que no nos permiten sentirnos obsoletos o caducados, porque viejo, a fin de cuentas, es quién se niega a ser un mundo nuevo cada día, un universo de estrellas cada noche, el gallo que canta por la mañana, el atardecer púrpura, la luna llena, el sol de mediodía, el aire respirado de cada instante, la brisa que mece las hojas, el soplo que como un suspiro nos lleva a amanecer mañana para arbitrar las luchas de los perros con los astros. Viejo es quien se resigna a ignorar para siempre lo que esconden las entretelas de este juguete, a veces ameno, a veces caprichoso, a veces incomodo, pero siempre excitante, que llamamos vida. Viejo es, en definitiva, quien se niega a ser un militante activo de la vida, como nos recordaba Benedetti.

Aún hoy me pregunto qué sería del niño que llevó puestos mis zapatos desde aquel día de Reyes, y sobre todo si fue feliz con ellos.

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