Pan y agua

 

cesta de pan de Dali

“La cesta de pan” de Salvador Dalí (1926)

Uno de los recuerdos infantiles más arraigados en mi memoria, es ver a mi padre, llegada la hora de la comida, partiendo el pan con sus manos y dándonos a cada uno nuestro trozo correspondiente. Años más tarde percibí en aquella liturgia cotidiana, y nada ampulosa, el símbolo sencillo de la acción de entregarnos los frutos de su esfuerzo incondicional y de su trabajo honrado.

Acto seguido era mi madre quien nos llenaba los vasos con agua desde una jarra de cristal cuya boca la tapaba un pañito blanco de bordes rematados con arabescos de croché, que mi abuela se encargaba de tejer. Siempre percibí a mi madre en esos momentos como una fuente de agua transparente y fresca a la que acudir siempre que quisiera, o tuviera la sed de mis desasosiegos infantiles.

A veces el ajetreo de lo cotidiano nos mantiene ausentes de toda la tramoya de la vida. Fue ayer precisamente, mientras hacia mi caminata por el campo, cuando pude percibir que tras el ocaso se hizo un silencio de los pájaros que en mucho rememoraba la cita del Apocalipsis de San Juan que da nombre a la extraordinaria película del sueco Ingmar Bergman “El séptimo sello” (1957): “Y cuando el Cordero abrió el séptimo sello, hubo un silencio en el cielo como de media hora.” (Ap 8:1)

Se percibe en el ambiente nacional un sentimiento de ocaso. Una sensación de que algo se está acabando, por mucho que nos quieran poner en los arreboles de este atardecer unos cantos enlatados de unos jilgueros de mentira que hagan de este crepúsculo de derechos y de libertades un trampantojo de la España democrática surgida de la Transición. La marca España en este crepúsculo social está llena, sobre todo, de “pájaros de cuentas”.

A la caída de la tarde pude apreciar que los pájaros no cantaban, estaban posados en silencio sobre los cables de alta tensión de las compañías eléctricas, y entre las púas de las alambradas de espino. Y evoqué a mi padre partiendo el pan de su honradez y a mi madre escanciando el agua de su amor. Y a la mente me vino: Ibex35. Y aún no me lo explico.

Elefantes y megaterios

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(Publicado en Diario Jaén el viernes 5 de mayo de 2017)

 

Uno de los elefantes más famosos de la historia contemporánea de España es un paquidermo rojo con la pata delantera izquierda levantada en actitud de comenzar a dar un paso. Me refiero al elefante que venía dibujado en color rojo, sobre un fondo amarillo oro viejo, en el celofán que enarbolaba la marca del que fue el primer y más popular papel higiénico español: “El Elefante, de 400 hojas”.

Aquel exponente del “Estado del Bienestar” apareció en nuestras vidas en los años postreros de la década de los sesenta del siglo pasado, cuando en una España que se apuntaba al desarrollo y a los avances sociales se empezó, haciendo alarde de progresía, por desprestigiar el hecho de ser de pueblo, no queriendo nadie parecerlo. Para ello cada cual escondía sus orígenes esforzándose por hablar “finolis” como los de Madrid, aunque a los rollos de “El Elefante, de 400 hojas”, que vino a sustituir para ese menester a los de periódico y a los de estraza, se les llamara coloquialmente sin pudor “papel del culo”.

Aquel elefante fue todo un paradigma de la sociedad que Cervantes ya había retratado en El Quijote, y que el franquismo sociológico trató de reproducir en sus planes de desarrollo: “Sólo dos linajes hay en España, que son el del tener y el del no tener”. El papel de “El  Elefante” tenía dos caras, una más amable, pero resbalona, y otra más eficiente pero más áspera. El ser y no ser de los españoles.

No hace tantos años la muerte de un lejano elefante provocó que se conmovieran nuestros pilares institucionales. Detrás de toda disculpa, por regia que fuera, siempre quedó algo irreparable. No sólo es que se hubiera matado un elefante, sino que quien lo hizo reinaba en un país cuyos dirigentes estaban dispuestos a resucitar el trasnochado elefante de las inciertas “400 hojas”, con todas sus texturas siempre rasposas, nada suaves y muy agresivas para sálvese la parte.

A los que nos amamantaron con la leche en polvo de la ayuda americana, allá por 1953, y ahora ya estamos inmersos en la “crisis existencial de los sesenta”, del mismo modo que padecimos el sarampión, las paperas y la reválida de sexto, le oíamos decir entonces a nuestros padres hasta la saciedad aquello de “los niños con los niños y las niñas con las niñas” y “tú hijo no te metas en ná”. Cuando íbamos a la mili nos apercibían de que lo mejor era no sobresalir ni por arriba ni por abajo, y sobre todo no llevar el paso cambiado. En una palabra: “No mojarse el culo por nada ni por nadie”. Las niñas, por su parte, debían educarse para llegar a ser hacendosas esposas, buenas madres y, sobre todo, expertas cocineras instruidas con el recetario de la Sección Femenina. De los niños se esperaba que fuéramos tan disciplinados y patriotas como los de la OJE, tan buenos como el niño San Tarsicio, tan campeones como el Real Madrid, y tan valientes y, a ser posible, tan ricos como una figura del toreo.

Viendo lo que ahora vivimos a diario en estos tiempos de la posverdad, uno siente un gran desconsuelo emocional. Nunca llegué a pensar que cuando Alfonso Guerra decía aquello de que a España no la iba a conocer ni la madre que la parió, no nos auguraba ni la “España del talante” de Zapatero, ni la “España va bien”  de Aznar, ni la España del “todo lo que se refiere a mi no es cierto, salvo alguna cosa  que han publicado los medios” de  Rajoy, sino una sociedad en la que los mitos huecos de nuestros adolescentes son los que pretenden encumbrarse sin necesidad de arrimar el hombro ni “mojarse el culo”.

El primer elefante que se llevó al Museo de Ciencias Naturales en Madrid lo mandó traer el rey Carlos III desde Filipinas. En 1788 llegó al museo el esqueleto de un megaterio desde Argentina. Carlos III le pidió al virrey por carta que le mandara un megaterio vivo. En diciembre de ese año el rey murió sin saber que los megaterios se habían extinguido, y desconociendo que el índice de prosperidad de un pueblo se mediría por la cantidad de papel higiénico que consumía. ¡Él, que decía que los españoles éramos como los niños pequeños, que llorábamos cuando se nos limpiaba el culo!

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Esqueleto de Megaterio que enviaron desde Argentina a Carlos III. Hoy se expone en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid.

 

ARTICULO ELEFANTES EN DIARIO JAEN

Publicado en Diario Jaén el viernes 5 de mayo de 21017

Pintahuevos

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(Publicado en Diario Jaén el viernes 7 de abril de 2017)

El Viernes de Dolores ya huele a incienso, cera candente y fe perfumada de primavera. Huele a Semana Santa, en una palabra. Huele a tradición y a una peculiar forma de expresar los sentimientos religiosos en estas tierras del sur. Si algún acento peculiar pone la provincia de Jaén en el tapete de las tradiciones, no es otro que el de la diversidad. Jaén es ante todo una provincia diversa que pone de manifiesto su diversidad a través sus paisajes, sus paisanajes y sus saborajes.

Estamos conmemorando este año el 250 aniversario de la fundación de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena por el rey Carlos III, con gentes venidas de Centroeuropa. De aquellos alemanes y suizos sólo nos quedan la fisonomía y los apellidos de sonoridad germánica de muchos de sus descendientes, y una tradición que ha perdurado y es muestra viva de la amplia diversidad cultural que sustenta los referentes de la identidad jiennense. Es la fiesta de Pintahuevos, que aún se celebra en tierras de Olavidia, en la Comarca Norte de Jaén, cada domingo de Resurrección. En ella se pone de manifiesto cómo un modesto huevo puede haberles sugerido, a prácticamente todas las culturas significativas de la Humanidad, la teoría primera del origen del Universo y las claves de su constante renovación.

En la vieja Alsacia, región que hoy pertenece a Francia pero que en el siglo XVIII era territorio alemán, se cuenta una antigua leyenda según la cual San Pedro cuando iba a visitar la tumba de Jesucristo, dos días después de haber sido crucificado, se encontró en el camino con María Magdalena que le dijo con gran alborozo que Cristo había resucitado. El apóstol desde su incredulidad –sigue contando la leyenda– le contestó de esta forma: “¡Ya!, creeré que eso es cierto cuando las gallinas pongan los huevos de color rojo”. Entonces, María Magdalena, abrió el delantal que llevaba recogido entre las manos y le mostró una docena de huevos de un brillante color escarlata, que acaba de recoger del gallinero de su casa. Se tiene noticia de la existencia, en un monasterio griego, de un cuadro en el que se recoge este hecho. Como puede suponerse esta historia no está recogida en ninguno de los cuatro Evangelios canónicos, ni forma parte tampoco de los llamados apócrifos, sino que se trata de una narración perteneciente al folclore y la cultura tradicional de algunas regiones de Alemania, Francia, e incluso Rusia, recogidas tanto por católicos como por ortodoxos.

Bastantes alsacianos y bávaros dieron vida en el siglo XVIII a las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena. Junto a sus pocos enseres y sus muchas ilusiones trajeron esta leyenda y, sobre todo, la tradición de pintar huevos el domingo de Resurrección; costumbre que en Guarromán y Carboneros es conocida como pintahuevos; chocahuevos o cuca en Aldeaquemada; rulahuevos en Santa Elena, y domingo de los huevos pintaos en Venta de los Santos, aldea de Montizón.

Desde aquel 3 de abril de 1768, primer Domingo de Pascua que los colonos centroeuropeos celebraron el pintahuevos en su nueva tierra andaluza, los guarromanenses, entre otros, han conmemorado la Resurrección de Cristo acudiendo cada año al paraje denominado Piedra Rodadera, y portando cestillos de huevos pintados de vivos colores, que a la hora de la merienda suelen acabar formando parte de una pipirrana de pimientos asados, aceitunas negras y mucho aceite para mojar. Aquellos colonos, como ahora sus descendientes, revivían el ancestral rito del eterno renacimiento del Cosmos, el estallido vital de la primavera a través de la Resurrección de Cristo, que en sus últimas raíces no encierra otra cosa que el deseo y la esperanza de la propia resurrección de cada cual. Las ocho generaciones que nos separan de los primitivos colonos han diversificado los colores dados a los huevos, que en un principio solían ser amarillos si se cocían con paja, o morados si se dejaban hervir con la piel violácea de las cebollas, o rojos cuando se impregnaban del tinte que soltaba una tela de este mismo color mojada en agua hirviendo.

La vida es una noria. A unos cangilones le suceden otros… Es el eterno retorno, el perpetuo renacimiento.

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Los pueblos, sus nombres y las señas de identidad

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Bien es cierto que es para no perdonarle a don Miguel de Cervantes, que, habiéndonos parido El Quijote para mayor gloria de las letras hispanas, nos privara del que sin duda hubiera sido el topónimo más peculiar de España, aquel lugar de la Mancha de cuyo nombre don Miguel no quiso, o no le convino, acordarse.

La Geografía, para quien esto escribe, fue, por obra y gracia de mi condición de hijo de militar, más que una tediosa asignatura que irremediablemente nos hacía bostezar de aburrimiento de cinco a seis de la tarde, un grato acicate que me llevaba a devorar literalmente un viejo atlas de provincias que había en casa, buscando los lugares en los que habría de hacer nuevos amigos y acomodar el cuerpo a un clima diferente. Ello me llevó a aprender a leer y a traducir Ramadán por Cuaresma, en Tetuán; a hacer raíces cuadradas con sabor a salitre, en Málaga; a escribir versos sobre cómo se rompe el agua, en Granada; a hacer ecuaciones diferenciales perfumadas de azahar, en Sevilla; a tomar cañas con farinato cuando cae la tarde en la inmensidad dorada y pétrea de Salamanca; a ver los náufragos venir, en el rompeolas de Linares; a circular entre rotondas viceversas y semáforos asincrónicos, en Jaén; y a volar con las águilas y no con los pavos, en Guarromán, lugar en el que resido y resisto felizmente. Cuando se es hijo de alguien susceptible de ser trasladado por motivos de trabajo, se tiene la sensación de que se es un poco de todos los lugares, poseyendo, en definitiva, la misma patria que el Capitán Trueno, es decir, aquella surgida de las sensaciones soñadas más que del pisotón de las apabullantes botas de la realidad.

De la misma forma que una vez descosidas las costuras de la Historia descubrimos que los Reyes Católicos no fueron tan católicos, y que todavía está por ver si los restos que se veneran en Santiago de Compostela pertenecen al apóstol del caballo blanco, o al druida celta Prisciliano, de la misma manera, cuando entramos en las entretelas de la Geografía nos enteramos que a los Montes Perdidos hace mucho tiempo que los encontraron, que los Montes Universales tienen su encanto localista, y que el lugar mas lejano del planeta no está en Africa, como cabría suponer, sino en un bello paraje, más allá de Tragacete (Cuenca), donde nace el río Cuervo. Allí nos gustaría ver a Indiana Jones en sus mejores tiempos, si es que es capaz de llegar integro.

Cuando viajamos, aunque lo hagamos a lomos del sillón de la salita, sin más lanza que llevarse al ristre que el mando a distancia del televisor, nos damos cuenta que nos ofrece más confianza, así como quien dice amigosparasiempre, el campechano Castropepe en Zamora, que no el distante hablemedeusté Don Benito extremeño, que de todos es sabido que hay distancias que se andan y distancias que se sufren en el amor propio y la dignidad. Sacar las oposiciones de maestro y ser destinado a San Pedro de los Burros, en Asturias, sobre todo si al consorte lo mandan a So, en La Coruña, es poco menos que cantar misa y que el señor obispo te asigne como parroquia la de Paganos, en Alava, o la de Atea, en Zaragoza. Todo un prometedor comienzo para una carrera pastoral.

Y es que el ir y venir de los tiempos retuerce los vocablos hasta convertir “aqua rosae” en Asquerosa, que así se llamó hasta 1943 Valderrubio, Granada, cuando a propuesta de la Tabacalera se le cambió el nombre. Lógicamente, debieron pensar, que es más comercial vender tabaco procedente del Valle del Rubio –por el tipo de tabaco–, que no de tan impúdico lugar. El mismo Federico García Lorca, que vivió sus años mozos en Asquerosa, y donde se inspiro para escribir “La Casa de Bernarda Alba“, prefería poner en sus cartas el remite de “Apeadero de San Pascual, Pinos Puente” antes que nombre tan poco poético.

Ocurre que cuando un pueblo decide cambiar su nombre, lo hace cargándolo de pompa y rimbombancia. Así, en la década de los sesenta del pasado siglo, cuando ser de pueblo era poco más que una indignidad, el municipio leonés de Alija de los Melones, cambió su nombre por el más hidalgo de Alija del Infantado. Así, el también municipio leonés de Sacaojos, cambió el suyo por el de Santiago de la Valduerna –tal vez apoyándose en las reminiscencias guerreras y heroicas de la batalla de Clavijo–, o el madrileño Miraflores, antes de ser un lugar de vacaciones veraniegas, se llamó Porqueras de la Sierra, nombre a todas luces más agreste y prosaico. ¡Pero a ver quien invita a los amigos a pasar un domingo en el chalet de una urbanización con estirpe tan porcina!

A veces las veleidades semánticas retuercen como tirabuzones las etimologías de los topónimos y los nombres de los lugares acaban por indicarnos justamente todo lo contrario de lo que en sí encierran sus significados. En realidad, Groenlandia viene a significar literalmente tierra verde, y no precisamente por la abundancia de vegetación, sino a modo de promoción para animar a sus posibles colonizadores. Y en Tierra de Fuego, la parte más austral de América, hace un frío de aquí no te menees, por muchas y calentitas llamas que se le arrimen a su nombre. Algo parecido ocurre con el topónimo Guarromán, que nada tiene que ver con hombre guarro, sino con el río de los granados, el “Wadi-r-rumman” que llamaron los árabes en el Medievo. Y es que es para hacernos meditar cómo a la Cultura, la nuestra, la que mamamos durante siglos de los pechos de los tartesos, iberos, fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, árabes, judíos y cristianos, le están surgiendo, como a la atmósfera, agujeros en el ozono protector de sus señas de identidad, los cuales, la mayoría de las veces, tratamos de parchear con los contrasentidos de un sucursalismo cultural ramplón y de última hora. Somos capaces de ver el “man” –hombre en inglés– en Guarromán colocado junto al guarro, y no vemos “gua” —Wadi en árabe, el río o el arroyo-. Hagamos a vuelapluma un urgente repaso por cuántos ríos, y pueblos del suelo patrio, comienzan por “gua” o “guada”. Olvidamos de la noche a la mañana el legado árabe cuajado durante ocho siglos, y sólo bastan unos cuantos lustros de terapia televisiva para engancharnos al tren del sajonismo. Y es que el padre Guadalquivir y su antañona cultura ya no pueden con el todopoderoso imperio lingüístico del Mississipí.

Pero el parcheo toma tintes de disquisición grouchomarxista cuando denominamos a la entrada de Andalucía Despeñaperros, precisamente porque allí perdieron la batalla de las Navas de Tolosa las tropas árabes, –no olvidemos que también ha quedado en la historia aquello de “perro judío” para que nadie de las llamadas “tres culturas” se sienta ofendido por agravio comparativo–,  y colocamos el blanco y verde nazarita –el verde es el color del Islam– de nuestra enseña autonómica junto al nombre del famoso desfiladero. Irónico homenaje para aquellos “perros” que perdieron la tierra a golpes de mandoble, y sin embargo nos ganaron los símbolos siglos después. Otra vez volvemos a tener la patria del Capitán Trueno, la soñada más que la que pisamos.

Tal vez sea por todo esto por lo que tras los nombres peculiares de los pueblos se escondan los remiendos con los que tapar tantos agujeros que se nos abren en nuestras señas de identidad culturales. Hacer un congreso sobre el tema para cuando pase el chaparrón de la crisis, no tiene otras pretensiones, además de pasar unos días agradables, que el lanzar la primera paletada reparadora al consabido agujero negro de nuestras señas de identidad. Comencemos custodiando nuestros topónimos y acabaremos por no perdernos en un bosque de contrasentidos.

Yo me imagino los diálogos de los ponentes entre sesión y sesión:

— …Pues yo soy de Calamocos, en León.

— Considéreme su paisano, yo vengo de Benamocarra, en Málaga.

Y es que el mundo es un pañuelo con el que saludarnos, por mucho que se empeñen

unos cabritos fanáticos en empaparlo de lágrimas y sangre.

 

Elogio de la fregona en el Día Internacional de la Mujer

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He oído decir a muchas venerables abuelas, sobre todo de pueblo, que la liberación femenina comenzó el mismo día que se inventó la fregona, a finales de la década de los años cincuenta del pasado siglo XX.

Fue entonces cuando la mujer de su casa –de profesión sus labores, como se hacía constar en el carnet de identidad– dejó de fregar el suelo hincando las rodillas, para hacerlo de pie; manteniendo erguido no sólo el cuerpo, sino el talle de su dignidad, porque desde siempre eso de arrodillarse ha tenido connotaciones, más o menos piadosas, de humillación, vasallaje y sumisión.

La fregona, con su palo a modo de vara de mando, su mocho y su cubo con su cestillo escurridor –invento de un español, por cierto–, vino en aquellos años a poner en marcha una revolución doméstica en el mundo de la mujer, a la que la tradición y las buenas costumbres la habían tenido tirada por los suelos, trapo en mano y cubo en ristre, para tener la casa como los chorros del oro, y no ser objeto de críticas maliciosas por parte de sus propias vecindonas, mujeres también que tampoco se libraban de andar tiradas por los suelos, ni de ser reprendidas por maridos malcriados en el más denigrante machismo de la época. La mujer, tirada en el suelo, rodillas en tierra, en un principio, y agarrada al palo del mocho de la fregona después, no sólo le sacó brillo al suelo de su casa, sino que acabó viendo como se reflejaba en él la geometría irrenunciable de su dignidad.

Ciertamente hay inventos, como éste, que no han servido para que el hombre llegue a la Luna, pero sí para poner en órbita el respeto incuestionable hacia la condición de mujer, sea cual fuere la época. Aunque la fregona, como todos los acontecimientos históricos, sigue teniendo sus revoluciones pendientes. En este caso, la mujer, pese a fregar erguida, lo sigue haciendo con agua sucia.

La realidad es que, paradójicamente, muchas mujeres, durante el más de medio siglo de existencia de la fregona, han sido agredidas con el mismo palo que sustenta el paradigma de su dignificación.

Evidentemente, sólo con tecnología no se hace una revolución. Hay que seguir en la brecha luchando y no bajar la guardia.

¡FELIZ DÍA DE LA MUJER!

(AUNQUE AÚN HAY MUJERES QUE SUFREN MALTRATO. LLAMA ENTONCES AL 016, NO DEJA HUELLA EN LA FACTURA TELEFÓNICA Y ES GRATUITO)

La Nueva Icaria

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(Publicado en Diario Jaén el viernes 3 de marzo de 2017)

 

En los tiempos del bachillerato, la edad de los valores abstractos, despertaron en mí más simpatía los griegos que los romanos. Pues si bien a ambos pueblos les envidiaba el trajín aventurero del ir y venir a todos los confines del Orbe conocido, admiraba de los primeros que lo hicieran con el bagaje cultural de sus filósofos y sus poetas, mientras que los segundos, arrogantes, ahítos de legiones y centuriones, manu militari, que dirían ellos, expandían las esencias del imperio a garrotazo y tentetieso. Y ya sé que me dirán que esto que cuento tiene tufillo demagógico, que ahí está Séneca, pero yo a Séneca siempre lo he tenido más como un andaluz de raíz profunda.

A los estudiantes de ciencias, el latín se nos acababa con la Guerra de las Galias, y de los griegos sólo nos quedaba, y en clases particulares para mediopensionistas, la Mitología. Pues bien, cuentan las crónicas mitológicas sobre Dédalo que fue el hombre de mayor ingenio de su tiempo. De oficio arquitecto, escultor y maravilloso artífice de la piedra, hasta tal punto que se llegó a decir que sus estatuas cobraban vida como si fueran criaturas de carne y hueso. Tenía Dédalo un sobrino llamado Talos, muchacho éste avispado como el que más, pues a corta edad ya habían inventado el torno de alfarero y la sierra de cortar, amén de otros ingeniosos utensilios. Celoso su tío y maestro, Dédalo, de la fama alcanzada por el muchacho, lo mató, siendo descubierto mientras lo sepultaba. Para librarse del castigo impuesto por el tribunal del Areópago huyó a la isla de Creta, donde el rey Minos le dio asilo a condición de que construyera un laberinto, el Laberinto por excelencia, para encerrar al Minotauro, ese monstruo mitad toro y mitad hombre, de terrible aspecto, que le tenía quitado el sueño al rey.

Construido el Laberinto, Dédalo soñaba con volver a su patria. No le seducía la idea de vivir en un lugar enteramente rodeado de agua, y pensó que salir volando era la mejor forma de huir. Metódicamente, y mediante un extraordinario ingenio, fue atando y encerando entre sí un gran número de plumas de ave hasta conseguir unas verdaderas alas. Su hijo Icaro le ayudaba con esmero en tan artística labor. Construidos los artefactos voladores, uno para Dédalo y el otro más pequeño para Icaro, se elevaron los dos por el aire suavemente y abandonaron la tierra del Laberinto. Sólo una recomendación le hizo Dédalo al joven Icaro, que no volara muy alto pues el sol derretiría la cera que unía las plumas y desarmado de tal guisa el artefacto caería en picado hacia los abismos. Pero Icaro le tomó el gustillo a eso de remontarse cada vez más y más, ocurriendo lo propio en estos casos. El sol quemó sus alas y el jovenzuelo se precipitó a tierra desde el cenit de sus triunfos. Al lugar donde ocurrió tan luctuoso suceso le llamaron Icaria.

Pasados, tiempo ha, los años del bachillerato y casi olvidado el culebrón mitológico, nos renace en el paisaje de la postmodernidad y de la postverdad una nueva Icaria, abismo donde van cayendo todos aquellos cuyas alas fueron quemadas por el sol del pelotazo, la falta de escrúpulos y la indecencia insolidaria. El paisanaje de a pie de esta Nueva Icaria anda cabreado, estupefacto, perplejo, viendo como Dédalo no sabe salir del Laberinto que él mismo construyó para encerrar al Minotauro del unte, el enganche y la comisión. Los jueces del Areópago no olvidan lo del joven Talos y han decido meterse en el Laberinto en busca de Dédalo y el Minotauro. El rey Minos, preocupado, decepcionado por aquel que se pierde en sus propios laberintos. Al final, el tiempo dirá quién acabará comiéndose a quién, pero por lo pronto la palabra honrado ha dejado de ser sinónimo de gilipollas y perdedor. Mientras tanto Ulises y sus argonautas siguen buscando el espíritu de la transición en el Olimpo y a la sufrida Penélope le han vuelto a subir el precio del butano y de la luz mientras teje y desteje el presupuesto familiar para poder llegar a fin de mes. Y es que, como decía el poeta, nos paren con cuentos, nos mecen con cuentos, y a la luz de cuatro cuentos nos hacen ciudadanos de la Eternidad.

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Premiar a los mejores

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(Publicado en Diario Jaén el viernes 3 de febrero de 2017)

Últimamente caigo en la cuenta de cómo ha aumentado el número de premios que se conceden en Jaén. Hoy en día no hay estamento, institución o ente privado o público que se precie, que no resista la tentación de elegir a sus “mejores”. Únete a los buenos y serás uno de ellos, le decía como sabio consejo don Quijote a Sancho.

Pero uno, puñetero empedernido, se cuestiona: Si los premios se conceden a los mejores, y hay tantos premios, es un indicio claro de que contamos con muchos mejores. ¿Entonces por qué estamos dónde estamos y no despegamos nunca? O quienes conceden los premios no aciertan, o quienes los reciben no los merecen. Pero aquí da premios hasta el “tío de los globos”, ese que encabeza las procesiones de Semana Santa.

La Fundación Amancio Ortega ha seleccionado a los 500 jóvenes que el próximo curso podrán estudiar primero de Bachillerato en institutos de Estados Unidos o Canadá. Andalucía ha sido la segunda comunidad española en número de becarios, con 73, después de Madrid (76). Málaga es la provincia andaluza con más estudiantes becados, un total de 21. Le siguen Sevilla (13), Cádiz (10), Córdoba y Granada, con 9, Huelva (3) y Almería, con dos becados. ¡Y ninguno de Jaén!

El endémico victimismo que padecemos lo adornamos con que Jaén es una provincia que ha desmantelado su ferrocarril, y que mantiene para vergüenza ajena un tranvía oxidándose que nos costado lo que no tenemos. Ocupamos los últimos puestos en todo lo positivo, y los primeros en todo lo negativo. Hemos desmantelado la mejor escuela de hostelería que nos ha dado a cocineros “cum laude”. Tenemos el ayuntamiento más endeudado, y llevamos como un estigma que, de los diez municipios españoles con mayor tasa de desempleo, tres son de Jaén.

Recuerdo aquellos tiempos en los que cambié la trinchera del desencanto por el noble menester de ser corresponsal de barra tabernaria, más que de guerra de salón, en los que guardaba en el cajón de mi mesa un diario de vivencias –sempiternamente inédito— al que titulé “Escupiendo a barlovento”, y cuya dedicatoria decía así: “A mis amigos en el poder. Piadosamente”.

 Escupir a barlovento es la lección primera que ha de aprender todo grumete a la hora de embarcarse, ya sea por mera aventura lúdica, ya sea por el sólo deseo de adentrarse en el mar tenebroso de las singladuras políticas. Escupir a contraviento, esquivando tu propio salivazo devuelto por la galerna, es la reválida que la universidad de la vida le hace pasar a todo aquel que lleva cumplida relación de todas las cosas que nos duelen desde hace tiempo en los cojones del alma.

¿Qué nos quedará por ver y padecer en este circo de payasos que dan más miedo que risa antes de que ejerzamos nuestro irrenunciable derecho al pataleo?

Julián Marías escribió en 1963 su “España posible en tiempos de Carlos III“, reeditada en 1988 coincidiendo con el bicentenario de la muerte del “rey alcalde”. En tal libro nos da noticia de interesantes documentos sobre lo que le sucedió al todopoderoso y arrogante don Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, quien en la primavera de 1766, cabreado el pueblo por la subida del pan, fundamentalmente, y por la prohibición de usar las capas largas y los sombreros de ala ancha, como causa más folclórica, tuvo que poner los pies en polvorosa camino de Cartagena como medida precautoria para no perder el pescuezo por retorcimiento, que así le llama el pueblo llano a lo que sostiene la cabeza cuando el cabreo con sus gobernantes es muy grande.

Valgan como botón de muestra las jácaras que el pueblo de Madrid dedicó al marqués de Esquilache en su huida:

Algún tiempo mucho fui,

 ya cosa ninguna soy,

pues se cagará en mi hoy

quien temblara ayer de mí.

Ruedo hoy, ayer subí, hoy huir, ayer mandar,

más, puesto a considerar,

justo mal se me señala

pues una cosa tan mala

en que había de parar. […]

Más ¿por qué ha de tener tan triste fin?

Porque engordó muy bien y era razón

le llegase también su San Martín“.

Trataré de localizar al “tío de los globos” y convencerlo para que otorgue sus premios a los peores, a ver así acertamos de una puñetera vez.

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