La leyenda del tucán pico de iris

Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo sólo había dos colores: el negro que gobernaba en la noche y el blanco que alumbraba el día. Los amaneceres y los atardeceres eran grises.
Pero un día, un tucán tuvo la valentía de liberar el arco iris del secuestro al que lo tenía sometido el dios de las tinieblas.
Desde entonces tenemos los colores que conocemos y ese tucán, conocido por el nombre de “pico de iris”, fue condenado por el dios de la tinieblas a tener que ordenar cada día los colores que los humanos habíamos desordenado el día anterior.

Hay colores en las banderas que nos dividen con sus fronteras.
Hay colores en los equipos que nos enfrentan con sus pasiones.
Hay colores en las ideas que nos envenenan con sus fanatismos…
Cualquier día algún descerebrado matará el tucán “pico de iris” y volveremos a tener sólo dos colores: el negro de no ver la luz, y el blanco que nos ciega con sus resplandores.
Ese día ya no recordaremos el color de los amaneceres ni el de los atardeceres, ni oiremos el canto del tucán.
Ese día sin luz nos lamentaremos de no haber asumido que los colores se crearon para unirnos en la diversidad, y no para mantenernos separados en las tinieblas.
¡Larga vida al tucán y su arco iris!

© José María Suárez Gallego

Bourée

Hay días que llegan desnudos, tremolando en el aire su desnudez. Son esos días en los que nos metemos las manos en los bolsillos de la bata y encontramos las manos más abiertas de nuestro cuerpo, olvidadas allí desde quién sabe cuánto tiempo. Aquellas manos que en el viejo tocadiscos ponían música como ésta en días tan desnudos y grises como el de hoy.

© José María Suárez Gallego

 

 

 

 

El adios de Maneke Neko

Maneki Neko

Maneke Neko

 

Microrrelato

 Todas las mañanas al pasar por el escaparate del bazar chino, un gato mecánico me decía adios con su brazo oscilante. Como nunca se marchaba supuse que a quien despedía siempre era a mí. Ayer lo compré y sus pilas eléctricas se las coloqué al reloj de la cocina. Esta mañana me pareció que la aguja del segundero se movía oscilante y  me despedía mientras desayunaba.

© José María Suárez Gallego