Huevos de septiembre

            Cada año comprobamos por estas fechas que agosto nos ha olido a bronceador, octubre nos ha de oler a alcanfor de otoño, y septiembre siempre nos huele a nuevo. Todo es, o pretende ser, nuevo en septiembre. Es el mes del eterno retorno: Todo final guarda dentro de sí un comienzo nuevo. Siempre ha sido así. Es el mítico dilema del huevo y la gallina, y quién engendra a quién.

En estos días vivimos tiempos de profecías autorrealizadas: El miedo al colapso económico hace que la gente gaste menos, lo que reduce la demanda y aumenta la oferta, y provoca un colapso económico. Ocurre igual con el temor a la guerra que conduce a que la gente adopte comportamientos defensivos o agresivos que, a su vez, producen más violencia y temor. Es el miedo al colapso económico lo que genera el colapso. Es el miedo a la guerra lo que perpetúa la guerra.

Pero hasta que llegue el Juicio Final, prefiero escribir sobre la gastrosofía del  huevo que fue antes que la gallina, o viceversa: Heraclides de Siracusa, que vivió allá por el siglo IV antes de Jesucristo, según referencia de Ateneo, hizo una valoración de los huevos más exquisitos, que son, según él, y por orden de exquisitez, los de la hembra del pavo real, los de la gansa del Nilo, y sólo en tercer lugar los de gallina. Lo que nos pone de manifiesto cuan antigua es la preocupación por hallar bondades en el universo encerrado en el cascarón de un huevo.

            El propio Leonado Da Vinci llegó a hacer la siguiente afirmación, fruto de su talento investigador, e incluida en sus falsas notas de cocina del Códice Romanoff : «Los huevos bendecidos por los sacerdotes saben igual que cualquier otro huevo».

            En la literatura culinaria es recurrente el tema sobre el gusto de monjes y frailes por los huevos, donde lo manifestado por Leonardo Da Vinci al respecto nos viene a poner lo terrenal y lo divino en el justo sitio que a cada cual corresponde. De este modo Alejandro Dumas padre, en sus apuntes sobre la cocina española, fruto de un viaje por la España de la primera mitad del siglo XIX, nos deja escrita la siguiente anécdota ocurrida en una posada a la hora de ir a desayunar:

            «– ¿Quiere usted –le dijo la posadera– un par de huevos para fraile o un par de huevos para seglar?».

            El novelista francés pregunta asombrado, qué diferencia existe, contestándole así la posadera: «– Pues que un par de huevos para fraile se compone de tres huevos, y un par de huevos para seglar se compone de dos.»

            Pero la cosa no habrá de quedar ahí, pues en el siguiente cuento popular andaluz, conocido por la «Docenica del fraile», se nos da otra curiosa referencia sobre un fraile que entró en una huevería para comprar una docena de huevos, diciéndole de esta manera a la dueña:

            «Como son para personas distintas me los va a despachar por separado, de la forma siguiente: Para el padre prior, media docena, y apartó seis; para el hermano portero me encargó un tercio de docena, y separó cuatro, agregándolos a los otros, y para mí, que soy más pobre, un cuarto de docena, y procedió a apartar tres más, que añadió a los anteriores. Total, que si hacemos la cuenta son seis del prior, cuatro del portero y tres del fraile, igual a trece huevos. El buen hombre pagó su docena y se fue.»                 

            Viendo, pues, que tanto los huevos benditos como los que no lo están saben lo mismo, pero valen más baratos si son para sartén de convento al entrar uno más en la docena, el cancionero popular nos da fe de la mayor o menor longevidad de las viandas, sean vianda celestial o pitanza terrenal: «Toma el huevo de una hora, / el pan, de aquel mismo día, /el vino, que tenga un año / y algo menos la gallina»-

            Deseoso pues de que llegue octubre y así podamos comprobar si la gallina de septiembre ha puesto el huevo del futuro, o si, por el contrario, el huevo de septiembre se le va a atragantar a la gallina del presente.

            Por si acaso he anotado que hay que comprarle una calculadora al fraile para que los huevos y sus docenas nos cuadren en septiembre, a pesar de su borrón y cuenta nueva.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 9 de septiembre de 2022

Los justos y los cabales

Entrega de la XXIX Edición de los Premios Nacionales Cuchara de Palo, en Linares.

Hay quienes dicen que en estos tiempos que corren todos queremos estar en el mismo sitio y hacer la misma cosa a un mismo tiempo. ¡Cosas de las redes sociales y el “online”! Tenemos la sensación de vivir agolpados como abejas en un enjambre, más que en una colmena. Es por ello por lo que suelen decir los poco dados a bullas y achuchones que «uno, es soledad; dos, son compañía; y tres… una multitud«. Que aún sigue vigente, según se ve, aquello que siempre se ha tenido por verdad: «que la mucha gente ni para la guerra es buena«.

Y al hilo de esto cabe preguntarse cuál es el número más adecuado de comensales que han de sentarse juntos a compartir una comida y su tertulia. Y ciertamente no es fácil dar una respuesta, aunque la más sorprendente que he oído es la que se suele dar en el mundo del Flamenco: «Deben estar los cabales«, que es lo mismo que dejar la pregunta sin contestar y sujeta a las circunstancias del momento: «Deben estar los que tienen que estar«, es decir: Los cabales. Ni uno más ni uno menos. Y no deja de ser curioso que de lo primero que es sinónimo cabal es de justo, pero también de aquello que es excelente en su clase y en su género. Por tanto, para el mundo del Flamenco, en una reunión, incluidas las que tienen por herramientas la cuchara y el tenedor, deben estar todos aquellos que como el tradicional «Antón pirulero» tengan juego que hacer y que dar: Unos poniéndole voz al sentimiento del cante, otros bordando notas en la guitarra, otros jaleando al personal, y los más derrochando la armonía de sus silencios.

            Esta misma pregunta se la hicieron también tanto los hijos de la Roma Imperial, como los griegos de la culta Atenas, movidos por la preocupación de llevar su esmerada perfección al arte de comer juntos, pero no revueltos, y ellos, tanto unos como otros, llegaron a la conclusión de que el número óptimo era aquel que superaba el número de las Gracias, pero no pasaba el de las Musas. Es decir, entre tres que son las gracias, y nueve que son las musas. O lo que es lo mismo, entre tres y tres veces tres.

            Los viejos mitos y el peculiar juego del número óptimo de comensales, vienen a poner de manifiesto los temas de conversación más propicios para acompañar una buena comida, en la que  la política, la religión y el forofismo deportivo, desde siempre, según se ve, han brillado por su ausencia, a pesar de las olimpiadas de entonces, las de la vieja Olimpia, la lucha greco-romana, las carreras de cuadrigas, los bravos gladiadores, las movidas del Senado Romano y el culebrón sentimental de los dioses del Olimpo. No ocurre así con el planeta taurino, que desde el lejano y antañón Minotauro y aquellos acróbatas cretenses que saltaban sobre los cuernos del toro, parece estar tocado por la musa de las tres Gracias y la gracia de las nueve Musas, como corresponde a todo arte tenido por grande.

            Esta misma pregunta fue contestada en las postrimerías del siglo XIX por el marqués de Valdeiglesias, director del periódico La Época, quien nos dejó escrita la siguiente receta para lograr una buena comida en todos sus aspectos: «Pocos platos, pero bien hechos, y pocas personas, pero bien avenidas. Convidados que paguen en ingenio la hospitalidad que reciben, porque a la gente no se le convida a comer para que esté callada«.

            Vemos, por todo lo dicho, que no es fácil saber si alrededor de una mesa están todos los cabales, o son todos los justos. Pero entre unos y otros hay que tener siempre presentes a los que ya no pueden estar, pero estuvieron, cuya ausencia se nota como presencia siempre.

Al respecto, mi abuelo Paco, para mejor entender la rosa de los vientos tabernarios, me decía: “Toma, siempre que puedas pagarlo, vino del mejor, pero nunca te lo tomes con un “gilipollas” porque seguro que te lo echará a perder”. ¡Y eso no se lo merece ni tú, ni el peor de los vinos!

Los justos y los cabales siempre saben los intríngulis de la geometría del saber estar (tres veces tres), en la que se retuerce la esencia de un refrán: : “Dime con quién andas… Y te diré si voy”.

© José María Suárez Gallego

Publicado en el Diario JAÉN el viernes 19 de agosto de 2022

Poscultura y posverdad

El Diccionario de la Real Academia Española nos define  la cultura, en su cuarta acepción, como el “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época o grupo social, etc.

Pero no nos llamemos a engaño, el término cultura pese a que ennoblece el significado de las palabras que acompaña, a veces no es más que un maquillaje que  esconde todo lo contrario de lo que se pretende aparentar. Así, tras la parafernalia de la “cultura del reggaetón”, por poner un ejemplo, suelen esconderse más intolerantes y retrógrados que los que buscan su acomodo en el mundo de las camisas blancas y las corbatas de seda, más proclives a tener una mentalidad más carca y conservadora. Del mismo modo, la llamada “cultura del botellón”, aquella que tira por tierra las esencias de nuestra “cultura tabernaria”, lo que de verdad se esconde es una partida de desaprensivos que de forma descarada hacen su agosto vendiendo impunemente bebidas alcohólicas a menores desde una tiendecilla de chucherías abierta a todas horas. Curioso país el nuestro, tan poco dado a leer, en el que las disposiciones legislativas se exhiben en carteles con el ánimo de que se lean a sabiendas de que no van a ser cumplidas. De forma paradójica las administraciones públicas sancionan más, en realidad, no tener colgado el cartelito avisando que está prohibido vender bebidas alcohólicas y  tabaco a los menores de 16 años, que la circunstancia de que se las expendan. Esta inutilidad cartelaria fue llevada a la cumbre de los atentados a la libertad de expresión cuando antaño, en tiempos en los que no se consentía más cultura que la oficial, se pusieron en las tabernas aquellos demoledores carteles de “se prohibe el cante”, elevando el Flamenco a la categoría antihigiénica del esputo, pues también estaba “prohibido escupir” y sobre todo “hablar con el conductor” en los autobuses.

Caso análogo ha ocurrido desde los años sesenta del pasado siglo en los que comenzó el desprestigio de la boina, con los carteles que propician la “cultura de la prevención de riesgos y seguridad en el trabajo” y que se exhiben en las obras avisando de que es “obligatorio el uso del casco”, cuando éste sólo se lo suelen poner los gerifaltes que las visitan con el único ánimo de salir en la foto –siempre ridícula, por cierto, pues a algunos les sienta el morrión protector como a san Efrén el Sirio una magnum parabellum de 9 milímetros colgándole del cíngulo de su santo hábito de doctor de la Iglesia–. Tras la “cultura de la solidaridad” también se esconde mucho bucanero al frente de algunas ONG fantasmas que hacen de las guerras, los terremotos, las inundaciones, los huracanes, el hambre, y la muerte que las desgracias colectivas siembran, un negocio rentable de la sensiblería popular. ¡Por supuesto que ONG honestas haberlas haylas, y a las más conocidas de todos me remito!

La “cultura olivarera” también está sujeta a la paradoja de la  “poscultura de la posverdad” que profesan los genios del “dame pan y dime tonto” que han sabido apropiarse del olivo y sus plusvalías dejando la cultura para los poetas, los historiadores, los cronistas, los periodistas cabales, los idealistas sin partido, los partidos sin pesebre, los pesebres sin alfalfa de los que dan el callo por su tierra sólo por amor al arte, y sobre todo para los que invertimos las mañanas de los domingos escribiendo paridas como ésta a modo de clamor inútil en un desierto paradójicamente poblado de olivos como gritos, que inconcebiblemente callan cuando cantan las chicharras de la descultura, neologismo para expresar el acto de fomentar el desaprendizaje desde la mentira que es la desverdad.

Con los avances tecnológicos de la información, la posverdad es todo aquello que parece verdad sin serlo, lo mismo que pasa con la poscultura. Hemos entrado de lleno en la era de la “descultura de la desverdad”, o  de la “poscultura de la posverdad”. La gran pegunta es cómo y en qué condiciones vamos a salir de ella.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 22 de julio de 2022

Samaritanos y fariseos

Tengo el machadiano estigma de que ninguna de las dos Españas ha logrado helarme el corazón, porque cada uno de mis abuelos ondeó una bandera diferente en una misma España, si bien ambos acabaron padeciendo las mismas contradicciones y los mismos sinsabores de una misma patria. Las guerras siempre las gana el mismo lobo que una vez que se ha comido a los tres cerditos del cuento trata de culpar de ello a Caperucita y a su abuela.

Nuestra patria, entelequia diversa de intereses contrapuestos, nos ha ido convirtiendo en las piezas de un mecano de una sociedad bipolar que nos exige a cada paso que seamos monárquicos o republicanos, de  izquierdas o de derechas, del PSOE o del PP, del Real Madrid o del Barcelona, de  Movistar o de Vodafone, de Coca Cola o de Pepsi, fumadores o no fumadores, con alcohol o sin alcohol, creyentes o ateos, taurinos o antitaurinos, de Rocío Carrasco o de sus parientes díscolos.  Nuestra vida, como diría el proscrito Jorge Luis Borges, es un jardín de caminos que se bifurcan. Es el dilema perpetuo entre el blanco y el negro en un país en el que están desterrados los términos medios y las medias tintas. Un  país en el que la luz eléctrica cada día está más cara, pero en el que abundan los cirios encendidos en Semana Santa, los velones en las romerías, las lucecitas de colores en Navidad, las bengalas de campeones de liga, las antorchas de ritos ancestrales, los leds de las rebajas del Corte Inglés… ¡Pero nos falta tanta luz que nos ilumine!

El magistral dibujante Quino ponía en boca de la redicha Mafalda: “Me parte el alma ver gente pobre. ¡Habría que dar techo, trabajo, protección y bienestar a los pobres!“; y Susanita –su mejor amiga– le respondía: “¿Para qué tanto? Bastaría con esconderlos“.

A los pobres nacionales y a los extranjeros pobres –que son doblemente pobres por ser doblemente extranjeros— los amantes de apropiarse de las banderas comunes los suelen esconder debajo de ellas. Y si no que se lo pregunten a ese tipo de “andaluces” encastados en la estirpe de los que en su tiempo llamaban “trapo” a lo que hoy enarbolan para abanderarnos. ¡A buena hora mangas verdes -blancas y verdes, por supuesto-!

La realidad es que bajo un mismo dios y una misma patria no siempre todos los fieles creyentes, ni muchos menos todos los ciudadanos, son iguales. El viejo proverbio árabe lo expresa meridianamente: “El pobre es un extranjero en su patria”. Al rico extranjero se le suele llamar hermano y hasta se le llega a hacer hijo adoptivo de la patria en la que malvive el pobre. En la Marbella de la época de las vacas gordas de los “ostentoreos”, se clasificaba con descaro a las gentes de una misma raza y de una misma creencia, según su poder adquisitivo: Los “paisas” que vendían ventiladores y linternas por los chiringuitos eran “moros de mierda”, mientras que a los jeques que llegaban envueltos en el halo del lujo y del derroche se les denominaba árabes, a secas.

Por lo que vamos viendo en estos últimos tiempos de pandemias, volcanes en erupción, guerras para vender armas, España no tiene otro futuro que enfrentarse a él.  Reivindico la voz del poeta Antonio Machado cuando recuerdo una reflexión de él al respecto, recogida en sus “Poesías de la Guerra, Apuntes”: “Cuando penséis en España, no olvidéis ni su historia ni su tradición; pero no creáis que la esencia española os la puede revelar el pasado. Esto es lo que suelen ignorar los historiadores. Un pueblo es siempre una empresa futura, un arco tendido hasta el mañana”.

            En este “Reino de Trinconia”, en el que unos no creen en la democracia y los otros no la practican, hay que hacerle caso a mi contertulio El Caliche cada vez que dice que más olla y menos bambolla. A mí lo que de verdad me hiela el corazón es ver a quienes salen a buscar en la basura algo con lo que sobrevivir sin perder la dignidad.

Efectivamente hay que “esconder” a los pobres, pero en los balcones de las conciencias de los samaritanos. Allí dónde no hay sitio para colgar las banderas de los fariseos.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 24 de junio de 2022

Pan «El Maestre»

El pan «El Maestre» saliendo del horno de leña de la Tahona Donaire https://tahonadonaire.es/.

Hace unos años, hablando con el recordado Alfonso Sánchez Herrera, el primer alcalde Comendador de la Orden de la Cuchara de Palo, durante la comida posterior a un jurado gastronómico, me refería que los alcaldes y los cronistas oficiales somos “carne de callejero”, pero no éramos responsables de todo lo malo que podría ocurrir en una calle a la que pusieran nuestro nombre. Él me comentó que el suyo se lo habían dado al recinto ferial de Jaén, y que agradecía la deferencia porque allí nunca pondrían un tanatorio y sí lugares de diversión para sentirse felices . Le dije que yo prefería más que mi nombre en una calle, en un pasodoble, o en un combinado para tomar en una verbena, o en el de un pan artesano para desayunarlo con aceite una plácida mañana de domingo. Todas esas circunstancias son felices, sin exponerte a que tu nombre quede unido a una posible tragedia que pueda suceder en “tu” calle.

Al día de hoy aún no he hecho méritos para que suene en una caseta de feria un pasodoble con mi nombre, ni que nadie brinde con el “chin chin” de mis apellidos por la vida que comparte con quiénes se siente feliz de compartirla. Pero sí ha querido mi buen amigo el carolinense Manuel Donaire Marín, a la sazón Comendador del Pan de la Orden de la Cuchara de Palo, de forma generosa que el pan artesano con el que ha concurrido y ha sido seleccionado en la Ruta del Buen Pan de Andalucía lleve el nombre de “El Maestre”, en honor de quien ejerce el cargo de Maestre Prior en la Orden de la Cuchara de Palo, que es quien modestamente suscribe estas líneas.

El pan “El Maestre” está elaborado con tres harinas semiintegrales: trigo, espelta y centeno, que integran partes de la corteza del grano y por el proceso de molturación conservan el germen; y por harina de kamut que es una de las variedades de trigo más antiguas que se conocen, hasta tal punto que se le llama el trigo de los faraones y en concreto de Tutankamón; de sabor dulce y agradable, rico en hidratos de carbono complejos, proteínas y grasas poliinsaturadas, mayormente omega 6, minerales y una amplia gama de vitaminas. Completa la receta de este pan unos granos de centeno y sarracenos tostados, masa madre natural de cultivo propio, agua y sal. El proceso se culmina con un amasado lento, un reposo de tres horas, una fermentación en frio de veinte horas, y una cocción en horno de leña.

Ni que decir tiene que este pan ungido con aceite de oliva virgen extra en el desayuno me hizo evocar la otra mañana los tres pilares que sostienen la historia y la cultura milenaria de los pueblos del Mediterráneo: El pan, el vino y el aceite, o lo que es lo mismo, el trigo, la vid y el olivo, como los cultivos tradicionales que han sustentado su gastronomía y su filosofía.

Ciertamente, el proceso de adaptación a los nuevos tiempos de la elaboración del aceite, del vino y del pan, ha corrido suertes distintas. Mientras que en el caso del aceite y del vino el alejamiento de los sistemas tradicionales de producción ha hecho posible que se obtenga unos aceites y unos vinos de una excelente calidad, a la vista está, en el caso del pan la tecnificación de sus procesos ha dado lugar a ese cartel terrorífico que hemos podido ver en bastantes supermercados de “tres barras un euro”, que podrá darnos noticia de lo barato que venden el pan, si eso realmente fuera pan y no un sucedáneo con el que llenar la andorga por poco precio.

Esto ha hecho posible que cada vez sea mayor el número de panaderos que hayan optado por regresar a la tradición artesana de la elaboración del pan. Tarea que requiere más trabajo y más dedicación, pero que premia a los amantes de la buena mesa al poder  disfrutar de un pan más rico y más saludable, siempre que quien lo deguste sepa valorar también su precio justo, como ya ha ocurrido con el aceite y con el vino, a la hora de disfrutar de una buena comida.

Agradezco al maestro artesano Manuel Donaire la gentileza del pan “El Maestre”, y prometo estar a la altura de su miga y su corteza.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 27 de mayo de 2022

El Comendador del Pan de la Orden de la Cuchara de Palo, el maestro panadero Manuel Donaire Marín, entrega el pan «El Maestre», declarado como uno de los mejores panes artesanos elaborados en Andalucía, al Maestre Prior de la Orden de la Cuchara de Palo, José María Suárez Gallego, en el Restaurante y Anticuario Las Tinajas de Guarromán, Sede Matriz de la Orden.

San Isidro y Guarromán

Comitiva de la Romería de San Isidro llegando a Piedra Rodadera, año 1950

El ciclo festivo de cada pueblo es el mejor instrumento que poseen sus gentes para reavivar cada año lo más esencial de sus señas de identidad. Desde el punto de vista de la antropología cultural se podría parafrasear: «Decidme qué fiestas hacéis, y os diré que sois como pueblo».

Es por ello por lo que no podemos saber lo que son los guarromanenses como colectivo hasta que no nos hemos sumergido en las entretelas de su romería de San Isidro, cumbre de su ciclo festivo. La pradera se convierte con tal motivo en un libro vivo que se abre en Piedra Rodadera y se cierra en la otra orilla del río Guadiel, ya en término municipal de Linares, donde entre líneas de centenarios chaparros y milenarias piedras se han escrito los ritos y los símbolos que entretejen lo más genuino de la historia de Guarromán, una de las nuevas poblaciones de Carlos III, fundada en 1767 con colonos agricultores centroeuropeos, y vuelta a recolonizar por mineros andaluces un siglo después. Ambos colectivos, el del arado y la trilla, por un lado, y el de la vagoneta minera y el barreno, por otro, han puesto los acentos de la hermandad, los puntos de la mesa compartida, las comas de la tortilla de patatas con vino en bota, y las corcheas de un pasodoble a la sombra del legendario “chaparro de los músicos”.

Cabe destacar que San Isidro no es el patrón oficial de Guarromán, estando encomendados estos patronazgos a la Inmaculada Concepción, como no podía ser de otra manera siendo Carlos III el rey fundador de esta real población, y al Sagrado Corazón de Jesús, que desde 1950 posee un monumento en el paseo principal de esta localidad, conocido popularmente como «El Santo».

La circunstancia de haberse conmemorado el pasado año 2021 el 75º aniversario de la celebración de la primera romería de San Isidro, y por causa de las restricciones sanitarias impuestas por la Covid-19 no haberse podido festejar, ha hecho que la Hermandad de San Isidro haya decido trasladar los actos de tal evento a este mes de mayo coincidiendo con la romería de este año.  La Hermandad de San Isidro me ha concedido el honor y el privilegio, como cronista oficial,  de realizar el pregón de esta especial romería en la que los guarromanenses vuelven con San Isidro a la Pradera de Piedra Rodadera después de dos años sin haberlo podido hacer, y celebrar que hace tres cuartos de siglo que San Isidro une en hermandad a Guarromán cada mes de mayo.

La pradera de Piedra Rodadera es el símbolo más antiguo de la romería, pues ya lo era de otra «romería sin santo» traída y heredada de los colonos alemanes y conocida por “Pintahuevos”, siendo ésta la primera fiesta que de forma colectiva celebraron los primeros colonos guarromanenses. El Domingo de Pascua conmemoraban la resurrección de Cristo, para lo cual decoraban huevos duros que luego habían de comerse en una merienda campestre, tradición ésta típicamente centroeuropea. El lugar elegido para esta celebración fue el de la «Pradera de Piedra Rodadera», precisamente por sus significadas cualidades para la diversión de pequeños y mayores. La utilización del sitio como un improvisado tobogán le dio nombre. Era la piedra lisa donde se podía rodar o rular. Incluso a lomos de caballerías con la montura sin cinchar, los mozos de otros tiempos se lanzaban piedra abajo haciendo gala de sus habilidades como jinetes en tan difíciles condiciones.

El 5 de mayo de 1946 es cuando el Cabildo de la Hermandad,  presidido por don Herminio Rubio Delfa, acuerda nombrar una comisión de festejos para que organice la “fiesta de nuestro patrón San Isidro Labrador el día 15 de mayo”. Pero ese día y el anterior el tiempo amenazaba lluvia, y la fiesta y romería se celebraron el siguiente domingo 19 de mayo por primera vez.  La comisión acordó preparar una comida colectiva para mil quinientas personas cuyo menú consistía en «un arroz con habas y carne de cordero, así como un panecillo de doscientos cincuenta gramos por individuo».

Y ese día San Isidro se quedó para siempre en el corazón de los guarromanenses.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 29 de abril de 2022

Macondo se mueve

Como cada domingo último de marzo ya nos han vuelto a cambiar la hora. Argumentan  los que parecen que saben de estos temas que se hace por motivos de ahorro energético, precisamente en unos tiempos en los que tenemos que estar pendiente del precio de la luz y de un reloj para poner la lavadora y no arruinarnos por ser excesivamente limpios. Aunque en el universo de la  tertulia tabernaria en la que me pierdo un rato cada día, hemos llegado a la conclusión de que lo que se pretende con tal medida es jeringarle los biorritmos a nuestras geometrías corpóreas. Y la verdad es que no tienen miramiento ninguno estos eurocrátas, porque nosotros –a los que ya las nieves del tiempo nos han plateado el bigote–, acabamos adaptándonos pronto a la nueva hora de nuestra «ligá» diaria, y a ese primer vino que nos entra a trasmano por venir con horario de Canarias, pero la medida va en contra  de esos angelitos de Dios, inocentes lactantes,  que saben desde el claustro materno que la teta de madre –por donde  les llega el yantar diario– no tiene un reloj temporizador como el riego por goteo que pueda cambiarse a golpe de decreto de los burócratas de Bruselas.

He echado cuentas grosso modo y resulta que en España según el Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE), el cambio de hora permite reducir en un 5% el consumo eléctrico en luz, lo que equivale a 300 millones de euros al año, entre viviendas y empresas. El IDAE también calcula que cada hogar se ahorrará una media de seis euros al año, que nos da para tres litros de gasoil y poder ir a comprar el periódico en coche al quiosco más lejano de la ciudad un par de domingos al año.

Así es que el domingo me fui al bar, y cuando el reloj –estrenando hora “nueva”– nos decía que era el momento de la tertulia tabernaria con sus vinos y sus tapas, el cuerpo me estaba pidiendo unas tostadas de aceite virgen extra con un café con leche. Y sin pensarlo dos veces se las pedí a mi tabernero de cabecera, que si bien  es sabido ya que el tiempo es relativo –como decía el sabio Einstein– las gazuzas son siempre verdaderas y crean desasosiego de tripas, como predica mi contertulio el Caliche cuando nos retrasamos en la diaria cita para ejercer de corresponsales de barra. Así es que con las tostadas dando destellos de verde oro a mi derecha, el café con leche humeante a mi izquierda, entre ambos desplegué el Diario Jaén del domingo. Veníamos en él a toda plana los de la Cuchara de Palo, recién entregados nuestros premios el día anterior en Linares. Con cuya lectura  pude ganarle  la hora que nos había sido quitada el domingo en pos del ahorro energético. Tuve así la oportunidad de ver escrito y con imágenes la preocupación que existe en nuestra tierra por el adelgazamiento paulatino de los presupuestos de nuestros más nobles y necesarios baluartes de referencia para despegar de una puñetera vez.

Y he de confesar que mientras me empapaba el periódico, dos lamparones del aceite de las tostadas cayeron en sus páginas, que era tanto como ungir con el milenario óleo picual de nuestra cultura el papel en el que se escribe el santo y seña de nuestro presente y de nuestro futuro.

Y ante lo vivido el día anterior y lo leído en la mañana del domingo me dije: «Hay quien piensa que Jaén está muerto, ¡y, sin embargo, se mueve!«. Y pensé que tal vez también al maestro Galileo, absorto en los misterios del tiempo, se le caían los lamparones del aceite de sus tostadas en el sepia de sus papeles astronómicos. Y eso, tranquilizó sobremanera mis alterados biorritmos de hijo del Mediterráneo.

A veces la provincia de Jaén me recuerda todas las metáforas de la narración de Gabriel García Márquez en la que nos relata la increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Por eso fue que el domingo brindamos desde el realismo mágico por nuestra Universidad de Jaén, y porque regresen sus egresados que ahora trabajan lejos haciendo grandes los macondos de nuestros nietos extranjeros.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 1 de abril de 2022

Postureos para la paz

Me ocurre últimamente que cada mañana al afeitarme, percibo al mirarme en el espejo la extraña sensación de que todo lo que nos está ocurriendo en las últimas crisis y guerras, es un plan establecido que sigue una puntual hoja de ruta para llegar a un objetivo preciso: La devaluación de la sociedad del bienestar y la cosificación de los ciudadanos que la componen. Dado que los mercados especulativos liberales no admiten la devaluación de las principales monedas, no hay otra solución que devaluar el bienestar de la sociedad reduciendo a los ciudadanos a simples cosas sujetas a los algoritmos estadísticos. Es curioso, también en el régimen de esclavitud de la antigua Roma el esclavo era considerado como una mera cosa.

Los sociólogos, tan acostumbrados a vernos como cobayas pululando en una sociedad que es capaz de fagocitarse a sí misma, han llegado a afirmar que el nivel de bienestar de un país se mide por la cantidad de cosas que produce para ser necesariamente consumidas. Tan evidente es todo esto que hasta el mayor o menor gasto de papel higiénico es una medida del desconsumo de todo lo consumido, siendo un referente de primer orden sobre el alto nivel de vida que hemos llegado a alcanzar en esta sociedad del “aquímelasdentodas-aquímeloquitantodo” por la que se dejaron el pellejo tantísimos ideólogos de la Utopía. No es casualidad que, en los comienzos de la declaración del estado de alarma por la pandemia, lo primero que comenzó a acaparar todo el mundo fuera precisamente el papel higiénico.

Con la puesta en escena a través de medios de comunicación y redes sociales, de guerras, de crisis económicas y de crisis sanitarias, maquilladas con la crema de la posverdad a base de fake news, se está intentando, a todas luces, que fracase todo aquello que nos ha hecho personas, para una vez derribado el sistema social darnos la opción de que nos conformemos con ser cosas que resignadamente aceptan su destino.

Se nos pretende crear un sentimiento de culpa fatalista según el cual todo lo que nos ha pasado y nos pasa es porque hemos pretendido vivir por encima de nuestras posibilidades, ya sean económicas, sanitarias, sociales o pacifistas, cuando la realidad es que son precisamente los que están gestionando estos problema los que están muy por debajo de las suyas. Que Trump y Putin están como cabras es algo que nadie sensato pone en duda. El matiz estriba en el cabrero que se lo ha dicho a cada uno.

La perversión de esta estrategia ha conseguido, en un alarde de virtuosismo malvado, que se cosifiquen también nuestros cosificadores junto a todas sus instituciones. Cuando nació la Organización de Naciones Unidas (ONU) el 24 de octubre de 1945, después de concluida la Segunda Guerra Mundial, lo hizo en base a unos principios comenzando por el de igualdad de todos los estados soberanos: “Los propósitos de las Naciones Unidas son mantener la paz y la seguridad internacionales, y con tal fin: tomar medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz, y para suprimir actos de agresión u otros quebrantamientos de la paz; y lograr por medios pacíficos, y de conformidad con los principios de la justicia y del derecho internacional, el ajuste o arreglo de controversias o situaciones internacionales susceptibles de conducir a quebrantamientos de la paz”. Pero lo curioso es que los cinco miembros permanentes (Rusia, China, Francia, Reino Unido y los Estados Unidos) de su Consejo de Seguridad que tienen derecho a veto, poseen una potente industria armamentística. (Si alguno de estos países vota contra una propuesta, ésta queda rechazada, incluso aunque el resto de miembros haya votado a favor). Es decir que quienes más velan por la paz del mundo son los que más armas fabrican y venden.

¿Y usted de mayor qué quiere ser? —me preguntaban hace algún tiempo—. Pues mire, yo quiero ser más libre, más igualitario, y más fraterno que era ayer a esta misma hora. Más tolerante, más demócrata y menos embustero, de lo que usted pretende enseñarme con su impresentable proceder.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 4 de marzo de 2022

Morir como un perro

Retrato de René Robert., de PRISCA BRIQUET

Dicen los viejos del lugar que “estómago hambriento no admite argumento”, y que “no hay cola sin empujones, ni agobio que atienda a razones”, lo que aderezado con el axioma real y verídico de que a cualquiera se nos da una gorra e ipso facto nos creemos ser el general MacArthur entrando en Filipinas, nos lleva siempre a pretender iniciar todas las revoluciones pendientes.

Pero cada vez nos encontramos con más gente que dice amar mucho a Dios, pero  no ama a su prójimo; que pregona que quiere mucho a su patria, pero no quiere a sus compatriotas. Es como sentirse el general MacAnthur tomando posesión, gorra en mano, de las entretelas emocionales de nuestro espíritu cristiano y patrio de garrafón y chichinabo.

Suelo cada día anotar los temas con los que poder romper el maleficio por el que mis manos cada mañana de sábado se quedan quietas frente al blanco absorto de una cuartilla muerta, hechizo de taumaturgos éste de la pluma que aprendí a trancas y barrancas en la Poesía Urgente de Gabriel Celaya:

“¡Prohibido, señores, jugar al Paraíso! /  Todo está prohibido: Fumar, beber, reír a locas, / disfrazarse de arcángel, entrar en los espejos, / llamarle guardia al guardia y a una rabia, alegría, / o dar fuego al cohete con una rosa roja. […] / Debemos ser formales, solemnes, decorosos; /siguiendo los carriles crear libros y cuadros, / retratos que se pagan, poemas publicables; / disimular con formas sabias que estamos locos.”

En esencia sabemos que lo que nos viene a decir George Orwell en su Rebelión en la granja (1945) es que todos los animales son iguales, si bien algunos son más iguales que otros. La profecía orwelliana auspiciada en su novela 1984 (1948) –aquella en la que hablaba del Gran Hermano  que todo lo vigilaba en una sociedad en la que un  Ministerio de la Verdad proclamaba que dos más dos son cinco— se ha cumplido al revés: en lugar del ojo que nos mira, tenemos la TV para mirar, adaptándonos pasivamente a lo que desea el poder, de ahí que la gran batalla por alcanzarlo se libre hoy en el mundo de  las tecnologías punteras de la comunicación y de la información. ¡Quien domine Internet y sus estribaciones económico digitales se convertirá en el Gran Baranda Universal! La libertad entonces alcanzará su sentido más pleno –más orwelliano– al convertirse en el derecho de cada cual de poder decirle a los demás lo que no quieren oír, aunque bien es cierto que estas singladuras filosóficas, siempre me han inspirado en mi gramática parda de corresponsal de barra  –más que corresponsal de guerra— negros presagios de naufragio.

Los músicos del Titanic, aquellos jornaleros del pentagrama que tocaron hasta el final su canción con encomiable pundonor, también acabaron ahogándose junto al papel mojado de sus partituras, mientras otros con sus chisteras, desde los botes salvavidas, les hacían saber para alentarlos que el “Titanic no se hunde”.

Bien se sabe que los seres humanos –como afirmaba Nietzsche, aquel que le hizo decir a Zaratustra que “Dios ha muerto”— en el fondo somos poco ambiciosos; nos basta con una buena digestión para encontrar la vida agradable. Todo lo demás son bambollas  que nos inventamos para crear el ambiente, pero nada más. No hay más verdad que el pesebre en la filosofía del asno, y muchas veces también en la de quien lo cabalga.

Pero, en el fondo, siempre nos quedará París, que se decía en la mítica  “Casablanca”, para morir como un perro ahogado en la indiferencia, con la gorra del general MacArthur en la mano, junto a todos los entorchados de mandamás de la granja en la que no acabamos de rebelarnos ante los ojos del Gran Hermano. 

Vayan estas líneas dedicadas a la memoria del venerable anciano René Robert, artista fotógrafo del Flamenco, muerto como un perro en el frio invernal de una calle de Paris, y víctima de la indiferencia del siglo XXI que deja a sus viejos tirados en la calle sin un banco en el que cobrar la pensión, y sin otro banco en el que tumbarse para morir con la dignidad de un músico del Titanic.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 4 de febrero de 2022