35 años como cronista oficial de Guarromán

El cronista oficial de Guarromán junto a un busto de su rey fundador Carlos III

Hay dos vanidades que sin pudor suelo ejercer en público. Una, mi condición de ex fumador con más de tres decenios de antigüedad en el gremio de los anicóticos la otra, el ejercicio no remunerado de los menesteres propios del cronista oficial de Guarromán, desde hace ya tres décadas y media. Y ruego me disculpen el asomo de inmodestia, pero en el hecho de no fumar –sin amargarle la vida a los todavía fumadores–, y en la oportunidad de poder escudriñar, vaticinar y escribir lo que fueron, son y pretenden ser mis convecinos como pueblo, sin más recompensa, por un lado, que no toser por las mañanas, y sin otra satisfacción, por el otro, que no perder el sentido del esfuerzo gratuito en pos de la comunidad que me soporta –y viceversa–, encuentro el mejor equipaje para acabar de saltar la barrera de los sesentones con el mismo estado de ánimo y compromiso que cuando pasé la de los veinteañeros, eso sí, algo más sobrado de arrobas, con las sienes pintando plata, y un poco más de hierro lastrando  el corazón.

En los casi cincuenta años que hace que cumplí los veinte, he tenido la oportunidad de conocer profesionalmente a algunos individuos tan pobres que sólo tienen dinero, que diría la sin par Gloria Fuertes. He conocido también a algunos mozuelos imberbes sin otro sueño que llegar a lo peor de sí mismo atiborrados de pasta dineraria, que, con la arrogancia al uso en el Imperio, te llaman gilipollas porque te obcecas en ponerle remedio al celemín de mundo que te ha tocado padecer o disfrutar, según se mire y soplen los vientos. A mi generación —yo también nací en el cincuenta y tres; yo también crecí con el Yesterday — nos amamantaron con leche en polvo americana en ubres tartesas, fenicias, romanas, visigodas, moras, judías y cristianas, y tal vez sea por ello por lo que los de mi generación —yo también nací en el cincuenta y tres; en todo he sido aprendiz; como tú sintiendo la sangre arder me abrasé sabiendo que iba a perder–, sentimos alergia a los burger de comida rápida y aprendimos a matarle el sabor a la Coca Cola con el ron de la rebeldía.

Eso sí, la leche no se nos agrió, ni nos afloró la mala uva del perro viejo, ni se nos heló la sangre gorda del diablo joven. y una vez resuelto el asunto del plato de lentejas diario, sin haber muerto en el intento, fue inevitable preguntarse por el además que la vida ofrece, y a poco que te lo hayas propuesto acabas dándote cuenta que el además de la vida  no es otro que la vida misma en toda su extensión de gratuidad y solidaridad, como el sol, la luna y el aire, antes de que algún avispado, máster en sacaliñas para más señas, descubra la forma de cobrarnos los rayos que Febo nos regala cada mañana para que leamos plácidamente el periódico. No sé si el remedio al todo vale de la llamada cultura corrupta del pelotazo, pudiera estar en resucitar a don Quijote de las bibliotecas y hacerlo cabalgar por los pueblos de España, plantándole batalla a tanto gigante, que haberlos haylos, que a modo de molino hace girar sus brazos al aire más insolidario y más indecente. Sería el nuevo “Don Quijote de la Catarsis” que, a propósito de los menesteres del cronista oficial, y por comenzar a barrer por los rincones propios, nos deja dicho: “Debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les hagan torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir“.

Salvador de Magariaga nos habló de un cronista con reúma articular —es decir, según él, el reúma que te incita a escribir artículos— sentado a la orilla del río de los sucesos. Los cronistas oficiales nos sentimos pagados con que nos dejen cerca del costado que más le duele a Jaén, ¡y no saben cómo y cuánto le duele! Será por ello por lo que siempre andamos tratando de esconderles las lanzas a la legión de Longinos que como moscas pululan por este calvario de olivos.

© José María Suárez Gallego

Publicado el viernes 23 de julio de 2021 en Diario JAÉN

Los pueblos españoles con los nombres más curiosos: Revista Pronto 2-1-2021

Bien es cierto que es para no perdonarle a don Miguel de Cervantes, que, habiéndonos parido El Quijote para mayor gloria de las letras hispanas, nos privara del que sin duda hubiera sido el topónimo más peculiar de España, aquel lugar de la Mancha de cuyo nombre don Miguel no quiso, o no le convino, acordarse.

La Geografía, para quien esto escribe, fue, por obra y gracia de mi condición de hijo de militar, más que una tediosa asignatura que irremediablemente nos hacía bostezar de aburrimiento de cinco a seis de la tarde, un grato acicate que me llevaba a devorar literalmente un viejo atlas de provincias que había en casa, buscando los lugares en los que habría de hacer nuevos amigos y acomodar el cuerpo a un clima diferente. Ello me llevó a aprender a leer y a traducir Ramadán por Cuaresma, en Tetuán; a hacer raíces cuadradas con sabor a salitre, en Málaga; a escribir versos sobre cómo se rompe el agua, en Granada; a hacer ecuaciones diferenciales perfumadas de azahar, en Sevilla; a tomar cañas con farinato cuando cae la tarde en la inmensidad dorada y pétrea de Salamanca; a ver los náufragos venir, en el rompeolas de Linares; a circular entre rotondas viceversas y semáforos asincrónicos, en Jaén; y a volar con las águilas y no con los pavos, en Guarromán, lugar en el que resido y resisto felizmente. Cuando se es hijo de alguien susceptible de ser trasladado por motivos de trabajo, se tiene la sensación de que se es un poco de todos los lugares, poseyendo, en definitiva, la misma patria que el Capitán Trueno, es decir, aquella surgida de las sensaciones soñadas más que del pisotón de las apabullantes botas de la realidad.

De la misma forma que una vez descosidas las costuras de la Historia descubrimos que los Reyes Católicos no fueron tan católicos, y que todavía está por ver si los restos que se veneran en Santiago de Compostela pertenecen al apóstol del caballo blanco, o al druida celta Prisciliano, de la misma manera, cuando entramos en las entretelas de la Geografía nos enteramos que a los Montes Perdidos hace mucho tiempo que los encontraron, que los Montes Universales tienen su encanto localista, y que el lugar mas lejano del planeta no está en África, como cabría suponer, sino en un bello paraje, más allá de Tragacete (Cuenca), donde nace el río Cuervo. Allí nos gustaría ver a Indiana Jones en sus mejores tiempos, si es que es capaz de llegar integro.

Cuando viajamos, aunque lo hagamos a lomos del sillón de la salita, sin más lanza que llevarse al ristre que el mando a distancia del televisor, nos damos cuenta que nos ofrece más confianza, así como quien dice amigosparasiempre, el campechano Castropepe en Zamora, que no el distante hablemedeusté Don Benito extremeño, que de todos es sabido que hay distancias que se andan y distancias que se sufren en el amor propio y la dignidad. Sacar las oposiciones de maestro y ser destinado a San Pedro de los Burros, en Asturias, sobre todo si al consorte lo mandan a So, en La Coruña, es poco menos que cantar misa y que el señor obispo te asigne como parroquia la de Paganos, en Álava, o la de Atea, en Zaragoza. Todo un prometedor comienzo para una carrera pastoral.

Y es que el ir y venir de los tiempos retuerce los vocablos hasta convertir “aqua rosae” en Asquerosa, que así se llamó hasta 1943 Valderrubio, Granada, cuando a propuesta de la Tabacalera se le cambió el nombre. Lógicamente, debieron pensar, que es más comercial vender tabaco procedente del Valle del Rubio –por el tipo de tabaco–, que no de tan impúdico lugar. El mismo Federico García Lorca, que vivió sus años mozos en Asquerosa, y donde se inspiro para escribir “La Casa de Bernarda Alba“, prefería poner en sus cartas el remite de “Apeadero de San Pascual, Pinos Puente” antes que nombre tan poco poético.

Ocurre que cuando un pueblo decide cambiar su nombre, lo hace cargándolo de pompa y rimbombancia. Así, en la década de los sesenta del pasado siglo, cuando ser de pueblo era poco más que una indignidad, el municipio leonés de Alija de los Melones, cambió su nombre por el más hidalgo de Alija del Infantado. Así, el también municipio leonés de Sacaojos, cambió el suyo por el de Santiago de la Valduerna –tal vez apoyándose en las reminiscencias guerreras y heroicas de la batalla de Clavijo–, o el madrileño Miraflores, antes de ser un lugar de vacaciones veraniegas, se llamó Porqueras de la Sierra, nombre a todas luces más agreste y prosaico. ¡Pero a ver quien invita a los amigos a pasar un domingo en el chalet de una urbanización con estirpe tan porcina!

A veces las veleidades semánticas retuercen como tirabuzones las etimologías de los topónimos y los nombres de los lugares acaban por indicarnos justamente todo lo contrario de lo que en sí encierran sus significados. En realidad, Groenlandia viene a significar literalmente tierra verde, y no precisamente por la abundancia de vegetación, sino a modo de promoción para animar a sus posibles colonizadores. Y en Tierra de Fuego, la parte más austral de América, hace un frío de aquí no te menees, por muchas y calentitas llamas que se le arrimen a su nombre. Algo parecido ocurre con el topónimo Guarromán, que nada tiene que ver con hombre guarro, sino con el río de los granados, el “Wadi-r-rumman” que llamaron los árabes en el Medievo. Y es que es para hacernos meditar cómo a la Cultura, la nuestra, la que mamamos durante siglos de los pechos de los tartesos, iberos, fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, árabes, judíos y cristianos, le están surgiendo, como a la atmósfera, agujeros en el ozono protector de sus señas de identidad, los cuales, la mayoría de las veces, tratamos de parchear con los contrasentidos de un sucursalismo cultural ramplón y de última hora. Somos capaces de ver el “man” –hombre en inglés– en Guarromán colocado junto al guarro, y no vemos “gua” —Wadi en árabe, el río o el arroyo-. Hagamos a vuelapluma un urgente repaso por cuántos ríos, y pueblos del suelo patrio, comienzan por “gua” o “guada”. Olvidamos de la noche a la mañana el legado árabe cuajado durante ocho siglos, y sólo bastan unos cuantos lustros de terapia televisiva para engancharnos al tren del sajonismo. Y es que el padre Guadalquivir y su antañona cultura ya no pueden con el todopoderoso imperio lingüístico del Mississipí.

Pero el parcheo toma tintes de disquisición grouchomarxista cuando denominamos a la entrada de Andalucía Despeñaperros, precisamente porque allí perdieron la batalla de las Navas de Tolosa las tropas árabes, –no olvidemos que también ha quedado en la historia aquello de “perro judío” para que nadie de las llamadas “tres culturas” se sienta ofendido por agravio comparativo–,  y colocamos el blanco y verde nazarita –el verde es el color del Islam– de nuestra enseña autonómica junto al nombre del famoso desfiladero. Irónico homenaje para aquellos “perros” que perdieron la tierra a golpes de mandoble, y sin embargo nos ganaron los símbolos siglos después. Otra vez volvemos a tener la patria del Capitán Trueno, la soñada más que la que pisamos.

Tal vez sea por todo esto por lo que tras los nombres peculiares de los pueblos se escondan los remiendos con los que tapar tantos agujeros que se nos abren en nuestras señas de identidad culturales. Hacer un congreso sobre el tema para cuando pase el chaparrón de la crisis, no tiene otras pretensiones, además de pasar unos días agradables, que el lanzar la primera paletada reparadora al consabido agujero negro de nuestras señas de identidad. Comencemos custodiando nuestros topónimos y acabaremos por no perdernos en un bosque de contrasentidos.

Yo me imagino los diálogos de los ponentes entre sesión y sesión:

— …Pues yo soy de Calamocos, en León.

— Considéreme su paisano, yo vengo de Benamocarra, en Málaga.

Y es que el mundo es un pañuelo con el que saludarnos, por mucho que se empeñen

unos cabritos fanáticos en empaparlo de lágrimas y sangre.

©  José María Suárez Gallego

La encina de Olavidia

El autor, en julio de 2007, junto al árbol y la piedra que recuerdan a Carlos III en el Parque de la Fuentecilla en Guarromán desde 1988, año que se celebró el III Congreso de Historia de las Nuevas Poblaciones.

Mira, paisano, se conmemoran los veinticinco años de la encina que se plantó en Guarromán con tierra traída de todos los municipios de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, con motivo del Bicentenario de la Muerte de Carlos III, y que figura desde entonces en el escudo de Olavidia. ¡Qué tiempos aquellos cuando nos subíamos a las cometas de la Utopía y le colgábamos en su cola las banderas que ahora nos arrían! Ya hemos aprendido de sobra, paisano, a sacarle lustre cada mañana a los zapatos de ganarnos el pan, y a calzarnos por las tardes los pies desnudos de sentarnos a la orilla del río de los sucesos. Los doctorados en Ciencias Inútiles para lo único que sirven, paisano, es para poder clamar de vez en cuando en el desierto de papel de estas veintitantas líneas, que como casi treinta dunas, le ponen la arena al albero de estos artículos.


Olavidia es todo aquello que en el siglo XVIII Pablo de Olavide soñó en los ojos de cada uno de los colo­nos que trajo a las estibaciones yermas de Sierra Morena desde los fríos y las hambrunas de las posguerras de Centroeuropa. Olavidia es,  sobre todo, paisano, la utopía que guardan los proyectos que se  redactan para construir sociedades mejores en las que  no sean los gobernantes los que les piden al pueblo que dimita de sus funciones reivindicativas en pos de patrias más grandes, aunque menos libres y nada unidas.


Qué fácil es pasar, paisano, del concepto de comunidad histórica al de “comunidad histérica” cuando los gobernantes de turno olvidan el síndrome de Esquilache –esto es, paisano, salir por pies perseguido por el pueblo que se niega a perder lo que es suyo—  y hacen oídos  sordos a lo que el pueblo les canta en sus cancioncillas de gramática parda:
Algún día mucho fui, / ya cosa ninguna soy, /pues se cagará en mi hoy,/ quien temblara ayer de  mí.


Escribo estas líneas precisamente a la sombra de aquel emotivo árbol desde la comodidad de hacerlo en una moderna tablet, feliz y contento porque,  pese a todo, aún no se le haya ocurrido a algún iluminado salvapátrias cortárnoslo.

(Publicado en Diario JAÉN el  martes 28 de mayo de 2013)

© José María Suárez Gallego

¡El Fuero vive!

Justamente hace tres años, en 2017, conmemorábamos los dos siglos y medio de la Promulgación del Fuero de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, y la puesta en marcha de lo que fue considerado como el proyecto estrella del reinado de Carlos III en el siglo XVIII.

Y ha sido precisamente el Fuero, a través de una Comisión Nacional Ejecutiva, denominada “FUERO 250 1767-2017”, para la organización de tales eventos, quien ha dado nombre y contenido a esta feliz efeméride.

Conmemoraciones de este tipo han servido, ante todo, para poner en valor el primer proyecto de “Europeidad” de la Historia, y el intento de creación de una sociedad agraria modelo en el que pudieran mirarse como un espejo los pueblos de España, y en especial los de Andalucía, como entonces expresó Pablo de Olavide, encargado por Carlos III de ponerlas en marcha.

Una nueva publicación dedicada a comentar y divulgar de forma entendible por los profanos los textos jurídicos del Fuero de 1767, y el Contrato suscrito por el fiscal Campomanes con el asentista bávaro Juan Gaspar de Thürriegel, para la introducción de seis mil colonos alemanes y flamencos en Sierra Morena y otros espacios baldíos de Andalucía, ha visto la luz en estos días, fruto de la iniciativa de la Comisión Nacional y del inestimable e impagable patrocinio incondicional de la Fundación de la Caja Rural de Jaén. Me cabe el honor de haber documentado y redactado las más de sesenta notas y comentarios aclaratorios que le dan el valor divulgativo que desde un principio tuvo como objetivo esta obra. Hemos tratado, simple y llanamente, de dar a conocer los fundamentos de nuestra presencia aquí. Contar las aventuras y desventuras de aquellos que levantaron nuestras casas, pusieron en cultivo nuestros campos, canalizaron nuestras fuentes, abrieron nuestros caminos, tendieron nuestros puentes, parieron nuestros vivos y enterraron a nuestros muertos. Todo ello sin abandonarnos al fácil chauvinismo, y sin descuidar el rigor científico y de la forma más honesta posible.  Pero sin perder de vista, como cronista oficial, lo que al respecto Cervantes nos dejó escrito en El Quijote: «…debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición no les haga torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir.»

El Fuero sigue vivo porque sigue llameante el espíritu colono luchador que subyace en las gentes de estas tierras de Olavidia. La experiencia colonizadora del Fuero de 1767 aporta hoy soluciones contra el despoblamiento rural que nos amenaza en la actualidad; ya aportó soluciones para la integración de la mujer en una sociedad igualitaria en el siglo XVIII; hizo planteamientos para el respeto al medio ambiente, hoy amenazado por un cambio climático galopante. Demostró que la integración de extranjeros en un territorio lo hace rico y cargado de progreso social. ¿Quién osaría hoy llamarnos hijos y nietos de extranjeros, si desde el primer paso que dieron en esta tierra aquellos colonos de Olavide ya eran hijos de ella?

Escribiendo el texto de las notas, alguna vez imaginé emotivamente aquel duro invierno de 1767, y el paso de los primeros colonos, cuyos nombres y procedencias conocemos, por el Puerto del Rey, cercano a Despeñaperros, en su viaje hacia Sierra Morena, padeciendo las inclemencias de las tormentas y las heladas.

Imagino al jefe de la expedición arengándolos: ¡Cuanto más arrecie la tormenta y sintáis como truenos los latidos del miedo y del desánimo, anudaos unos a otros por los brazos, levantad la cabeza, y avanzad, avanzad, siempre avanzad, que si alguno se rinde lo llevaréis en volandas y no caerá! ¡Avanzad, avanzad porque os espera el arcoíris!

El Fuero fue, y sigue siendo, el arcoíris de esperanza en una tierra prometida y un mundo mejor después de haber soportado todas aquellas tormentas,  ¡…y por qué no decirlo, también estas pandemias de ahora!

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario Jaén el viernes 10 de julio de 2012

Contraportada del libro del Fuero comentado, presentado el día 2 de julio de 2020
Intervinientes en la presentación del libro. De izquierda a derecha: D. Luis Jesús García-Lomas Pousibet, presidente de la Fundación Caja Rural de Jaén; Dª. Yolanda Reche Luz, alcaldesa de La Carolina; Dª. Águeda Castellano Huerta, presidenta de la Comisión Nacional Ejecutiva “Fuero 250”; y D. José María Suárez Gallego, autor de la edición comentada del Fuero de 1767 y el Contrato con Thürriegel.
Momento de la intervención del autor
Con Dª. Águeda Castellano Huerta, presidenta de la Comisión Nacional Ejecutiva “Fuero 250”, que tuvo la amabilidad de presentarme en el acto.
Video del acto de presentación del libro sobre el Fuero de 1767, y el contrato del absentista bávaro Thürriegel.

Sobre el nombre de Quesos y Besos, y sus quesos guarrománticos

Historia del nombre de unos quesos elaborados con éxito en el “sitio menos romántico” de España.

            En mayo de 2015, una encuesta realizada entre los usuarios de la web sobre viajes y turismo Hoteles.com, declaró que Guarromán fue votado como el destino turístico menos romántico de España. Se me dijo entonces que como cronista oficial de Guarromán debería escribir en los medios de comunicación defendiéndonos de esa “afrenta”.

            Les dije que había que seguir la “estrategia del judoka” (derribar al rival aprovechando su propio impulso), y utilizar la peculiaridad del nombre de nuestro pueblo como bandera para promocionarlo turísticamente.

En el siguiente enlace queda constancia en el Diario Jaén de lo que desde la Orden de la Cuchara de Palo propusimos.

https://www.diariojaen.es/historico/el-sitio-menos-romantico-de-espana-guarroman-BYdj77614

            A principios del mes de junio de ese mismo año, el alcalde de Guarromán, Alberto Rubio Mostacero, me dijo que había un matrimonio interesado en poner una fábrica de quesos artesanos en Guarromán, y que querían que sus nombres estuvieran relacionados con la historia de este pueblo, que hablara con ellos y que como cronista oficial de municipio los informara de estos pormenores.

            Así ocurrió. Tuve una conversación con Silvia Peláez, ingeniero químico y perteneciente a una familia que tradicionalmente ha tenido ganado caprino, y la parte femenina de la pareja que quería emprender la fabricación de quesos en Sierra Morena.

            Hablamos de la peculiaridad del nombre de Guarromán, de su significado, de su historia, y de que debido a él se nos había “declarado el destino turístico menos romántico de España”, y que por eso yo opinaba que en Guarromán se debería de hacer una “gastronomía guarromántica”, que no es otra cosa que ser romántico en Guarromán. Propuse para la empresa el nombre de “Quesos y besos”, y así sus quesos podrían ser objeto de regalo romántico también. Lo cierto es que en la actualidad “GUARROMÁNTICO” ya es un exquisito queso de esta empresa, que se elabora añadiendo cuajo tradicional a la leche cruda de cabra.

            La empresa puso en marcha todos los trámites burocráticos. El matrimonio Paco Romero y Silvia Peláez debatieron con sus familiares la “locura” del nombre propuesto (más propio de un local de alterne de carretera, como nos reconoció Paco algún tiempo después). El hecho es que registraron el nombre como marca, se establecieron en una nave que acomodaron para tal efecto en el Polígono de Los Llanos, de Guarromán, y comenzaron su actividad de producción de quesos con leche de cabra.

            En el año 2017, Guarromán y todas las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena fundadas por Carlos III en el siglo XVIII, bajo la dirección del intendente Pablo de Olavide, celebraban su 250 Aniversario (1767-2017), y se habían preparado muchos actos para conmemorarlo.

            El primer queso de Quesos y Besos se llamó” Olavidia”, como el territorio que abarcaban las Nuevas Poblaciones en las que se integraba Guarromán, y en homenaje a este 250 Aniversario.

            El queso OLAVIDIA fue declarado como el MEJOR QUESO ABSOLUTO EN EL GOURMET QUESOS 2018, es decir el mejor queso de España de 2018 en todas las categorías, y además OLAVIDIA, MEJOR QUESO en su Categoría de Coagulación Láctica – GOURMET QUESOS 2018–. Premio este último que repitió en la edición de 2019. Y recientemente OLAVIDIA, ha sido MEDALLA DE PLATA WORLD CHEESE AWARDS 2019-20 celebrado en Bérgamo (Italia)

            Otros quesos fueron viendo la luz en Quesos y Besos. El queso “COLONO”, en honor de los colonos centroeuropeos alemanes y suizos, sobre todo, que fundaron Guarromán y esta comarca, COLONO FUE MEDALLA DE BRONCE – WORLD CHEESE AWARDS 2018. El queso “MINERO”, en honor de los trabajadores de las minas que también nos colonizaron a partir de mediados del siglo XIX cuando el auge del plomo (Guarromán tiene censado en su municipio más de 200 antiguos pozos mineros desde el siglo III a.C. en época íbera y romana. La famosa mina de plata de la princesa Himilce, hija del rey Mucro de Cástulo —antigua ciudad ibera de Oretania, muy próxima a la actual ciudad de Linares— está en la actualidad en término de Guarromán. Himilce fue entregada en matrimonio en el siglo III a. C. al general cartaginés Aníbal para sellar la alianza entre Oretania y Cartago al comienzo de la segunda guerra púnica). Y uno de los últimos en incorporase ha sido el queso “FUERO”, que recibe su nombre del Fuero de Población de 1767 por el que se fundaron las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena que incluyen a Guarromán. Este fuero está considerado como el que reguló jurídicamente el primer proyecto de “europeidad” de la historia al integrar a colonos procedentes de diferentes nacionalidades europeas en un mismo proyecto repoblador. Tiene como mérito ser la primera legislación de occidente que establece la enseñanza primaria como obligatoria y gratuita, ya en 1767. MUZQUIA es el queso que lleva el nombre que se sugirió para Guarromán como nueva colonia de Carlos III, debido al ministro de Carlos III, Miguel Muzquiz; se elaboran con las bacterias lácticas presentes en la leche y con la adición del cuajo tradicional.

            Quesos y Besos ha hecho posible que podamos disfrutar de nuestra Historia desde el saboraje, incorporándolo felizmente a nuestro paisaje y paisanaje tradicional.

José María Suárez Gallego

cronistadeguarroman.es

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Cronistas en Baeza

La ciudad de Baeza acoge desde hoy y hasta el próximo domingo día 6, el XLV Congreso Nacional de la Real Asociación Española de Cronistas Oficiales (RAECO), que preside S.M. el Rey. Se han inscrito 72 cronistas, de los cuales 12 pertenecen a esta provincia y dos a la asociación homónima en Méjico. Se alcanza el número de 150 participantes que presentarán y debatirán 60 comunicaciones de carácter histórico y etnográfico de los diferentes pueblos y ciudades de España, si bien una cuarta parte de ellas están dedicadas al estudio de Baeza y la proyección de su arquitectura del Renacimiento, y a su Universidad, que en este año conmemora los 477 años de la concesión por parte del papa Paulo III, en 1542, de la potestad de conceder los grados de bachiller, maestro, licenciado y doctor.

            Este congreso cuenta con el patrocinio del Ayuntamiento de Baeza a través de la especial implicación de su alcaldesa Lola Marín, como con el tradicional apoyo que la Diputación de Jaén le viene otorgando a los cronistas oficiales desde la creación en 1993 de la Asociación Provincial “Reino de Jaén”.

            Será precisamente el cronista oficial de Baeza, José Luis Chicharro Chamorro, el encargado de pronunciar la conferencia inaugural bajo el título “Baeza en el tiempo”.

            No es la primera vez que afirmo que me considero un enamorado de Baeza, tal vez porque en sus calles, entre sus piedras cristianas, judías, moras, medievales y renacentistas, resuena el eco de tantas buenas vibraciones que he sentido en ella. Baeza no es una ciudad en la que perderse, más bien es una ciudad en la que encontrarse consigo mismo, en el silencio inmenso que emana del murmullo de sus emociones.

            Esta sensación la he experimentado en varios ámbitos personales que han hecho que Baeza al final acabara estando en el norte de la brújula de mis pasiones y mis devociones. Este año precisamente, y hasta diciembre, Baeza es la Ciudad de la Orden de la Cuchara de Palo, que me honro en presidir, como reconocimiento a su labor para poner en valor lo mejor de la gastronomía provincial. Los Premios Nacionales Cuchara de Palo de esta edición anual se entregaron en enero en el magnífico auditorio del Convento de los Trinitarios Descalzos, siendo investidos en ese acto la alcaldesa de Baeza y el cronista oficial de la ciudad, José Luis Chicharro Chamorro, como comendadores de la Orden, portando la esclavina granate en memoria de Pablo de Olavide, otro de los nexos de unión emocional que unen las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena, de las que Olavide fue su superintendente, forjador y alma mater, y cuyos restos descansan en el templo baezano de San Pablo. El 8 de diciembre de 1990, festividad de la Inmaculada Concepción, Patrona de las Nuevas Poblaciones, y dentro de los actos del IV Congreso Histórico, se colocó una placa de piedra artísticamente esculpida y labrada en la puerta posterior del templo de San Pablo que recuerda que en esa iglesia descansan los restos de Olavide. En calidad de secretario de organización de aquel congreso, redacté, diseñé, encargué y pagué (100.000 pesetas de la época), lo que siempre ha supuesto en mi una emoción añadida a mi relación con Baeza desde el recuerdo al Intendente Olavide.

El 25 de febrero de 2018, coincidiendo con el 215 aniversario de la muerte de Pablo de Olavide, la Comisión Nacional para la Conmemoración del 250 aniversario de la promulgación de Fuero de 1767 por el que se fundaron las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, nos congregamos en Baeza ante la placa que recuerda al intendente en la iglesia de San Pablo, honramos su memoria, y la de todos los que asistieron a su colocación 28 años antes y ya nos faltan, con una corona de ramas de olivo y laurel enlazadas por los colores celeste, blanco y verde de la bandera de Olavidia.

Pero también he sentido en Baeza la emoción de Antonio Machado, a quien también la Orden de la Cuchara de Palo le rindió un emotivo homenaje en el paraninfo y el aula en la que impartió clases en el Instituto de la Santísima Trinidad. ¡Baeza es ante todo la pasión por una emoción!

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario Jaén el viernes 4 de octubre de 2019

Jacobo Gobert, un general francés en Guarromán

La Rendición de Bailén, (1864), José Casado del Alisal. (Museo del Prado)

En las actas del Primer Congreso sobre Nuevas Poblaciones celebrado en La Carolina en 1983, el doctor en medicina y pediatra de Linares Jaime Nicolau Castro, a quien una fatal enfermedad nos lo quitó de nuestro entusiasta grupo de amigos e investigadores, hacía una breve alusión, en lo que él tituló “Mi vagar por los archivos Parroquiales de Sierra Morena”, a la situación de los mismos en las Nuevas Poblaciones. Para la preparación de su tesis doctoral titulada «Factores genéticos y caracteres del crecimiento de recién nacidos sanos en nuestro medio», investigó la genealogía hasta tres generaciones de mil niños nacidos en el Hospital Comarcal «San Agustín» de Linares, para lo cual investigó en los archivos parroquiales de todas las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena. Tres volúmenes no editados, y de los cuales conservamos una copia dedicada gracias a su amistad y amabilidad, fueron el resultado de sus investigaciones. No es este el momento ni el lugar de hablar de su interesante trabajo científico, sino de la referencia que hace a la partida de defunción de «un general francés muerto en Guarromán en 1808».

Guiados por la inevitable curiosidad de todo investigador, vimos el original de tal partida en el libro 3º de Sepelios, folio 72, del Archivo Parroquial de Guarromán, cuya transcripción literal, además de una copia fotográfica de la misma, reproducimos respetando su ortografía original:

«En el día diez y siete del mes de Julio, año de mil ochocientos y ocho, yo el Br. Dn. Josef Manuel Guerrero, Cura Párroco de esta Yglesia de Guarromán sepulté en su cementerio al Cadaber de M. Jacobo Gobert, General de División de los Coraceros franceses, que murió la noche antes en mi casa de resultas de la batalla de Bailén, donde recibió un Balazo por cima de la frente, y cayó soporado, y así murió. De que doy feBr. Josef Manuel Guerrero» (Sic)

Durante una década estuvimos esperando el momento propicio para que quedara pública constancia, en la Iglesia Parroquial de la Inmaculada Concepción de Guarromán, de la inhumación en un nicho del cementerio anexo a ella (hoy bajo el suelo de su sacristía), del General de la División de Coraceros del Ejército Napoleónico, Jacques Nicolás Gobert, que participó, muriendo en sus prolegómenos, en lo que ha pasado a la Historia como La Batalla de Bailén.

La celebración del VII Congreso Histórico sobre Nuevas Poblaciones y su relación con la Guerra de la Independencia, unido a la eficaz colaboración del entonces párroco de Guarromán, don Domingo García Dobao (bailenense de nacimiento), hizo  posible que una lápida recuerde hoy a este «general olvidado de un ejército perdedor» cuando soplan vientos de una Europa pretendidamente unida y en paz, y cuando se hace desde unos pueblos que enarbolan en el lema de su bandera «Nacimos con el Fuero para la concordia de los pueblos». Concordia para los vivos desde el recuerdo a los muertos. Pólvora de la paz como salvas de ordenanza –las de los cohetes de fiesta popular–, para los que murieron por causa de la pólvora de las balas y los obuses.

El general Jacobo Gobert (1760 – 1808), efectivamente, muere en casa del cura párroco de Guarromán el sábado 16 de julio de 1808, festividad de la Virgen del Carmen, después de haber sido herido en el Cerro de la Harina, próximo a Mengibar, en uno de los varios escarceos guerreros que los días previos a la batalla tuvieron lugar para controlar los pasos que cruzaban el Guadalquivir.

Lógicamente, el bueno del párroco, el bachiller don José Manuel Guerrero, estando las Nuevas Poblaciones tomadas por el ejército francés (se estima que en los días previos a la batalla se encontraba concentrado en esta real población, que albergaba normalmente algo menos de seiscientos vecinos, un contingente de más de diez mil soldados franceses con todos sus pertrechos) no asentó al ilustre difunto en el libro correspondiente hasta que no se supo el desenlace de tanto movimiento bélico.

Ello hizo posible que, según la partida en cuestión, reproducida unos párrafos anteriores, el general Gobert muriera paradójicamente en una batalla en la que no pudo participar, sencillamente porque tuvo lugar tres días después de que muriera; los mismos días que el párroco se anticipó a darle nombre por escrito para los anales de la Historia.

Gobert fue sepultado en los nichos que en el cementerio de Guarromán, como hace constar el párroco en la partida, había entonces para enterrar a los difuntos de mayor prestancia social, eclesiástica y militar, situados junto a los muros posteriores del templo. En el año 1950 se terminó de edificar una sacristía nueva, estando ésta a nivel del suelo del altar, para lo cual en la construcción se aprovechó la elevación que facilitaban los ya citados nichos, entre el que se encontraba el del general Gobert, cuyo esqueleto pudieron ver en su ataúd, con su sable y sus descoloridos entorchados, los albañiles que hicieron las obras, y algunos monaguillos curiosos hoy ya venerables octogenarios.

Pese a esto, el general Gobert posee una monumental sepultura en la sección de mariscales del cementerio parisino de Pere-La Chaise, obra del escultor David d’Angers, compuesta por una figura ecuestre y cuatro bajorrelieves de mármol en los que se escenifican algunas de sus gestas. Fue adquirida por la Academia Francesa el 10 de octubre de 1837 (veintinueve años después de haber muerto) y el 18 de julio de 1845 (justamente treinta y siete años después de su fallecimiento) su corazón fue depositado en la tumba en presencia de los académicos franceses Pingnard, Choquet y Achille Lecrerc.

Así lo hemos visto escrito en la biografía que sobre él publicó en Paris C. Mulliè en 1850, bajo el título general de Biographie des Célébrités Militaires. Entendemos que la historia de su corazón puede encuadrarse en el ambiente romántico de la época, y que en realidad lo que se introdujo en su sepultura bien pudo ser algún efecto personal, o, en todo caso, algunas de las vendas manchadas con su sangre que se les hicieran llegar por el estado mayor francés a sus familiares desde Guarromán.

Sea como fuere, el general Gobert posee dos tumbas, la de Guarromán, donde está, y la de París, donde no está, y un corazón viajero que, según su biógrafo, anduvo rodando por esos mundos cerca de cuarenta años, hasta encontrar un descanso eterno cargado de leyenda y argumento de opereta romántica, tan a la usanza de la época.

Harina de otro costal es el asunto, a modo de leyenda urbana, de la calavera de Gobert rodando de casa en casa, y guardada por algún tiempo debajo de la cama de un patriota vengador que se hizo con ella a modo de trofeo. Cuando en 1950 se abrieron los nichos de la iglesia de Guarromán nadie habló entonces, ni se ha contado después, del esqueleto de un militar sin cabeza, al que hizo referencia Federico Ramírez García (1850-1929), historiador de Linares, sin precisar nombres de personas ni de lugares.

El artista José María Casado del Alisal, pintó en 1864 una recreación totalmente ficticia y alegórica de la Rendición de Bailén, que se encuentra en el Museo del Prado, que reproducimos al comienzo de este artículo, en la que hizo aparecer, supuestamente, al general de coraceros Jacobo Gobert con un uniforme español, el brazo en cabestrillo y la cabeza vendada. Este cuadro ha sido la imagen de las etiquetas del vino más popular elaborado en Bailén, conocido por sus gentes como el “vino del aporreao” por la condición de herido de guerra en la que pretendidamente aparece Gobert. A continuación, damos a conocer la biografía del General Gobert aparecida en las páginas 507 y 508 del volumen primero del Dictionnarie Biographique des Generaux Francais de la Revolution et l’Empire, editado en París en 1934 y debida a la pluma de Georges Six. Dos precisiones hay que hacer sobre ella: La primera, que Gobert murió el 16 de julio de 1808 y fue enterrado al día siguiente. La segunda, que es cierto que existe una tumba en el cementerio parisino de Pére-La-Chaise, si bien está vacía, pues los restos de Jacobo Gobert se encuentran a dos metros bajo el suelo de la sacristía de la Iglesia Parroquial de Guarromán, desde cuando el techo de los nichos del cementerio de personajes ilustres, anexo al muro del edificio de la iglesia, fue aprovechado para situar sobre él la actual sacristía, hecho que ocurrió a finales de los años cuarenta del pasado siglo XX, siendo párroco don Juan Antonio López Valero. Todavía queda en el recuerdo de inquietos y curiosos monaguillos de entonces, hoy octogenarios, cómo en uno de aquellos nichos estaban «los restos de un militar con su uniforme y entorchados, con su sable, en cuya lápida se leía un nombre extranjero y que los albañiles volvieron a cubrir». Hubiera sido una casualidad que otro militar con un vistoso uniforme decimonónico de oficial, al llevar espada, además de Gobert, estuviera enterrado en la Iglesia Parroquial de Guarromán y no nos hubiera llegado ninguna noticia de ello. Sin duda, los restos en cuestión apuntan a que son del general de coraceros M. Jacobo Gobert, hoy rescatados para la memoria histórica de todos

GOBERT, Jacques-Nicolas, nació en la isla de Guadalupe el 1 de junio de 1760 y murió en Guarromán el 17 de julio de 1808. Estudió en la escuela de Ingenieros Militares de Meziéres, saliendo de la misma con el grado de lugarteniente en 1780. Adscrito a l’Armée du Nord durante el periodo de la Revolución, su vida militar fue intensa y movida. En 1793 fue nombrado general de brigada, pero ese mismo año cesó en sus funciones, fue arrestado y conducido a la prisión militar de Vabbaye en París. A los pocos días fue puesto en libertad y se reintegró como jefe de batallón de ingenieros, destacado en Brest. De nuevo fue destituido en el 1795 por el Comité de Salud Pública, pero fue rehabilitado por el Directorio al año siguiente. Alcanzó de nuevo el grado de general de brigada en 1799. En 1800 fue herido de poca consideración y comienza su colaboración con el general Dupont como jefe de su estado mayor en 1’Armée d’Italie. Dos años después es enviado a Brest, desde donde participa en la organización y realización de una expedición a Guadalupe, regresando a Francia ese mismo año. En 1803 es nombrado general de división y al año siguiente obtiene la Legión d’Honneur. Con su ejército -2ª División du Corps d’Observation des Côtes de l’Oceán- llega a Vitoria el 30 de diciembre de 1807. El 24 de junio de 1808 llega a Madrid, desde donde parte para auxiliar a Dupont, que estaba en Andalucía desde comienzos de junio. Gobert pasó por Manzanares el 8 de julio y el 12 por Guarromán. Desde allí partió para Mengíbar, en donde fue herido por una bala en la cabeza el 16 de julio. Rápidamente fue trasladado a Guarromán, donde murió. Su tumba, obra de David d’Angers, se encuentra en el cementerio parisino de Pere-La Chaise. Su nombre está inscrito en el lado oeste del Arco del Triunfo de l’Etoile.

Arco del Triunfo en París
Lado oeste del Arco del Triunfo en el que se encuentra inscrito el general Gobert

© José María Suárez Gallego

Texto que recrea la página del diario del boticario de Guarromán correspondiente al día 22 de julio de 1808, en la que cuenta cómo se encontraba esta real población después de que la abandonaran las derrotadas tropas napoleónicas.

Recreación de la muerte del General Gobert, 19 de julio de 2008