Historia y leyenda del Pollo a la Secretaria de Alcalá la Real.

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Fortaleza de La Mota en Alcalá La Real

Andanzas y Pitanzas del Maestre de la Cuchara de Palo.

Tiene Domingo Murcia Rosales, en Alcalá la Real, de donde es su cronista oficial, un huerto a los pies mismo de la fortaleza de La Mota y al final de la calle Real. Allí escribe desde cuando por primavera florece el granado, hasta cuando las nieves se prenden de la yedra esperando un año nuevo. En su huerto no cabe Alcalá la Real, como es evidente, pero sí toda su historia y sus leyendas, todo el cancionero de sus gentes y todo el aroma inolvidable de sus guisos.

Hasta allí llegó este maestre andariego un frío día de febrero, dejado llevar por la mucha consideración y estima que le tiene a su cronista, y recordando cómo las serranillas convidaban al Arcipreste de Hita, otro ilustre alcalaíno, hizo aprecio de la sin par hospitalidad que en esta tierra se despacha.

“Te llevaré a casa

y te mostraré el camino

te ofreceré fuego y brasa,

y te daré pan y vino”.

Algo más que pan y vino se me dio, pues nada más llegar, siendo hora temprana, probé unos deliciosos roscos de vino, blancos, enlustrados en azúcar, que se me dijo los había hecho Visita la de los roscos, llamada así por la mucha y justa fama que tienen los por ella hechos. Y se me dio también mucha conversación en la que Domingo Murcia me contó la historia del guiso más curioso que comer se pudiera, un pollo con arroz, ¡pero sin arroz!, al que llaman Pollo a la secretaria.

Se acostumbra en Alcalá a “ir de guiso”, sobre todo el día de san Roque en el que lo hace toda la familia, pero los demás días del año a los guisos alcalaínos no van más que los hombres, quienes, mientras se prepara y cocina el condumio, charlan, toman vino del terreno y le dan al naipe. Pues bien, corrían los años veinte del pasado siglo, cuando Cayetano Sierra Montañez acude a la tienda de ultramarinos de Cayetano Montañez a quien le encarga que prepare las viandas precisas pues unos cuantos amigos se “van de guiso”, son éstos Alejandro Serrano, Luis y Manuel Retamero, Manuel Durán, Carlos Calvo y Fernando Ruiz de la Fuente Abril, que era el guisandero y a la sazón secretario del Ayuntamiento de Alcalá. El lugar, posiblemente el cortijo Menchón en los alrededores de la ciudad. Pasado el tiempo convenido pasa Cayetano Sierra por la tienda a recoger el paquete con los avíos. Una vez en el cortijo se le va dando conversación al vino y aire al naipe, mientras tanto el guisandero y secretario municipal, Ruiz de la Fuente, pone una sartén con los pollos camperos, de esos que llaman “picamierdas”, que son los buenos, una vez limpios, troceados y condimentados con su sal y su pimienta. En un mortero ya se está majando la asadurilla de los pollos. El sofrito listo con el ajo, la cebolla y el azafrán, y el tomate, el pimiento morrón y los guisantes esperando a que les toque pasar por la sartén. ¿Y el arroz?, pregunta el guisandero. No hay arroz, ni posibilidad de ir a por él a estas alturas del guiso. ¿Lo olvidó Cayetano Sierra Montañez en el mostrador de la tienda? ¿Se olvidó de servirlo Cayetano Montañez? Entre Cayetanos anda el juego y no de cartas. La verdad es que el secretario Ruiz de la Fuente “tiró palante” con lo que le habían llevado, y acabó cocinando el famoso pollo del arroz olvidado. Sus amigos, por lo exquisito que estaba y ser él quien lo hizo, lo llamaron pollo a la secretaria, siendo desde entonces el plato señero de Alcalá la Real.

Alcalaínos de toda la vida me contaron que en esto de hacer este peculiar guiso ha habido, y los sigue habiendo, verdaderos maestros que han creado escuela. Una escuela que le ha puesto jamón, otra champiñón, otra verdurillas. De los mejores han sido el octogenario Casiano; lo fue el recordado “Compae Castillo”; la dinastía de los Jiménez, Pedro y Luis; la de los “Chirris”, Antonio y “Tele”; y un lugar inigualable como la Huerta de Pío, dónde se hicieron muchas, y sus anfitriones, Lola Bermúdez y Cristóbal Pío-Rendón, bajando la llave que campea en el hospitalario escudo de Alcalá, la abrieron a músicos, poetas, políticos, militares, toreros, flamencos y hasta a este modesto maestre que va por esos caminos del Señor hurgando en ollas y aventando fogones por mejor pasar los días.

Muy Ilustre y Noble Orden de los Caballeros de la Orden de la Cuchara de Palo

Círculo de Estudios Gastronómicos Giennenses

Tertulia Cambalaches en 10 TV

Tertulia “Cambalaches”, de 10TV en la Taberna Misa de 12, de Úbeda, el 21 de marzo de 2017, con Gerardo Ruiz Del Moral Tauste como tabernero y anfitrión, Miguel Martinez Quesada como maestro cervecero y químico, y José María Suárez Gallego como corresponsal de barra y gastrósofo.

A pie de cañada: Los galianos

GALIANOS

Sartén con galianos

 

Andanzas y pitanzas del Maestre de la Cuchara de Palo      

El nombre de galianos define a un guiso pastoril, propio de las sierras de Jaén que marcan límite con las provincias de Ciudad Real y Albacete. El origen de su significado lo encontramos en la galiana, que alude a la cañada, al camino por donde circula el ganado trashumante en busca de otros pastos. Los galianos son, sobre todo, la comida que acompaña a los pastores durante el trayecto, bien diferente de la que suelen tomar cuando se establecen por unos meses en las dehesas, como es el caso de la caldereta de cordero.

En los galianos lo primordial es la torta de pastor o galianera, hecha sobre la marcha, no por lo apresurado, sino con los medios que caben en un zurrón y la mater natura nos da. Su sabor recuerda al pan ázimo de los hebreos, de claras connotaciones bíblicas. La masa se elaboraba por los pastores sobre la parte lisa de una piel curtida de oveja o de cabra. Para ello se amasaba harina de trigo con sal y agua, pero sin levadura, hasta obtener unas tortas redondas de algo menos de un dedo de espesor y un vuelo de hasta cuatro palmos. Una vez hechas, el pastor las dobla y las extiende, con mucha habilidad y maña, sobre un hoyo de una circunferencia mayor que la galianera, lleno de pequeñas brasas que habrán de rodearla y cubrirla por todas partes, para de esta forma poder cocerse hasta obtener una galleta grande y sabrosa. En Aldeaquemada, tradicional paso de pastores desde La Mancha, la masa ácima, en vez de en torta, también se hacía en pequeños trozos que se colocaban sobre lascas de pizarra que se calentaban junto al fuego. De esta forma se podía cocer en un menor espacio.

            Era entonces cuando los pastores refreían sebo de carnero con algunos ajos, y en él rehogaban pequeños trozos de la torta galianera, que para que no estuviera tan grasienta y sequerosa le echaban agua con sal para que el refrito diera un hervor. Si no había otra cosa, sólo eso eran los galianos, en una mano la cuchara viajera y en la otra un trozo de galianera sin remojar. Si había habido suerte con la caza, se pelaban o desplumaban, una liebre, un conejo, una perdiz, un palomo, una ardilla, o cualquier bicho de pelo o pluma capturado a pie de cañada. Y hecho trozos se cocían juntas todas las piezas que hubiera hasta que estuvieran tiernas, y entonces caldo y carne se añadían al sofrito de sebo con trozos de galianera y se dejaba cocer todo junto hasta que estuviera en su punto, y eso eran galianos con más sustancia. Y cuando había lujo culinario el sofrito se hacía con aceite de oliva picual en vez de con sebo.

            Estos platos farináceos, todos ellos de origen pastoril, similares a primer golpe de vista, tienen sus marcadas y evidentes diferencias: Los galianos son conocidos entre los pastores de La Mancha por gazpacho manchego, ya citados por Cervantes en El Quijote, que en nada tienen que ver, ni por asomo, con el gazpacho andaluz, plato frío éste y sin carne cocida. Existen otras denominaciones tales como andrajos, calandrajos, harapos o tallarines, en los que, junto a la carne, casi siempre de liebre o conejo, o bacalao u otros frutos del mar, caso de los Guiñapos de Bailén, se cuecen tiras de masa hechas con harina, agua y sal, que una vez cortadas a trozos parecen jirones de tela rota, o sus sinónimos, de ahí sus peculiares denominaciones. El ingrediente común a todos ellos es la hierbabuena, lleven pelo, lleven pluma o lleven escamas, y hasta caparazón, pues en La Loma hemos probado los Andrajos con gambas y calamares, plato falto de tradición, pero no por ello menos delicioso.

            En los galianos no aparece la hierbabuena como condimento, y aún se pueden afinar otras diferencias entre los que se ofician en la Sierra de Segura, y los que se guisan en Ciudad Real (el gazpacho manchego) o se cocinan en Albacete. Estos últimos llevan setas y pimientos y la carne se toma aparte con otro acompañamiento. En los pueblos serranosegureños  no llevan esos ingredientes, ni se toman de esa manera, del mismo modo que no se le pone jamón al refrito, ni romero, ni tomillo, ni laurel, ni se toman colocando la carne sobre un trozo de torta seca, como suele ocurrir en Ciudad Real.

            Y es que las cañadas son infinitas, e imprecisos sus nombres, y con todo lo visto, catado y vivido por este maestre andariego, hemos de convenir que las pipirranas, los gazpachos y los platos pastoriles son como la verdad, que cada cual tiene la suya, y la defiende y da cuenta de ella como mejor puede y le conviene.

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Galianera tal y como sale de las ascuas

 

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Varias galiareras apiladas

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Cucharro

 

Andanzas y pitanzas del Maestre de la Cuchara de Palo   

 

Algo de divino deberá tener el aceite de oliva cuando con él nos ungen al llegar a la vida, en el bautismo, y con él nos despiden cuando está presta a partir la nave que nunca ha de volver, que diría don Antonio Machado, tal vez fruto de una meditación frente a los olivares de Baeza.

            También a los reyes los ungen, desde que Jacob derramó aceite de oliva en la piedra que le había servido de cabecera en su sueño celestial (Génesis, XXVIII, 18), consagrando de esta forma su relación con la presencia divina ungiendo la piedra donde se quedó dormido, del mismo modo que habrían de ungir a los reyes y sacerdotes hebreos y más tarde a los visigodos.

            El Corán, por su parte, nos dirá (azora XXIV,35) sobre el único aceite que debe ser llamado como tal, el de oliva: “El aceite es tan limpio que resplandece, aunque no lo toque ningún fuego“, haciendo alusión lejana a los ciudadanos de Atenas que prefirieron el olivo de Atenea, quien les dio el nombre, al caballo de Poseidón, árbol aquel del cual extraían el aceite para dar luz a la llama sagrada de los dioses.

            Por tanto, si con aceite nos ungen cuando venimos y cuando nos vamos de la vida, justo es que con el mejor aceite de oliva se santifique el alimento que nos mantiene en ella, el divinizado pan nuestro de cada día.

            El pan y el aceite, son pues, junto al vino, el triángulo donde se delimita toda una filosofía cultural tan antigua como nuestra civilización, tan presente y tan constante como el eterno deseo del hombre de parecerse al Dios unigénito imitando a los dioses del Olimpo.

            En este Santo Reino el paniaceite recibe varios nombres, como el muy extendido de hoyo, más castizo cuando se aspira la hache y suena “joyo de paniaceite”, también llamados “cantos”, en alusión a la “orilla” de la hogaza a la que habremos de quitarle el migajón y empaparle el “bujero” con aceite de oliva picual y el “churre de un tomate estrujao“. Hecho esto habrá que volver el migajón a su sitio, coger el “cucharro“, que así le llaman en Baños de la Encina, con la mano izquierda e ir dándole cortes con una navaja desde la mano derecha. Cada corte de pan de esta guisa preparado ira acompañado de un poco de bacalao crudo, es lo tradicional, o “sardinas encubás“, o “tocino entreverao“, y se puede acompañar de cebolleta y rabanillos.

Al “cucharro” le viene el nombre, etimologías rebuscadas aparte, del parecido que tiene el “canto”, una vez que le hemos quitado la miga central, con una vasija hecha con una calabaza seca, de esas que llevan los peregrinos a Santiago, en la que se le ha hecho una brecha en la panza y se utiliza para trasegar vino o vinagre de una tinaja a otra. Del sentido de oquedad, concavidad, que nos sugiere la palabra “cucharro“, nos da idea el significado de dornillo de madera que se le da en Huelva. A fin de cuentas, la palabra cuchara también tiene la misma raíz y el mismo sentido de la parte cóncava que se puede llenar de algo liquido o sólido.

En Sevilla una vianda con casi los mismos componentes es llaman “cúcharo”.

            Este maestre andariego, ante el universo que cabe en un simple y sencillo canto de pan con aceite, sólo es capaz de recordar la dedicatoria que Lucie Bolens plasmó en su libro sobre la cocina andaluza, y como ella, escribo esto para los que comparten el sueño de una sociedad fraternal sobre la que planearía la sombra inmensa de Don Quijote el asceta, perdonavidas de molinos de viento, inseparable de Sancho Panza, a algunos pasos de mula, pelando sus bellotas… y comiendo pan con aceite.

            Pero en estas cosas del espíritu cuando andan por medio metáforas de pitanza, sigo la escasa luz del fuego mío, como ya nos dejara dicho don Francisco Quevedo.

Tortilla al gusto de Alfonso XIII

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Tortilla al gusto de Alfonso XIII, en el Mesón Despeñaperros, de Santa Elena.

MEMORIAS DE TABERTULIA

…Y tras la hendidura de Despeñaperros se abren las tierras de Olavidia. Por fin Andalucía, emoción que se derrama de las entrañas mismas de Sierra Morena buscando el curso del padre Guadalquivir para abrazarse con la mar océana en la lejana Sanlúcar. Y a lo alto Santa Elena, bajo la mirada centinela del Castro Ferraz y el Muradal, actúa como partera en el nacimiento de las tierras andaluzas.

            Ni que decir tiene que la entrada a este viejo Reino de Jaén desde la Mancha es todo un espectáculo de luz, color y hasta sabor. Frente al horizonte manchego, rectilíneo e impreciso en la lejanía, se antepone el horizonte quebrado, incrustado en Sierra Morena con la precisión de las quebradas que a tiro de piedra parecen abrirse en el desfiladero. Lugares mágicos como la Cueva de los muñecos en el Collado de los Jardines donde los iberos depositaban figurillas como exvotos a sus deidades.

            La entrada a Jaén, y por tanto a Andalucía, por el camino del norte ha cautivado a reyes, nobles, viajeros y bandoleros. Habrá de decirle al arzobispo de Toledo, Rodrigo Ximénez de Rada, el rey Alfonso VIII, aquel 16 de julio de 1212 cuando la Batalla de las Navas de Tolosa: “Muramos aquí yo y vos, buena nos es en este lugar la muerte“. Pero no habrían de morir extasiados por el paisaje, pues un pastor que unos dicen se llamó Martín Halaja y otros Martin Malo, y la leyenda cuenta que fue el mismísimo San Isidro, les habría de indicar con una de sus vacas un paso propicio por donde ganar la batalla. Como recuerdo quedaría en aquel sitio para los siglos venideros, una ermita en honor de Santa Elena, madre de Constantino el Grande, que custodió la cruz de la Cristiandad

            La leyenda hecha tradición quiso situar por estos pagos la mítica cueva del bandolero José María “El Tempranillo”, y dicen que en los días de tormenta cuando amaina el viento y deja de asustarnos el rayo con el estallido de su trueno, en el aire limpio, aún se oyen los cascos de los caballos de su cuadrilla batir su huida por el desfiladero.

            Y si un rey Alfonso, el VIII, quedó unido a la historia de Santa Elena por culpa de una batalla, será otro rey Alfonso, el XIII, el que también se una a la historia de este bello lugar por mor de una singular tortilla a la que dio nombre, la “tortilla Alfonso XIII”, que aún puede degustarse en su Mesón teniendo a lo lejos como paisaje el espectacular paso de Despeñaperros. Su origen hay que buscarlo en los años veinte del pasado siglo y en el que fuera cocinero del Marqués de Comillas, padre de los primeros dueños de este mesón, quien estando invitado el rey Alfonso XIII en casa del marqués y queriendo quedar a la altura de tan egregio paladar, hizo una tortilla con la que sorprendió muy gratamente a su majestad. Tenía como ingredientes, además de los consiguientes huevos de toda tortilla, jamón picado, champiñón, trufa y riñones de cordero, todo ello en una base de una rebanada de pan frito, adornado con un champiñón, regado con tomate frito, un huevo asado y todo ello rematado y ensartado en un espadín toledano. Saboraje que se funde en el paisaje del Parque Natural de Despeñaperros desde donde nace Andalucía en el regazo mismo de Santa Elena, con la intimidad de un zaguán y con la complicidad de la luz y la leyenda de las tierras de Olavidía, que como un abrazo acogen al viajero.

(@suarezgallego)

Origen y tradición del paté de perdiz en la Real Carolina

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Dos siglos después de que llegarán los colonos centroeuropeos a las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena, y un siglo más tarde de que lo hicieran los mineros, La Carolina viviría su tercera colonización en los años sesenta del pasado siglo XX. Llegaron las industrias y con ellas un nivel de vida que superaba la media de la provincia de Jaén y la media nacional. La cocina, y el arte de disfrutarla que es la gastronomía, suelen prestarle a la lengua, me refiero a la que hablamos, refranes y proverbios como aquel de “atar los perros con longanizas” para dejar constancia de que estamos hablando del tiempo de las vacas gordas.

      La Carolina volvió a ser la encrucijada de sueños que encierran sus calles perfectamente perpendiculares. Los mismos que el Intendente Olavide dejaba volar desde el balcón de su palacio. Era la sociedad modelo, ya no sólo de agricultores, ni de mineros, sino también de lo que el desarrollismo de la década prodigiosa de los sesenta del siglo XX llamó eufemísticamente productores, por aquello de que había que quitarle el hierro reivindicativo que encierra la palabra obrero.

      Las vacas gordas también trajeron a La Carolina la industria hotelera de calidad. Aquella de mesas con muchas flores, muchos manteles y muchos cubiertos, y un camarero con pajarita que nos llenaba la copa cuando aún no se había vaciado. Era la hostelería del Hotel La Perdiz, tan desacorde con los gustos al uso de los productores de la época, aquellos que años antes habían oído cantar a Pepe Blanco lo del “cocidito madrileño” como un himno de reafirmación de la gastronomía nacional:

No me hable usted de los banquetes que hubo en Roma, ni del menú del hotel Plaza en Nueva York, ni del faisán, ni de los fuagrases de paloma…

 Corría, pues, el año de 1967, año del Bicentenario de la Fundación de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena, cuando se inauguró el hotel de “La Perdiz” y la dirección había previsto que el plato estrella del establecimiento fuera la perdiz escabechada, por aquello de hacer honor al ave que les daba nombre. Estando la veda de caza abierta se llegaron a almacenar en sus refrigeradores más de 5.000 perdices. Mariano Varela, natural de El Escorial, y a la sazón chef del recién inaugurado hotel, se encontró con la ardua tarea de buscarle aplicación a los higaditos de los más de cinco millares de perdices. ¡Hagamos paté de perdiz!, fue la feliz idea. Y comenzó a servirse como entrante en todas las comidas.

Lo cierto es que aquel paté (por lo de untar), que hubiera sido el deleite del romano Metellus Scipio a quien la historia tiene como padre de todos fuagrases, que diría Pepe Blanco, acabó convirtiéndose en santo y seña de la gastronomía del norte de Jaén. Curiosamente en los años en que vinieron los colonos (1767 a 1769), muchos de ellos provenientes de Estrasburgo,  gobernaba la Alsacia, su comarca, el muy refinado y muy irascible mariscal francés el marqués de Contades, el cual tenía un cocinero normando, tal vez lorenés, de nombre Close, quien conociendo el aprecio que el marqués tenía por el foie-gras, inventó un método para conservarlo consistente en envolverlo en una telilla de grasa de ternera, y más tarde con mantequilla fundida, como aún se hace hoy en La Carolina. El invento culinario llevó al marqués y a su cocinero a ser reconocidos por el propio Luis XV, y a los descendientes de aquellos alsacianos a retornar a las tierras de sus tatarabuelos con solo cerrar los ojos y esperar a que el paté carolino se deshaga lentamente en la boca.

El chef Mariano Varela en la actualidad reside en Pamplona, y aquella receta la sigue elaborando hoy José María Rodríguez, entonces joven maître de La Perdiz, y ahora regente y propietario del Restaurante La Toja y de la fábrica de productos alimenticios Patés de la Real Carolina, que tiene la fama acreditada de elaborar el mejor paté de perdiz de los que se ofician por estas tierras.

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Paté de perdiz de la Real Carolina.

El duende en gastronomía

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(Publicado en Diario Jaén el viernes 9 de diciembre de 2016)

En muy poco tiempo, últimamente, he tenido la satisfacción de formar parte de tres jurados gastronómicos, dos en Jaén –Concurso de platos fríos en los mercados, y Congreso Nacional Jaén Aove– y el de la Ruta de la Tapa en Linares. Hace ya dieciocho años, en 1998, tuve el honor de pronunciar la lección inaugural del primer curso que se celebraba en la Escuela de Hostelería de La Laguna, en Baeza, con el que se inauguraba la primera promoción de cocineros y personal de sala de esta ya legendaria escuela.

Estos dieciocho años que nos separan de la primera promoción de La Laguna, y prácticamente los mismos desde la primera feria de la tapa de Linares, evolucionada en el año 2004 hacia la innovadora “ruta de la tapa”, felizmente exportada a otras ciudades, me hacen recordar y releer la conferencia que Federico García Lorca pronunció el 20 de octubre de 1933 en la Sociedad de Amigos del Arte de Buenos Aires, sobre la Teoría del Duende. Si bien ya escribí hace unos años mi personal sensación sobre la ciudad de las minas: “Linares limita al norte / con la taranta, / al sur con un suspiro, / al levante con los toros, / y al poniente con el vino”, veo en estos puntos cardinales de sentimientos la brújula en la que puede aflorar el pretendido duende lorquiano: Los toros y el cante hondo, sobre todo, ¿pero puede, llegado el caso, acudir el duende en el arte de la cocina?

Hasta el poeta romántico alemán Goethe, definió el duende al hablar de un violista como Paganini, diciendo que es un “poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica”. Aunque hablando de duende, filósofos y alemanes, a la memoria me viene una historia, que sospecho falsa, pero que no me resisto a contarla: En los años cincuenta se encuentran el mayor filósofo alemán, Martín Heidegger, y el mayor filósofo español, José Ortega y Gasset. Pregunta el primero, con un punto de xenofobia: “¿Por qué hay tan pocos filósofos españoles?”. Responde el segundo, con un punto de ironía: “¿Y por qué hay tan pocos toreros alemanes?”.

Decía Federico García Lorca que España es el único país donde la muerte es el espectáculo nacional, y cada primavera la muerte toca largos clarines, y el arte de la muerte está siempre regido por un duende agudo que ha marcado la diferencia y la calidad que justifica su invención. Federico conoció en Granada al cantaor Manuel Torre durante el concurso de flamenco de 1922, y de él diría que “es el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido”, quien opinando sobre otro cantaor dijo: “Tú tienes voz, tú sabes los estilos, pero no triunfarás nunca, porque tú no tienes duende”.

Durante estos días, en los diferentes jurados gastronómicos que he participado, he apreciado en algunos momentos como en la gastronomía que se hace ahora en Jaén se va presintiendo el duende, ese que emociona, o nos hace sentir la sensación de estar asistiendo a un parto único.

Todo artista, que diría Nietzsche, cada escalera que sube en la torre de su perfección es a costa de la lucha que sostiene con un duende, no con un ángel, ni con su musa. Es preciso hacer esa distinción fundamental para la raíz de la obra. El ángel deslumbra –como dría Federico– pero vuela sobre la cabeza del artista, está por encima, derrama su gracia, y el artista, sin ningún esfuerzo, realiza su obra. La musa dicta, y, en algunas ocasiones, sopla. Ángel y musa vienen de fuera; el ángel da luces y la musa da formas, en cambio, al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre, posiblemente en la cocina en la que el sentimiento creativo lo deja calentar a su amor.

Mi abuelo Paco, paisano, contemporáneo y vecino de Federico en su juventud, me contó que García Lorca llegó a comerse un día una tortilla de pétalos de claveles rojos. Nunca me dijo el nombre del cocinero o cocinera que la ofició, pero sin duda debió acudir el duende gastronómico a aquel plato.

En Jaén aún no tenemos “estrellas Michelín”, pero doy fe de que últimamente he probado aquí platos con aceite de oliva virgen extra, en los que el duende lorquiano no debió estar muy lejos.

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