El duende en gastronomía

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(Publicado en Diario Jaén el viernes 9 de diciembre de 2016)

En muy poco tiempo, últimamente, he tenido la satisfacción de formar parte de tres jurados gastronómicos, dos en Jaén –Concurso de platos fríos en los mercados, y Congreso Nacional Jaén Aove– y el de la Ruta de la Tapa en Linares. Hace ya dieciocho años, en 1998, tuve el honor de pronunciar la lección inaugural del primer curso que se celebraba en la Escuela de Hostelería de La Laguna, en Baeza, con el que se inauguraba la primera promoción de cocineros y personal de sala de esta ya legendaria escuela.

Estos dieciocho años que nos separan de la primera promoción de La Laguna, y prácticamente los mismos desde la primera feria de la tapa de Linares, evolucionada en el año 2004 hacia la innovadora “ruta de la tapa”, felizmente exportada a otras ciudades, me hacen recordar y releer la conferencia que Federico García Lorca pronunció el 20 de octubre de 1933 en la Sociedad de Amigos del Arte de Buenos Aires, sobre la Teoría del Duende. Si bien ya escribí hace unos años mi personal sensación sobre la ciudad de las minas: “Linares limita al norte / con la taranta, / al sur con un suspiro, / al levante con los toros, / y al poniente con el vino”, veo en estos puntos cardinales de sentimientos la brújula en la que puede aflorar el pretendido duende lorquiano: Los toros y el cante hondo, sobre todo, ¿pero puede, llegado el caso, acudir el duende en el arte de la cocina?

Hasta el poeta romántico alemán Goethe, definió el duende al hablar de un violista como Paganini, diciendo que es un “poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica”. Aunque hablando de duende, filósofos y alemanes, a la memoria me viene una historia, que sospecho falsa, pero que no me resisto a contarla: En los años cincuenta se encuentran el mayor filósofo alemán, Martín Heidegger, y el mayor filósofo español, José Ortega y Gasset. Pregunta el primero, con un punto de xenofobia: “¿Por qué hay tan pocos filósofos españoles?”. Responde el segundo, con un punto de ironía: “¿Y por qué hay tan pocos toreros alemanes?”.

Decía Federico García Lorca que España es el único país donde la muerte es el espectáculo nacional, y cada primavera la muerte toca largos clarines, y el arte de la muerte está siempre regido por un duende agudo que ha marcado la diferencia y la calidad que justifica su invención. Federico conoció en Granada al cantaor Manuel Torre durante el concurso de flamenco de 1922, y de él diría que “es el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido”, quien opinando sobre otro cantaor dijo: “Tú tienes voz, tú sabes los estilos, pero no triunfarás nunca, porque tú no tienes duende”.

Durante estos días, en los diferentes jurados gastronómicos que he participado, he apreciado en algunos momentos como en la gastronomía que se hace ahora en Jaén se va presintiendo el duende, ese que emociona, o nos hace sentir la sensación de estar asistiendo a un parto único.

Todo artista, que diría Nietzsche, cada escalera que sube en la torre de su perfección es a costa de la lucha que sostiene con un duende, no con un ángel, ni con su musa. Es preciso hacer esa distinción fundamental para la raíz de la obra. El ángel deslumbra –como dría Federico– pero vuela sobre la cabeza del artista, está por encima, derrama su gracia, y el artista, sin ningún esfuerzo, realiza su obra. La musa dicta, y, en algunas ocasiones, sopla. Ángel y musa vienen de fuera; el ángel da luces y la musa da formas, en cambio, al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre, posiblemente en la cocina en la que el sentimiento creativo lo deja calentar a su amor.

Mi abuelo Paco, paisano, contemporáneo y vecino de Federico en su juventud, me contó que García Lorca llegó a comerse un día una tortilla de pétalos de claveles rojos. Nunca me dijo el nombre del cocinero o cocinera que la ofició, pero sin duda debió acudir el duende gastronómico a aquel plato.

En Jaén aún no tenemos “estrellas Michelín”, pero doy fe de que últimamente he probado aquí platos con aceite de oliva virgen extra, en los que el duende lorquiano no debió estar muy lejos.

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