Saber es recordar

MAMOTRETO

 

(Publicado en Diario Jaén el viernes 24 de agosto de 2018)

 

El rigor del conocimiento, en modo alguno, debe confundirse con el saber encorsetado de los petulantes, aludidos con tanto acierto por Cervantes en boca de don Quijote: “que hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que después de sabidas y averiguadas no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.

            La cocina tradicional, que marca los referentes de identidad de un determinado pueblo, sí importa al entendimiento y a la memoria porque es parte esencial de ambos, como ya ponía de manifiesto Platón en su Teoría de la Reminiscencia: “Scire est reminisci”, saber es recordar. ¡Y que próximo está saber de sabor, a un tiro de vocal en una misma constelación de consonantes!

            Con los años cada cual experimenta en sí mismo la diáspora de los sentidos. La memoria se desgrana y el recuerdo de los sabores inicia un viaje casi iniciático, como una odisea sensual e inevitable, desde el paladar hasta la tierra prometida del estómago. Es entonces cuando asumimos que el paso del tiempo en nuestras vidas no es una cuenta atrás en un cronómetro mortífero, y que el transcurrir de los años tiene mucho de racimo de uvas, de ristra de ajos, de cestillo de cerezas o de orza de aceitunas aliñadas que vamos consumiendo sin importarnos el principio ni el final, atendiendo sólo a la pasión de saborearlas. Pese a todo, la cocina sigue siendo hoy por hoy la única manifestación humana que transmuta la Naturaleza en Arte, aunque en nuestra contra juega una innegable evidencia: pasados los treinta años, primera cana arriba segunda cana abajo, como nos advierten los fisiólogos, las papilas gustativas van perdiendo la capacidad de regenerarse cada semana, o cada diez días, y poco a poco nos vamos quedando huérfanos del “saber por el sabor”, no guardando nuestra memoria más sensaciones ni recuerdos que la de los sabores perdidos por no percibidos, como  igualmente ocurre con los olores.

            Con los años, pues, no perdemos la memoria gustativa, que nos permite recordar la cocina de nuestras abuelas, pero si la capacidad de percibir los sabores y los olores, que nos niega el poder revivirla, pero no el de recrearla. No obstante, cuentan que el descubridor de la penicilina, el doctor Fleming, después de haber recibido el premio Nobel de medicina en 1945, hizo un viaje triunfal por España. En Jerez, aprovechando su paso por la ciudad, fue agasajado en una bodega, siendo en ella donde pronunció una de sus frases más afortunadas: “Si la penicilina salva a los enfermos, el vino resucita a los moribundos”. Frase que la he oído en diferentes versiones, y una de ellas extrapolada hacia una generalización gastrosófica: “Al ser humano lo curan las medicinas –y no siempre–, pero lo que de verdad lo hace feliz es lo que se fragua en las cocinas y en las bodegas”.

Cada plato elaborado es una oportunidad que le damos al instinto de felicidad que nos alberga como el huésped amable y bonachón de las antiguas pensiones “de vida en familia”; una vivencia única, irrepetible, sólo recuperable del tiempo a través de la memoria humana, es decir, mediante una acción intelectual y voluntaria que, afortunadamente, nos hace poner en su sitio a tantísimo artefacto que en una absurda guerra de lo inerte nos han sido dados para hacernos meros espectadores de nuestra propia vida.

La alimentación humana es una realidad diversa, pero no exenta de una paradoja que la sostiene: irremisiblemente siempre es igual y sorprendentemente siempre es distinta, porque no hay dos platos que partiendo de la misma receta y con los mismos ingredientes lleguen a culminar los mismos sabores, los mismos olores y las mismas texturas. Hay un ingrediente primordial: el amor, único camino seguro para llegar a todo corazón, que diría Concepción Arenal. Y cuando al corazón se quiere llegar a través del estómago, hay que recurrir a la cocina dejada “hacer a su amor”, relatada a pie de fogón por todas las abuelas que han sido, son y seguirán siendo, para bien de una especie que comenzó a ser sapiens precisamente cuando aprendió a cocinar, a hablar de lo que comía y a reírse de lo que decía.

 

SABER ES RECORDAR TOTO DEL ARTICULO EN DIARIO JAEN

Trasiego de muertos

Valle de los caidos

Valle de los caídos

(Publicado en Diario Jaén el viernes 27 de julio de 2018)

            El psicólogo y médico anatomista del siglo XIX Oliver Wendell Holmes fustigó desde su retranca de profesor “made in Harvard” el puritanismo feroz de sus antepasados, y puso en solfa el de sus coetáneos bostonianos desde un genuino sentido del humor yanqui. He de admitir que el tal Holmes –me refiero al médico escritor y no al legendario detective británico— hubiera seguido siendo para mí un ilustre desconocido si no fuera porque escribió un libro, a modo de charla en prosa, titulado The autocrat of breakfast table (El autócrata del desayuno. 1857). Navegando por internet a la búsqueda de una sola gota de aceite de oliva en la historia de los desayunos norteamericanos me encontré con él, y ciertamente nada tiene que ver con nuestras tostadas mañaneras.

El hecho es que accedí al libro de Holmes, comprobando que la alusión al desayuno que se hacía en el título no se refería a la acción de romper el ayuno nocturno, que era lo que de verdad me interesaba. Entresaque de él, bote pronto, algunas frases: “El ruido que produce un beso no es tan fuerte como el de un cañonazo, pero su eco dura mucho más tiempo”. Y esta otra: “El espíritu de un fanático es como la pupila del ojo; cuanto más intensa es la luz que le llega, más se contrae”.

            Por fin encontré en el libro de Holmes una pequeña referencia a las viandas que justificara lo del desayuno del dictador: “Los hombres, como las manzanas y las peras, toman un poco de dulzura antes de que comiencen a estropearse”. Ello me hizo pensar cuan longevos son los tiranos, los caciques, los autócratas, los dictadores y los poderosos fanáticos, y cómo al final de sus días nos muestran siempre una plácida apariencia de abuelitos entrañables. A esa edad sólo se desayunan con las ínfulas del cisne que está presto a cantar antes de morir. Sólo su arrogancia cruel les ha hecho creer durante toda la vida que, como al gallo desquiciado, el sol ha salido cada mañana exclusivamente para oírlos cantar a ellos sus nanas de muerte y sufrimiento.

            A los españoles, amamantados por tantas culturas que han cruzado la península de los celtíberos, no nos asusta la muerte. Hacemos de ella en muchas ocasiones un divertimento lúdico de gran calado etnográfico. En el caso de la controvertida fiesta nacional, un hombre feminizado por su ceñida vestimenta de luces trata de dar muerte, haciendo liturgia de ello, a la fuerza bruta e irracional de un toro bravo. Es significativo que el cuerpo más legendario y aguerrido de nuestro ejército se autoproclame como “los novios de la muerte”, y no como los legionarios de la vida, y le rinda culto, también con mucha liturgia, al Cristo de la Buena Muerte y no al Cristo Resucitado.

            A los celtíberos no nos asusta la muerte, a la que rendimos un culto ancestral. Nos asusta un muerto, con nombre y apellidos, y el hecho de que pueda volver del más allá, y nos asusta también un viejo loco que no le tenga miedo a la muerte ni a los muertos.

            En el capítulo 19 de la primera parte del Quijote se recoge la que podemos considerar como la primera cita gastrosófica de esta monumental obra cervantina. En ella se recrea el traslado de los restos mortales de San Juan de la Cruz desde Úbeda a Segovia. Don Quijote y Sancho se encuentran con tan luctuoso cortejo y en un tris estuvo que el caballero de la triste figura, paradigma del viejo loco celtibérico, se metiera en pendencias, y así concluye Sancho Panza:

Señor […] la hambre carga: no hay qué hacer sino retirarnos con gentil compás de pies, y, como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza.

            El Valle de los Caídos es un monumento a la muerte fratricida en el que reposan los restos del dictador, que pese a todo murió de viejo en su cama bajo la apariencia de un abuelito entrañable, como refería Holmes. No desoigamos a Sancho Panza y vaya el muerto a su sepultura y tratemos de procurarles las hogazas en España a tantos jóvenes bien preparados que tenemos repartidos por medio mundo dispuestos a militar en la vida junto a los suyos y en su tierra.

 

TRASIEGOS DE MUERTOS

 

 

El bosque de Olavidia

DESPEÑAPERROS EL BOSQUE DE OLAVIDIA

Parque Natural de Despeñaperros. Vistas desde Castro Ferraz. (Foto de Santi Lloreda)

 

(Publicado en Diario Jaén el viernes 29 de junio de 2018)

 

            Cuenta el sexto conde de Fernán Núñez, Carlos José Gutiérrez de los Ríos y Rohan, que fue a la sazón gentil hombre de cámara (ayuda de cámara) del rey Carlos III, y quién mejor lo conocía en la cotidianidad del palacio, que solía decir este rey que fundó las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, que era “primero Carlos que rey”, con lo que quería dejar constancia que sus obligaciones como hombre no las eximia su condición de rey. Carlos III fue un hombre austero, parco en el comer, amante del chocolate, irónico, sarcásticamente burlón, con un gran sentido del humor, metódico, cazador empedernido, amante de la naturaleza y dicho en palabras de hoy en día: “respetuoso con el medio ambiente”, aunque fue un rey constructor, que, en palabras del marqués de Esquilache, todo lo que fuera destruir se oponía diametralmente a su genio: A este Señor le ha de arruinar el mal de la piedra.

            En 1768, el año posterior a la promulgación del Fuero, se estaba construyendo el camino de Madrid al Pardo. Dio la orden el rey de que se economizara mucho la tala de encinas, hasta tal punto que se dejó un pequeño ensanche en el camino rodeado de algunas de ellas con una en el centro somo señal de haberse obrado como el rey había dispuesto.

            Cuenta el conde de Fernán Núñez que cada vez que Carlos III pasaba junto a esa encina solía exclamar: “¡Pobre arbolito! ¿Quién te defenderá después que yo muera?” El historiador Antonio Ferrer del Río, dejó constancia de que el rey Carlos IV mientras vivió la defendió, siendo las tropas napoleónicas las que enteradas del simbolismo de esta la cortaron para leña nada mas poner un pie en Madrid.

            Esta anécdota protagonizada por una encina y el rey que fundó las Nuevas Poblaciones, sirvió en 1988, año en el que se conmemoraba el bicentenario de su muerte, para que en el mes de octubre de ese año se plantara en Guarromán un árbol de esta especie sobre el lecho de las tierras  que cada alcalde trajo de su municipio,  constituidos como tales desde que fue derogado el Fuero en 1835: La Carolina, Guarromán, Carboneros, Santa Elena, Arquillos, Aldeaquemada y Montizón en la provincia de Jaén;  Almuradiel en Ciudad Real; La Carlota, Fuente Palmera y San Sebastián de los Ballesteros, en Córdoba; y La Luisiana y Cañada Rosal en Sevilla.

            Aquella encina plantada hace ahora treinta años, campea hoy como su símbolo de unidad en la bandera de la Mancomunidad Cultural de las Nuevas Poblaciones, la Olavidia de nuestros sueños y nuestros proyectos siempre vigentes.

El día 5 de julio próximo, fecha de la conmemoración del 251 Aniversario de la promulgación del Fuero, concluyen en La Carlota los actos institucionales que comenzaron en La Carolina justamente hace un año. La Comisión Nacional Ejecutiva para la conmemoración del Fuero 250 disolverá todas sus comisiones, y de forma oficial los actos habrán concluido. Puestos a recapitular desde esta Comisión Nacional puede decirse que en un ochenta por cierto se han cumplido sus objetivos, siendo el más importante el que las gentes de estos pueblos, a los que se ha unido el gaditano de Prado del Rey y las entidades locales autónomas cordobesas de Fuente Carretero y Ochavillo del Río, hayan encontrado en estas celebraciones un motivo de identidad común repartidas en dos comunidades autónomas y cinco provincias. Las gentes de las Nuevas Poblaciones han descubierto que al conmemorar estas fiestas del Fuero no se han disfrazado de colonos ni esto es un carnaval, se han “investido” de ellos y del espíritu de sus antepasados que hizo posible que tras las mayores dificultades se mantenga vivo el sueño en una sociedad más justa, más libre y más fraternal y solidaria, sueño que aún pervive.

El Parque Natural de Despeñaperros va a acoger un bosque de diecisiete encinas, una por cada población, y otra más que representará a la comisión que les ha servido como punto de unión a todas ellas en esta conmemoración. Despeñaperros de nuevo verá llegar a los colonos por su camino real, con la emoción de saber que 250 años después también han llegado a casa.

 

ARTICULO EL BOSQUE DE OLAVIDIA FOTO DEL MISMO EN EL DIARIO JAEN

Homenaje al Dr. Jaramillo y Guillén

PLACA DE ENRIQUE JARANILLO EN EL CENTRO MEDICO DE GUARROMAN

El nieto del doctor Enrique Jaramillo y Guillén, también médico y con el mismo nombre que su abuelo, destapó junto al alcalde de Guarromán, Alberto Rubio, la placa que le da nombre al Centro de Salud.

HOMENAJE AL DOCTOR JARAMILLO GUILLEN EN GUARROMAN

Médicos de la Asociación Española de Medicina Naturista junto al alcalde y al cronista oficial de Guarromán en el homenaje al Dr. Jaramillo y Guillén.

(Publicado en Diario JAÉN el viernes 1 de junio de 2018)

El Centro de Salud de Guarromán lleva por nombre desde hace unos días el del doctor Enrique Jaramillo y Guillén, nacido en Guarromán el 27 de marzo de 1860, quien está considerado por la profesión como el primer médico naturista en la historia de la medicina española, siendo el fundador del Instituto de Medicina Naturalista, y quien siguió un camino totalmente personal para llegar al naturismo.

Fue una jornada emotiva propiciada por el Ayuntamiento de Guarromán en la que se le ha concedido, a título póstumo, la medalla del 250 Aniversario de la Fundación de esta Real Población al ilustre guarromanense doctor Enrique Jaramillo y Guillén, que recibió de manos del alcalde Alberto Rubio su nieto, también médico como su padre y abuelo, Enrique Jaramillo (tercero), y quien evocó algunos de los recuerdos que guarda de su abuelo.

Al acto asistió la Corporación Municipal en pleno, una buena representación de sus  descendientes, y miembros de la Asociación Española de Naturismo, encabezada por su presidente, el doctor Torres Collado que habló de las posibilidades actuales y las perspectivas de futuro de esta especialidad médica, y que contribuyeron al esplendor de este homenaje póstumo celebrado en la Casa de la Cultura

Enrique Jaramillo curso el bachiller en el Instituto de Baeza, en el que luego impartiría clases Antonio Machado, debiendo coincidir allí en las aulas e internado con un paisano y coetáneo suyo también ilustre, como es Martín Scheroff Avi, el primer mentor poético de Federico García Lorca.

Jaramillo llegó a ser un profesional de gran prestigio en la Medicina en los inicios del siglo XX, innovando conceptos y poniendo las bases de la actual Medicina Naturista, realizando toda su etapa profesional en Madrid, pero sin olvidar nunca su lugar de origen, en el que continuó viviendo la familia de su madre.

Comenzó a ejercer su profesión, pero dos años después, en 1897, iba a morir su esposa en el tercer mes de su primera gestación: «Su naturaleza y constitución eran de un vigor y de una potencialidad extremas [se refiere a su mujer] y, a pesar de ello, en un fatal y funestísimo encadenamiento gradual de la respectiva actuación de cinco prestigiosos, cinco reconocidas eminencias médicas, cuya intervención demandé, y en continuo y evidente desacierto de unos y otros, fueron retorciendo y complicando un simplicísimo estado catarral, hasta que al cabo de cuatro meses de desastrosas torpezas médicas y de angustias y tormentos de la enferma y míos, consumaron su inicua labor, extinguiendo aquel singular y poderoso organismo, privándome con ello del ser más querido y del que su facultad maternal me iba forjando». Esta tragedia personal cambió su vida y su visión de la medicina. Sumergido en la depresión y el rechazo a la «ciencia oficial», comenzó a estudiar homeopatía y magnetismo. Se fue entusiasmando con este último y se convirtió en seguidor de lo que consideraba «ciencia natural».

En la calle Hernán Cortés n°7 de Madrid, fundó el Instituto de Medicina Naturalista, del que se nombró director. En este instituto practicaba, según se lee en su propaganda, «Tratamiento de toda clase de enfermedades, sin medicamentos ni operaciones quirúrgicas. Procedimientos modernos psicofísicos». Utilizaba el agua, el sol, el aire, la electricidad, el ejercicio, el magnetismo y la sugestión, sin haber leído nada de Vegetarianismo ni de Naturismo.

El guarromanense Enrique Jaramillo y Guillén se convirtió para los naturistas en el primer médico español de esta especialidad, reconocimiento que iba a conservar durante toda su vida, quedando inscrito con letras doradas en la historia de la medicina española.

Intuía que el secreto para tener y conservar una vida saludable residía en tres sustantivos que comienzan por la letra a: Alimentación, actividad y alegría, y apostillaba: Debe comerse la mitad de lo que se come, se debe hacer el doble de ejercicio del que se hace, y nos debemos reír el triple de lo que lo hacemos.

Planteamientos médicos que, pese a haber sido hechos hace un siglo, siguen estando plenamente vigentes hoy.

FOTO DEL TEXTO DEL ARTICULO SOBRE JARAMILLO EN DIARIO JAEN

Cuestión de conciencia

mayo francés

(Publicado en Diario Jaén el viernes 4 de mayo de 2018)

Mi abuela Encarna, que era de pueblo, pero no era tonta –pese a la opinión que algunos urbanitas supremacistas siguen teniendo de la gente del medio rural–, cuando alguien cometía una insensatez solía decir de él “que no tenía luces”. Expresión análoga que el otro día le oí exclamar a mi contertulio el Caliche, desde su monumental cabreo de jubilado en apuros, cuando me comentaba su particular batalla contra la empresa distribuidora de la energía eléctrica, por la última factura de la luz que le habían cobrado. Es que tienen menos luces que el coche de un furtivo, exclamaba enderezándose con rabia la gorra para descargar los kilovatios de su acaloro.

Le explicaba que es que la compañía eléctrica había subido el recibo de la luz un 35% a pesar del contrasentido de que marzo y abril hayan sido unos meses con abundantes lluvias y vientos, y siendo la energía hidráulica y la eólica las más baratas. Oyéndolo, a uno se le venían encima todos los palos del sombrajo que protege los planteamientos sociales actuales, cuando aparte de la anecdótica paradoja de que sean precisamente los que nos venden la luz los que “menos lucen tienen”, no las tuvieran tampoco los que dejaron en manos privadas la propiedad de algunos sectores estratégicos del Estado: La energía y las comunicaciones, sobre todo. Los ciudadanos, el pueblo que es en quien reside la soberanía del Estado, cada vez más somos considerados por la maquinaria del liberalismo feroz que nos engendró la crisis, como unas meras ubres a las que se les puede ordeñar sin piedad e indefinidamente. A “revienta teta”, que diría mi contertulio el Caliche.

El nobel José Saramago estaba cargado de razón cuando decía que la democracia tal y como se interpreta hoy es una gran falacia, porque el mundo está en manos de los financieros, y a ellos no los elegimos en las urnas. Las cuentas claras y el chocolate espeso, es lo que reclama la gente, el pueblo, sobre todo cuando es quien paga el chocolate, aunque sea el del loro “iluminado”.

Es el propio Saramago quien nos dejó dicho también que la alternativa al neoliberalismo que nos inunda se llama conciencia. Y precisamente la conciencia no es un sistema económico. No es la organización de los mercados. No es un nuevo régimen político. Es algo más que todo eso. Es la conciencia que hay que tener contra todo y contra todos los que precisamente entienden que lo que no hay que tener es conciencia.

¿Con qué contamos nosotros para oponernos a un neoliberalismo sin conciencia? No ostentamos el poder, no estamos en el gobierno, no tenemos multinacionales, no controlamos las finanzas especulativas de los mercados mundiales, no tenemos nada de eso. ¿Qué es lo que tenemos entonces para oponernos? Nada más que la conciencia.

La conciencia no se gana un día y ya la tienes hasta que te mueres. Se gana y se pierde y se renueva todos los días, seguía razonando Saramago.

Se cumple en estos días el cincuentenario del llamado Mayo del 68 francés, cuando un 10 de mayo de 1968 decenas de miles de estudiantes parisinos acudieron a las barricadas del Barrio Latino. El 13 de mayo nueve millones de trabajadores franceses se unen a los estudiantes y tomando conciencia inician una huelga general que culminó poniendo patas arriba los cimientos de la República.

Mayo es un mes en el que proliferan las banderas: El uno de mayo los sindicalistas tremolan sus banderas rojas. Los prebostes de las cofradías romeras tremolan sus banderas multicolores, y los hinchas y forofos del fútbol airean las banderas de sus fanatismos.

¡Si el Caliche” supiera que hoy muchas de aquellas banderas arrastran sus pespuntes de nostalgia por las moquetas de los despachos oficiales de Bruselas! Con razón se me queja, entre trago y trago, de que cada año que pasa las banderas de los sindicatos van siendo menos rojas; que cada mayo que pasa las banderas de las romerías van siendo más laicas, y que cada vez hay menos hombros en las tabernas a los que agarrarse para cantarle por lo “bajini” a las orejas del alma desde la conciencia.

dav

La mentira encuadernada

(Publicado en el Diario JAÉN el viernes 6 de abril de 2018)

Esto de escribir la Historia con objetividad es tarea ardua y muy complicada. Ya el refranero popular desde su docta gramática parda nos pone en sobre aviso al recordarnos que “cada cual habla de la feria según le ha ido en ella“, o lo que es igual, que lo que para unos parecen podencos para otros no son más que galgos corredores, y quien fue alabado como recto profeta y casto varón por unos, por sus contrarios ha sido tenido por vil embaucador y amante del pendoneo. De todos es sabido que mucho antes que la Historia fue la Fábula y es condición humana el pretender fabular la realidad por adornar de este modo con un mayor interés las vidas que carecen de él.

Ya Cervantes nos dejó dicho al respecto en El Quijote: “habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les haga torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir“, cita a la que acudo con devoción bíblica cada vez que como cronista oficial de mi pueblo he de sentarme a la orilla del río de los sucesos, que diría Madariaga, para dar cuenta de las aguas, las turbulentas y las mansas, que por su cauce fluyen.

Sonroja leer los libros de historia que se enseña a los alumnos en las “ikastolas” vascas, no ya por el vapuleo que se da a la historia del resto de los españoles, los “maketos”, sino por la tendenciosa falta de rigor con el que se quieren justificar unas pretendidas identidades nacionalistas salidas de los delirios antiespañoles del ínclito Sabino Arana. Tres cuartos de lo mismo pasa en las escuelas catalanas donde se cae en el contrasentido de que los alumnos tengan que estudiar la historia de Europa, europeos somos, evitando en lo posible contar la historia de España. ¿Se conseguirá, al menos, que al resto de las comunidades autónomas se nos incluyan en la lección dedicada a África?

Que desde los nacionalismos excluyentes se diseñen los contenidos a estudiar sobre la historia común de los pueblos de la vieja Iberia bajo la óptica de sus particulares intereses nacionalistas, no deja de ser una temeridad cívica y una falta de respeto con las generaciones venideras. Que cada pueblo asuma, por tanto, su historia y padezca a sus políticos con resignación perseverante, de lo contrario no tendremos más remedio que darle la razón a aquel que dijo que la Historia no es más que la mentira encuadernada, lujosamente encuadernada en algunos casos, pero mentira barata al fin y a la postre cargada de delirios supremacistas.

El genial Francisco de Goya intuyó como nadie el turbulento mar en el que suelen desembocar las tormentas ideológicas de algunos espíritus delirantes. En uno de sus tenebrosos aquelarres mentales nos dejó escrita a los pies de un durmiente una de sus demoledoras moralejas: “El sueño de la razón produce monstruos“.

De Goya siempre me sorprendió su cuadro “Perro semihundido”, en el que un chucho anónimo, tal vez descendiente bastardo de Melampo, el perro que pintara junto a Carlos III y en cuyo collar estampara su firma, lucha por librarse de unas difusas arenas movedizas. Pudiera ser que en este expresivo lienzo nos dejara el viejo Goya la imagen, no ya de los monstruos que produce la razón, sino la de cuando como perros semihundidos en la Historia comenzamos a preguntarnos qué hacemos con los monstruos de la sinrazón y sus víctimas.

Hay quienes han considerado lo estéril que fue que los españoles nos tomáramos tanto trabajo en combatir a los franceses durante la Guerra de la Independencia para que después de toda la sangre y todo el quijotismo derramado acabáramos recibiendo al impresentable de Fernando VII al grito de “¡Vivan las caenas!”.

A la Historia no siempre le resulta fácil ni edificante ser ejemplo y aviso de lo presente, y advertencia de lo por venir. Lo malo del futuro es que no sabemos las intenciones que tiene hasta que no nos devora como Saturno a sus hijos.

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El lince Olavide

LINCE OLAVIDE

Suelta del lince Olavide en el valle del Guarrizas, Sierra Morena (Jaén)

 

(Publicado en Diario Jaén el viernes 9 de febrero de 2018)

 

Hace unos días, los escolares de 5º y 6º de Primaria del CEIP Carlos III de Santa Elena han bautizado con el nombre de “Olavide” a un lince que se liberará próximamente en el valle del río Guarrizas, una de las dos zonas de reintroducción del lince ibérico en la comunidad andaluza.

El proyecto Life+Iberlince pretende la recuperación de la distribución histórica del lince ibérico (Lynx pardinus) en España y Portugal. Según el método que siguen los técnicos de Iberlince para darle nombre a los ejemplares que se van a soltar este año, todos ellos deben comenzar por la letra O, y para ello han posibilitado que a través de las redes sociales todo el mundo pudiera hacer una propuesta de nombre con esta condición. Han sido los escolares santaeleneros, en cuyo municipio se encuentra enclavado el Parque Natural de Despeñaperros, los que han unido su interés por la conservación del medio ambiente, y su deseo por conocer mejor su historia, los que han aprovechado la celebración del  250 aniversario de la promulgación del Fuero de Población por el que se fundaron las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, y le han dado el nombre de quien hizo posible estas colonias en el siglo XVIII, el intendente Pablo de Olavide, a un lince que recorrerá y vivirá en los mismos parajes de Sierra Morena que aquellos colonos que los pusieron en cultivo ganándoselos al paisaje montaraz.

Curiosamente el nombre que se la ha puesto, Olavide, hace justicia a la tercera acepción con el que el Diccionario de la Real Academia Española define lince: Persona aguda, sagaz.

Sin lugar a duda Pablo de Olavide hizo gala de su agudeza y sagacidad al ponerse al frente del que fue tenido como el proyecto estrella del reinado de Carlos III, ni más ni menos que tratar de poner en marcha una sociedad agraria que sirviera de modelo al resto de los pueblos de Andalucía y el resto de España, en el que entre otras cosas se implantaba la enseñanza primaria como obligatoria, y se comenzaba a valorar el trabajo de la mujer en aquella sociedad agraria que pretendía ser modelo. El propio Olavide lo dejó escrito cuando las envidias e intrigas en la Corte de Carlos III dieron con sus huesos en la cárcel y fue procesado por la Inquisición: «Yo me había figurado dar en las colonias un modelo de aplicación a todos los pueblos de España y en especial a los de Andalucía»

Cabe preguntarse si la colonización de Sierra Morena y Andalucía, aquel proyecto destinado a que Europa volviera su mirada hacia la gloria de Carlos III, aquel primer intento de un proyecto de Europeidad triunfó o no. No sería fácil cuantificar y cualificar bote pronto un posible triunfo o fracaso siendo tantos y tan variados los aspectos para tener en cuenta. Material de trabajo para ello se ha generado en el transcurso de los nueve congresos históricos que desde 1983 se han celebrado en estas Nuevas Poblaciones. Sólo invito a quién se adentre en este espacio histórico a que visite estas colonias dos siglos y medio después de haber sido fundadas. Seguirá encontrando hombres y mujeres que trabajan por su tierra desde un aliento colectivo adobado por sueños de colonos del siglo XXI, evidencia de que el proyecto primitivo de los ilustrados no ha terminado y queda mucho por hacer. No puede haber fracasado, por tanto, lo que aún está construyéndose.

Todos aquellos lugares se aglutinan hoy bajo la misma bandera celeste, blanca y verde que en 1988 dio lugar a la Mancomunidad Cultural de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, la Olavidia que trata de llevar felizmente al futuro los proyectos del presente que se urdieron con las mimbres de un pasado común. No en vano en el timbre del escudo enarbolan su lema: “Nacimos con el Fuero para la concordia de los pueblos”. Como un intento cargado de didactismo de no olvidar los orígenes, aunque se encuentren derogados, y no perder el rumbo encaminado a ganar cada día la meta del progreso desde la tolerancia, la libertad, la cultura y la concordia.

Larga vida pues al lince Olavide, él es un símbolo de que no sólo somos historia y seguimos vivos y coleando.

EN LA SUELTA DEL LINCE OLAVIDE

Autoridades y niños que participaron el suelta del lince Olavide.

 

ARTICULO DEL LICE OLAVIDE EN DIARIO JAEN