El fémur ancestral

De la experiencia de estos dos meses confinado, y haber vivido en primera persona los efectos restrictivos de una pandemia (una epidemia mundial), he tenido oportunidad de reflexionar sobre muchos aspectos de mi vida cotidiana, y en todo caso haber aprendido muchas cosas que por nimias o evidentes, siempre había creído que eran prescindibles.

A lo largo de mi vida he conocido alguna gente que no ha sido capaz de hacer nada para cambiar el pequeño mundo que lo rodea, y siempre se han justificado con un “¡el día menos pensado…!” como excusa y lamento impotente. Nunca llegué a entender si eso que muchas personas harían en ese mítico “día menos pensado”, siempre envuelto en un halo de sorpresa y misterio grandilocuente, podría ser desde que se suicidaran ellos por no aguantarse, hasta que me mataran a mí, por no aguantarme. Pero siempre el “día menos pensado” ha sido el saco de la procrastinación, palabra de difícil pronunciación que define el arte, o mala costumbre, de dejar las cosas para luego, para después, para “el día menos pensado”. ¡Es el castizo “vuelva usted mañana” celtibérico!

Esta crisis originada por un extraño virus, nos está enseñando que el “día menos pensado” puede ser hoy. Ya lo están siendo estos días, y pueden ocurrirnos cosas que nunca habíamos imaginado: Que se cerraran todos los bares, que nos quedáramos sin trabajo, que no pudiéramos despedir a nuestros muertos, ni abrazar a nuestros vivos, que se cerraran los colegios y las universidades, que no hubieran procesiones de Semana Santa, ni Fallas de Valencia, ni romerías, ni feria de Sevilla, ni sanfermines, ni verbenas populares, ni primeras comuniones, ni bodas, ni Rocío, ni toros, ¡ni fútbol!…

El día menos pensado ¡quién lo diría! puede ser hoy, y ¡ya lo es! Y me viene a la memoria una frase, que siempre he tenido como de San Agustín de Hipona, como única respuesta al “día menos pensado” de los que procrastinan: “Si necesitas una mano, te recuerdo que yo tengo dos”. (Con sus hombros correspondientes para arrimarlos)

El día siguiente al “día menos pensado”, también amanece, y hay que estar allí para construirlo. Nunca entenderé a los que a toda solución le agregan dos problemas sin soluciones, pero nunca están, ni se les espera.

Le preguntaron una vez a una eminente antropóloga en una entrevista de radio, cuyo raro apellido no acierto a recordar, que bajo su opinión de experta cuál había sido el momento crucial en el que en la evolución de las especies se produjo el primer signo de civilización del ser humano. Ella contestó que siempre había creído que ese instante debió ser el que certificaba el hallazgo, en unas excavaciones arqueológicas, del fémur de un primate, que presentaba una callosidad ósea que evidenciaba que se había fracturado y posteriormente vuelto a unir por formación de un nuevo tejido óseo.  Comentó que ningún mamífero con un fémur roto puede sobrevivir, porque antes de que el hueso vuelva a unirse, el individuo fracturado habría sido presa de un depredador, al no poder correr y huir, ni podría buscar alimento, ni agua. Aquel fémur fracturado y vuelto a unir, requería tiempo y que el sujeto en cuestión hubiera sido cuidado en su inmovilidad por otros semejantes suyos. Hubiera sido protegido, alimentado, cuidado… Ese era el primer indicio de civilización: ¡No abandonar a su suerte a un semejante débil, enfermo e impedido, cuidándolo, curándolo y rescatándolo para la comunidad!

Este fémur ancestral es el mejor monumento a la impagable labor, ahora más que nunca elogiada y aplaudida, de nuestros sanitarios. A su heroica vocación de servicio y a su abnegada humanidad a través de la historia. Y sobre todo un aviso a navegantes de que “el día menos pensado” podemos vernos en otra como ésta, y esperaremos entonces que los sanitarios estén ahí, pero protegidos y con medios, y a ser posible mejor pagados y valorados.

La salud pública nunca puede ser un negocio de cuatro “avispaos”, por muchas cacerolas que hagan sonar, aunque sea golpeando la cabeza de un fémur ancestral.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 15 de mayo de 2020

Churros confinados

Me pedía el cuerpo escribir hoy sobre los treinta y tantos días que llevamos confinados en casa. Escribir de todos los héroes sin capa, de las heroínas sin mantilla, pero con mascarilla, a los que nunca podremos pagarle su eficiente trabajo y dedicación en las peores circunstancias. Me hubiera gustado escribir sobre mis contertulios a los que ahora no veo y nos solíamos convidar casi todos los días a la hora del aperitivo. Deseaba escribir sobre los ebrios de egolatrina y pesebrina que quieren hacer carrera política a costa de “nuestros muertos” (que son de todos porque a todos nos duelen lo mismo), pero ya se sabe que cuando al tonto se le señala la Luna para que sepa dónde está, el tonto no mira la Luna, sino al dedo que la señala.  De sobra sabemos lo aficionados que son algunas gentes a trasegar muertos olvidando a los vivos, o a olvidar muertos para vivir ellos. Me hubiera gustado escribir también de los que el maldito coronavirus les ha hecho darse cuenta de la facilidad que tienen para hacer emerger el gilipollas que todos llevamos dentro; y de los niños que nos han recordado que debemos sacar a flote ante las peores situaciones la ternura del niño que también llevamos dentro. De si resistiremos el “Resistiré” otra pandemia más. De mi contertulio el Caliche al que no veo desde hace más de un mes, minero pensionista silicótico que me manda un whatsapp diciéndome: “¡Tengo miedo de que este bicho venga a por mí también! A la mascarilla le he hecho un agujero para poder fumar sin contagiarme en mi casa. ¿Eso es seguro?” Le digo que no sea tonto y no se preocupe, que con él no pudo ni las explosiones de los barrenos, ni la reconversión de la minería, ni lo recortes sanitarios (que ahora nadie hizo), ni el vino peleón que se toma cada día. Quería escribir de los “balconazis” que ponen “orden” en la calle desde sus atalayas tras la ropa tendida; de los “cansaperros” que los sacan a mear diez veces al día; de los “covimbéciles” insolidarios que no respetan el confinamiento. Del comando “a posteriori” que sabe de sobra qué si mañana llueve, pasado mañana lo sabremos con toda seguridad. De los acaparadores de papel higiénico. De mi vecino Pedro Sánchez (que no es el de la Moncloa) de la saga de los “Gallinica”, que me trajo dos mascarillas a mi casa, cuando en la farmacia ya no quedaban, diciéndome: “A vosotros los mayores tenemos que protegeros los primeros como agradecimiento por lo mucho que habéis hecho por nosotros”. Me hubiera gustado escribir de cómo en las peores circunstancias el mismo paisaje hay que verlo con ojos nuevos. Recordé a Bertolt Brecht: “No aceptes lo habitual como cosa natural. / Porque en tiempos de desorden, / de confusión organizada, / de humanidad deshumanizada, / nada debe parecer natural. / Nada debe parecer imposible de cambiar”.

Asomado a la ventana tras los cristales vi como llovía en este día gris y triste. El texto a medio escribir, sin haber desayunado. No recordaba cuanto tiempo hacía que no comía churros. Las churrerías no son imprescindibles y por eso están cerradas. Así es que me he puesto a hacerme unos churros, yo que nunca había intentado hacerlos. Recordé el sabor festivo que tienen. Siempre me he preguntado por qué en las verbenas de ferias todas las peleas acaban frente a las churrerías.

Lo cierto es que mi falta de pericia en las artes churreras hicieron que más que churros desayunara papajotes. Esa masa frita que se vendía en los bulliciosos y efímeros zocos árabes de Al-Andalus, precursores de los actuales mercadillos semanales, en los que bajo el incierto e inestable equilibrio de cuatro palos y un variopinto toldo, se compraba y se vendía todo, y hasta se tenía tiempo para sosegar la gazuza matutina, acercándose a los peroles de humante aceite hirviendo donde se ofrecían recién hechos los “isfany“, como esferas huecas o papajotes, o el “mussammanat“, como esponjosas y crujientes tortitas bañadas en miel o en azúcar, que tanto me recuerdan a las papuecas.

¡Pensándolo bien, somos churros confinados!

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 17 de abril de 2020

Eufemismos gastropolíticos

Es el eufemismo el capote dialéctico con el que toreamos las palabras y descabellamos los conceptos que ellas albergan. Los capotes, como los eufemismos, tienen mucho de mentira disimulada, porque con los primeros ponemos la bravura del toro al alcance de la puya del picador para desgastarle su fiereza, y con los segundos le arrebatamos a las palabras lo que de fieras y puyazo tienen. Los eufemismos tratan, últimamente con mayor frecuencia, de ponerle el disfraz de “políticamente correcto” a las actuaciones incorrectas de los políticos.

Llamarle a la suegra madre política es un ejemplo de lo que suele hacer un eufemismo sin piedad alguna. No es la palabra suegra la que se percibe como deterioro del sagrado concepto de madre, sino es el de política quien parece envilecerla. Llamarle daños colaterales a las víctimas civiles de una guerra, o regulación de empleo a un despido masivo, tienen los mismos fundamentos y amparan los mismos argumentos que llamarles suavemente “hijos de mala madre” a los “hijos de puta” que dieron lugar a ello.

La gastronomía es fuente de “sabrosos” eufemismos, regalándonos algunos muy curiosos y de plena actualidad. Así, quien nos aburre con su discurso es un “pestiño”; quien se traga sin rechistar los argumentos de un discurso político es un “come talegas”; quien pese a todo sigue apoyando reiteradamente a quien lo engaña, es un “papa frita”; quien justifica como bueno y necesario lo que hace quien lo está engañando es un “mendrugo”; el ladrón que se lleva lo que no es un suyo es un “chorizo”; quien se va dejándonos su deuda, lo ha hecho endiñándonos una “cebolla”, y más que privarlo de libertad hay que “meterlo en el talego” para que no siga ”aliñándonos las cuentas” con las que nos da “gato por liebre”.

Dame pan y dime tonto, parecen decir algunos pese a que “ser más bueno que el pan” sea el eufemismo más castizo de tonto. Muchos ya no pueden ni ganarse el pan porque otros no paran de untarse con la manteca. ¡Hay que darle la vuelta a la tortilla!

© José María Suárez Gallego

Los políticos y el burro flautista

#MeditacionesDeUnConfinado

Han habido políticos, en todos los niveles de la Administración, y de todos los colores, que con el tiempo llegaron a creer que cuando recibían los votos del pueblo en las urnas, además de la confianza depositada en ellos, se les otorgaban cuatro licenciaturas (hoy grados), seis másteres universitarios, tres doctorados “cum laude”, dos doctorados “honoris causa”, cinco idiomas leídos, hablados y comprendidos, y algunos llegaron a creer que además les correspondía la “infalibilidad del Papa” y que por eso nunca podían equivocarse.

Esa soberbia del necio, parodiada en el burro flautista de la fábula de Tomás de Iriarte, la potenciaron algunos con las dos drogas que carcomen las esencias éticas de muchos políticos: La egolatrína y la pesebrína.

El presidente de la oposición, es sólo un ejemplo tomado al vuelo con más crónica que crítica, le echaba en cara al presidente del gobierno en sede parlamentaria, que ante esta crisis del Covid-16 se escudaba mucho en la opinión de médicos, científicos y técnicos. (¡Habiendo, digo yo, tantos nigromantes pijos, adivinos de media bola de cristal, quiromantes mancos, druidas de pueblo abandonado, chamanes de Amazón, brujas youtubers, visionarios descafeinados… A los que pedirle consejo!) Ante lo cual, sólo me encomiendo a los nuevos planes de estudios de la Universidad Nacional de las Urnas que se hagan después de que pasemos la mala experiencia del coronavirus, para que a partir de entonces, los votos otorgados democráticamente a un político sirvan además como matricula en el conservatorio superior de música en el que se enseña qué es una flauta, qué es un burro y que es un un burro flautista (por ese orden). ¡Y no nos hagan morir víctimas de sus desconciertos ante pandemias, crisis económicas y grandes “faenas” similares. Las próximas generaciones, si sobrevivimos, nos lo agradecerán.

¡Cuidaos y nos cuidaréis! ¡YoMeQuedoEnCasa

© José María Suárez Gallego

Fabula del burro flautista, de Tomás de Iriarte (1750-1791)

Esta fabulilla,
salga bien o mal,
me ha ocurrido ahora
por casualidad.
Cerca de unos prados
que hay en mi lugar,
pasaba un borrico
por casualidad.
Una flauta en ellos
halló, que un zagal
se dejó olvidada
por casualidad.
Acercóse a olerla
el dicho animal,
y dio un resoplido
por casualidad.
En la flauta el aire
se hubo de colar,
y sonó la flauta
por casualidad.
«¡Oh!», dijo el borrico,
«¡qué bien sé tocar!
¡y dirán que es mala
la música asnal!».
Sin reglas del arte,
borriquitos hay
que una vez aciertan
por casualidad.

Los cuentos y los miedos

A veces, el ajetreo de lo cotidiano nos mantiene ausentes de toda la tramoya de la vida. Fue ayer, desde mi balcón orientado al campo, cuando pude percibir que tras el ocaso se hizo un silencio de los pájaros que en mucho rememoraba la cita del Apocalipsis de San Juan, que da nombre a la extraordinaria película del sueco Ingmar Bergman “El séptimo sello” (1957): “Y cuando el Cordero abrió el séptimo sello, hubo un silencio en el cielo como de media hora”. (Ap 8:1)

Había una sensación de Peste Negra medieval en el ambiente, como en la genial película de Bergman. Pero a los humanos nos paren con cuentos, nos acunan con cuentos, nos amamantan con cuentos, y entre cuatro cirios nos envían a una eternidad allende el país de los miedos y de los cuentos. Siempre he admirado a quiénes los han escrito, porque en cada cuento nos han dejado un mensaje oculto: “La Historia no es más que la mentira encuadernada”. 

Los de mi generación, de jóvenes creíamos a pies juntillas en la armonía y en la transparencia de las ideas y de las cosas, y nos ha costado lo nuestro asumir que existe el mal. A sangre y fuego de desencanto hemos aprendido que existe la maldad gratuita; afición favorita de aquellos que le ponen zancadillas a la Historia –y a todo hijo de vecino–. Ya nos lo decía Voltaire, con el fino sentido del humor dieciochesco con el que adornaba su pensamiento ilustrado: “Una de las mayores desgracias de las gentes honradas es que son cobardes”. Y este mundo actual, en el que las ideas, los rencores, los odios y los miedos se han globalizado, parece estar hecho sólo y exclusivamente para chacales valientes.

Escribir es, ante todo, un gusanillo como el que mataban, cada amanecer, con aguardiente “matarratas” los mineros de mi tierra en otros tiempos, sin ser conscientes de que tarde o temprano ese gusanillo inofensivo acaba convirtiéndose en un dragón al que vencer, o, en el peor de los casos, en un espejismo por el que dejarse seducir. Es cuestión de cómo administremos las cobardías en el argumento de nuestros cuentos sin miedos.

Nunca sabemos cuánto tiene uno, en cada momento, de San Jorge matadragones o de arañilla de quicio chinchorrera. Simplemente se escribe lo que se vive, y hasta lo que se sueña, ejerciendo más de “corresponsal de barra tabernaria” que de “corresponsal de guerra injusta”.

Lo decía también Voltaire: “Entre lobos, conviene aullar de vez en cuando”, tal vez porque la razón última de que la Historia nos haya perpetuado un modelo de persona honrada y necesariamente cobarde, estribe en el empeño que los inspiradores de todas las globalizaciones posibles han puesto para que nos creamos que sólo nos hacemos merecedores de la diaria ración de progreso y bienestar, exclusivamente desde el silencio de los corderos. Pero vivimos la paradoja de la oveja que se pasa la vida temiendo al lobo, cuando ha de ser el pastor que las cuida quién las mate y se las coma.

Pese a todo, uno añora los cuentos de la infancia en los que los malvados nunca salían victoriosos y las gentes honradas, al final, eran felices y comían perdices.

A veces, la cautela, la prudencia y el ánimo de los políticos en su afán de no crear alarma social, acaba haciéndoles olvidar que nunca duelen dos cosas a la vez. Es por ello por lo que nunca sabemos si nos duele más lo urgente o lo importante, o tememos ambas cosas por igual.

Una democracia sin miedos y sin cuentos implica una sociedad de valores, en la que no caben los remilgos semánticos que las dictaduras dejan marcados en el subconsciente colectivo de una sociedad cada vez más propensa a que le afloren progres de derechas, pijos de izquierdas, pelagatos culturales, mindundis laborales, pillabichos financieros, salvapatrias de opereta, virus con nombre de corona, y una corona que parece un virus.

A la caída de la tarde pude apreciar que los pájaros no cantaban. Parecían observar en silencio el nacimiento de una crisis en el país de los cuentos y de los miedos, en el que como siempre la mayoría pierde mucho, y unos pocos sólo pierden los escrúpulos.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 20 de marzo de 2020

Cuando la verdad nos hace indiferentes

No he encontrado el nombre del autor de la ilustración al no ir firmada.

No soy el único a quién se le ponen los pelos como escarpias cada vez que se topa con alguien que se arroga el privilegio de  hablar en nombre de Dios, porque la mayoría de las veces, tras esta sutil prerrogativa de los que se atreven a interpretar los deseos divinos, acaban escondiéndose sutiles pretextos para justificar intereses económicos –algunos inconfesables–, ambiciones de poder –muchas insaciables–, y  personalísimas soberbias –con bastante “santa ira”–.

Uno, que ya cuenta en su haber con acantilados y precipicios en los que rugen los desencantos y aúllan los espantos, ha conocido a sesudos ateos que de tanto negar a Dios han acabado creyendo en él; y a “piadosos” creyentes que portaban con la misma desfachatez hipócrita la cruz en el pecho que el diablo en los hechos.

Los estudiosos de los fenómenos religiosos nos cuentan que allá por el siglo XVIII –al que llamaron de las luces– la Cristiandad pasó el “sarampión de la Ilustración”. Esto es, en plan simplista, que la vara de rey –o de alcalde–, y el báculo de papa –o de obispo–, dejó de estar en una única mano, comenzándose a vislumbrar –en lo terrenal y en lo celestial— de si el mandamás civil lo es por la gracia de Dios, o de si Dios existe, o deja de existir, porque lo diga el mandamás. Este sarampión histórico del reparto de poderes cívico-religiosos aún no lo ha pasado, por ejemplo, el mundo islámico, y ahí está el guirigay que tienen montado algunos “ayatolás” gobernantes al mezclar ingredientes socialmente tan incendiarios como la guerra santa, el paraíso de los mártires y el precio del petróleo.

El rifirrafe sobre el PIN parental, o como termine denominándose, va un poco por esa línea, por el sempiterno tira y afloja entre el poder civil y el religioso a la hora de adiestrar, formar, instruir, disciplinar, educar o amaestrar a una juventud que cada vez muestra menos interés por los paraísos prometidos, y cada vez le cuesta más hacerse un hueco en esta jungla social llena de falsos tarzanes y traficantes de monas Chitas. Tanto al fenómeno religioso, como a las ideologías políticas, se les está quedando obsoleto y caduco el marketing con el que quieren hacernos llegar sus mensajes.

En definitiva, eso de que “la verdad nos hace libres” no está reñido en absoluto con que “la libertad nos hace verdaderos”. Por mucho pánico que a algunos les de que los más jóvenes lo descubran y lo sufran en sus propias carnes y en sus propias almas.

Tal y como van las cosas, de momento, “la verdad nos hace indiferentes, y “la libertad nos hace cabreados”, en un tiempo de alarma y confinamiento en el que un virus tiene nombre de corona, y la corona parece un virus.

© José María Suárez Gallego

Piedras lunares

El recordado Manolo Anguita Peragón tuvo en este periódico hace años una sección denominada “Piedras lunares” en la que solía publicar sus artículos. Nunca he tenido claro si  estas piedras, cada vez que se les invoca desde los versos del nunca olvidado Miguel Hernández: “Jaén levántate brava sobre tus piedras lunares, no vayas a ser esclava con todos tus olivares”, están ahí solamente porque riman, o si hay que ir a algún sitio a reclamarlas. ¿A qué organismo debemos ir a recogerlas? ¿O cada cual, ese día en el que Jaén decida levantarse, tendremos que llevarnos nuestras propias piedras lunares desde nuestras casas?

A estas alturas de la historia ya hemos asumido que la Europa que nos vendieron los europeístas convencidos, por mucho Himno a la Alegría beethoveniano que le pusieran al videoclip de promoción, no ha sido otra cosa que un cajón repleto de intereses más que de ideas, en el que no tienen cabida las piedras lunares.

Hasta no hace mucho se ha aceptado que es el ánimo humano quién crea la riqueza, llegándose a pensar ingenuamente que es preferible un hombre sin dinero, que el dinero sin hombres. Ahora, con las martingalas con las que nos embaucan el neoliberalismo y la revolución tecnológica, estamos comprobando en nuestra carne social que no sólo hay hombres y mujeres sin dinero –cosa muy lamentable-, sino que el dinero ya es capaz de generarse sin la laboriosidad de mujeres y hombres, es decir, la exaltación de la especulación pura, que en boca de mi tabernero de cabecera no es otra cosa que: “El dinero no da la felicidad… ¡es la felicidad¡”

La marca España en este crepúsculo social de valores, está llena, sobre todo, de “pájaros de cuenta” con contabilidades poco claras; de pavos reales con vocación de gallos de Morón desplumándonos desde los paraísos fiscales; y de cuervos carroñeros pululando por el mundo laboral de la precariedad y de quiénes no pueden vivir dignamente de su trabajo.

Hasta que en el siglo XVIII a nuestros pensadores de la Ilustración se les encendió la luz y se percataron de que es sólo la laboriosidad de sus gentes lo que engendra la prosperidad de los pueblos, se pensaba y defendía a macha martillo que las naciones se hacían más grandes con sólo ampliar sus fronteras y defender las peculiaridades de su identidad colectiva. Apreciaron en su disquisición economicista cómo era posible que poseyendo España tantos territorios –incluidos los de ultramar– y tantas fronteras, disponiendo de un idioma universal, y sobre todo estando protegida por el único Dios verdadero, ¡ahí es nada¡, cómo era posible entonces que la inmensa mayoría de las gentes que la habitaban vivieran en la miseria. Famosa es la frase de Carlos III, rey que ya lo fue de Nápoles durante veinticuatro años antes de serlo de España, en la que resumió la idiosincrasia celtibérica: “los españoles son los únicos que cuando se les quita la mierda lloran”.

Casi tres siglos después, con la globalización de la información, y la desinformación globalizada, los territorios ya no hacen grandes a las naciones, ni la laboriosidad de sus gentes generan el progreso, y la España olvidada y vaciada es una consecuencia del pretendido progreso que se nos prometió como la panacea de todas nuestras tribulaciones, y más que curarnos de ellas nos ha hecho adictos al victimismo endémico.

La cultura de la subvención nos ha hecho más “señoritos” europeos que “españolitos” laboriosos. Lo decía Einstein: “Sin crisis todo viento es caricia”. Ahora, no nos queda otra que superar este vendaval de bofetadas.      

Viendo lo que veo, y escuchando lo que escucho, cada vez tengo más claro que tras la metáfora de las piedras lunares en realidad estamos nosotros, los hijos y las hijas de Jaén. ¡Pero la luna está tan lejos! Y habría que ir a por las piedras de noche, que es cuando la luna sale, y es precisamente cuándo estamos durmiendo y cuándo mejor se está en la cama.

Corremos el riesgo de que una vez dispuestas todas las piedras lunares, y digan de levantarnos, algunos no se despierten y sigan soñando sus sueños de metáforas.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 21 de febrero 2020

 

Verdad y vino

Asistimos atónitos al espectáculo de la supremacía de la posverdad en el mundo de la política. Hoy es más fácil creer en lo inverosímil que en la verdad. Ya no se trata de que la verdad nos haga libres, sino de que nuestra libertad sea verdadera. Esto en el fondo no es ni más ni menos el eterno retorno de un Prometeo que cada día, a la caída de la tarde, sigue robándole el fuego a los dioses y encadenando su destino a la roca que sostiene los sueños de todo el género humano: Disponer de pan, aceite y vino para tomarlos en paz y como hermanos. Pero sin llegar a la exageración con la que algunas veces nos sorprende nuestro contertulio el Caliche: “El pan, con ojos; el queso en aceite, sin ojos; y de vino hasta los ojos”.

            “In vino veritas”, en el vino está la verdad, hemos oído decir en alguna ocasión, pero está la verdad si el que lo bebe la posee previamente, pues se ha visto a quienes hartos de vino (con el vino hasta los ojos que diría mi contertulio El Caliche), decían grandes necedades, y cómo ilustres abstemios no se le quedaban a la zaga a la hora de hacer doctorados en ciencias de la estulticia. Vino, verdad y política pueden ir juntos, pero nunca revueltos. Las consabidas “fakes news”, las mentiras y los engaños que se generan en la política actual son más de vino peleón y de mala uva, que de un gran reserva.

            Cuenta Cayo Tranquilo Suetonio, habitante de la vieja Roma, en las Vidas de los doce Césares, que al emperador romano Tiberio, cuyo nombre completo de familia era Tiberius Claudius Nero, sus soldados le llamaban Biberius Caldius Mero, donde esto de mero alude al “merum“, que así llamaban los romanos al vino puro. Ni que decir tiene que la chanza cuartelera sobre la afición del emperador a darle al mollate, habría de costarle a algún valeroso guerrero el destino forzoso a los confines del Imperio, si es que de tal trance salió con el cuello indemne en primera instancia.

            Tanto los romanos, como los griegos, bebían el vino rebajado con agua, y sólo lo tomaban puro en el desayuno y siempre mojado en pan, de ahí que las tropas de Tiberio hicieran malicioso hincapié en la afición al vino, al vino sin bautizar, de su comandante en jefe, denominándolo Mero.

            Y la cosa llegaba hasta el extremo de que, en los banquetes romanos, ya fueran de senadores de mucho ringorrango, o de procónsules de medio pelo, o fiestecilla de centuriones de tresalcuarto, se elegía al “arbiter bibendi“, es decir aquel que en cada momento debía decidir, según anduvieran los efluvios del patio, la proporción de agua que había que echarle al vino. Costumbre ésta sólo observada en el Imperio, pues como ya comentaba Cicerón “los bárbaros creían envenenarse si bebían el vino mezclado con agua“. Bien se ve, pues, que siendo antigua la costumbre de adulterar lo bueno, no es costumbre bárbara, sino muy civilizada, aunque poco conveniente y muy perniciosa, que a ciencia cierta no sabe este corresponsal de barra, más que de guerra, a vela de qué santo le vienen a la memoria aquellas palabras del Palafrenero de la Lozana Andaluza cuando a ésta le dijo muy convencido: “Que bien dice el que dixo que de puta vieja y de tabernero nuevo me guarde Dios“, y a lo cual sólo nos quede decir por nuestra parte que Amén.

            Luego, en el vino, no hay más verdad que los cuatro puntos cardinales del universo tabernario, descrito y sintetizado así en los versos de Baltasar de Alcázar: “Porque llego allí sediento / pido vino de lo nuevo, /mídenlo, dánmelo, bebo, /págolo y vóyme contento“.

Le oí decir a Camilo José Cela, que todas las ocasiones son buenas para beber un vaso de buen vino, leer un libro discreto, pasear por el campo mientras se escucha el canto del jilguero, mirar para la luna y amar a una mujer que no sea demasiado latosa, que también las hay –si bien es cierto que este cuento puede aplicárselo cada mujer con respecto a algunos varones harto pejigueras, que haberlos también háylos, sobre todo en la política que se hace a base de mentiras y con mala uva–.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el sábado 24 de enero de 2020

Los otros inocentes

El infanticida Herodes ha pasado a la historia de las maldades por ser el paradigma de todos aquellos que han pretendido degollar la esperanza desde su raíz más tierna. Intentó aniquilar conceptualmente la única virtud que nos queda después de habernos vapuleado la fe con el falso misticismo de los oropeles y las parafernalias barrocas. ¿Qué hubiera sido de los que todas las primaveras andan pidiendo escaleras para subir al madero, si el prefecto de Judea, Poncio Pilatos, en un arrebato de insensatez política, en vez de lavarse las manos como un cobarde, hubiera liberado a Cristo en vez de a Barrabás?

La esperanza, que intentara erradicar Herodes a machetazos sobre cuerpos indefensos, es lo único que nos queda también cuando la fe se nos diluye ante situaciones susceptibles de ser resueltas con la caridad,  esa otra virtud que bastantes veces nos sonroja cuando se la utiliza para tapar injusticias que claman al cielo. La caridad, se mire por dónde se mire, es la virtud que nos mantiene en pie cuándo hemos perdido todas las demás, incluida la esperanza de no perder la esperanza, de ahí que Herodes, y todos los reyezuelos que regentan el desaliento, siempre hayan puesto especial interés en cercenar manu militari a todos los profetas que prometen la llegada de un salvador de causas perdidas, o de un libertador de cotidianas cadenas.

Frente al televisor, cada día, se me clavan como puñales los ojos de los niños de las pateras y las barcazas de refugiados. Y experimento cómo mi silencio cómplice me hace sentirme como Herodes. África, con todos sus negros que huyen, cada vez más nos exige la oportunidad de participar en el progreso que les hemos ido hurtando durante siglos en los que a cambio de la fe sumisa en el gran “bwana” blanco le hemos esquilmado sus recursos y les hemos provocado circunstancias sociales fundamentadas en la injusticia.

El gran secreto para que la democracia funcione reside en la habilidad que sus dirigentes tengan para “fabricarse” el consentimiento de los ciudadanos, en su mayoría votantes de diseño que se alimentan de “manjares políticos” que sólo existen como tales en la etiqueta que los envuelve.

Releo un libro vigente: “Contra el fanatismo”, editorial Siruela, Madrid, 2007, del escritor pacifista israelí Amos Oz: “Se trata de una lucha entre los que piensan que la justicia, se entienda lo que se entienda por dicha palabra, es más importante que la vida, y aquellos que, como nosotros, pensamos que la vida tiene prioridad sobre muchos otros valores, convicciones o credos. […] Se debe a la vieja lucha entre fanatismo y pragmatismo. Entre fanatismo y pluralismo. Entre fanatismo y tolerancia”. Echa uno cálculos y comprueba la cantidad de fanatismos que nos rodean: Políticos, económicos, religiosos, nacionalistas y hasta deportivos. Sin darnos cuenta los asumimos sin el menor espíritu crítico. En la bipolaridad mental que nos han sumergido sentimos la pereza de ser críticos en una sociedad en la que pervivimos como indigentes emocionales. En el fondo todo se reduce a contestar una pregunta sin imaginación: ¿Y tú con quien estás? ¿Y tú de quién eres? Como si debiéramos llevar grabado el hierro de la ganadería a sumisión y fuego. Reivindico aquí el pensamiento del canciller que tuvo que reconstruir la mitad de Alemania después del nazismo, Konrad Adenauer: “No hace falta defender siempre la misma opinión porque nadie puede impedir volverse más sabio”. No existe, por tanto, una opinión que valga más que una actitud plural y democrática, que no renuncie al debate y que no tema rectificar o evolucionar. Es difícil imaginar sólo hace un puñado de años que al siglo XX habría de sucederle de inmediato el siglo XI. ¡Nos están adiestrando en el fanatismo medieval!

Frente a tanto “señorito Iván” revestido de Herodes luchando contra la esperanza de tantos otros santos inocentes, reivindico el “¡Milana bonita!” del Azarías que nos describió magistralmente el maestro Delibes.

¿Por qué algunos se empeñan en hacer pobres durante todo el año para luego poder hacer caridad con ellos en Navidad?

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario Jaén el viernes 27 de diciembre de 2019

Despeñaperros emociona

Hoy viernes y mañana sábado van a tener lugar en la población de Santa Elena las Jornadas sobre Patrimonio Histórico y Cultural del Parque Natural de Despeñaperros, con las que su Junta Rectora, al amparo de la Delegación de la Consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca y Desarrollo Sostenible, y la colaboración del Ayuntamiento de Santa Elena, ha querido conmemorar el trigésimo aniversario de la creación de este parque natural en 1989. Estas jornadas, como las que se celebraron en el pasado mes de mayo con el mismo motivo poniendo de manifiesto los aspectos de biodiversidad y medioambientales de Despeñaperros, han sido coordinadas por su director conservador el doctor en Biología José Ambrosio González Carmona.

            El Parque Natural de Despeñaperros, pese a no tener una extensión sobresaliente, como ocurre con otros de la provincia, posee una riqueza en flora, fauna y geología que lo hacen peculiar, si bien son sus aspectos históricos los que hacen de él un rico poliedro  cultural digno de tenerse en cuenta a la hora de conocerlo y disfrutarlo, en el que la gastronomía tradicional de su entorno es un acicate más para que la palabra cultura se escriba con letras mayúsculas cuando se une a su nombre.

            En la provincia de Jaén se encuentran numerosas manifestaciones del arte rupestre mediterráneo, que forman parte del conjunto declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1998. En el entorno del Parque Natural de Despeñaperros se encuentran varias decenas de estas manifestaciones pictóricas. Será el profesor Miguel Soria Lerma quien ponga de manifiesto la importancia de este patrimonio cultural.

            La directora del Museo Íbero de Jaén, Concha Choclán Sabina, disertará sobre la historia del santuario íbero de la Cueva de los Muñecos, situada en el Collado de los Jardines.

            El catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Jaén, y presidente de los cronistas oficiales de la provincia de Jaén, Juan Carlos Castillo Armenteros, versará sobre el Despeñaperros medieval y el origen y evolución de sus estructuras y conjuntos fortificados.

            El sábado, el cronista oficial de Santa Elena, Francisco José Pérez-Smith Fernández pondrá de manifiesto los aspectos históricos de los caminos reales y el paso de Despeñaperros en el contexto del proyecto ilustrado.

            María Águeda Castellano Huerta, presidenta de la Comisión Nacional para la Conmemoración del 250 Aniversario de la Promulgación del Fuero de 1767, hablará de Despeñaperros en el contexto de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena.

            El historiador Francisco Cerezo Villa tratará sobre el bandolerismo en Sierra Morena, tema en el que Despeñaperros sigue formando parte de un mito que cabalga entre la realidad histórica y la leyenda popular.

            Me tocará a mí hacer una modesta aportación para clausurar las jornadas como investigador y presidente de su Junta Rectora, poniendo de manifiesto las raíces culturales del Parque Natural de Despeñaperros y hacia donde crecen sus ramas, o sería bueno que crecieran, en un futuro previsible.

            Un parque natural, un espacio protegido, debe ser ante todo un ejercicio de didactismo encaminado a poner en valor la capacidad de respetar como una de las facetas más valorables del ser humano. Respetar el entorno que habitamos y con quienes lo compartimos es lo que sublima nuestra condición humana. Sin la capacidad del respeto hacia lo diverso y lo distinto es imposible que florezca la cultura.

            Despeñaperros siempre me ha sugerido una tremenda emoción, la del zaguán que da entrada a la propia casa cuando se regresa. De Despeñaperros no nos vamos nunca, pero siempre tenemos la sensación de estar regresando.

            Y tras la hendidura de Despeñaperros se abren las tierras de Olavidia. ¡Por fin Andalucía!, emoción que se derrama de las entrañas mismas de Sierra Morena buscando el curso del padre Guadalquivir para abrazarse con la mar océana en la lejana Sanlúcar. Y a lo alto Santa Elena, bajo la mirada centinela del Castro Ferraz, actúa como partera en el nacimiento de las tierras andaluzas.

© José María Suárez Gallego

Ponentes y miembros de la Comisión Nacional Fuero 250
Publicado en Diario Jaén el viernes 29 de noviembre de 2019