Maravillosamente locos

No hace tanto tiempo imaginábamos que los primeros años del siglo XXI nos traerían una idílica sociedad del ocio en la que trabajando poco –porque el trabajo lo harían los robots– dispondríamos de mucho tiempo libre para la holganza, teniendo para ello una capacidad adquisitiva suficiente para costearnos lo propio del vivir de cada día, y los gastos del divertimento de hacer las cosas que más nos gustasen.

El caso es que las nieves del tiempo ya han plateado mis sienes, y mi bigote ha perdido su negrura, pero no su rebeldía, y cada mañana frente al espejo recuerdo con mayor asiduidad unos versos del insigne andaluz Caballero Bonald: “Somos el tiempo que nos queda”, lo que me lleva a vivir cómo si no hubiera mañana. De la idílica sociedad del ocio surgida de una pretendida jornada laboral de menos horas y más salario con la que soñábamos en aquellos tiempos en los que Neil Armstrong pisó por primera vez la Luna, hace ya cinco décadas, hoy queda más bien poco. Las máquinas y los ordenadores no se instalan en las empresas para que los trabajadores trabajen menos, como se nos hizo creer entonces, sino para que trabaje un menor número de operarios, y los que lo hacen lo hagan por menos dinero, y en un mundo que no se cree que hace cincuenta años los humanos pisamos la Luna.

Cada día nos levantamos con la resaca emocional de haber vivido el día anterior con la sensación de ser menos “ciudadanos” y más “consumidores”, sabiendo que lo que se espera de nosotros es no contravenir los presupuestos generales del estado, siendo más rentables, más dóciles y menos reivindicativos, ante lo cual no tengo otra defensa moral que reclamar íntimamente mi derecho a la pereza, como hizo Pablo Lafargue, el yerno de Marx, en una crítica feroz a una sociedad capitalista y kafkiana que para perpetuarse necesita el motor del “eso es lo que hay” impuesto a los consumidores, en contraposición al “precisamente no es eso lo que queremos” que reclamamos como ciudadanos. En base a eso, cada vez más se le exige a quien aspira a un puesto de trabajo una mayor formación para cobrar menos y trabajar más en una sociedad deshumanizada, donde los momentos de holganza se dedican, sobre todo, a calcular la deuda pendiente de nuestra hipoteca.

Hace algunos días hablando de estos temas con mi contertulio el Caliche, éste me preguntó si –de ser posible– estaría dispuesto a volver a nacer de nuevo y vivir la vida con la experiencia de haberlo hecho ya una vez. Le dije que no. Que jamás renunciaría a mis cumpleaños infantiles celebrados con una tarta casera de galletas María empapadas en almíbar y cubiertas con chocolate y coco, y hecha con mucho cariño por mi abuela Encarna. Nunca me expondría, como un incipiente consumidor actual, al peligro de celebrar algo en el desamor impersonal de un Telepizza o un McDonald, a menos que como ciudadano libre me dejaran colgar un cartelito: “Ama tu trabajo, pero no te enamores de tu empresa, porque nunca sabes cuándo dejará de amarte”, o bien “Ama tu jubilación, pero nunca te enamores de ella, porque nunca sabes cuándo dejarás de amarla”.

El domingo próximo a las seis de la mañana asistiré a un peculiar concierto en el castillo renacentista de Sabiote. Mi buen amigo, al que quiero como un hermano, Jesús Paulano, me ha convocado para que vea amanecer en vivo y en directo a los sones de la Sinfonía n. 9 en re menor, Op. 125 “Coral” de Ludwig van Beethoven interpretada por la Partiture Philharmonic Orchestra bajo la dirección de Juan Paulo Gómez. Además, aportarán sus voces Natalia Serrano (soprano), Anna Gomà (mezzo), Ángel Luis Molina (tenor), David Gascón (barítono), el Coro Ciudad de Jaén y el Partiture Chorus. Este concierto dará vida a un nuevo proyecto solidario bajo el nombre de “Sabiote en alma” que difunde los valores que la música como energía tiene para movilizar emociones positivas y mejorar la comunicación entre las personas. Renacimiento, amanecer en el mar de olivos, oda a la alegría, Beethoven… ¡Maravillosamente locos para sentirse vivos!

© José María Suárez Gallego

Pulicado en Diario Jaén el viernes 26 de julio de 2019

Mecenas del tiempo

Hace algún tiempo, en los cursos de la entonces denominada Universidad de Verano “Antonio Machado” de Baeza, compartí durante unos días, aula, cerveza a la una y cuarto, y tapas de caracoles picantes, con una estudiante japonesa que había venido a España tras los tópicos de don Quijote buscándole las entretelas al flamenco. Son las tertulias que se desarrollan en las aulas tabernarias, y no en las académicas, las que más te enriquecen durante estos cursos, diseñados la mayoría de las veces más para satisfacer el deseo irreprimible de hablar de lo profano y lo divino de la vida frente a una copa de vino, que para plantearse a la sombra de un proyector de diapositivas si el mundo en el que vivimos tiene solución.

A mi condiscípula japonesa, ante una tapa de caracoles picantes, le salía la vena filosófica oriental y a la primera de cambio, justamente cuando le hacía efecto la segunda caña de cerveza, contraponía el lento caminar de las “cabrillas” frente a las prisas que nos llevan de cabeza todas las horas de nuestra vida. Poco menos venía a decirnos que en su lejano país se tenía la creencia de que si uno se comía unos escalopes de gamo, o un arroz con conejo, adquiría metabólicamente del gamo y del conejo sus irrefrenables deseos de correr y saltar por las calles. En cambio, de los caracoles recibíamos la sabiduría de la cadencia pausada de su lento caminar, lo que hacía posible que se nos alargara la vida a fuerza de estirar sus horas y ensanchar los criterios con los que nos enfrentamos al mundo. “Mardita sean las prisas”, decía con estudiado acento andaluz aquella ciudadana suburbial de Tokio.

Nos contó que en Japón cuando alguien va a visitar a un enfermo, en vez de llevarle pasteles –costumbre que tristemente también se está perdiendo por estos pagos— se le obsequia con muchísimas y diminutas figurillas de papiroflexia, “origami” lo llaman en Japón, –de pajaritas de papel y similares–,  que sin otro motivo que dejarle patente al obsequiado que lo que en realidad se le regala es el tiempo invertido en hacerlas, y, sobre todo, la paciencia para no perder los nervios al tratar de componer con una simple cuartilla de papel todos los bichos del arca de Noé en un tamaño de dos centímetros cada uno.     

            Hace unos meses recibí un correo electrónico de mi amiga japonesa en el que añoraba aquellos cursos de Baeza en los que hacíamos gastrosofía sobre la vida frente a unas tapas de caracoles. En la actualidad es cooperante voluntaria en Centroamérica, regalando el mayor y mejor de nuestros patrimonios: el tiempo. En estos días la recuerdo cuando veo las crónicas de muertes en las fronteras entre Estados Unidos de América y el resto de los otros americanos.

Aquí ya hemos aprendido a disfrutar de la paciencia, comiendo tapas de caracoles y haciendo pajaritas de papel con nuestros proyectos sempiternamente estancados. Esperando a que algún día un tren nos saque de este paraíso perdido cargado de resignación.

La paciencia tendremos que implorársela a los nacionalistas de taberna, a los pseudoácratas crónicos, a los cuasilibertarios incurables, a los escribanos andariegos que hicimos nuestro el pensamiento del poeta andalusí: “Antes es el vecino que mi casa, antes el compañero de viaje que el camino”. Con el paso de los años no nos queda más patrimonio salvable que unos mostachos desmelenados, irradiando fulgores de plata y curtidos por el humo de cien mil batallas –todas ellas perdidas, por cierto– y el regusto de los taninos mágicos del buen vino bebido en paz y entre hermanos, eso sí con la lección bien aprendida de que somos capaces de comernos cualquier cosa, pero no en cualquier sitio, ni con cualquiera. Bien se sabe que todo español que se precie de ello, a lo que de verdad aspira en la vida es a que le honren con un pasodoble torero que suene en la romería de su pueblo, en honor de quienes regalan su tiempo para que muchos no se ahoguen en la mala baba de los que creen que nuestra paciencia y las piedras lunares les pertenecen por derecho divino.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el lunes 8 de julio de 2019

Subirse a un árbol

Los de mi generación idealizábamos, en nuestra juventud, la armonía entre las ideas, y nos ha costado lo nuestro asumir que existe el mal irremediable. A golpe de desencanto hemos aprendido que existe la maldad gratuita, afición favorita que practican aquellos que le ponen zancadillas a la Historia (con mayúscula) sin beneficiarse en nada de ello. Ya nos lo decía el ilustrado Voltaire: “Una de las mayores desgracias de las gentes honradas es que son cobardes”. Y este mundo, repleto de ideas globalizantes, parece que está hecho sólo y exclusivamente para chacales valientes.

            Pero es el mismo Voltaire quién nos da la solución: “Entre lobos, conviene aullar de vez en cuando”, posiblemente porque la Historia (con mayúscula) nos haya perpetuado un modelo de persona honrada pero necesariamente cobarde, inspirado en el empeño que los creadores de todas las globalizaciones posibles han puesto para que nos creamos que sólo nos hacemos merecedores de la diaria ración de progreso y bienestar, exclusivamente desde el silencio de los corderos. El “come y calla” con el que pretendieron vanamente amamantarnos a toda una generación, que seguimos creyendo en la armonía y la transparencia de las ideas como el mejor antídoto frente a todos los que desde la maldad gratuita le siguen poniendo zancadillas a la Historia, y, sobre todo, a los pobres corderos que nos atrevemos a aullar.

Alguna vez, a modo de ejercicio contra el conformismo “cobarde y buenista”, sería saludable que cuando nos sintiéramos hundidos e ignorados, nos subiéramos a un árbol y gritáramos desde arriba que no nos queremos bajar. Comprobaríamos que todos cuántos nos hunden y nos ignoran tratarían de convencernos para que nos bajáramos “por nuestro bien”, y volviéramos a la soledad del hundimiento que marca el sistema.

Es como si quisieran devolvernos al modelo básico medieval de las relaciones interhumanas: Un señor que prefiere la libertad a la vida, frente a un siervo que prefiere la vida a la libertad. La superioridad del señor sobre el siervo es esencial en este modelo de vasallaje. Cervantes nos propone otro modelo: la complementaria oposición entre la conducta según la inteligencia y el ideal, de don Quijote, y la conducta según los sentidos y la realidad, de Sancho Panza.

Pero uno de los peores males que puede envenenar las entretelas del ser humano es el “espíritu del yogur”, que te hace sentir un día que ya estás caducado y asumes que envejecer dignamente es un arte que se exhibe sin pudor ante los que te quieren bien y, sin embargo, te apuñalan en sus sueños. Que de todo hay en el navajeo del subconsciente

Las personas, como las ciudades, somos lo que buscamos en ellas. Y llegado el caso podemos perdernos en un anhelo, o en un estrechón de manos, en un deseo hecho acera, o en una querencia hecha esquina. Pero la mayoría de las veces son las ciudades las que acaban perdiéndose en la complicada geografía que delimita nuestras frustraciones. En el fondo, en nuestras ciudades lo que buscamos siempre es un aparcamiento, y a ser posible no pisar las cacas del perro de nuestro vecino, que sabe cómo nadie cagarse en el lugar y a la hora precisa que pasamos en busca del urgente eclipse total de nuestras almas.

Al fin y al cabo, las ciudades y el amor son como los relojes, que cuanto más sencillos mejor funcionan, pese a que la mayoría de las veces nadie sepa dónde y a qué hora dejamos, mucho antes de que caducáramos, la trenca en cuyos bolsillos olvidamos las manos que un día acariciaron la desnudez de nuestros sueños imposibles, cuando nadie le ponía precio a los labios en los que abandonamos, como unos zapatos viejos, nuestros besos primeros. Los que nos hemos hecho mayores robándole las esquinas a las canciones de Sabina, sabemos que nuestros corazones de gentes decentes y respetables conservan la rebeldía inefable del garrafón en vaso de plástico. Y ese, y no otro, es el verdadero impulso que esconden nuestras ciudades en los árboles a los que subirse algún día como purga de nuestras cobardías.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 28 de junio de 2019

Poesía gastronómica

Atenea junto a las musas, de Frans Floris (c. 1560)

Decía el inefable Oscar Wilde con su flema británica, que desde un buen banquete se podía perdonar a todo el mundo, incluso a los parientes. La sabiduría popular ha sabido edificar en el refranero un templo en el que venerar las cosas del comer: “Después de Dios, la olla; y todo lo demás es bambolla“. Y es que alimentarse ha pasado de ser una mera necesidad a todo un arte en el que se explaye el talento humano, y ahí estriba la diferencia entre la oveja que pace y el hombre que come. Brillat Savarin, el jurista francés que vivió a caballo entre los ilustrados del siglo XVIII y los románticos del XIX, y quien es tenido como el padre de la literatura gastronómica, llegó a decir que la invención de una vianda contribuye más a la felicidad del género humano que el descubrimiento de un nuevo astro, siendo por ello tal vez por lo que no sólo los frailes han de ser cocineros antes de tomar el hábito monacal, sino también los astronautas antes de emprender viaje a las estrellas.

Pero la filosofía tradicionalmente ha denostado a la cocina al considerarla una actividad sin mayor relevancia conceptual. Esta visión fue iniciada por Platón, reafirmada por Aristóteles y conservada durante siglos sin ninguna crítica, hasta que en el siglo XX el pensamiento postmoderno vuelve su vista sobre el cuerpo y todo lo que conlleva.

Efectivamente el filósofo Platón en un dialogo de El Banquete entre Sócrates y Apolodoro, nos dice que “la cocina no es un arte, es más bien una especie de rutina cuyo objeto es procurar el bienestar y el placer”.

Pese a todo Brillat Savarin, con la publicación de su libro “Fisiología del gusto” (1825), consideró la cocina como una de las bellas artes y declaró a Gasterea como la musa de la gastronomía, quien “preside los deleites del gusto”, uniéndola a las nueve musas canónicas ya establecidas por el mundo clásico, y desmintiendo, de paso, los criterios al respecto del gran Platón.

En la mitología griega las musas eran divinidades femeninas. Para los escritores más antiguos, eran las diosas inspiradoras de la música, posteriormente se estableció que estas musas presidían los distintos tipos de poesía, así como las artes y las ciencias.

Calíope, la de la bella voz, era la musa de la elocuencia, la belleza y la poesía épica. Erato es la musa de la poesía lírica-amorosa y es representada en diversas obras con una lira. Polimnia es la musa de los cantos sagrados y la poesía sacra. Terpsícore, la que deleita en la danza, es la musa de la danza y la poesía coral. Talía era la musa de la comedia y de la poesía bucólica. Urania, la celestial, la musa de la astronomía, poesía didáctica y las ciencias exactas. Correspondería a Gasterea ser la musa de la poesía gastronómica y de la cocina como una de las bellas artes, según Brillat Savarín.

A tenor de lo dicho, la Orden de la Cuchara de Palo, con el apoyo del Ayuntamiento de Guarromán y de la Asociación Comisión Nacional Fuero 250, va a convocar un Certamen Literario Nacional de Poesía Gastronómica, que en esta primera edición girará sobre “Quesos y Versos”, aunque también se contará con una sección de temática libre.

Bien es sabido que la poesía es una forma de reivindicar, o de revolucionar. En Estados Unidos, Charles Simic (1938) y Mark Strand (1934-2014) son dos poetas que se percataron de que, cuando se mencionaba algún plato o manjar en sus poemas, recibían una sonrisa de su público, y a partir de ese momento crearon un movimiento: la poesía gastronómica. Con ella se propusieron llegar a un país en el que la gente apenas leía, pero sí se deleitaba comiendo y bebiendo.

En Jaén tenemos como botón de muestra de esta gastropoesía “La cena jocosa”, del sevillano Baltasar del Alcázar, siglo XVI, poema en el que se exaltan todas las viandas de las que se podía disfrutar en esta tierra en el Siglo de Oro.

Dentro de la poesía con contenido gastronómico, gastrosófico más bien en este caso, me quedo con unos versos de la sin par Gloria Fuertes: “La vida es como hacer una tortilla, ¡cuestión de echarle huevos!”. Pero con mucha poesía, añado yo.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 31 de mayo de 2019

La aceituna de Popeye

Al hombre lo curan las medicinas, y no siempre, pero lo que de verdad lo hace feliz es lo que sale de las cocinas y de las bodegas. Es debido a ello por lo que es motivo de regocijo el que proliferen encuentros gastronómicos encaminados a traernos un poco de felicidad a través del olfato y el paladar, únicos sentidos que ni los americanos, que han ido y venido a la Luna, ni los japoneses que nos han llenado la casa de chismes y trastos electrónicos, han podido grabar, de momento, para posteriormente ser recordado como si se tratara de una película o de una canción. Cada plato con sus viandas es, por tanto, una vivencia única, irrepetible, sólo recuperable del tiempo a través de una acción intelectual y voluntaria que, afortunadamente, nos hace poner en su sitio a tantos cacharros que en una absurda guerra de lo inerte nos han sido dados para hacernos meros espectadores de nuestra propia vida.                

El periodista norteamericano Mort Rosemblum, en su interesante libro “La aceituna. Vida y tradiciones de un noble fruto” (Tusquets, 1997), nos dijo que, para mucha gente de este mundo, una aceituna no es más que un humilde bulto en el fondo de un martini. Es decir, una gran dosis del vértigo morboso que sentimos cuando hacemos puenting en el abismo de nuestra cultura mediterránea sin más goma elástica que el tener plenamente asumido que para que algo tenga algún valor hoy en día ha de llevar el sello de la cultura de América del Norte. No en vano nos dice Rosemblum que los pobres olivareros tunecinos almacenan su aceite en botellas de Pepsi-Cola con el deseo íntimo de tocarle la planta de los pies al progreso.

Un camarero del Knicherbocker Hotel, allá por el año 1910, le preparó al ínclito millonario neoyorquino, John D. Rockefeller, un combinado que remataba sumergiendo en las profundidades de la copa una modesta aceituna. El avieso barman se llamaba Martini di Arona di Taggia, dándole desde entonces su nombre a tan universal bebida. Habían pasado ocho mil años durante los cuales la aceituna había  curado, iluminado, alimentado e inspirado a los más grandes poetas, sólo le quedaba acabar dormida en el fondo de un vaso de Wall Street. Todo un logro, a fin de cuentas sin su noble presencia un martini no es más que un vermut con un chorreón de ginebra.

Para los americanos que reinventaron la dieta mediterránea pero no el Mediterráneo, el olivo no es más que lo que produce, hasta tal punto que sólo a un americano, del norte se entiende, se le pudo ocurrir el atropello de llamar Olivia Olivo a un desgarbado y flacucho personaje que hace las veces de novia del marinero Popeye. El tal dibujante se llamaba E.C. Segar y corría el año de 1919. Cuando el cine trajo a España las aventuras del singular marino y su sempiterna novia, los españoles no aceptaron el nombre de ésta y la llamaron  Rosarito a secas, dejando las cosas en su sitio.

Años antes, cuando corría el año 1891, el doctor Remondino decía en California que el estadounidense moderno, con todas sus patentes inventivas, no alcanzaría nunca un estado total de salud hasta que no regresara a la cantidad correcta de aceite de oliva en su dieta. Continuaría arrastrando su delgadez consumida, su hígado arrugado, su piel momificada y su anatomía estreñida y pesimista, hasta que no reconociera el valor y la utilidad del aceite de oliva. Sin lugar a dudas, al ver la estampa de Olivia Olivo, la novia de Popeye, nos percatamos de que el tal doctor Remondino acertó de pleno hace más de cien años.   

Y desde mi olivo de papel imagino todo lo que se perdió Popeye por no tomar las espinacas al estilo Jaén, es decir, ebrias de aceite de oliva virgen extra y convencidas, como tú y yo lo estamos, de que la Cultura del Olivo, afortunadamente, es mucho más que una aceituna en el fondo del martini de un millonario de Nueva York.  ¡Faltaría más!

  Valga como dato que desde 1964 se promocionó entre nosotros el cultivo del girasol, planta de origen norteamericano y base de su aceite refinado, denostando con mentiras el aceite de oliva. Pero afortunadamente ni Popeye ni su novia llegaron a enterarse de ello.

© José María Suárez Gallego

(Publicado en Diario JAÉN el viernes 3 de mayo de 2019)     

Diario JAÉN viernes 3 de mayo de 2019

Pelagatos, mindundis y pillabichos

Algo debe estar haciendo aguas en nuestra sociedad cuando cada vez es más frecuente  la vejación de los que enseñan,  la agresión a los que sanan, y la difamación contra los que administran justicia. Persistentemente, a la vista queda, se maltrata, atropella y revuelca  a los tres asideros de urgencia que toda sociedad tiene para promover, en última instancia, su regeneración desde la dignidad: La enseñanza, la sanidad y la justicia.


Es como si el contubernio judeo masónico, al que tanto aludía el dictador, se hubiera convertido,  pasada ya una generación sociológica, en la “confabulación del repelús”, de tal modo que conceptos como disciplina, autoridad y respeto, hayan dejado de ejercerse por miedo a que se nos ubique en el bando ideológico contrario.


En el manual del buen demócrata nunca han dejado de estar vigentes palabras como educación, disciplina, autoridad, respeto, esfuerzo, consideración y mesura. Identificar  algunas de ellas con métodos y talantes dictatoriales, totalitarios y represivos, es un error de bulto de quienes por no parecer  lo que no son, consienten por omisión y dejación  la represión dictatorial y totalitaria contra profesores, médicos y administradores de justicia, precisamente a manos  de los mismos ciudadanos que son objeto de los servicios que el propio estado democrático les encomienda.


 Paradójicamente, hacer la vista gorda y permisiva con quienes, campando por sus respetos, confunden la democracia con poder hacer “lo que a uno le salga de los cojones en todo momento” –vox populi dixit-, a la larga no engorda el semillero electoral, y diluye la autoridad del sistema democrático, descafeinando el cumplimiento de las leyes que promulga y las normas que lo sustentan. Esta es, sin duda, la mejor forma de allanarle el camino a los que piensan que la vieja y nefasta receta del garrotazo y tentetieso es el único y mejor jarabe para curar las calenturas que, según ellos, producen los “delirios democráticos”, responsabilizando a la propia democracia de todos los males que unos “demócratas”, poco escrupulosos, ocasionan desde la demagogia, más que desde una gestión responsable y sin complejos frente al pasado.


La democracia implica una sociedad de valores, en la que no caben los remilgos semánticos que las dictaduras dejan marcados en el subconsciente colectivo de una sociedad  cada vez más propensa a que le afloren  progres de derechas, pijos de izquierdas,  pelagatos laborales,  mindundis culturales, y pillabichos financiero-empresariales.

©José María Suárez Gallego

…Y el pan

Cesta de pan. Salvador Dalí (1926)

           Recuerdo de niño cuando sentados entorno a la mesa dispuestos para comer, era mi padre quien con sus manos troceaba y repartía el pan, costumbre ésta que heredó de su padre, mi abuelo, intuyendo que él lo habría visto hacer también a mi bisabuelo. Años más tarde percibí en aquella liturgia cotidiana el símbolo sencillo de la acción de entregarnos los frutos de su esfuerzo y de su incondicional trabajo honrado. A continuación, era mi madre quien nos llenaba los vasos con agua que vertía desde una jarra de cristal cuya boca adornaba un pañito blanco rematado con filigranas de croché, posiblemente tejidas por mi abuela una soleada tarde de primavera.

                Recuerdo también uno de los momentos más emotivos de mi vida, cuando en la cena de nochebuena del año en el que murió mi padre, y como hijo mayor me hube de sentar en su sitio y partir el pan para mi madre y mis hermanos, y el resto de la familia.

            Nunca hasta entonces habían logrado mis manos presentir el saboraje místico del pan, porque hasta ese momento no había dejado de ser un mero reclamo consumista y prosaico de “3 barras un euro”. En ese instante el trozo de pan en mis manos era la geometría presente de una ausencia irresoluble, pero no irrenunciable.

            Ese día supe que sólo una cosa compite con nuestro aceite de oliva virgen extra a la hora de ponerle emoción a un trozo de pan: las dos lágrimas que llegaron hasta mi bigote al sentirme parte de la liturgia de repartir el pan en paz y como hermanos desde la emoción del recuerdo a mi padre.

            En los pueblos del Mediterráneo tres han sido los cultivos fundamentales que han articulado su identidad gastronómica común: el trigo, el olivo y la vid, o lo que es lo mismo: el pan, el aceite y el vino. Estos tres productos no sólo han servido para alimentarnos, sino que han sido también tres referentes culturales de la idiosincrasia de los pueblos mediterráneos: la mística del pan, el carácter lúdico del vino y el sentido mágico del aceite, puestos de manifiesto en nuestra cultura popular cuando al caerse un trozo de pan al suelo era costumbre besarlo al recogerlo; o lo que sentenciaba  el poeta de la Grecia antigua Eurípides al afirmar que donde no hay vino no hay amor; o la magia del aceite de oliva con el que nos ungen cuando venimos a la vida y cuando nos vamos de ella, además de hacer mágico el pan de las tostadas de cada mañana.

            Pero esta sociedad eminentemente consumista que ha hecho de los sucedáneos su primer estandarte gastronómico, ha ido redimiéndose buscando la autenticidad del mundo del vino, y más recientemente del aceite, por el sendero de la calidad y de la excelencia.

            Esta asignatura pendiente la tiene aún el pan, que a diferencia del vino y del aceite que han descubierto que sólo abandonando los métodos tradicionales de elaboración se puede avanzar en calidad del producto, en el caso del pan ha tenido un efecto inverso: a mayor tecnología de elaboración, peor calidad obtenida del producto.

            Sin lugar a duda, unos cuidados vinos, unos aceites de oliva virgen extra premium, se merecen –y nos merecemos– un pan como “Dios manda”, y no engendros de masas precocidas para ser recalentadas que se venden como reclamos de ofertas a precios bajos en los supermercados. Pero sin llegar en ningún caso a las exageraciones hiperbólicas del refranero: “El pan con ojos; el queso sin ojos; y de vino hasta los ojos”.

            El próximo día 27, día de reflexión electoral, la Orden de la Cuchara de Palo celebrará su “capítulo guarromántico” (comida romántica en Guarromán) dedicado a ensalzar con mucho amor las bondades del pan junto al vino y el aceite.

            En ese capítulo será investido como Comendador del Pan el reconocido tahonero carolinense Manuel Donaire Marín, que pertenece a la Asociación de Panaderos Artesanos “Panespan”, y cuya encomienda no es otra que mostrarnos el camino hacia “panem verum”, el pan verdadero y artesanal.

            El pan sigue conservando hoy, pese a todo, su áurea mística cada vez que descubrimos que la palabra compañero tiene su raíz etimológica en “los que comparten el pan”, en paz y como hermanos.

©José María Suárez Gallego (Publicado en Diario Jaén el viernes 5 de abril de 2019)