El instinto de felicidad

instinto de felicidad

 

  Para el biólogo teórico Faustino Cordón Bonet (Madrid 1909-1999) la alimentación es un pilar fundamental de la biología evolucionista; hasta tal punto que, en su opinión, el hecho de preparar los alimentos para ser ingeridos es lo que determinó la línea de partida para que el hombre comenzara a distanciarse de los escalones inferiores que le preceden en el proceso evolutivo. En su ensayo Cocinar hizo al hombre (Ed. Tusquets. 1979), Cordón Bonet afirma: “Tengo la convicción de que la primera y más trascendental consecuencia de la actividad culinaria hubo de ser la palabra, esto es, nada menos que el cambio cualitativo del homínido en el hombre”.

El ser humano ha sublimado la necesitad vital de alimentarse en dos consecuencias que, aún aparentando antagonismo, se complementan íntimamente: De un lado la Dietética y la Nutrición, en las que prevalecen los aspectos médicos y el concepto de ciencia al uso; de otro, la noción de Gastronomía, tradicionalmente relacionada con aspectos más lúdicos, artísticos y hedonistas, desde que el jurista y diputado francés Jean Anthelme Brillat-Savarin (Belley 1775- Saint Denis 1826) la definiera como tal en su libro La fisiología del gusto (1825), en el que llegó a afirmar que “El descubrimiento de un nuevo plato hace más por la felicidad de la Humanidad que el descubrimiento de una nueva estrella.” Savarín elevó la gastronomía a la consideración de un arte al asignarle la décima musa: Gasterea.

Bien es cierto que mientras los aspectos médicos de la alimentación enraizaron en el mundo académico a través de la metodología científica, los aspectos gastronómicos no corrieron igual suerte, quedando relegados al ámbito cotidiano -y menos pomposo- de los fogones. En la actualidad hablar de dieta sugiere, indefectiblemente, la necesidad de un acto médico; hacerlo de menú gastronómico nos aproxima al mundo de los sentidos, a la esfera del placer, a través del arte de comer bien, que no siempre transita paralelo a la ciencia del bien alimentarse. Siendo la acción culinaria el origen de ambos efectos, la percepción que del mismo obtenemos no es otra que una bifurcación entre la necesidad que el ser humano tiene de nutrirse para vivir, y la misma necesidad de alimentarse procurándose placer con ello. Es el llamado instinto de felicidad, al que hacía referencia André Maurois (Paris 1885- Normandía 1965), que sublima las aspiraciones del ser humano, siempre en pugna con el instinto de supervivencia que lo mantiene vinculado a su irrenunciable cualidad de animal.

En una palabra: Gastrosofía en estado puro.

© José María Suárez Gallego

Entrañable Manolo El Sereno

Michael Jacobs, El Sereno y J M Suarez Gallego 01-01-2002

Michael Jacobs, Manolo “El Sereno” y José María Suárez Gallego el uno de enero de 2002 en la Aldea de Los Ríos, Guarromán.

Dicen las estadísticas que somos en la provincia de Jaén los andaluces que más nos resistimos a abandonar el terruño, siendo al mismo tiempo los que menos nos va eso de irnos a las grandes metrópolis. Por el contrario, es Jaén la provincia que en cifras relativas recibe a más extranjeros decididos a establecerse entre nosotros.

Atrás quedaron los años de aquella década que llamaron prodigiosa –la de los sesenta del pasado siglo XX– cuando los planes desarrollistas de entonces tuvieron  como “efectos colaterales no deseados” el desprestigio del mono de trabajo; toda  madre quería entonces para su hijo, evidentemente, una bata blanca de médico antes que un mono de peón, ocurriendo que terminaron los médicos vistiendo unos monos color  verde quirúrgico,  y los currantes de los talleres mecánicos la bata blanca que los ilustres doctores en medicina abandonaron con la llegada de los nuevos tiempos. Se desacreditó también entonces la bicicleta de ruedas grandes y barra en medio como saludable vehículo  sostenible por el sólo hecho de haber  sido el símbolo de una posguerra de hambrunas llena de estraperlos y cartillas de racionamiento; pero, sobre todo, y  esto es lo más grave, por aquellos entonces surgió un sentimiento de vergüenza para todos los que eran de pueblo, encargándose algún cine ramplón de ridiculizar a cuantos paletos, catetos, cazurros, garulos, castrojos, maquetos y  charnegos no habían emigrado aún desde la desesperación y el abandono de sus pueblos hacia los cinturones industriales de Madrid, Barcelona  y Bilbao. Nadie quería entonces parecer de pueblo, y en las escuelas  se enseñaba a los niños y a las niñas a hablar “finolis” y a tener ademanes de ciudad, que por lo visto era lo mejor que se podía ser entonces.

Nos ha dejado el entrañable “hombre de pueblo” Manolo “El Sereno”, protagonista de La fábrica de la Luz(Ediciones B, 2010) del escritor británico-frailero, Michael Jacobs, paradigma del “espíritu de pueblo” que tristemente va diluyendo la paradoja del “progreso globalizado” como un espejismo del desierto.

(Publicado Diario JAEN el domingo 3 febrero de 2013)

Sota de piernas

sota de piernas

 

Hay quiénes invierten todo su tiempo en decirnos y repetirnos lo buenos y sabios que son, y no les queda ninguno para aprender a disimular y maquillar lo malos y tontos que se les percibe.
¡La egolatrína es el mejor disolvente con el que se diluye la sabiduría y la sensatez!

© José María Suárez Gallego

 

Estadísticas de Murphy

PIANO ESCALERA

 

(Publicado en Diario Jaén el viernes 21 de septiembre de 2018)

Esos números con los que nos suele recordar periódicamente la oficialidad gobernante que somos encantadoramente vulgares en una sociedad descaradamente corriente y moliente, que llaman estadísticas, me dicen últimamente que vivo en uno de los pueblos con la media de edad más joven de Andalucía, y en una provincia con una de las medias de edad más viejas. Y yo, al mirarme frente al espejo de cantar por las mañanas mientras me afeito, me percato entonces de mi condición estadística de cateto joven y provinciano viejo. Esto, más que un contrasentido es todo un motivo de orgullo: ¡Ya era hora de que mi pueblo y mi provincia fueran los primeros en algo vital!

Los que nos sentimos socialmente estándar, españolitos medios y andaluces medios, sabemos que nuestro destino estadístico medio es aspirar a que nos toque una primitiva millonaria para poder repartir a diestro y siniestro cientos de cortes de mangas dedicados a nuestros vecinos fisgones, a los parientes coñazos, a los jefes impresentables, a los políticos infumables, a los intolerantes de medio pelo y, en general, a todos nuestros congéneres con rango de pendones sociales. La estadística es esa extraña ciencia con la que nos calientan el deseo de sentirnos diferentes cada vez que comprobamos que somos unos mirlos negros –algunos con vocación de pájaro de mal agüero– en un corral de mirlos negros. El mirlo blanco, por lo visto, sólo existe en el refranero.

Las gentes estadísticamente “normales” acabamos creyéndonos que somos estadísticamente inmortales, de ahí que, sin prisas, pero sin pausas, nos acojamos a la cómoda rutina y nos quedemos agazapados en ella. Tal vez sea por ello por lo que hoy en día se les tenga más fe a los juegos del Organismo de Loterías y Apuestas del Estado que a los asuntos de Dios, y eso que es más fácil –según el cálculo de probabilidades— que se nos aparezca la Virgen a que nos toque una primitiva con bote. Hemos dejado de santificar el domingo en las iglesias, para glorificar los lunes haciendo cola en las administraciones de lotería, sobre todo ahora que ya tenemos asumido que las cosas que nos importan en nuestra perra vida siempre suceden en nuestra ausencia, de ahí que nunca se nos aparezca la Virgen del mismo modo que nunca nos toca la primitiva

Mi amigo y contertulio de “ligaílla” el Caliche, que no es consciente que vive en un pueblo estadísticamente joven, ni en una provincia estadísticamente vieja, suele decir desde su enfermiza afición a las películas de Gary Cooper y al mundillo de los toros, que se comienza a tomar conciencia de que se es viejo cuando uno le va teniendo querencia a buscar –como el toro herido de muerte— las tablas más próximas al chiquero, para echarse. Es esa edad en la que después de haberse tomado dos copas de vino uno se siente gastrósofo y se deja seducir por el vértigo existencial. Es decir, se comienzan a pronunciar –en palabras de mi amigo el Caliche— tonterías mayúsculas. Bien que lo dijo usted –me reprocha— que en esto de la vida no hay un principio ni un final, sólo una pasión infinita por vivirla. Lo mejor es no meterse en vericuetos, que la vida como las ollas también tiene dos asas, y siempre por una se es más manejable que por la otra.

Pero por muchas estadísticas que nos den estamos sujetos a la inexorable ley de Murphy: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Ley que desde el fatalismo que heredamos de la cultura árabe y el victimismo resignado del que hacemos gala las gentes del sur, tiene su extensión metafísica en “…y además es muy probable que salga mal”. Dicen que el tal Murphy fue más expeditivo al formular la segunda parte de su famosa ley: “Es inútil hacer cualquier cosa a prueba de ineptos, porque los ineptos suelen ser muy ingeniosos“.

La vida, en definitiva, no es otra cosa que lo que le pasa a “uno mismo”, si bien hemos de aceptar de antemano que la mayoría de las veces “uno mismo” en realidad son “los otros” por capricho expreso de la estadística.

Lo dicho: ¡Ya era hora de que fuéramos los primero en algo vital, pese a los ineptos ingeniosos de Murphy!

FOTO ARTICUO SOBRE MURPHY DIARIO JAEN