Macondo se mueve

Como cada domingo último de marzo ya nos han vuelto a cambiar la hora. Argumentan  los que parecen que saben de estos temas que se hace por motivos de ahorro energético, precisamente en unos tiempos en los que tenemos que estar pendiente del precio de la luz y de un reloj para poner la lavadora y no arruinarnos por ser excesivamente limpios. Aunque en el universo de la  tertulia tabernaria en la que me pierdo un rato cada día, hemos llegado a la conclusión de que lo que se pretende con tal medida es jeringarle los biorritmos a nuestras geometrías corpóreas. Y la verdad es que no tienen miramiento ninguno estos eurocrátas, porque nosotros –a los que ya las nieves del tiempo nos han plateado el bigote–, acabamos adaptándonos pronto a la nueva hora de nuestra «ligá» diaria, y a ese primer vino que nos entra a trasmano por venir con horario de Canarias, pero la medida va en contra  de esos angelitos de Dios, inocentes lactantes,  que saben desde el claustro materno que la teta de madre –por donde  les llega el yantar diario– no tiene un reloj temporizador como el riego por goteo que pueda cambiarse a golpe de decreto de los burócratas de Bruselas.

He echado cuentas grosso modo y resulta que en España según el Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE), el cambio de hora permite reducir en un 5% el consumo eléctrico en luz, lo que equivale a 300 millones de euros al año, entre viviendas y empresas. El IDAE también calcula que cada hogar se ahorrará una media de seis euros al año, que nos da para tres litros de gasoil y poder ir a comprar el periódico en coche al quiosco más lejano de la ciudad un par de domingos al año.

Así es que el domingo me fui al bar, y cuando el reloj –estrenando hora “nueva”– nos decía que era el momento de la tertulia tabernaria con sus vinos y sus tapas, el cuerpo me estaba pidiendo unas tostadas de aceite virgen extra con un café con leche. Y sin pensarlo dos veces se las pedí a mi tabernero de cabecera, que si bien  es sabido ya que el tiempo es relativo –como decía el sabio Einstein– las gazuzas son siempre verdaderas y crean desasosiego de tripas, como predica mi contertulio el Caliche cuando nos retrasamos en la diaria cita para ejercer de corresponsales de barra. Así es que con las tostadas dando destellos de verde oro a mi derecha, el café con leche humeante a mi izquierda, entre ambos desplegué el Diario Jaén del domingo. Veníamos en él a toda plana los de la Cuchara de Palo, recién entregados nuestros premios el día anterior en Linares. Con cuya lectura  pude ganarle  la hora que nos había sido quitada el domingo en pos del ahorro energético. Tuve así la oportunidad de ver escrito y con imágenes la preocupación que existe en nuestra tierra por el adelgazamiento paulatino de los presupuestos de nuestros más nobles y necesarios baluartes de referencia para despegar de una puñetera vez.

Y he de confesar que mientras me empapaba el periódico, dos lamparones del aceite de las tostadas cayeron en sus páginas, que era tanto como ungir con el milenario óleo picual de nuestra cultura el papel en el que se escribe el santo y seña de nuestro presente y de nuestro futuro.

Y ante lo vivido el día anterior y lo leído en la mañana del domingo me dije: «Hay quien piensa que Jaén está muerto, ¡y, sin embargo, se mueve!«. Y pensé que tal vez también al maestro Galileo, absorto en los misterios del tiempo, se le caían los lamparones del aceite de sus tostadas en el sepia de sus papeles astronómicos. Y eso, tranquilizó sobremanera mis alterados biorritmos de hijo del Mediterráneo.

A veces la provincia de Jaén me recuerda todas las metáforas de la narración de Gabriel García Márquez en la que nos relata la increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Por eso fue que el domingo brindamos desde el realismo mágico por nuestra Universidad de Jaén, y porque regresen sus egresados que ahora trabajan lejos haciendo grandes los macondos de nuestros nietos extranjeros.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 1 de abril de 2022

Postureos para la paz

Me ocurre últimamente que cada mañana al afeitarme, percibo al mirarme en el espejo la extraña sensación de que todo lo que nos está ocurriendo en las últimas crisis y guerras, es un plan establecido que sigue una puntual hoja de ruta para llegar a un objetivo preciso: La devaluación de la sociedad del bienestar y la cosificación de los ciudadanos que la componen. Dado que los mercados especulativos liberales no admiten la devaluación de las principales monedas, no hay otra solución que devaluar el bienestar de la sociedad reduciendo a los ciudadanos a simples cosas sujetas a los algoritmos estadísticos. Es curioso, también en el régimen de esclavitud de la antigua Roma el esclavo era considerado como una mera cosa.

Los sociólogos, tan acostumbrados a vernos como cobayas pululando en una sociedad que es capaz de fagocitarse a sí misma, han llegado a afirmar que el nivel de bienestar de un país se mide por la cantidad de cosas que produce para ser necesariamente consumidas. Tan evidente es todo esto que hasta el mayor o menor gasto de papel higiénico es una medida del desconsumo de todo lo consumido, siendo un referente de primer orden sobre el alto nivel de vida que hemos llegado a alcanzar en esta sociedad del “aquímelasdentodas-aquímeloquitantodo” por la que se dejaron el pellejo tantísimos ideólogos de la Utopía. No es casualidad que, en los comienzos de la declaración del estado de alarma por la pandemia, lo primero que comenzó a acaparar todo el mundo fuera precisamente el papel higiénico.

Con la puesta en escena a través de medios de comunicación y redes sociales, de guerras, de crisis económicas y de crisis sanitarias, maquilladas con la crema de la posverdad a base de fake news, se está intentando, a todas luces, que fracase todo aquello que nos ha hecho personas, para una vez derribado el sistema social darnos la opción de que nos conformemos con ser cosas que resignadamente aceptan su destino.

Se nos pretende crear un sentimiento de culpa fatalista según el cual todo lo que nos ha pasado y nos pasa es porque hemos pretendido vivir por encima de nuestras posibilidades, ya sean económicas, sanitarias, sociales o pacifistas, cuando la realidad es que son precisamente los que están gestionando estos problema los que están muy por debajo de las suyas. Que Trump y Putin están como cabras es algo que nadie sensato pone en duda. El matiz estriba en el cabrero que se lo ha dicho a cada uno.

La perversión de esta estrategia ha conseguido, en un alarde de virtuosismo malvado, que se cosifiquen también nuestros cosificadores junto a todas sus instituciones. Cuando nació la Organización de Naciones Unidas (ONU) el 24 de octubre de 1945, después de concluida la Segunda Guerra Mundial, lo hizo en base a unos principios comenzando por el de igualdad de todos los estados soberanos: “Los propósitos de las Naciones Unidas son mantener la paz y la seguridad internacionales, y con tal fin: tomar medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz, y para suprimir actos de agresión u otros quebrantamientos de la paz; y lograr por medios pacíficos, y de conformidad con los principios de la justicia y del derecho internacional, el ajuste o arreglo de controversias o situaciones internacionales susceptibles de conducir a quebrantamientos de la paz”. Pero lo curioso es que los cinco miembros permanentes (Rusia, China, Francia, Reino Unido y los Estados Unidos) de su Consejo de Seguridad que tienen derecho a veto, poseen una potente industria armamentística. (Si alguno de estos países vota contra una propuesta, ésta queda rechazada, incluso aunque el resto de miembros haya votado a favor). Es decir que quienes más velan por la paz del mundo son los que más armas fabrican y venden.

¿Y usted de mayor qué quiere ser? —me preguntaban hace algún tiempo—. Pues mire, yo quiero ser más libre, más igualitario, y más fraterno que era ayer a esta misma hora. Más tolerante, más demócrata y menos embustero, de lo que usted pretende enseñarme con su impresentable proceder.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 4 de marzo de 2022

Morir como un perro

Retrato de René Robert., de PRISCA BRIQUET

Dicen los viejos del lugar que “estómago hambriento no admite argumento”, y que “no hay cola sin empujones, ni agobio que atienda a razones”, lo que aderezado con el axioma real y verídico de que a cualquiera se nos da una gorra e ipso facto nos creemos ser el general MacArthur entrando en Filipinas, nos lleva siempre a pretender iniciar todas las revoluciones pendientes.

Pero cada vez nos encontramos con más gente que dice amar mucho a Dios, pero  no ama a su prójimo; que pregona que quiere mucho a su patria, pero no quiere a sus compatriotas. Es como sentirse el general MacAnthur tomando posesión, gorra en mano, de las entretelas emocionales de nuestro espíritu cristiano y patrio de garrafón y chichinabo.

Suelo cada día anotar los temas con los que poder romper el maleficio por el que mis manos cada mañana de sábado se quedan quietas frente al blanco absorto de una cuartilla muerta, hechizo de taumaturgos éste de la pluma que aprendí a trancas y barrancas en la Poesía Urgente de Gabriel Celaya:

“¡Prohibido, señores, jugar al Paraíso! /  Todo está prohibido: Fumar, beber, reír a locas, / disfrazarse de arcángel, entrar en los espejos, / llamarle guardia al guardia y a una rabia, alegría, / o dar fuego al cohete con una rosa roja. […] / Debemos ser formales, solemnes, decorosos; /siguiendo los carriles crear libros y cuadros, / retratos que se pagan, poemas publicables; / disimular con formas sabias que estamos locos.”

En esencia sabemos que lo que nos viene a decir George Orwell en su Rebelión en la granja (1945) es que todos los animales son iguales, si bien algunos son más iguales que otros. La profecía orwelliana auspiciada en su novela 1984 (1948) –aquella en la que hablaba del Gran Hermano  que todo lo vigilaba en una sociedad en la que un  Ministerio de la Verdad proclamaba que dos más dos son cinco— se ha cumplido al revés: en lugar del ojo que nos mira, tenemos la TV para mirar, adaptándonos pasivamente a lo que desea el poder, de ahí que la gran batalla por alcanzarlo se libre hoy en el mundo de  las tecnologías punteras de la comunicación y de la información. ¡Quien domine Internet y sus estribaciones económico digitales se convertirá en el Gran Baranda Universal! La libertad entonces alcanzará su sentido más pleno –más orwelliano– al convertirse en el derecho de cada cual de poder decirle a los demás lo que no quieren oír, aunque bien es cierto que estas singladuras filosóficas, siempre me han inspirado en mi gramática parda de corresponsal de barra  –más que corresponsal de guerra— negros presagios de naufragio.

Los músicos del Titanic, aquellos jornaleros del pentagrama que tocaron hasta el final su canción con encomiable pundonor, también acabaron ahogándose junto al papel mojado de sus partituras, mientras otros con sus chisteras, desde los botes salvavidas, les hacían saber para alentarlos que el “Titanic no se hunde”.

Bien se sabe que los seres humanos –como afirmaba Nietzsche, aquel que le hizo decir a Zaratustra que “Dios ha muerto”— en el fondo somos poco ambiciosos; nos basta con una buena digestión para encontrar la vida agradable. Todo lo demás son bambollas  que nos inventamos para crear el ambiente, pero nada más. No hay más verdad que el pesebre en la filosofía del asno, y muchas veces también en la de quien lo cabalga.

Pero, en el fondo, siempre nos quedará París, que se decía en la mítica  “Casablanca”, para morir como un perro ahogado en la indiferencia, con la gorra del general MacArthur en la mano, junto a todos los entorchados de mandamás de la granja en la que no acabamos de rebelarnos ante los ojos del Gran Hermano. 

Vayan estas líneas dedicadas a la memoria del venerable anciano René Robert, artista fotógrafo del Flamenco, muerto como un perro en el frio invernal de una calle de Paris, y víctima de la indiferencia del siglo XXI que deja a sus viejos tirados en la calle sin un banco en el que cobrar la pensión, y sin otro banco en el que tumbarse para morir con la dignidad de un músico del Titanic.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 4 de febrero de 2022

Cucharas con premio

La Muy Ilustre y Noble Orden de los Caballeros de la Cuchara de Palo nació oficialmente en Guarromán un diez de marzo de 1990, aunque su protohistoria hay que situarla el día de Nochebuena de 1983, que fue cuando sus primeros miembros comenzaron a reunirse evocando una tradición de los colonos alemanes y suizos que repoblaron Sierra Morena. Sus antecedentes hay que buscarlos en el siglo XVIII, cuando en 1767 con la promulgación del Fuero de Población por el rey Carlos III, se crearon las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena, la llamada tierra de Olavidia, entre las que se encuentra Guarromán, la Carolina, Carboneros etc., con colonos venidos en su mayoría de Centroeuropa (Alemania y Suiza), y algunos otros de Galicia, Cataluña y Valencia.

Se pretendió entonces hacer una sociedad modelo de agricultores, en la que se reconocía por primera vez el derecho a la enseñanza primaria de los niños, y el reconocimiento al trabajo de la mujer, así como el derecho a elegir por votación a los alcaldes de cada departamento, los cuales hacían también funciones de jueces de paz.

Esta elección tenía lugar cada 24 de diciembre a las tres de la tarde, en casa del alcalde saliente, pues el cargo tenía una duración de un año que comenzaba a regir desde el día uno de enero. Cada día de Nochebuena, a las tres de la tarde, acudían los cabezas de familia a elegir a su alcalde, y por ser día tan señalado y víspera de festivo,  aquellos agricultores de olivos estaban dispensados de las faenas agrícolas durante esa tarde, por lo que después de haber votado se quedaban a comer en casa del alcalde saliente, quien invitaba a los 10 o 12 cabezas de familia de su departamento, como acto de buena vecindad y anticipando la tradicional cena de Nochebuena.

El día uno de enero todos los alcaldes elegidos eran invitados en su palacio a una comida por Pablo de Olavide, superintendente y artífice de las Nuevas Poblaciones, según consta Archivo Histórico Nacional  (Inquisición, leg. 1.862, nº 14)

Cumplimos en esta primavera treinta dos años de existencia formal e ininterrumpida, y si ómicron nos lo permite, haremos entrega entonces en Linares de los galardones correspondientes a la trigésima edición de los Premios Nacionales Cuchara de Palo, que este año han recaído en los siguientes personajes e instituciones:

La Casa de Andalucía en Cataluña; será nombrada Comendadora de Honor su presidenta Francisca Marín, por su defensa de la cultura andaluza en Cataluña a través de su gastronomía tradicional.

El cocinero Enrique Sánchez, alma mater del programa Cómetelo, de Canal Sur TV, por su encomiable labor de divulgación y puesta en valor de las cualidades culinarias y saludables del aceite de oliva virgen extra, seña primera de nuestra identidad gastronómica.

El médico cardiólogo, especializado en trastornos del ritmo cardiaco,  José Ángel Cabrera Rodríguez, considerado uno de los mejores médicos de España por sus investigaciones y avances en el ámbito de su especialidad.

Al escritor, catedrático de Derecho Civil y magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía,  Miguel Pasquau Liaño, especialmente enraizado en nuestra cultura jiennense.

La Asociación Española de Cronistas Oficiales (RAECO); se investirá Comendado de Honor a su presidente Juan Antonio Alonso Resalt, por la meritoria labor de los cronistas oficiales para investigar y divulgar la cultura culinaria tradicional de los pueblos de España, como uno de sus principales referentes de identidad.

En la actualidad la Orden de la Cuchara de Palo no sólo trata de que sus miembros ejerzan como notables amantes de la buena mesa, sino que difundan igualmente desde sus diferentes responsabilidades profesionales las bondades saludables, gastronómicas y terapéuticas de la cocina que se oficia en la geografía española con aceite de oliva virgen extra, y pretende ser también un agente dinamizador de las investigaciones y los estudios sobre el aceite de oliva virgen extra, en particular y, de forma general, sobre la Cultura y la Dieta Mediterránea.

¡Y en ello estamos y seguimos!

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 7 de enero de 2022

Las barbas del vecino

A estas alturas de la película ya nos hemos dado cuenta de que la Europa que nos  vendieron los europeístas convencidos no era más que un cajón repleto de intereses más que de ideas, por mucho Himno a la Alegría beethoveniano que se le pusiera al videoclip de promoción.

Hasta no hace mucho tiempo se ha tenido por cierto que es el ánimo humano quien crea la riqueza, llegándose a pensar ingenuamente que es preferible un hombre sin dinero, que el dinero sin hombres. Ahora, con las martingalas con las que nos embaucan las multinacionales, la revolución tecnológica de la información y las redes sociales, estamos comprobando en nuestra carne social que no sólo hay hombres y mujeres sin dinero –cosa harto lamentable–, sino que el dinero ya es capaz de generarse sin la laboriosidad de mujeres y hombres, es decir, la exaltación de la especulación social pura y dura, que en boca de mi tabernero de cabecera no es otra cosa que: “El dinero no da la felicidad… ¡es la felicidad!”

Hasta que en el siglo XVIII a nuestros pensadores de la Ilustración se les encendió la bombilla y se percataron de que es sólo la laboriosidad de sus gentes lo que engendra la prosperidad de los pueblos, se pensaba y defendía  a machamartillo que las naciones se hacían más grandes con sólo ampliar sus fronteras y defender las peculiaridades de su identidad colectiva. Apreciaron en su disquisición economicista cómo era posible que  poseyendo España tantos territorios –incluidos los de ultramar– y tantas fronteras, disponiendo de un idioma universal, y sobre todo estando protegida por el único Dios verdadero, ¡ahí es nada¡, cómo era posible entonces que la inmensa mayoría de las gentes que la habitaban vivieran en la miseria. Famosa es la frase de Carlos III, rey que ya lo fue de Nápoles durante veinticuatro años antes de serlo de España, en la que resumió la idiosincrasia celtibérica: “los españoles son los únicos que cuando se les quita la mierda lloran”. De ahí que nos inundara todo el Estado de “puertasdealcalás” y de fuentes blasonadas con el “Carolus tertius rege” para que lloráramos a gusto junto a ellas las añoradas heces perdidas, mas bien, en honor a la verdad, expoliadas y confiscadas por los hombres al servicio de su ínclita majestad. Observaron los intelectuales ilustrados cómo países del norte de Europa, caso de  Holanda y sus aledaños, por poner un ejemplo, a pesar de su pequeñez gozaban de prosperidad. Y la bombilla se les encendió a tales pensadores  añadiéndoles a la creencia dieciochesca de que toda riqueza procede exclusivamente de la Naturaleza –la fisiocracia— el además de la laboriosidad de sus gentes. No ha de extrañarnos, por tanto, que el también ilustrado Pablo de Olavide, director de la puesta en marcha de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena en el siglo XVIII, recomendara, y así se legisló, que no se permitiera el establecimiento en ellas de bachilleres –que tenían por norma y dignidad de su condición académica no ejercer los “oficios y artes útiles” donde había que arrimar el hombro—, así como que no se consintiera la entrada a ellas de “peluqueros, ayudas de cámara, y gentes de puro luxo” por lo poco que aportaban a una “sociedad modelo” de agricultores.

Aquella experiencia llevada a cabo en la comarca norte de nuestra provincia puede muy bien ser tenida hoy como un proyecto de Europeidad del siglo XVIII al que dieron vida unos inmigrantes centroeuropeos, la mayoría de ellos sin mas oficio ni beneficio que la pobreza que  generan las guerras de los mandamases. Contrasta aquel proyecto idealista de los ilustrados con la Europa que los mercaderes nos ofrecen hoy, llena de ayudas de cámara y gentes de puro luxo, en la que con la boca chica se condena a unas naciones de la Unión Europea por admitir en sus gobiernos a los ultranacionalistas xenófobos, reticentes feroces ante los inmigrantes extranjeros que habrán de ocupar en el futuro las escalas más bajas de la clase laboriosa europea, y con la boca grande se pregona la Europa de los intereses y no de los pueblos.

¡Dios nos libre de los demócratas conversos que deciden en el Santo Oficio Europeo sobre las herejías de los demás sin antes haber mirado en los armarios de sus propias casas, donde aún se guardan nostálgicas banderas victoriosas que –ya no– habrán de volver al paso alegre de la paz!

De todas formas, habremos de poner nuestras barbas a remojar, tomando buena nota y poniendo sumo cuidado de en qué manos encomendamos la navaja barbera de nuestro futuro, incluido el de Jaén.

© José María Suárez Gallego

Fuente: http://www.enjaendonderesisto.es/firmas-invitadas/las-barbas-del-vecino

Esperando a 2022

#CorresponsalDeBarra
Se va 2021 y apuesto para 2022 por los que siempre construyen y nunca tiran la toalla. Por los centinelas del amanecer. Por los que siempre están en el campo de batalla media hora antes de que llegue el enemigo.
Brindo por los que te dicen que hoy puede ser un gran día,
¡Y coño, batallan para que lo sea!
Brindo por los que nunca se rinden.
Brindo junto a los que nunca se rinden y se van media hora más tarde del campo de batalla sin haberse rendido y sin haber tirado la toalla.
Brindo por los que desde ya comienzan a construir 2022 con los escombros de 2021.
Brindo por los que no hacen grandes cosas, sino que las pequeñas cosas las hacen a lo grande.
¡Brindo por ti, centinela del alba, que ya traes encendida la llama viva de 2022!

La Navidad bien entendida

Viridiana (1961). Dirigida por Luis Buñuel.

Decía el bueno de mi abuelo Paco –quién me enseñó a atrapar los días por sus aristas cortantes y no cortarme— que cuando alguien acudiera a mi puerta solicitando unas monedas de ayuda, lo socorriera sin titubear, sin entrar a considerar la certeza o el fingimiento de su necesidad. Argumentaba mi abuelo que en el ejercicio de toda caridad siempre había una gran dosis de egoísmo, además de la consabida  pretensión vana de aquellos que dejados llevar de su cicatería moral pretendían ganarse la vida eterna a golpe de calderilla, pues el fin último de la misma, se mire por dónde se mire, no es un acto de solidaridad pura –ni mucho menos de justicia– sino el deseo de que no se pierda, perpetuándola, la costumbre de dar cuando  se nos pide de sopetón, bote pronto, sobre todo por si llegada la desgracia nos vemos obligados a pedir nosotros también,  que de sobra es sabido lo veleidosos que son los avatares de la vida.

Apostillaba mi abuelo que toda limosna debía ir acompañada sólo de una sonrisa. Para él era bochornoso el comportamiento de aquellos que por el hecho de dar unas mugrientas monedas se creían asistidos del derecho de dar también un consejo: “Tenga usted hermano y no se lo gaste en vino”, esgrimiendo la pretensión de constituirse en socios capitalistas de la desgraciada empresa del pobre –precisamente su pobreza— decidiendo el destino más apropiado para tan exiguos fondos.

Hace tiempo que se me fue mi abuelo Paco al reino de los justos, y aún echo de menos sus pláticas. Hoy no entendería cómo la solidaridad, la caridad y la ecología son objeto de un boyante negocio,  a la vista de cómo han proliferado las ONG a la sombra del prestigio de otras más veteranas y solventes.

Con los años, una vez que he perfeccionado la técnica de atrapar los días por sus aristas cortantes y no cortarme, la sociedad que me promete pan y amor todos los días, me ha asignado un mendigo oficial con el que hacer caridad, sin darle consejos y acompañando mi exigua  dádiva de una sonrisa, –ciertamente con lo que le doy el buen hombre no tiene más remedio que conformarse con el tinto de tetrabrik–, pero muchas veces tengo la sensación íntima de que con mi silencio cobarde, con mi actitud cómoda y pasiva de ser solidario por domiciliación bancaria, de la misma forma que soy consumidor de carísima energía eléctrica o líneas telefónicas con descuentos por permanencia, estoy colaborando a que se sigan haciendo pobres durante todo el año para luego poder hacer caridad con ellos en Navidad y otras fiestas de guardar. La Navidad bien entendida, efectivamente, comienza por uno mismo, precisamente por el compromiso que cada cual se haga de trabajar activamente para que situaciones de flagrante injusticia se resuelvan de una puñetera vez. Lo demás, es dejar en manos de desaprensivos una cruda realidad hecha datos estadísticos que se arrojan como dardos los unos a los otros en beneficio propio y con la catapulta del fanatismo. 

Releo un libro vigente: “Contra el fanatismo”, editorial Siruela, Madrid, 2007, del escritor pacifista israelí Amos Oz: “Se trata de una lucha entre los que piensan que la justicia, se entienda lo que se entienda por dicha palabra, es más importante que la vida, y aquellos que, como nosotros, pensamos que la vida tiene prioridad sobre muchos otros valores, convicciones o credos. […] Se debe a la vieja lucha entre fanatismo y pragmatismo. Entre fanatismo y pluralismo. Entre fanatismo y tolerancia”. Echa uno cuentas y comprueba la cantidad de fanatismos que nos rodean y son generadores de pobreza y odio: Fanatismos políticos, económicos, religiosos, nacionalistas y hasta deportivos.

Frente a tanto “señorito Iván” revestido de Herodes por Navidad luchando contra la esperanza de tantos otros santos inocentes, reivindico la “¡Milana bonita!” del  Azarías que nos describió magistralmente el maestro Miguel Delibes.

¿Por qué algunos se empecinan en hacer pobres desde la sombra, durante todo el año, para luego poder hacer caridad con ellos en Navidad bajo el postureo de las rutilantes luces de colorines?

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN, el viernes 10 de diciembre de 2021

Olavidia, Quesos y Besos.

En mayo de 2015, una encuesta realizada entre los usuarios de la web sobre viajes y turismo Hoteles.com, declaró que Guarromán fue votado mayoritariamente como el destino turístico menos romántico de España.”

             A principios del mes de junio de ese mismo año, el recién nombrado alcalde de Guarromán, Alberto Rubio Mostacero, me dijo que había un matrimonio interesado en poner una fábrica de quesos artesanos en Guarromán, y que querían que sus nombres estuvieran relacionados con la historia de este pueblo, que hablara con ellos y que como cronista oficial del municipio los informara de estos pormenores.

            Así ocurrió. Tuve una conversación con Silvia Peláez, ingeniero químico y perteneciente a una familia que tradicionalmente ha tenido ganado caprino, y la parte femenina de la pareja que quería emprender la fabricación de quesos en Sierra Morena.

            Hablamos de la peculiaridad del nombre de Guarromán, de su significado, de su historia, y de que debido a él se nos había “declarado el destino turístico menos romántico de España”, y que por eso yo opinaba que en Guarromán se debería de hacer una “gastronomía guarromántica”, que no es otra cosa que ser romántico en Guarromán. Propuse para la empresa el nombre de “Quesos y besos”, y así sus quesos podrían ser objeto de regalo romántico también. Lo cierto es que en la actualidad “Guarromántico” ya es un exquisito queso de esta empresa, que se elabora añadiendo cuajo tradicional a la leche cruda de cabra.

            La empresa puso en marcha todos los trámites burocráticos. El matrimonio Paco Romero y Silvia Peláez debatieron con sus familiares la “locura” del nombre propuesto por el cronista de Guarromán (más propio de un local de alterne de carretera, como nos reconoció Paco Romero al recoger el Premio Nacional Cuchara de palo 2019 ). El hecho es que registraron el nombre como marca, se establecieron en una nave que acomodaron para tal efecto en el Polígono de Los Llanos, de Guarromán, y comenzaron su actividad de producción de quesos con leche de cabra.

            En el año 2017, Guarromán y todas las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena fundadas por Carlos III en el siglo XVIII, bajo la dirección del intendente Pablo de Olavide, celebraban su 250 Aniversario (1767-2017), y se habían preparado muchos actos para conmemorarlo.

            El primer queso de Quesos y Besos se llamó” Olavidia”, como el territorio que abarcaban las Nuevas Poblaciones en las que se integraba Guarromán, y en homenaje a este 250 Aniversario y a Pablo de Olavide, su impulsor.

            El queso Olavidia fue declarado como el Mejor Queso Absoluto en el Gourmet Quesos 2018, es decir el mejor queso de España de 2018 en todas las categorías, premio este último que repitió en la edición de 2019. En 2020 Olavidia fue Medalla de Plata en el World Cheese Award 2019-20, celebrado en Bérgamo (Italia).

            Hace unos días en Oviedo el Olavidia de Quesos y Besos ha conseguido ser el Mejor Queso del Mundo en el World Cheese Awards 2021.

            Todo lo demás que hay que añadir a este relato se llama tesón, corazón, entusiasmo, ilusíón, confianza, trabajo, trabajo, trabajo… de Silvia Peláez y Paco Romero, y viceversa. El mismo espíritu que pusieron los colonos que trajo Carlos III a esta Tierra de Olavidia en el siglo XVIII, y que Silvia y Paco, como colonos del siglo XXI, han escrito en una metáfora hecha queso que se llama Olavidia: Una línea de ceniza de aceituna marca la frontera entre el Jaén que duerme sus glorias y el Jaén que se levanta frente a su futuro.

            Nunca hubiera imaginado nuestro “poeta cabrero”, Miguel Hernández, que las piedras lunares sobre las que se levantara Jaén estuvieran hechas de leche de cabra y ceniza de huesos de aceituna sobre las que resucitar como el Ave Fénix.

            Nunca hubiera soñado Pablo de Olavide que a Sierra Morena vendrían unos colonos de la Sierra Sur como Silvia y Paco. ¡Muchos quesos y besos guarrománticos para vosotros, inmejorables colonos de la Olavidia del siglo XXI!

© José María Suárez Gallego

https://www.quesosybesos.es/

Publicado en Diario JAÉN el viernes 12 de noviembre de 2021