Cucharas con premio

La Muy Ilustre y Noble Orden de los Caballeros de la Cuchara de Palo nació oficialmente en Guarromán un diez de marzo de 1990, aunque su protohistoria hay que situarla el día de Nochebuena de 1983, que fue cuando sus primeros miembros comenzaron a reunirse evocando una tradición de los colonos alemanes y suizos que repoblaron Sierra Morena. Sus antecedentes hay que buscarlos en el siglo XVIII, cuando en 1767 con la promulgación del Fuero de Población por el rey Carlos III, se crearon las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena, la llamada tierra de Olavidia, entre las que se encuentra Guarromán, la Carolina, Carboneros etc., con colonos venidos en su mayoría de Centroeuropa (Alemania y Suiza), y algunos otros de Galicia, Cataluña y Valencia.

Se pretendió entonces hacer una sociedad modelo de agricultores, en la que se reconocía por primera vez el derecho a la enseñanza primaria de los niños, y el reconocimiento al trabajo de la mujer, así como el derecho a elegir por votación a los alcaldes de cada departamento, los cuales hacían también funciones de jueces de paz.

Esta elección tenía lugar cada 24 de diciembre a las tres de la tarde, en casa del alcalde saliente, pues el cargo tenía una duración de un año que comenzaba a regir desde el día uno de enero. Cada día de Nochebuena, a las tres de la tarde, acudían los cabezas de familia a elegir a su alcalde, y por ser día tan señalado y víspera de festivo,  aquellos agricultores de olivos estaban dispensados de las faenas agrícolas durante esa tarde, por lo que después de haber votado se quedaban a comer en casa del alcalde saliente, quien invitaba a los 10 o 12 cabezas de familia de su departamento, como acto de buena vecindad y anticipando la tradicional cena de Nochebuena.

El día uno de enero todos los alcaldes elegidos eran invitados en su palacio a una comida por Pablo de Olavide, superintendente y artífice de las Nuevas Poblaciones, según consta Archivo Histórico Nacional  (Inquisición, leg. 1.862, nº 14)

Cumplimos en esta primavera treinta dos años de existencia formal e ininterrumpida, y si ómicron nos lo permite, haremos entrega entonces en Linares de los galardones correspondientes a la trigésima edición de los Premios Nacionales Cuchara de Palo, que este año han recaído en los siguientes personajes e instituciones:

La Casa de Andalucía en Cataluña; será nombrada Comendadora de Honor su presidenta Francisca Marín, por su defensa de la cultura andaluza en Cataluña a través de su gastronomía tradicional.

El cocinero Enrique Sánchez, alma mater del programa Cómetelo, de Canal Sur TV, por su encomiable labor de divulgación y puesta en valor de las cualidades culinarias y saludables del aceite de oliva virgen extra, seña primera de nuestra identidad gastronómica.

El médico cardiólogo, especializado en trastornos del ritmo cardiaco,  José Ángel Cabrera Rodríguez, considerado uno de los mejores médicos de España por sus investigaciones y avances en el ámbito de su especialidad.

Al escritor, catedrático de Derecho Civil y magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía,  Miguel Pasquau Liaño, especialmente enraizado en nuestra cultura jiennense.

La Asociación Española de Cronistas Oficiales (RAECO); se investirá Comendado de Honor a su presidente Juan Antonio Alonso Resalt, por la meritoria labor de los cronistas oficiales para investigar y divulgar la cultura culinaria tradicional de los pueblos de España, como uno de sus principales referentes de identidad.

En la actualidad la Orden de la Cuchara de Palo no sólo trata de que sus miembros ejerzan como notables amantes de la buena mesa, sino que difundan igualmente desde sus diferentes responsabilidades profesionales las bondades saludables, gastronómicas y terapéuticas de la cocina que se oficia en la geografía española con aceite de oliva virgen extra, y pretende ser también un agente dinamizador de las investigaciones y los estudios sobre el aceite de oliva virgen extra, en particular y, de forma general, sobre la Cultura y la Dieta Mediterránea.

¡Y en ello estamos y seguimos!

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 7 de enero de 2022

Escupiendo a barlovento

Monumento «Barlovento» de César Manrique en Costa Martiánez – Lago Martiánez

Últimamente caigo en la cuenta de cómo ha aumentado el número de premios que se conceden en Jaén. Hoy en día no hay estamento, institución o ente privado o público que se precie, que no resista la tentación de elegir a sus “mejores”. “Júntate a los buenos y serás uno de ellos”, le decía como sabio consejo don Quijote a Sancho. Pero uno, puñetero empedernido, se pregunta: Si los premios se conceden a los mejores, y hay tantos premios, es un indicio claro de que contamos con muchos buenos. ¿Entonces por qué estamos dónde estamos y no despegamos nunca? O quienes conceden los premios no aciertan, o quienes los reciben no los merecen. Pero aquí da premios hasta el “tío de los globos”, ese que encabeza las procesiones de Semana Santa con el carrito de las chucherías.

El endémico victimismo que padecemos lo adornamos con que Jaén es una provincia que ha desmantelado su ferrocarril, y que mantiene para vergüenza ajena un tranvía oxidándose que nos ha costado lo que no tenemos. Ocupamos los últimos puestos en todo lo positivo, y los primeros en todo lo negativo. Tenemos el ayuntamiento más endeudado, y llevamos como un estigma que, de los diez municipios españoles con mayor tasa de desempleo, tres son de Jaén.

Recuerdo aquellos tiempos en los que cambié la trinchera del desencanto por el noble menester de ser corresponsal de barra tabernaria, más que de guerra de salón, en los que guardaba en el cajón de mi mesa un diario de vivencias —sempiternamente inédito— al que titulé “Escupiendo a barlovento”, y cuya dedicatoria decía así: “A mis amigos en el poder. Piadosamente”. Escupir a barlovento es la lección primera que ha de aprender todo grumete a la hora de embarcarse, ya sea por mera aventura lúdica, ya sea por el solo deseo de adentrarse en el mar tenebroso de las singladuras políticas. Escupir a contraviento, esquivando tu propio salivazo devuelto por la galerna, es la reválida que la universidad de la vida le hace pasar a todo aquel que lleva cumplida relación de todas las cosas que nos duelen desde hace tiempo en los cojones del alma.

¿Qué nos quedará por ver y padecer en este circo de payasos que dan más miedo que risa antes de que ejerzamos nuestro irrenunciable derecho al pataleo? Julián Marías escribió en 1963 su “España posible en tiempos de Carlos III”, reeditada en 1988 coincidiendo con el bicentenario de la muerte del “rey alcalde”. En tal libro nos da noticia de interesantes documentos sobre lo que le sucedió al todopoderoso y arrogante don Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, quien en la primavera de 1766, cabreado el pueblo por la subida del pan, fundamentalmente, y por la prohibición de usar las capas largas y los sombreros de ala ancha, como causa más folclórica, tuvo que poner los pies en polvorosa camino de Cartagena como medida precautoria para no perder el pescuezo por retorcimiento, que así le llama el pueblo llano a lo que sostiene la cabeza cuando el cabreo con sus gobernantes es muy grande. Valgan como botón de muestra las jácaras que el pueblo de Madrid dedicó al marqués de Esquilache en su huida:

Algún tiempo mucho fui, / ya cosa ninguna soy, / pues se cagará en mi hoy / quien temblara ayer de mí. / Ruedo hoy, ayer subí, / hoy huir, ayer mandar, / más, puesto a considerar, / justo mal se me señala / pues una cosa tan mala / en que había de parar. […] / Más ¿por qué ha de tener tan triste fin? / Porque engordó muy bien y era razón /le llegase también su San Martín”.

Trataré de localizar al “tío de los globos” y convencerlo para que otorgue sus premios a los peores, a ver si así acertamos de una puñetera vez.

© José María Suárez Gallego

Premiar a los mejores

corona-de-laurel

(Publicado en Diario Jaén el viernes 3 de febrero de 2017)

Últimamente caigo en la cuenta de cómo ha aumentado el número de premios que se conceden en Jaén. Hoy en día no hay estamento, institución o ente privado o público que se precie, que no resista la tentación de elegir a sus “mejores”. Únete a los buenos y serás uno de ellos, le decía como sabio consejo don Quijote a Sancho.

Pero uno, puñetero empedernido, se cuestiona: Si los premios se conceden a los mejores, y hay tantos premios, es un indicio claro de que contamos con muchos mejores. ¿Entonces por qué estamos dónde estamos y no despegamos nunca? O quienes conceden los premios no aciertan, o quienes los reciben no los merecen. Pero aquí da premios hasta el “tío de los globos”, ese que encabeza las procesiones de Semana Santa.

La Fundación Amancio Ortega ha seleccionado a los 500 jóvenes que el próximo curso podrán estudiar primero de Bachillerato en institutos de Estados Unidos o Canadá. Andalucía ha sido la segunda comunidad española en número de becarios, con 73, después de Madrid (76). Málaga es la provincia andaluza con más estudiantes becados, un total de 21. Le siguen Sevilla (13), Cádiz (10), Córdoba y Granada, con 9, Huelva (3) y Almería, con dos becados. ¡Y ninguno de Jaén!

El endémico victimismo que padecemos lo adornamos con que Jaén es una provincia que ha desmantelado su ferrocarril, y que mantiene para vergüenza ajena un tranvía oxidándose que nos costado lo que no tenemos. Ocupamos los últimos puestos en todo lo positivo, y los primeros en todo lo negativo. Hemos desmantelado la mejor escuela de hostelería que nos ha dado a cocineros “cum laude”. Tenemos el ayuntamiento más endeudado, y llevamos como un estigma que, de los diez municipios españoles con mayor tasa de desempleo, tres son de Jaén.

Recuerdo aquellos tiempos en los que cambié la trinchera del desencanto por el noble menester de ser corresponsal de barra tabernaria, más que de guerra de salón, en los que guardaba en el cajón de mi mesa un diario de vivencias –sempiternamente inédito— al que titulé “Escupiendo a barlovento”, y cuya dedicatoria decía así: “A mis amigos en el poder. Piadosamente”.

 Escupir a barlovento es la lección primera que ha de aprender todo grumete a la hora de embarcarse, ya sea por mera aventura lúdica, ya sea por el sólo deseo de adentrarse en el mar tenebroso de las singladuras políticas. Escupir a contraviento, esquivando tu propio salivazo devuelto por la galerna, es la reválida que la universidad de la vida le hace pasar a todo aquel que lleva cumplida relación de todas las cosas que nos duelen desde hace tiempo en los cojones del alma.

¿Qué nos quedará por ver y padecer en este circo de payasos que dan más miedo que risa antes de que ejerzamos nuestro irrenunciable derecho al pataleo?

Julián Marías escribió en 1963 su «España posible en tiempos de Carlos III«, reeditada en 1988 coincidiendo con el bicentenario de la muerte del «rey alcalde». En tal libro nos da noticia de interesantes documentos sobre lo que le sucedió al todopoderoso y arrogante don Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, quien en la primavera de 1766, cabreado el pueblo por la subida del pan, fundamentalmente, y por la prohibición de usar las capas largas y los sombreros de ala ancha, como causa más folclórica, tuvo que poner los pies en polvorosa camino de Cartagena como medida precautoria para no perder el pescuezo por retorcimiento, que así le llama el pueblo llano a lo que sostiene la cabeza cuando el cabreo con sus gobernantes es muy grande.

Valgan como botón de muestra las jácaras que el pueblo de Madrid dedicó al marqués de Esquilache en su huida:

«Algún tiempo mucho fui,

 ya cosa ninguna soy,

pues se cagará en mi hoy

quien temblara ayer de mí.

Ruedo hoy, ayer subí, hoy huir, ayer mandar,

más, puesto a considerar,

justo mal se me señala

pues una cosa tan mala

en que había de parar. […]

Más ¿por qué ha de tener tan triste fin?

Porque engordó muy bien y era razón

le llegase también su San Martín«.

Trataré de localizar al “tío de los globos” y convencerlo para que otorgue sus premios a los peores, a ver así acertamos de una puñetera vez.

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