La moneda de Caronte

Caronte, de Gustavo Doré, ilustración para la Divina Comedia

Suele decir mi contertulio El Caliche, viejo gastrósofo del terruño, de forma tajante, que de esta vida sacarás panza llena y poco más. Y debe llevar razón cuando, curiosamente, el primer refrán gastrosófico que sentencia Sancho Panza en El Quijote (capítulo XIX de la primera parte), en una aventura que recuerda el traslado de los restos mortales de San Juan de la Cruz desde Úbeda a Segovia. Es aquel que en boca del buen escudero suena así:” …Y como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza “.

Hay quien ha dicho, con cierto sentido burlón, que la vida es una aventura de la que nadie sale vivo, asociando el hecho de irse al otro barrio con la única circunstancia vital que no tiene remedio: morirte, le he leído a alguien, es lo peor que puede pasarte, porque después de eso ya no te vuelve a pasar nada más, seguro.

Tal vez sea por ello por lo que, sabiendo de antemano el desdichado final de tal aventura, tratemos de dilatarla en el tiempo todo lo que sea menester y hacerla lo más llevadera posible, pues por mucho valle de lágrimas que aquí tengamos son muy pocos los que quieren irse.

            Llegando el primer día del mes de noviembre, es tradicional que nos acordemos de todos los que se nos fueron para siempre, pero sin perder de ojo la hogaza. En prácticamente todas las villas y ciudades de Jaén han existido las antiguas Hermandades de Ánimas, cuyo cometido no era otro que recaudar fondos para sufragar las misas y los rezos que hicieran posible que las almas en pena encontraran la paz eterna purgando sus pecados. La noche de tránsito desde el día de Todos los Santos hasta el día de Todos los Difuntos es el tiempo propicio para que los vivos se enteren del descontento de sus muertos, pues no es menos cierto que muchas de las hogazas que se comen algunos vivos se han amasado con los sudores de algunos de sus muertos, y a veces en contra de la voluntad del finado cuando vivía. Plantearse eso de noche, mediado el otoño, en el que las mariposas de luz, ancestrales luminarias, nadan en el tazón sobre el aceite dibujando tenebrosas sombras, siempre suscita algún que otro remordimiento, cuando no mucho canguelo, pues si bien es cierto que nadie ha vuelto del otro sitio, cualquier día puede ser el primero, como bien repetía la tía Jesusona para general susto de los niños que la oíamos contar aquellas historias.

            En pueblos como Baños de la Encina y Guarromán, es tradicional que para esas fechas los hombres desde antaño, y ahora pandillas de ambos sexos, abandonen la localidad pasando la Noche de los Santos en el campo junto a un fuego comiendo y bebiendo. Según parece tal circunstancia es debida al hecho de que era piadosa costumbre durante esos días que las campanas de la iglesia no dejaran de “tocar a muerto”, lo que creaba el normal desasosiego y la consabida congoja de ánimo. El mejor remedio, empinarse un medio (medida tabernaria para el medio litro de vino que se expendía en las clásicas botellas labradas de anís El Mono), lejos de tan lúgubre sonido y con alguna que otra engañifa de cerdo. Mientras tanto las mujeres acudían a las misas pertinentes (había que oír tres por difunto de la familia), preparaban gachas dulces de harina con tostones de pan, y miel o leche caliente según el gusto del lugar. Los niños, como broma, les echaban trozos de corcho que los más viejos confundían con el pan frito, y con la masa sobrante tapaban los ojos de las cerraduras de todas las puertas y candados de la casa, para que ningún alma en pena, errabunda en la eternidad, pudiera entrar en ella.

         En la mitología griega, Caronte era el barquero del Hades, el encargado de guiar las sombras errantes de los difuntos recientes de un lado a otro del río Aqueronte, si tenían dinero para pagar su último viaje, razón por la que en la Antigua Grecia los cadáveres se enterraban con una moneda bajo la lengua. Moneda que en nuestra cultura cada año gastamos en flores y en vino para echarle las honras a quienes ya cruzaron el río que separa las orillas de las sepulturas y las hogazas.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes uno de noviembre de 2019

Trasiego de muertos

Valle de los caidos

Valle de los caídos

(Publicado en Diario Jaén el viernes 27 de julio de 2018)

            El psicólogo y médico anatomista del siglo XIX Oliver Wendell Holmes fustigó desde su retranca de profesor “made in Harvard” el puritanismo feroz de sus antepasados, y puso en solfa el de sus coetáneos bostonianos desde un genuino sentido del humor yanqui. He de admitir que el tal Holmes –me refiero al médico escritor y no al legendario detective británico— hubiera seguido siendo para mí un ilustre desconocido si no fuera porque escribió un libro, a modo de charla en prosa, titulado The autocrat of breakfast table (El autócrata del desayuno. 1857). Navegando por internet a la búsqueda de una sola gota de aceite de oliva en la historia de los desayunos norteamericanos me encontré con él, y ciertamente nada tiene que ver con nuestras tostadas mañaneras.

El hecho es que accedí al libro de Holmes, comprobando que la alusión al desayuno que se hacía en el título no se refería a la acción de romper el ayuno nocturno, que era lo que de verdad me interesaba. Entresaque de él, bote pronto, algunas frases: “El ruido que produce un beso no es tan fuerte como el de un cañonazo, pero su eco dura mucho más tiempo”. Y esta otra: “El espíritu de un fanático es como la pupila del ojo; cuanto más intensa es la luz que le llega, más se contrae”.

            Por fin encontré en el libro de Holmes una pequeña referencia a las viandas que justificara lo del desayuno del dictador: “Los hombres, como las manzanas y las peras, toman un poco de dulzura antes de que comiencen a estropearse”. Ello me hizo pensar cuan longevos son los tiranos, los caciques, los autócratas, los dictadores y los poderosos fanáticos, y cómo al final de sus días nos muestran siempre una plácida apariencia de abuelitos entrañables. A esa edad sólo se desayunan con las ínfulas del cisne que está presto a cantar antes de morir. Sólo su arrogancia cruel les ha hecho creer durante toda la vida que, como al gallo desquiciado, el sol ha salido cada mañana exclusivamente para oírlos cantar a ellos sus nanas de muerte y sufrimiento.

            A los españoles, amamantados por tantas culturas que han cruzado la península de los celtíberos, no nos asusta la muerte. Hacemos de ella en muchas ocasiones un divertimento lúdico de gran calado etnográfico. En el caso de la controvertida fiesta nacional, un hombre feminizado por su ceñida vestimenta de luces trata de dar muerte, haciendo liturgia de ello, a la fuerza bruta e irracional de un toro bravo. Es significativo que el cuerpo más legendario y aguerrido de nuestro ejército se autoproclame como “los novios de la muerte”, y no como los legionarios de la vida, y le rinda culto, también con mucha liturgia, al Cristo de la Buena Muerte y no al Cristo Resucitado.

            A los celtíberos no nos asusta la muerte, a la que rendimos un culto ancestral. Nos asusta un muerto, con nombre y apellidos, y el hecho de que pueda volver del más allá, y nos asusta también un viejo loco que no le tenga miedo a la muerte ni a los muertos.

            En el capítulo 19 de la primera parte del Quijote se recoge la que podemos considerar como la primera cita gastrosófica de esta monumental obra cervantina. En ella se recrea el traslado de los restos mortales de San Juan de la Cruz desde Úbeda a Segovia. Don Quijote y Sancho se encuentran con tan luctuoso cortejo y en un tris estuvo que el caballero de la triste figura, paradigma del viejo loco celtibérico, se metiera en pendencias, y así concluye Sancho Panza:

Señor […] la hambre carga: no hay qué hacer sino retirarnos con gentil compás de pies, y, como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza.

            El Valle de los Caídos es un monumento a la muerte fratricida en el que reposan los restos del dictador, que pese a todo murió de viejo en su cama bajo la apariencia de un abuelito entrañable, como refería Holmes. No desoigamos a Sancho Panza y vaya el muerto a su sepultura y tratemos de procurarles las hogazas en España a tantos jóvenes bien preparados que tenemos repartidos por medio mundo dispuestos a militar en la vida junto a los suyos y en su tierra.

 

TRASIEGOS DE MUERTOS