Moscas

Consubstanciales al verano, descaradamente voraces y vulgares, las moscas, como escribió don Antonio Machado –el profesor de Baeza–, en el sopor de la tarde siguen sin labrar como abejas ni brillar cual mariposas. Evocadoras, sí, de librotes cerrados de mecánica cuántica, cartas de amor – ¡qué tiempos aquellos cuando escribíamos nombres en el vaho, encaramados al último sorbo de corazón que nos quedaba por beber en el vaso largo de la noche! –, evocadoras de los párpados yertos que les florecían a las tardes muertas en las que invocábamos al dios de los palíndromos.

Decididamente y con urgencia hay que proclamar a la mosca cojonera como patrimonio vivo de la humanidad deshumanizada por su inestimable contribución a la evolución integral del ser humano. Sin ella, y sin los que la imitan, nuestra especie no hubiera desarrollado el sentido de la perseverancia y de la lucha sin cuartel, el “llega quien resiste” de las victorias íntimas. En el fondo, todos aspiramos a convertirnos en la mosca cojonera de nuestras moscas cojoneras, y esa metamorfosis hace que el inquieto mulo del destino siga dando corajudas coces en la cuadra de las conciencias. Impagables moscas que nos mantenéis despiertos y ligeros de equipaje a la sombra estéril de los vanidosos laureles.

© José María Suárez Gallego

La metamorfosis del domador de moscas

Lion_Tamer_by_suiSIDIUS

El domador. Ilustración de suiSIDIUS

Me dice mi amigo el Caliche, contertulio del verano y demás fiestas de guardar, que quién más o quién menos alberga entre sus ambiciones más íntimas el deseo de, látigo en mano, poder doblegar leones  allí dónde a uno lo vean. No faltan los que aspiran a más y no se conforman con asustar a cuatro gatos melenudos –por muy leones que parezcan–, sino que sueñan con dominar fieras corrupias, y, llegado el caso, hasta  acogotar en público dragones de mil demonios.  El afán desmedido de notoriedad tiene su intríngulis.

Derribar al que brilla y amedrentar  al poderoso, es el deseo irreprimible del que creyéndose tener el látigo mágico de someter bichos feroces, pero no la pericia de utilizarlo con maestría, ni, por supuesto, el valor de meterse en la jaula con las fieras, ha de conformarse con ser el domador de las moscas que el león espanta con su cola. El hecho es, según parece, tener un motivo para adornarse con los entorchados propios del circo, y así disimular el patetismo de su vanidad desnuda.

El domador de moscas cuando toma conciencia de sus  miedos y sus limitaciones  trata de imitar al que brilla y adular al poderoso. Envidia a las libélulas por los destellos luminosos de sus alas cuando vuelan, y respeta a los leones cuando al rugir muestran los puñales de sus colmillos. Pero no pierde oportunidad de exhibir su nombre y sus proezas con letras bien grandes en los carteles de su particular circo: “Fulanito de Tal, experto domador de moscas”.  La autocomplacencia en sus delirios de grandeza lo llevan a proclamarse a si mismo mariscal de todos los domadores de moscas, para lo cual no renuncia a utilizar en  beneficio propio el buen nombres, las hazañas y las proezas, de auténticos domadores de leones, de reconocido prestigio y sobrada valentía.

Un día descubre que las moscas no admiten más sumisión que su genética adicción a la mierda ajena. Es entonces cuando decide convertirse con urgencia en una mosca cojonera, que acabará siendo abatida indefectiblemente por la cola de un viejo y displicente león.