Los cuentos y los miedos

A veces, el ajetreo de lo cotidiano nos mantiene ausentes de toda la tramoya de la vida. Fue ayer, desde mi balcón orientado al campo, cuando pude percibir que tras el ocaso se hizo un silencio de los pájaros que en mucho rememoraba la cita del Apocalipsis de San Juan, que da nombre a la extraordinaria película del sueco Ingmar Bergman “El séptimo sello” (1957): “Y cuando el Cordero abrió el séptimo sello, hubo un silencio en el cielo como de media hora”. (Ap 8:1)

Había una sensación de Peste Negra medieval en el ambiente, como en la genial película de Bergman. Pero a los humanos nos paren con cuentos, nos acunan con cuentos, nos amamantan con cuentos, y entre cuatro cirios nos envían a una eternidad allende el país de los miedos y de los cuentos. Siempre he admirado a quiénes los han escrito, porque en cada cuento nos han dejado un mensaje oculto: “La Historia no es más que la mentira encuadernada”. 

Los de mi generación, de jóvenes creíamos a pies juntillas en la armonía y en la transparencia de las ideas y de las cosas, y nos ha costado lo nuestro asumir que existe el mal. A sangre y fuego de desencanto hemos aprendido que existe la maldad gratuita; afición favorita de aquellos que le ponen zancadillas a la Historia –y a todo hijo de vecino–. Ya nos lo decía Voltaire, con el fino sentido del humor dieciochesco con el que adornaba su pensamiento ilustrado: “Una de las mayores desgracias de las gentes honradas es que son cobardes”. Y este mundo actual, en el que las ideas, los rencores, los odios y los miedos se han globalizado, parece estar hecho sólo y exclusivamente para chacales valientes.

Escribir es, ante todo, un gusanillo como el que mataban, cada amanecer, con aguardiente “matarratas” los mineros de mi tierra en otros tiempos, sin ser conscientes de que tarde o temprano ese gusanillo inofensivo acaba convirtiéndose en un dragón al que vencer, o, en el peor de los casos, en un espejismo por el que dejarse seducir. Es cuestión de cómo administremos las cobardías en el argumento de nuestros cuentos sin miedos.

Nunca sabemos cuánto tiene uno, en cada momento, de San Jorge matadragones o de arañilla de quicio chinchorrera. Simplemente se escribe lo que se vive, y hasta lo que se sueña, ejerciendo más de “corresponsal de barra tabernaria” que de “corresponsal de guerra injusta”.

Lo decía también Voltaire: “Entre lobos, conviene aullar de vez en cuando”, tal vez porque la razón última de que la Historia nos haya perpetuado un modelo de persona honrada y necesariamente cobarde, estribe en el empeño que los inspiradores de todas las globalizaciones posibles han puesto para que nos creamos que sólo nos hacemos merecedores de la diaria ración de progreso y bienestar, exclusivamente desde el silencio de los corderos. Pero vivimos la paradoja de la oveja que se pasa la vida temiendo al lobo, cuando ha de ser el pastor que las cuida quién las mate y se las coma.

Pese a todo, uno añora los cuentos de la infancia en los que los malvados nunca salían victoriosos y las gentes honradas, al final, eran felices y comían perdices.

A veces, la cautela, la prudencia y el ánimo de los políticos en su afán de no crear alarma social, acaba haciéndoles olvidar que nunca duelen dos cosas a la vez. Es por ello por lo que nunca sabemos si nos duele más lo urgente o lo importante, o tememos ambas cosas por igual.

Una democracia sin miedos y sin cuentos implica una sociedad de valores, en la que no caben los remilgos semánticos que las dictaduras dejan marcados en el subconsciente colectivo de una sociedad cada vez más propensa a que le afloren progres de derechas, pijos de izquierdas, pelagatos culturales, mindundis laborales, pillabichos financieros, salvapatrias de opereta, virus con nombre de corona, y una corona que parece un virus.

A la caída de la tarde pude apreciar que los pájaros no cantaban. Parecían observar en silencio el nacimiento de una crisis en el país de los cuentos y de los miedos, en el que como siempre la mayoría pierde mucho, y unos pocos sólo pierden los escrúpulos.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 20 de marzo de 2020

Pelagatos, mindundis y pillabichos

Algo debe estar haciendo aguas en nuestra sociedad cuando cada vez es más frecuente  la vejación de los que enseñan,  la agresión a los que sanan, y la difamación contra los que administran justicia. Persistentemente, a la vista queda, se maltrata, atropella y revuelca  a los tres asideros de urgencia que toda sociedad tiene para promover, en última instancia, su regeneración desde la dignidad: La enseñanza, la sanidad y la justicia.


Es como si el contubernio judeo masónico, al que tanto aludía el dictador, se hubiera convertido,  pasada ya una generación sociológica, en la “confabulación del repelús”, de tal modo que conceptos como disciplina, autoridad y respeto, hayan dejado de ejercerse por miedo a que se nos ubique en el bando ideológico contrario.


En el manual del buen demócrata nunca han dejado de estar vigentes palabras como educación, disciplina, autoridad, respeto, esfuerzo, consideración y mesura. Identificar  algunas de ellas con métodos y talantes dictatoriales, totalitarios y represivos, es un error de bulto de quienes por no parecer  lo que no son, consienten por omisión y dejación  la represión dictatorial y totalitaria contra profesores, médicos y administradores de justicia, precisamente a manos  de los mismos ciudadanos que son objeto de los servicios que el propio estado democrático les encomienda.


 Paradójicamente, hacer la vista gorda y permisiva con quienes, campando por sus respetos, confunden la democracia con poder hacer “lo que a uno le salga de los cojones en todo momento” –vox populi dixit-, a la larga no engorda el semillero electoral, y diluye la autoridad del sistema democrático, descafeinando el cumplimiento de las leyes que promulga y las normas que lo sustentan. Esta es, sin duda, la mejor forma de allanarle el camino a los que piensan que la vieja y nefasta receta del garrotazo y tentetieso es el único y mejor jarabe para curar las calenturas que, según ellos, producen los “delirios democráticos”, responsabilizando a la propia democracia de todos los males que unos “demócratas”, poco escrupulosos, ocasionan desde la demagogia, más que desde una gestión responsable y sin complejos frente al pasado.


La democracia implica una sociedad de valores, en la que no caben los remilgos semánticos que las dictaduras dejan marcados en el subconsciente colectivo de una sociedad  cada vez más propensa a que le afloren  progres de derechas, pijos de izquierdas,  pelagatos laborales,  mindundis culturales, y pillabichos financiero-empresariales.

©José María Suárez Gallego