Estadísticas de Murphy

PIANO ESCALERA

 

(Publicado en Diario Jaén el viernes 21 de septiembre de 2018)

Esos números con los que nos suele recordar periódicamente la oficialidad gobernante que somos encantadoramente vulgares en una sociedad descaradamente corriente y moliente, que llaman estadísticas, me dicen últimamente que vivo en uno de los pueblos con la media de edad más joven de Andalucía, y en una provincia con una de las medias de edad más viejas. Y yo, al mirarme frente al espejo de cantar por las mañanas mientras me afeito, me percato entonces de mi condición estadística de cateto joven y provinciano viejo. Esto, más que un contrasentido es todo un motivo de orgullo: ¡Ya era hora de que mi pueblo y mi provincia fueran los primeros en algo vital!

Los que nos sentimos socialmente estándar, españolitos medios y andaluces medios, sabemos que nuestro destino estadístico medio es aspirar a que nos toque una primitiva millonaria para poder repartir a diestro y siniestro cientos de cortes de mangas dedicados a nuestros vecinos fisgones, a los parientes coñazos, a los jefes impresentables, a los políticos infumables, a los intolerantes de medio pelo y, en general, a todos nuestros congéneres con rango de pendones sociales. La estadística es esa extraña ciencia con la que nos calientan el deseo de sentirnos diferentes cada vez que comprobamos que somos unos mirlos negros –algunos con vocación de pájaro de mal agüero– en un corral de mirlos negros. El mirlo blanco, por lo visto, sólo existe en el refranero.

Las gentes estadísticamente “normales” acabamos creyéndonos que somos estadísticamente inmortales, de ahí que, sin prisas, pero sin pausas, nos acojamos a la cómoda rutina y nos quedemos agazapados en ella. Tal vez sea por ello por lo que hoy en día se les tenga más fe a los juegos del Organismo de Loterías y Apuestas del Estado que a los asuntos de Dios, y eso que es más fácil –según el cálculo de probabilidades— que se nos aparezca la Virgen a que nos toque una primitiva con bote. Hemos dejado de santificar el domingo en las iglesias, para glorificar los lunes haciendo cola en las administraciones de lotería, sobre todo ahora que ya tenemos asumido que las cosas que nos importan en nuestra perra vida siempre suceden en nuestra ausencia, de ahí que nunca se nos aparezca la Virgen del mismo modo que nunca nos toca la primitiva

Mi amigo y contertulio de “ligaílla” el Caliche, que no es consciente que vive en un pueblo estadísticamente joven, ni en una provincia estadísticamente vieja, suele decir desde su enfermiza afición a las películas de Gary Cooper y al mundillo de los toros, que se comienza a tomar conciencia de que se es viejo cuando uno le va teniendo querencia a buscar –como el toro herido de muerte— las tablas más próximas al chiquero, para echarse. Es esa edad en la que después de haberse tomado dos copas de vino uno se siente gastrósofo y se deja seducir por el vértigo existencial. Es decir, se comienzan a pronunciar –en palabras de mi amigo el Caliche— tonterías mayúsculas. Bien que lo dijo usted –me reprocha— que en esto de la vida no hay un principio ni un final, sólo una pasión infinita por vivirla. Lo mejor es no meterse en vericuetos, que la vida como las ollas también tiene dos asas, y siempre por una se es más manejable que por la otra.

Pero por muchas estadísticas que nos den estamos sujetos a la inexorable ley de Murphy: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Ley que desde el fatalismo que heredamos de la cultura árabe y el victimismo resignado del que hacemos gala las gentes del sur, tiene su extensión metafísica en “…y además es muy probable que salga mal”. Dicen que el tal Murphy fue más expeditivo al formular la segunda parte de su famosa ley: “Es inútil hacer cualquier cosa a prueba de ineptos, porque los ineptos suelen ser muy ingeniosos“.

La vida, en definitiva, no es otra cosa que lo que le pasa a “uno mismo”, si bien hemos de aceptar de antemano que la mayoría de las veces “uno mismo” en realidad son “los otros” por capricho expreso de la estadística.

Lo dicho: ¡Ya era hora de que fuéramos los primero en algo vital, pese a los ineptos ingeniosos de Murphy!

FOTO ARTICUO SOBRE MURPHY DIARIO JAEN

El culto a la diosa fortuna

ante la administración de loterias

Mira, paisano, el otro día les comentaba a mis contertulios el Caliche y Cantaorejas, que los esfuerzos realizados por el ser humano para paliar los duros efectos de todos los males que últimamente están pasando en el mundo, y de forma más preocupante en nuestro país, podrían resumirse en una máxima de gramática parda que ya sabían nuestros abuelos: “Las penas con pan son menos”. Siendo por ello por lo que cuando uno toma conciencia de que es un desheredado social y un descamisado al más puro estilo libertario, lo primero que hace, paisano, es asaltar un supermercado y llenar un carro de la compra con garbanzos, avíos para el puchero y cartones de leche.

Hedonismo puro, en definitiva, paisano, para paliar la resignación con la que nos han enseñado a asumir que a esta vida hemos venido a sufrir y a penar; y para pasarlo bien ya tendremos una eternidad en la otra vida donde desquitarnos de lo lindo.

Pese a ello, y por si las moscas, la mayoría de las veces desoímos la voz de la piadosa resignación y tratamos, cada vez que podemos, que el paraíso prometido se nos haga realidad en este “valle de lágrimas”, sin necesidad de tener que esperar a la otra vida –que dicho sea de paso nos llegue cuanto más tarde mejor–. Tal vez ahí resida la explicación de porqué en estos tiempos encontramos más gente haciendo cola ante las administraciones de lotería para comprar décimos para el sábado, para el jueves, bonolotos, “euromillones” y “primitivas” con bote, que ante las puertas de las iglesias para encomendarse a Dios y pedirle favores.

Hemos hecho del Organismo Nacional de Loterías un dios oficial a quien encomendamos nuestras frustraciones cotidianas, después de que cada Navidad nos haga creer que con sólo soplar burbujas –incluida la inmobiliaria antes de reventar– podemos hacer realidad nuestros sueños.

A la vista de los hechos, por contradictorio que nos parezca, no hay mayor maldición que se le pueda desear al peor de los enemigos que aquella de: “Permita Dios que se te hagan realidad tus sueños”, porque casi siempre, una vez que se han logrado, acabamos siendo esclavos de ellos. Bien que nos lo explicaba con su peculiar soniquete de maestra y poeta Gloria Fuertes cuando nos decía que ella había conocido gente tan pobre que sólo tenía dinero.

No obstante, paisano, hace tiempo que, como una vacuna moral y de autoestima, me aprendí la milonga del recordado gaucho Facundo Cabral: “Pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy”, la cual tatareo a modo de terapia mientras espero mi turno ante los santuarios de la suerte los lunes por la tarde, o cada vez cuando frente al televisor desde los telediarios nos dicen que yo no sé quién nos va a rescatar, sin que nunca se nos diga ni de quiénes ni de qué.

A los pobres, paisano, por lo visto, sólo nos quiere la suerte. Lo que pasa es que la “joía” se hace mucho rogar y se reparte muy mal. Por lo visto a la diosa Fortuna no se la busca, si le caes en gracia te suele encontrar ella.