Morir como un perro

Retrato de René Robert., de PRISCA BRIQUET

Dicen los viejos del lugar que “estómago hambriento no admite argumento”, y que “no hay cola sin empujones, ni agobio que atienda a razones”, lo que aderezado con el axioma real y verídico de que a cualquiera se nos da una gorra e ipso facto nos creemos ser el general MacArthur entrando en Filipinas, nos lleva siempre a pretender iniciar todas las revoluciones pendientes.

Pero cada vez nos encontramos con más gente que dice amar mucho a Dios, pero  no ama a su prójimo; que pregona que quiere mucho a su patria, pero no quiere a sus compatriotas. Es como sentirse el general MacAnthur tomando posesión, gorra en mano, de las entretelas emocionales de nuestro espíritu cristiano y patrio de garrafón y chichinabo.

Suelo cada día anotar los temas con los que poder romper el maleficio por el que mis manos cada mañana de sábado se quedan quietas frente al blanco absorto de una cuartilla muerta, hechizo de taumaturgos éste de la pluma que aprendí a trancas y barrancas en la Poesía Urgente de Gabriel Celaya:

“¡Prohibido, señores, jugar al Paraíso! /  Todo está prohibido: Fumar, beber, reír a locas, / disfrazarse de arcángel, entrar en los espejos, / llamarle guardia al guardia y a una rabia, alegría, / o dar fuego al cohete con una rosa roja. […] / Debemos ser formales, solemnes, decorosos; /siguiendo los carriles crear libros y cuadros, / retratos que se pagan, poemas publicables; / disimular con formas sabias que estamos locos.”

En esencia sabemos que lo que nos viene a decir George Orwell en su Rebelión en la granja (1945) es que todos los animales son iguales, si bien algunos son más iguales que otros. La profecía orwelliana auspiciada en su novela 1984 (1948) –aquella en la que hablaba del Gran Hermano  que todo lo vigilaba en una sociedad en la que un  Ministerio de la Verdad proclamaba que dos más dos son cinco— se ha cumplido al revés: en lugar del ojo que nos mira, tenemos la TV para mirar, adaptándonos pasivamente a lo que desea el poder, de ahí que la gran batalla por alcanzarlo se libre hoy en el mundo de  las tecnologías punteras de la comunicación y de la información. ¡Quien domine Internet y sus estribaciones económico digitales se convertirá en el Gran Baranda Universal! La libertad entonces alcanzará su sentido más pleno –más orwelliano– al convertirse en el derecho de cada cual de poder decirle a los demás lo que no quieren oír, aunque bien es cierto que estas singladuras filosóficas, siempre me han inspirado en mi gramática parda de corresponsal de barra  –más que corresponsal de guerra— negros presagios de naufragio.

Los músicos del Titanic, aquellos jornaleros del pentagrama que tocaron hasta el final su canción con encomiable pundonor, también acabaron ahogándose junto al papel mojado de sus partituras, mientras otros con sus chisteras, desde los botes salvavidas, les hacían saber para alentarlos que el “Titanic no se hunde”.

Bien se sabe que los seres humanos –como afirmaba Nietzsche, aquel que le hizo decir a Zaratustra que “Dios ha muerto”— en el fondo somos poco ambiciosos; nos basta con una buena digestión para encontrar la vida agradable. Todo lo demás son bambollas  que nos inventamos para crear el ambiente, pero nada más. No hay más verdad que el pesebre en la filosofía del asno, y muchas veces también en la de quien lo cabalga.

Pero, en el fondo, siempre nos quedará París, que se decía en la mítica  “Casablanca”, para morir como un perro ahogado en la indiferencia, con la gorra del general MacArthur en la mano, junto a todos los entorchados de mandamás de la granja en la que no acabamos de rebelarnos ante los ojos del Gran Hermano. 

Vayan estas líneas dedicadas a la memoria del venerable anciano René Robert, artista fotógrafo del Flamenco, muerto como un perro en el frio invernal de una calle de Paris, y víctima de la indiferencia del siglo XXI que deja a sus viejos tirados en la calle sin un banco en el que cobrar la pensión, y sin otro banco en el que tumbarse para morir con la dignidad de un músico del Titanic.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 4 de febrero de 2022

Instintos y pandemia

Recuerdo haberle oído a José Saramago (1922–2010): «A mí no me gusta hablar de felicidad sino de armonía: Vivir en armonía con nuestra propia conciencia, con nuestro entorno, con las personas que se quieren, con los amigos. La armonía es compatible con la indignación y la lucha; la felicidad no, la felicidad es egoísta«.

El ser humano ha desarrollado dos instintos que pueden parecer contrapuestos pero que se complementan como el yin y el yang del taoísmo. Dos energías necesarias para mantener el equilibrio universal. Esta pandemia está poniendo de manifiesto, más que nunca, los dos instintos que nos invaden paradójicamente en situaciones difíciles: El instinto de supervivencia para seguir sintiéndose vivo, y el instinto de felicidad para no comenzar a sentirse muerto.

Sobre el instinto de supervivencia ya nos habló Charles Darwin (1809-1882), al afirmar que no eran las especies más fuertes ni las más inteligentes las que sobrevivían a una eventual crisis evolutiva, sino las que sabían adaptarse al medio en cada cambio vital. Más que el renovarse o morir que siempre le hemos oído decir a los innovadores, es el adaptarse o morir que predican los más conservadores.

Del instinto de felicidad ya nos habló André Maurois (1885-1965): “El anhelo de felicidad atañe a todos los seres humanos y durante toda su vida, por encima de prejuicios culturales y de hipocresías sociales.”

Las aspiraciones del ser humano siempre entran en pugna, y en tiempos de problemas sobrevenidos y no esperados, como es el caso de esta pandemia, mucho más, entre el instinto de supervivencia que lo mantiene vinculado a su irrenunciable cualidad de animal, y el instinto de felicidad que trata de aislarlo de la “triste realidad” de ser un animal acosado por el peligro y el miedo a lo desconocido.

En la comarca de raíces mineras en la que vivo, los mineros, la noche anterior de tener que volver a la mina a la mañana siguiente, sin saber si ese día sería el último de su vida, se iban a la taberna y ante sus problemas se decían que “el mejor remedio es empinarse un medio”, haciendo alusión a la botella de medio litro, de aquellas labradas de Anís El Mono, que se servían llenas de vino blanco en las tabernas mineras de Linares, La Carolina y los pueblos de la zona.

Hay un tercer instinto más difícil de calibrar en estas circunstancias de pandemia: Es el instinto de insensatez, que es cuando el deseo hedonista de felicidad ciega la necesidad de sobrevivir. El refranero español es preciso en esos aspectos: “Hay que vivir como si fuera el último día de tu vida”. “Que nos quiten lo bailao”. “El que venga atrás que arree”. O “Para lo que me queda que estar en este convento…”

            A final de cada día, después de cenar, nos solemos sentar en nuestro sillón de espectador del circo de las pandemias para que infinidad de asesores científicos, políticos curtidos, e ilustres ignorantes en varias disciplinas, nos hablen sobre “nuestros” tres instintos frente al virus: Si sobrevivimos, si nos divertimos o si nos idiotizamos.   

            Cuando concluimos sin tener las cosas claras, nos tomamos la temperatura con un termómetro de infrarrojos, y nos acostamos tranquilos si la pantalla se ha encendido en verde.

Recuerdo, tantas veces que mis manos se han quedado quietas frente al blanco absorto de una cuartilla muerta, sin saber nada de mis tres instintos de pandemia. Y recurro a la “Poesía Urgente” de Gabriel Celaya:

¡Prohibido, señores, jugar al Paraíso! / Todo está prohibido: Fumar, beber, reír a locas, /disfrazarse de arcángel, entrar en los espejos, / llamarle guardia al guardia y a una rabia, alegría, / o dar fuego al cohete con una rosa roja. […]

Debemos ser formales, solemnes, decorosos; / siguiendo los carriles crear libros y cuadros, / retratos que se pagan, poemas publicables; / disimular con formas sabias que estamos locos.    

            Me han dicho que estamos cerca de la “inmunidad de rebaño”. Por lo pronto ya han vacunado al pastor y el perro. ¡Progresamos adecuadamente hacia la supervivencia, la felicidad y la insensatez!

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 5 de febrero de 2021