Piedras lunares

El recordado Manolo Anguita Peragón tuvo en este periódico hace años una sección denominada “Piedras lunares” en la que solía publicar sus artículos. Nunca he tenido claro si  estas piedras, cada vez que se les invoca desde los versos del nunca olvidado Miguel Hernández: “Jaén levántate brava sobre tus piedras lunares, no vayas a ser esclava con todos tus olivares”, están ahí solamente porque riman, o si hay que ir a algún sitio a reclamarlas. ¿A qué organismo debemos ir a recogerlas? ¿O cada cual, ese día en el que Jaén decida levantarse, tendremos que llevarnos nuestras propias piedras lunares desde nuestras casas?

A estas alturas de la historia ya hemos asumido que la Europa que nos vendieron los europeístas convencidos, por mucho Himno a la Alegría beethoveniano que le pusieran al videoclip de promoción, no ha sido otra cosa que un cajón repleto de intereses más que de ideas, en el que no tienen cabida las piedras lunares.

Hasta no hace mucho se ha aceptado que es el ánimo humano quién crea la riqueza, llegándose a pensar ingenuamente que es preferible un hombre sin dinero, que el dinero sin hombres. Ahora, con las martingalas con las que nos embaucan el neoliberalismo y la revolución tecnológica, estamos comprobando en nuestra carne social que no sólo hay hombres y mujeres sin dinero –cosa muy lamentable-, sino que el dinero ya es capaz de generarse sin la laboriosidad de mujeres y hombres, es decir, la exaltación de la especulación pura, que en boca de mi tabernero de cabecera no es otra cosa que: “El dinero no da la felicidad… ¡es la felicidad¡”

La marca España en este crepúsculo social de valores, está llena, sobre todo, de “pájaros de cuenta” con contabilidades poco claras; de pavos reales con vocación de gallos de Morón desplumándonos desde los paraísos fiscales; y de cuervos carroñeros pululando por el mundo laboral de la precariedad y de quiénes no pueden vivir dignamente de su trabajo.

Hasta que en el siglo XVIII a nuestros pensadores de la Ilustración se les encendió la luz y se percataron de que es sólo la laboriosidad de sus gentes lo que engendra la prosperidad de los pueblos, se pensaba y defendía a macha martillo que las naciones se hacían más grandes con sólo ampliar sus fronteras y defender las peculiaridades de su identidad colectiva. Apreciaron en su disquisición economicista cómo era posible que poseyendo España tantos territorios –incluidos los de ultramar– y tantas fronteras, disponiendo de un idioma universal, y sobre todo estando protegida por el único Dios verdadero, ¡ahí es nada¡, cómo era posible entonces que la inmensa mayoría de las gentes que la habitaban vivieran en la miseria. Famosa es la frase de Carlos III, rey que ya lo fue de Nápoles durante veinticuatro años antes de serlo de España, en la que resumió la idiosincrasia celtibérica: “los españoles son los únicos que cuando se les quita la mierda lloran”.

Casi tres siglos después, con la globalización de la información, y la desinformación globalizada, los territorios ya no hacen grandes a las naciones, ni la laboriosidad de sus gentes generan el progreso, y la España olvidada y vaciada es una consecuencia del pretendido progreso que se nos prometió como la panacea de todas nuestras tribulaciones, y más que curarnos de ellas nos ha hecho adictos al victimismo endémico.

La cultura de la subvención nos ha hecho más “señoritos” europeos que “españolitos” laboriosos. Lo decía Einstein: “Sin crisis todo viento es caricia”. Ahora, no nos queda otra que superar este vendaval de bofetadas.      

Viendo lo que veo, y escuchando lo que escucho, cada vez tengo más claro que tras la metáfora de las piedras lunares en realidad estamos nosotros, los hijos y las hijas de Jaén. ¡Pero la luna está tan lejos! Y habría que ir a por las piedras de noche, que es cuando la luna sale, y es precisamente cuándo estamos durmiendo y cuándo mejor se está en la cama.

Corremos el riesgo de que una vez dispuestas todas las piedras lunares, y digan de levantarnos, algunos no se despierten y sigan soñando sus sueños de metáforas.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 21 de febrero 2020

 

Cuando el viento es caricia

EUROPA DE ESPINAS

Mira, paisano, a estas alturas de la película ya nos hemos dado cuenta que la Europa que nos vendieron los europeístas convencidos no es otra cosa que un cajón repleto de intereses más que de ideas, por mucho Himno a la Alegría beethoveniano que se le ponga al videoclip de promoción.

Hasta no hace mucho se ha tenido por cierto que es el ánimo humano quien crea la riqueza, llegándose a pensar ingenuamente que es preferible un hombre sin dinero, que el dinero sin hombres. Ahora, con las martingalas con las que nos embaucan el neoliberalismo y la revolución tecnológica de la informática, estamos comprobando en nuestra carne social que no sólo hay hombres y mujeres sin dinero –cosa harto lamentable-, sino que el dinero ya es capaz de generarse sin la laboriosidad de mujeres y hombres, es decir, la exaltación de la especulación pura, que en boca de mi tabernero de cabecera no es otra cosa que: “El dinero no da la felicidad… ¡es la felicidad¡

Hasta que en el siglo XVIII a nuestros pensadores de la Ilustración se les encendió la bombilla y se percataron de que es sólo la laboriosidad de sus gentes lo que engendra la prosperidad de los pueblos, se pensaba y defendía  a macha martillo que las naciones se hacían más grandes con sólo ampliar sus fronteras y defender las peculiaridades de su identidad colectiva. Apreciaron en su disquisición economicista cómo era posible que  poseyendo España tantos territorios –incluidos los de ultramar– y tantas fronteras, disponiendo de un idioma universal, y sobre todo estando protegida por el único Dios verdadero, ¡ahí es nada¡, cómo era posible entonces que la inmensa mayoría de las gentes que la habitaban vivieran en la miseria. Famosa es la frase de Carlos III, rey que ya lo fue de Nápoles durante veinticuatro años antes de serlo de España, en la que resumió la idiosincrasia celtibérica: “los españoles son los únicos que cuando se les quita la mierda lloran”.

La cultura de la subvención nos ha hecho más “señoritos” europeos que “españolitos” laboriosos. Lo decía Einstein: “Sin crisis todo viento es caricia”. Ahora, paisano, no nos queda otra que superar este vendaval de bofetadas.

(@suarezgallego)