El Reino de Trinconia

 

El Reino de Trinconia

(Publicado en Diario Jaén el viernes 28 de julio de 2017)

Mientras que a Francia se la identifica popularmente con la literatura de los ilustrados del siglo XVIII, a Italia con el Renacimiento, a Inglaterra con los escritores victorianos, y a Alemania con sus filósofos y pensadores, la literatura que nos representa a España ante los ojos del resto de Europa, y del mundo entero, es la de la picaresca y los bandoleros. Miguel de Cervantes nos perfiló a don Quijote y su fiel escudero Sancho como los arquetipos de las dos obsesiones que han inquietado secularmente a los españoles: El cómo cubrirse de gloria sea como sea, y, sobre todo, el cómo llenar la andorga cada día sea como sea. La gloria del “ser” y el hambre del “tener”, caiga quien caiga y al precio que sea, que ya, como siempre, pagará el más tonto o el más honrado, y el que venga detrás que arree.

Todos los personajes del Lazarillo de Tormes, Rinconete y Cortadillo, el Buscón, el Licenciado Vidriera, Guzmán de Alfarache y tantos otros, son ciudadanos de una misma patria, súbditos del Reino de Trinconia, en el que no hay nada más que dos estirpes, las mismas que el bueno de Sancho Panza pone en boca de una de sus abuelas al final del capítulo de las Bodas de Camacho: “Dos linajes solos hay en el mundo, […] que son el tener y el no tener”.

La cuarta acepción de la segunda voz del verbo transitivo “trincar” en el diccionario de la Real Academia Española es: robar, tomar para sí o hurtar. El Reino de Trinconia es pues el país en el que el robo está interiorizado de forma endémica. En el país de Trinconia se tiene asumido que el que no roba es porque es tonto o más bueno que el pan. Su moneda oficial es el eufemismo, porque éste es el capote dialéctico con el que toreamos las palabras y descabellamos los conceptos que ellas albergan. Los capotes, como los eufemismos, tienen mucho de mentira disimulada, de impostura, porque con los primeros ponemos la bravura del toro al alcance de la puya del picador para desgastarle su fiereza, y con los segundos le arrebatamos a las palabras lo que de fieras y puyazo tienen. Los eufemismos han tratado siempre en el Reino de Trinconia de ponerle el disfraz de “políticamente correcto” a las actuaciones incorrectas de los políticos y sus adláteres. No es justo decir que “los políticos son unos sinvergüenzas”, más bien habría que decir en honor a la verdad “que hay muchos sinvergüenzas metidos a políticos”, o a directivos de estamentos pseudo oficiales como las federaciones deportivas y otros patios de Monipodio y cuevas de Ali Babá.

Llamarle a la suegra madre política es un ejemplo de lo que suele hacer un eufemismo sin piedad alguna. No es la palabra suegra la que se percibe como deterioro del sagrado concepto de madre, sino es el de política quien parece envilecerla. Llamarles daños colaterales a las víctimas civiles de una guerra, o regulación de empleo a un despido masivo, tienen los mismos fundamentos y amparan los mismos argumentos que llamarles suavemente “hijos de mala madre” a los “hijos de puta” que han dado lugar a ello.

La gastronomía es fuente de “sabrosos” eufemismos, regalándonos algunos muy curiosos y de plena actualidad. Así, quien nos aburre con su discurso es un “pestiño”; quien se traga sin rechistar los argumentos de un discurso político es un “come talegas”; quien pese a todo sigue apoyando reiteradamente  a quien lo engaña, es un “papa frita”; quien  justifica como bueno y necesario lo que hace quien lo está engañando es un “mendrugo”; el ladrón que se lleva lo que no es un suyo es un “chorizo”; quien se va dejándonos su deuda, lo ha hecho endiñándonos una “cebolla”, y más que privarlo de libertad hay que “meterlo en el talego” para que no siga ”aliñándonos las cuentas” con las que nos da “gato por liebre”.

Dame pan y dime tonto, parecen decir algunos en este Reino de Trinconia pese a que “ser más bueno que el pan” sea el eufemismo más castizo de tonto.  Muchos ya no pueden ni ganarse el pan porque otros no han dejado de untarse con la manteca de la corrupción. Ya lo decía Voltaire: “Entre lobos, conviene aullar de vez en cuando”. ¡No hay más solución que darle la vuelta a la tortilla!

La manta y el reloj

MANTA CUARTELERA

Los que hicimos la “mili” recordamos la famosa historia de la manta. En un cuartel le robaron el reloj a  un soldado y éste dio parte al sargento. Se le dijo al soldado que en el ejército español no había ladrones, y por tanto no se lo podían haber robado, que posiblemente fuera un “despiste” de alguien que lo “tomó prestado” equivocadamente. Así es que el sargento decidió poner una manta en el centro de la compañía y apagar la luz para  que quien tuviera el reloj de manera “equivocada” lo depositara en la manta de forma anónima. Encendida la luz de nuevo la sorpresa fue mayúscula: ¡La manta había desaparecido también!

            Asistimos ahora al circo de la corrupción comprobando que los “payasos” ya no nos hacen reír y nos provocan cada vez más miedo, Siguen el patrón de indefensión adquirida para el que hemos sido educados y adiestrados: “Esto es así, siempre lo ha sido, no se puede hacer nada y esto no cambiará nunca”. La manta hace tiempo que desapareció y nadie sabe quién la tiene. Por eso unos temen que alguien tire de la manta desaparecida y deje al descubierto la prima de  riesgo del “y tú más”. Otros temen que alguien se lie la manta a la cabeza  y acabe apareciendo hasta el reloj perdido en el cuartel.

            Vivimos bajo el síndrome de  María Dolores Pradera: “Devuélveme el rosario de mi madre y quédate con todo lo demás.” Devuelve las medallas, los escaños y los carnés y quédate con todo lo demás, que la manta no va a aparecer ni se va a tirar de ella. Volvemos a la vieja historia de siempre descrita magistralmente por Federico García Lorca: “Señores guardias civiles/ aquí pasó lo de siempre/ murieron cuatro romanos y cinco cartagineses”. Y ninguno de ellos llevaba la manta, su señoría

            Ya podemos enunciar el primer Principio de la Corrupción: “Los corruptos no se crean ni se destruyen, simplemente se reinventan en el sistema político vigente en cada momento.” Bienvenidos pues sean todos los “emos”, pero por favor traeros vuestra manta a ver si aparece el reloj de una puñetera vez. ¡Que en España no hay ladrones, mi sargento!

Publicado en Diario JAÉN el martes 11 de noviembre de 2014

(@suarezgallego)

LA MANTA Y EL RELOJ. PUBLICADO EN DIARIO JAÉN.

Perro semihundido

Perro semihundido en la arena. Francisco de Goya.

Perro semihundido en la arena. Francisco de Goya.

No tengo perro, y decidí no tenerlo a esa edad juvenil en la que todo nos parece permeable y creíble cuando mi padre me llevó, un mes de octubre, a ver por primera vez el Museo del Prado. Iba con la misma sensación emocionada de quien peregrina para ganar un jubileo. Años mas tarde, al leer la encíclica macondiana de García Márquez, “Cien años de Soledad”, identifiqué aquella visita al museo con el día en el que el padre de Aureliano Buendía  lo llevó a conocer el hielo. Para mí, aquel octubre lejano, el hielo lo descubrí cuando al abandonar una sala del Prado retrocedí sin aliento a releer el título de un cuadro de Goya que me había inquietado: “Perro semihundido en la arena”. Desde entonces hice del mes de octubre mi perro virtual.

            Abro mi agenda y leo lo planificado para hoy: “Escribir sobre qué difícil es abrir algunas veces un abrefácil”. Compruebo lo inútiles que son las agendas porque el futuro no nos pertenece por mucho que perfumemos el ambiente con los olores del pasado: goma de borrar, virutas de lápices, tinta de libro nuevo y tierra mojada. Las mañanas de octubre se hacen largas, sus tardes se vuelven anchas y 1os días nos quedan grandes, como caídos de hombros y desgarbados, y nunca damos con el bolsillo adecuado en el que guardarnos el desamparo existencial con el que irremediablemente nos mira este mes  a través de sus enigmáticos ojos  de “perro semihundido”.

En su mirada adivino los ojos entreabiertos de la España del esperpento capaz de parirnos una epidemia cuya parafernalia escénica hubiera querido filmar, cámara en mano, el propio Stanley Kubrick,  Adivino también los ojos de la España de la otra epidemia, la de los saqueadores perfumados de Loewe, y los rateros de cloaca que en sus puños levantados escondían las llaves de sus cajas en los paraísos fiscales.

Dejo para mañana lo de escribir sobre qué difícil es abrir algunas veces un abrefácil, tanto como coger octubre por sus aristas cortantes  y no sangrar. No me queda más espacio, ni rabia.

Publicado en Diario  JAÉN el martes 14 de octubre de 2014

(@suarezgallego)

Perro semihundido, artículo en Diario Jaén.