Churros confinados

Me pedía el cuerpo escribir hoy sobre los treinta y tantos días que llevamos confinados en casa. Escribir de todos los héroes sin capa, de las heroínas sin mantilla, pero con mascarilla, a los que nunca podremos pagarle su eficiente trabajo y dedicación en las peores circunstancias. Me hubiera gustado escribir sobre mis contertulios a los que ahora no veo y nos solíamos convidar casi todos los días a la hora del aperitivo. Deseaba escribir sobre los ebrios de egolatrina y pesebrina que quieren hacer carrera política a costa de “nuestros muertos” (que son de todos porque a todos nos duelen lo mismo), pero ya se sabe que cuando al tonto se le señala la Luna para que sepa dónde está, el tonto no mira la Luna, sino al dedo que la señala.  De sobra sabemos lo aficionados que son algunas gentes a trasegar muertos olvidando a los vivos, o a olvidar muertos para vivir ellos. Me hubiera gustado escribir también de los que el maldito coronavirus les ha hecho darse cuenta de la facilidad que tienen para hacer emerger el gilipollas que todos llevamos dentro; y de los niños que nos han recordado que debemos sacar a flote ante las peores situaciones la ternura del niño que también llevamos dentro. De si resistiremos el “Resistiré” otra pandemia más. De mi contertulio el Caliche al que no veo desde hace más de un mes, minero pensionista silicótico que me manda un whatsapp diciéndome: “¡Tengo miedo de que este bicho venga a por mí también! A la mascarilla le he hecho un agujero para poder fumar sin contagiarme en mi casa. ¿Eso es seguro?” Le digo que no sea tonto y no se preocupe, que con él no pudo ni las explosiones de los barrenos, ni la reconversión de la minería, ni lo recortes sanitarios (que ahora nadie hizo), ni el vino peleón que se toma cada día. Quería escribir de los “balconazis” que ponen “orden” en la calle desde sus atalayas tras la ropa tendida; de los “cansaperros” que los sacan a mear diez veces al día; de los “covimbéciles” insolidarios que no respetan el confinamiento. Del comando “a posteriori” que sabe de sobra qué si mañana llueve, pasado mañana lo sabremos con toda seguridad. De los acaparadores de papel higiénico. De mi vecino Pedro Sánchez (que no es el de la Moncloa) de la saga de los “Gallinica”, que me trajo dos mascarillas a mi casa, cuando en la farmacia ya no quedaban, diciéndome: “A vosotros los mayores tenemos que protegeros los primeros como agradecimiento por lo mucho que habéis hecho por nosotros”. Me hubiera gustado escribir de cómo en las peores circunstancias el mismo paisaje hay que verlo con ojos nuevos. Recordé a Bertolt Brecht: “No aceptes lo habitual como cosa natural. / Porque en tiempos de desorden, / de confusión organizada, / de humanidad deshumanizada, / nada debe parecer natural. / Nada debe parecer imposible de cambiar”.

Asomado a la ventana tras los cristales vi como llovía en este día gris y triste. El texto a medio escribir, sin haber desayunado. No recordaba cuanto tiempo hacía que no comía churros. Las churrerías no son imprescindibles y por eso están cerradas. Así es que me he puesto a hacerme unos churros, yo que nunca había intentado hacerlos. Recordé el sabor festivo que tienen. Siempre me he preguntado por qué en las verbenas de ferias todas las peleas acaban frente a las churrerías.

Lo cierto es que mi falta de pericia en las artes churreras hicieron que más que churros desayunara papajotes. Esa masa frita que se vendía en los bulliciosos y efímeros zocos árabes de Al-Andalus, precursores de los actuales mercadillos semanales, en los que bajo el incierto e inestable equilibrio de cuatro palos y un variopinto toldo, se compraba y se vendía todo, y hasta se tenía tiempo para sosegar la gazuza matutina, acercándose a los peroles de humante aceite hirviendo donde se ofrecían recién hechos los “isfany“, como esferas huecas o papajotes, o el “mussammanat“, como esponjosas y crujientes tortitas bañadas en miel o en azúcar, que tanto me recuerdan a las papuecas.

¡Pensándolo bien, somos churros confinados!

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 17 de abril de 2020

Los políticos y el burro flautista

#MeditacionesDeUnConfinado

Han habido políticos, en todos los niveles de la Administración, y de todos los colores, que con el tiempo llegaron a creer que cuando recibían los votos del pueblo en las urnas, además de la confianza depositada en ellos, se les otorgaban cuatro licenciaturas (hoy grados), seis másteres universitarios, tres doctorados “cum laude”, dos doctorados “honoris causa”, cinco idiomas leídos, hablados y comprendidos, y algunos llegaron a creer que además les correspondía la “infalibilidad del Papa” y que por eso nunca podían equivocarse.

Esa soberbia del necio, parodiada en el burro flautista de la fábula de Tomás de Iriarte, la potenciaron algunos con las dos drogas que carcomen las esencias éticas de muchos políticos: La egolatrína y la pesebrína.

El presidente de la oposición, es sólo un ejemplo tomado al vuelo con más crónica que crítica, le echaba en cara al presidente del gobierno en sede parlamentaria, que ante esta crisis del Covid-16 se escudaba mucho en la opinión de médicos, científicos y técnicos. (¡Habiendo, digo yo, tantos nigromantes pijos, adivinos de media bola de cristal, quiromantes mancos, druidas de pueblo abandonado, chamanes de Amazón, brujas youtubers, visionarios descafeinados… A los que pedirle consejo!) Ante lo cual, sólo me encomiendo a los nuevos planes de estudios de la Universidad Nacional de las Urnas que se hagan después de que pasemos la mala experiencia del coronavirus, para que a partir de entonces, los votos otorgados democráticamente a un político sirvan además como matricula en el conservatorio superior de música en el que se enseña qué es una flauta, qué es un burro y que es un un burro flautista (por ese orden). ¡Y no nos hagan morir víctimas de sus desconciertos ante pandemias, crisis económicas y grandes “faenas” similares. Las próximas generaciones, si sobrevivimos, nos lo agradecerán.

¡Cuidaos y nos cuidaréis! ¡YoMeQuedoEnCasa

© José María Suárez Gallego

Fabula del burro flautista, de Tomás de Iriarte (1750-1791)

Esta fabulilla,
salga bien o mal,
me ha ocurrido ahora
por casualidad.
Cerca de unos prados
que hay en mi lugar,
pasaba un borrico
por casualidad.
Una flauta en ellos
halló, que un zagal
se dejó olvidada
por casualidad.
Acercóse a olerla
el dicho animal,
y dio un resoplido
por casualidad.
En la flauta el aire
se hubo de colar,
y sonó la flauta
por casualidad.
«¡Oh!», dijo el borrico,
«¡qué bien sé tocar!
¡y dirán que es mala
la música asnal!».
Sin reglas del arte,
borriquitos hay
que una vez aciertan
por casualidad.