Trampantojos

Con los años aprendemos que, si en la juventud fuimos capaces de desafiar todas las reglas, ya de mayores nos arriesgamos a secundar todas las excepciones, con la esperanza de que algún día podamos sentirnos como cuando no queríamos ser igual que todo el mundo. ¡Y pensar que yo de mayor quería ser niño!

Muchas veces sucede que aquello que nos ocurre en la vida no aparenta ser lo que nos parece. Por ello es prudente que antes de pronunciar palabras que resulten inconvenientes al que las oye hay que darles la mesura de la reflexión, pues de no ser así habrá de pasarnos lo que suele ocurrirle al necio, que siempre que habla parece que regaña al que lo escucha desde la cordura.

            En las cosas de la pitanza ocurre lo mismo, que hay viandas que tras sus nombres esconden otras realidades. De este modo el pavo no es ave alguna, sino carruécano o carrueco frito con chorizo y guindillas. De igual manera los pajarillos de huerta no son avecillas que revolotean junto a la vieja noria, sino pimientos verdes pequeños que abiertos a todo lo largo de su mitad se fríen y se toman “salaíllos” como tapa de taberna. Y sin alejarnos del terreno hortelano, en él hemos oído hablar también de los boquerones de huerta que en manera alguna son pececillos de alberca, sino judías verdes rebozadas en huevo y harina con levadura, y fritas en aceite de oliva virgen extra. Los lagartos, y no el que reventó en la Malena, precisamente, son en las tierras de La Loma, los cogollos de lechugas con aceite, sal y un poco de vinagre, si se quiere. Esto mismo se conoce en la huerta murciana como perdiz, y perdiz se le llama en la ciudad hermana de Granada a la patata asada, las “papas asás” con sal y pimienta que preparamos en esta tierra.

            Habrá de ocurrirnos igual con el carnerete, pitanza que no lleva carne ni tiene relación alguna con el carnero, y que ha sido durante buen tiempo el quitahambres matutino de gañanes y labriegos de Sierra Mágina y de la campiña de Jaén. Plato que en su esencia no es más que rebanadas de pan frito, picatostes, que rematarán una salsa hecha con un diente de ajo machacado en el mortero junto a un pimiento rojo seco, y después puestos a hervir en agua sazonada con aceite, vinagre y sal. Como punto final se le “estrellarán” tantos huevos como comensales haya. Así lo comimos en Pegalajar, acompañado de un buen tazón de leche, como ya se hacía en las épocas de duras faenas agrícolas.

            Otra forma de hacerlo, mucho más sustanciosa que el ya descrito, es el que se prepara en Cambil, donde en el aceite que más tarde dará cuerpo a la salsa, se ha frito un chorizo, una morcilla y un par de torreznos, que de esta guisa pasarán a ser suculentos tropezones junto a los picatostes. Al sofrito también se le puede agregar tomate y comino, dándole de este modo más sabor. Pero lo que no ha de faltarle, en modo alguno, son los huevos escalfados, para que de esta forma no haya motivos de llamarle “carnerete capao”, como así se le llama al que no los tiene.

            Las cosas no siempre son lo que parecen, ni tras un nombre se encierra siempre la realidad de una palabra. En Linares había, allá por el siglo XVIII, según referencia dada por el historiador Federico Ramírez y que nos comentó el recordado cronista Juan Sánchez Caballero, un lugar conocido por “el carnerete”, que no era otra cosa que “una especie de alberquilla de altas paredes en la que se acostumbraba a depositar los restos de los difuntos cuyas familias no poseían en la iglesia sepultura de preferencia”.

            Otra antigua vianda es el carnerete que lleva habas fritas como tropezones, plato más de campiña que serrano, pero que unido a una cancioncilla popular que se cantaba en algunos pueblos de Sierra Mágina, nos unen ambos carneretes, el de vivos y el de muertos, cuando corrían tiempos de penuria pitancera:

“Si no fuera por las habas, / ¿dónde estaríamos ya? / Camino del cementerio / con las manitas cruzás”.

            La vida no deja de ser una alacena repleta de trampantojos, en la que algunos, para nuestro desconsuelo, no dejan de ser “ni chicha ni limoná”.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 25 de junio de 2021