Samaritanos y fariseos

Tengo el machadiano estigma de que ninguna de las dos Españas ha logrado helarme el corazón, porque cada uno de mis abuelos ondeó una bandera diferente en una misma España, si bien ambos acabaron padeciendo las mismas contradicciones y los mismos sinsabores de una misma patria. Las guerras siempre las gana el mismo lobo que una vez que se ha comido a los tres cerditos del cuento trata de culpar de ello a Caperucita y a su abuela.

Nuestra patria, entelequia diversa de intereses contrapuestos, nos ha ido convirtiendo en las piezas de un mecano de una sociedad bipolar que nos exige a cada paso que seamos monárquicos o republicanos, de  izquierdas o de derechas, del PSOE o del PP, del Real Madrid o del Barcelona, de  Movistar o de Vodafone, de Coca Cola o de Pepsi, fumadores o no fumadores, con alcohol o sin alcohol, creyentes o ateos, taurinos o antitaurinos, de Rocío Carrasco o de sus parientes díscolos.  Nuestra vida, como diría el proscrito Jorge Luis Borges, es un jardín de caminos que se bifurcan. Es el dilema perpetuo entre el blanco y el negro en un país en el que están desterrados los términos medios y las medias tintas. Un  país en el que la luz eléctrica cada día está más cara, pero en el que abundan los cirios encendidos en Semana Santa, los velones en las romerías, las lucecitas de colores en Navidad, las bengalas de campeones de liga, las antorchas de ritos ancestrales, los leds de las rebajas del Corte Inglés… ¡Pero nos falta tanta luz que nos ilumine!

El magistral dibujante Quino ponía en boca de la redicha Mafalda: “Me parte el alma ver gente pobre. ¡Habría que dar techo, trabajo, protección y bienestar a los pobres!“; y Susanita –su mejor amiga– le respondía: “¿Para qué tanto? Bastaría con esconderlos“.

A los pobres nacionales y a los extranjeros pobres –que son doblemente pobres por ser doblemente extranjeros— los amantes de apropiarse de las banderas comunes los suelen esconder debajo de ellas. Y si no que se lo pregunten a ese tipo de “andaluces” encastados en la estirpe de los que en su tiempo llamaban “trapo” a lo que hoy enarbolan para abanderarnos. ¡A buena hora mangas verdes -blancas y verdes, por supuesto-!

La realidad es que bajo un mismo dios y una misma patria no siempre todos los fieles creyentes, ni muchos menos todos los ciudadanos, son iguales. El viejo proverbio árabe lo expresa meridianamente: “El pobre es un extranjero en su patria”. Al rico extranjero se le suele llamar hermano y hasta se le llega a hacer hijo adoptivo de la patria en la que malvive el pobre. En la Marbella de la época de las vacas gordas de los “ostentoreos”, se clasificaba con descaro a las gentes de una misma raza y de una misma creencia, según su poder adquisitivo: Los “paisas” que vendían ventiladores y linternas por los chiringuitos eran “moros de mierda”, mientras que a los jeques que llegaban envueltos en el halo del lujo y del derroche se les denominaba árabes, a secas.

Por lo que vamos viendo en estos últimos tiempos de pandemias, volcanes en erupción, guerras para vender armas, España no tiene otro futuro que enfrentarse a él.  Reivindico la voz del poeta Antonio Machado cuando recuerdo una reflexión de él al respecto, recogida en sus “Poesías de la Guerra, Apuntes”: “Cuando penséis en España, no olvidéis ni su historia ni su tradición; pero no creáis que la esencia española os la puede revelar el pasado. Esto es lo que suelen ignorar los historiadores. Un pueblo es siempre una empresa futura, un arco tendido hasta el mañana”.

            En este “Reino de Trinconia”, en el que unos no creen en la democracia y los otros no la practican, hay que hacerle caso a mi contertulio El Caliche cada vez que dice que más olla y menos bambolla. A mí lo que de verdad me hiela el corazón es ver a quienes salen a buscar en la basura algo con lo que sobrevivir sin perder la dignidad.

Efectivamente hay que “esconder” a los pobres, pero en los balcones de las conciencias de los samaritanos. Allí dónde no hay sitio para colgar las banderas de los fariseos.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 24 de junio de 2022

El ego y las moscas

El domador. Ilustración de suiSIDIUS

Dicen que nunca duelen dos cosas a la vez. Es por ello por lo que nunca sabemos si nos duele más lo urgente o lo importante.

      Fue Víctor Erice quien en su película “El espíritu de la Colmena” (1973), nos contaba, a modo de leyenda subliminal de posguerra, la fascinación de una niña rural por la figura de Frankenstein. Todos, al fin y al cabo, vivimos atrapados por la colmena y su espíritu, que por un lado nos tiraniza con su sistema férreamente organizado, y por otro nos permite hacer de la imaginación la mejor solución para sobrevivir en la geometría impersonal de sus celdillas hexagonales.

La colmena, sobre todo en épocas de crisis económica y sanitaria como ésta que ahora padecemos, es el paradigma del espíritu de solidaridad y colaboración de una sociedad que, habiendo sido amamantada por las vacas gordas de un pretendido progreso, ahora se defiende de las dentelladas rabiosas de las vacas flacas del miedo y del desconcierto, como si se tratara de cerdos en su marranera viviendo la existencia feroz de la pocilga. A mordiscos y hocicones defienden su comida y su rodal de podredumbre, compartiendo con sus congéneres sólo el lodazal y la inmundicia en la que todos se revuelcan –y nunca mejor dicho– como marranos en un charco. Algunas sesiones de las Cortes Españolas son últimamente ejemplo de ello. Parafraseando a don Antonio Machado son: «Mala gente que habla / y va apestando la tierra».

A las abejas, por el contrario, las une la perfección de sus panales,  la utilidad de su cera y la golosina de su miel. A los cerdos que comparten zahúrda y marranera los mantiene unidos, en una palabra, la mierda común en la que retozan y con la que se embadurnan.

Me dice mi contertulio el Caliche que quien más o quien menos, alberga en su ego de atrezo, el deseo de, látigo en mano, poder doblegar leones allí donde a uno lo vean. No faltan los que aspiran a más y no se conforman con asustar a cuatro gatos melenudos –por muy leones que parezcan–, sino que sueñan con dominar fieras corrupias, y, llegado el caso, hasta acogotar en público dragones de mil cabezas. El afán desmedido de notoriedad tiene su intríngulis, sobre todo cuando se nota que es de cartón piedra.

Derribar al que brilla y amedrentar al poderoso, es el deseo irreprimible del que creyéndose tener el látigo mágico de someter bichos feroces, pero no la pericia de utilizarlo con maestría, ni, por supuesto, el valor de meterse en la jaula con las fieras, ha de conformarse con ser el domador de las moscas que el león espanta con su cola. El hecho es, según parece, tener un motivo para adornarse con los entorchados propios del circo, y así disimular el patetismo de su vanidad desnuda y sumisa.

El domador de moscas cuando toma conciencia de sus miedos y sus limitaciones trata de imitar al que brilla y adular al poderoso. Envidia a las libélulas por los destellos luminosos de sus alas cuando vuelan, y respeta a los leones cuando al rugir muestran los puñales de sus colmillos. Pero no pierde oportunidad de exhibir su nombre y sus proezas con letras bien grandes en los carteles de su particular circo: “Fulanito de Tal, valiente domador de moscas”. La autocomplacencia en sus delirios de grandeza lo llevan a proclamarse a sí mismo mariscal de todos los domadores de moscas, para lo cual no renuncia a utilizar en beneficio propio el buen nombre, las hazañas y las proezas, de auténticos domadores de leones, de reconocido prestigio y sobrada valentía.

Un día descubre que las moscas no admiten más sumisión que su genética adicción a la mierda ajena. Es entonces cuando decide convertirse con urgencia en una mosca cojonera, que acabará siendo abatida indefectiblemente por la cola de un viejo y displicente león con la melena de la sensatez que dan las canas.

Nunca sabe el ego del domador de moscas, si lo urgente es doblegarlas o lo importante es que ellas se lo coman. Ya lo decía don Antonio Machado: “Inevitables golosas, / que ni labráis como abejas, / ni brilláis cual mariposas

El ego de algunos no es más que un trampantojo lleno de moscas.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 28 de mayo de 2021

Contrabandistas del mes de octubre

#AmanecerEnGuarroman

¡Mediado septiembre ya presentimos octubre!

Octubre siempre es el mismo mes de octubre, aunque le broten noviembres nuevos y lo hayan regado con los mejores septiembres.

Octubre es una versión de lo mismo, respetando lo mismo, transgrediendo lo mismo, innovando lo mismo, prometiendo lo mismo, engañando a los mismos, y quemándole el mismo incienso a los santones de siempre.

“Monotonía de lluvia tras los cristales” que escribiría don Antonio Machado en su aula de Baeza. Es la misma cantinela: “Mil veces ciento, cien mil; / mil veces mil, un millón”.

Millones de parados, millones defraudados, millones presupuestados, millones de olivos, Euromillones, millones de estrellas, millones que se pierden, millones de votos, millones de glóbulos rojos que se desangran por las Escaleras de Odessa huyendo de los mismos cosacos.

Los mismos tontos útiles sosteniendo las mismas utopías de siempre. Los mismos listos inútiles diluyendo los mismos sueños de siempre.

¡Las mismas mil veces mil, son el mismo millón, don Antonio!

¡Ay! Si mañana amaneciéramos en otro octubre convertidos en pez, en sonrisa o en patada en la entrepierna propinada a los mismos de siempre. Les haríamos sentir el dolor nuevo del mismo victimismo de siempre, ese que espera con la misma esperanza que las mismas promesas no nos traigan los mismos desencantos, ni los mismos piratas, ni los mismos contrabandistas de los octubres de siempre.

© José María Suárez Gallego