35 años como cronista oficial de Guarromán

El cronista oficial de Guarromán junto a un busto de su rey fundador Carlos III

Hay dos vanidades que sin pudor suelo ejercer en público. Una, mi condición de ex fumador con más de tres decenios de antigüedad en el gremio de los anicóticos la otra, el ejercicio no remunerado de los menesteres propios del cronista oficial de Guarromán, desde hace ya tres décadas y media. Y ruego me disculpen el asomo de inmodestia, pero en el hecho de no fumar –sin amargarle la vida a los todavía fumadores–, y en la oportunidad de poder escudriñar, vaticinar y escribir lo que fueron, son y pretenden ser mis convecinos como pueblo, sin más recompensa, por un lado, que no toser por las mañanas, y sin otra satisfacción, por el otro, que no perder el sentido del esfuerzo gratuito en pos de la comunidad que me soporta –y viceversa–, encuentro el mejor equipaje para acabar de saltar la barrera de los sesentones con el mismo estado de ánimo y compromiso que cuando pasé la de los veinteañeros, eso sí, algo más sobrado de arrobas, con las sienes pintando plata, y un poco más de hierro lastrando  el corazón.

En los casi cincuenta años que hace que cumplí los veinte, he tenido la oportunidad de conocer profesionalmente a algunos individuos tan pobres que sólo tienen dinero, que diría la sin par Gloria Fuertes. He conocido también a algunos mozuelos imberbes sin otro sueño que llegar a lo peor de sí mismo atiborrados de pasta dineraria, que, con la arrogancia al uso en el Imperio, te llaman gilipollas porque te obcecas en ponerle remedio al celemín de mundo que te ha tocado padecer o disfrutar, según se mire y soplen los vientos. A mi generación —yo también nací en el cincuenta y tres; yo también crecí con el Yesterday — nos amamantaron con leche en polvo americana en ubres tartesas, fenicias, romanas, visigodas, moras, judías y cristianas, y tal vez sea por ello por lo que los de mi generación —yo también nací en el cincuenta y tres; en todo he sido aprendiz; como tú sintiendo la sangre arder me abrasé sabiendo que iba a perder–, sentimos alergia a los burger de comida rápida y aprendimos a matarle el sabor a la Coca Cola con el ron de la rebeldía.

Eso sí, la leche no se nos agrió, ni nos afloró la mala uva del perro viejo, ni se nos heló la sangre gorda del diablo joven. y una vez resuelto el asunto del plato de lentejas diario, sin haber muerto en el intento, fue inevitable preguntarse por el además que la vida ofrece, y a poco que te lo hayas propuesto acabas dándote cuenta que el además de la vida  no es otro que la vida misma en toda su extensión de gratuidad y solidaridad, como el sol, la luna y el aire, antes de que algún avispado, máster en sacaliñas para más señas, descubra la forma de cobrarnos los rayos que Febo nos regala cada mañana para que leamos plácidamente el periódico. No sé si el remedio al todo vale de la llamada cultura corrupta del pelotazo, pudiera estar en resucitar a don Quijote de las bibliotecas y hacerlo cabalgar por los pueblos de España, plantándole batalla a tanto gigante, que haberlos haylos, que a modo de molino hace girar sus brazos al aire más insolidario y más indecente. Sería el nuevo «Don Quijote de la Catarsis» que, a propósito de los menesteres del cronista oficial, y por comenzar a barrer por los rincones propios, nos deja dicho: «Debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les hagan torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir«.

Salvador de Magariaga nos habló de un cronista con reúma articular —es decir, según él, el reúma que te incita a escribir artículos— sentado a la orilla del río de los sucesos. Los cronistas oficiales nos sentimos pagados con que nos dejen cerca del costado que más le duele a Jaén, ¡y no saben cómo y cuánto le duele! Será por ello por lo que siempre andamos tratando de esconderles las lanzas a la legión de Longinos que como moscas pululan por este calvario de olivos.

© José María Suárez Gallego

Publicado el viernes 23 de julio de 2021 en Diario JAÉN

Escupir a barlovento

El autor en Los Toros de Guisando (Avila) (2002)

Recuerdo aquellos tiempos en los que cambié la trinchera del desencanto por el noble menester de ser corresponsal de barra tabernaria, más que de guerra de salón, en los que guardaba en el cajón de mi mesa un diario de vivencias –sempiternamente inédito— al que titulé “Escupiendo a barlovento”, y cuya dedicatoria decía así: “A mis amigos en el poder. Piadosamente”.

Escupir a barlovento es la lección primera que ha de aprender todo grumete a la hora de embarcarse, ya sea por mera aventura lúdica, ya sea por el sólo deseo de adentrarse en el mar tenebroso de las singladuras del poder. Escupir a contraviento, esquivando tu propio salivazo devuelto por la galerna, es la reválida que la universidad de la vida le hace pasar a todo aquel que lleva cumplida relación de todas las cosas que «me duelen hace tiempo en los cojones del alma», que diría nuestro Miguel Hernández.

© José María Suárez Gallego

Trampantojos

Con los años aprendemos que, si en la juventud fuimos capaces de desafiar todas las reglas, ya de mayores nos arriesgamos a secundar todas las excepciones, con la esperanza de que algún día podamos sentirnos como cuando no queríamos ser igual que todo el mundo. ¡Y pensar que yo de mayor quería ser niño!

Muchas veces sucede que aquello que nos ocurre en la vida no aparenta ser lo que nos parece. Por ello es prudente que antes de pronunciar palabras que resulten inconvenientes al que las oye hay que darles la mesura de la reflexión, pues de no ser así habrá de pasarnos lo que suele ocurrirle al necio, que siempre que habla parece que regaña al que lo escucha desde la cordura.

            En las cosas de la pitanza ocurre lo mismo, que hay viandas que tras sus nombres esconden otras realidades. De este modo el pavo no es ave alguna, sino carruécano o carrueco frito con chorizo y guindillas. De igual manera los pajarillos de huerta no son avecillas que revolotean junto a la vieja noria, sino pimientos verdes pequeños que abiertos a todo lo largo de su mitad se fríen y se toman «salaíllos» como tapa de taberna. Y sin alejarnos del terreno hortelano, en él hemos oído hablar también de los boquerones de huerta que en manera alguna son pececillos de alberca, sino judías verdes rebozadas en huevo y harina con levadura, y fritas en aceite de oliva virgen extra. Los lagartos, y no el que reventó en la Malena, precisamente, son en las tierras de La Loma, los cogollos de lechugas con aceite, sal y un poco de vinagre, si se quiere. Esto mismo se conoce en la huerta murciana como perdiz, y perdiz se le llama en la ciudad hermana de Granada a la patata asada, las «papas asás» con sal y pimienta que preparamos en esta tierra.

            Habrá de ocurrirnos igual con el carnerete, pitanza que no lleva carne ni tiene relación alguna con el carnero, y que ha sido durante buen tiempo el quitahambres matutino de gañanes y labriegos de Sierra Mágina y de la campiña de Jaén. Plato que en su esencia no es más que rebanadas de pan frito, picatostes, que rematarán una salsa hecha con un diente de ajo machacado en el mortero junto a un pimiento rojo seco, y después puestos a hervir en agua sazonada con aceite, vinagre y sal. Como punto final se le «estrellarán» tantos huevos como comensales haya. Así lo comimos en Pegalajar, acompañado de un buen tazón de leche, como ya se hacía en las épocas de duras faenas agrícolas.

            Otra forma de hacerlo, mucho más sustanciosa que el ya descrito, es el que se prepara en Cambil, donde en el aceite que más tarde dará cuerpo a la salsa, se ha frito un chorizo, una morcilla y un par de torreznos, que de esta guisa pasarán a ser suculentos tropezones junto a los picatostes. Al sofrito también se le puede agregar tomate y comino, dándole de este modo más sabor. Pero lo que no ha de faltarle, en modo alguno, son los huevos escalfados, para que de esta forma no haya motivos de llamarle «carnerete capao», como así se le llama al que no los tiene.

            Las cosas no siempre son lo que parecen, ni tras un nombre se encierra siempre la realidad de una palabra. En Linares había, allá por el siglo XVIII, según referencia dada por el historiador Federico Ramírez y que nos comentó el recordado cronista Juan Sánchez Caballero, un lugar conocido por «el carnerete», que no era otra cosa que «una especie de alberquilla de altas paredes en la que se acostumbraba a depositar los restos de los difuntos cuyas familias no poseían en la iglesia sepultura de preferencia».

            Otra antigua vianda es el carnerete que lleva habas fritas como tropezones, plato más de campiña que serrano, pero que unido a una cancioncilla popular que se cantaba en algunos pueblos de Sierra Mágina, nos unen ambos carneretes, el de vivos y el de muertos, cuando corrían tiempos de penuria pitancera:

«Si no fuera por las habas, / ¿dónde estaríamos ya? / Camino del cementerio / con las manitas cruzás».

            La vida no deja de ser una alacena repleta de trampantojos, en la que algunos, para nuestro desconsuelo, no dejan de ser “ni chicha ni limoná”.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 25 de junio de 2021

El ego y las moscas

El domador. Ilustración de suiSIDIUS

Dicen que nunca duelen dos cosas a la vez. Es por ello por lo que nunca sabemos si nos duele más lo urgente o lo importante.

      Fue Víctor Erice quien en su película “El espíritu de la Colmena” (1973), nos contaba, a modo de leyenda subliminal de posguerra, la fascinación de una niña rural por la figura de Frankenstein. Todos, al fin y al cabo, vivimos atrapados por la colmena y su espíritu, que por un lado nos tiraniza con su sistema férreamente organizado, y por otro nos permite hacer de la imaginación la mejor solución para sobrevivir en la geometría impersonal de sus celdillas hexagonales.

La colmena, sobre todo en épocas de crisis económica y sanitaria como ésta que ahora padecemos, es el paradigma del espíritu de solidaridad y colaboración de una sociedad que, habiendo sido amamantada por las vacas gordas de un pretendido progreso, ahora se defiende de las dentelladas rabiosas de las vacas flacas del miedo y del desconcierto, como si se tratara de cerdos en su marranera viviendo la existencia feroz de la pocilga. A mordiscos y hocicones defienden su comida y su rodal de podredumbre, compartiendo con sus congéneres sólo el lodazal y la inmundicia en la que todos se revuelcan –y nunca mejor dicho– como marranos en un charco. Algunas sesiones de las Cortes Españolas son últimamente ejemplo de ello. Parafraseando a don Antonio Machado son: «Mala gente que habla / y va apestando la tierra».

A las abejas, por el contrario, las une la perfección de sus panales,  la utilidad de su cera y la golosina de su miel. A los cerdos que comparten zahúrda y marranera los mantiene unidos, en una palabra, la mierda común en la que retozan y con la que se embadurnan.

Me dice mi contertulio el Caliche que quien más o quien menos, alberga en su ego de atrezo, el deseo de, látigo en mano, poder doblegar leones allí donde a uno lo vean. No faltan los que aspiran a más y no se conforman con asustar a cuatro gatos melenudos –por muy leones que parezcan–, sino que sueñan con dominar fieras corrupias, y, llegado el caso, hasta acogotar en público dragones de mil cabezas. El afán desmedido de notoriedad tiene su intríngulis, sobre todo cuando se nota que es de cartón piedra.

Derribar al que brilla y amedrentar al poderoso, es el deseo irreprimible del que creyéndose tener el látigo mágico de someter bichos feroces, pero no la pericia de utilizarlo con maestría, ni, por supuesto, el valor de meterse en la jaula con las fieras, ha de conformarse con ser el domador de las moscas que el león espanta con su cola. El hecho es, según parece, tener un motivo para adornarse con los entorchados propios del circo, y así disimular el patetismo de su vanidad desnuda y sumisa.

El domador de moscas cuando toma conciencia de sus miedos y sus limitaciones trata de imitar al que brilla y adular al poderoso. Envidia a las libélulas por los destellos luminosos de sus alas cuando vuelan, y respeta a los leones cuando al rugir muestran los puñales de sus colmillos. Pero no pierde oportunidad de exhibir su nombre y sus proezas con letras bien grandes en los carteles de su particular circo: “Fulanito de Tal, valiente domador de moscas”. La autocomplacencia en sus delirios de grandeza lo llevan a proclamarse a sí mismo mariscal de todos los domadores de moscas, para lo cual no renuncia a utilizar en beneficio propio el buen nombre, las hazañas y las proezas, de auténticos domadores de leones, de reconocido prestigio y sobrada valentía.

Un día descubre que las moscas no admiten más sumisión que su genética adicción a la mierda ajena. Es entonces cuando decide convertirse con urgencia en una mosca cojonera, que acabará siendo abatida indefectiblemente por la cola de un viejo y displicente león con la melena de la sensatez que dan las canas.

Nunca sabe el ego del domador de moscas, si lo urgente es doblegarlas o lo importante es que ellas se lo coman. Ya lo decía don Antonio Machado: “Inevitables golosas, / que ni labráis como abejas, / ni brilláis cual mariposas

El ego de algunos no es más que un trampantojo lleno de moscas.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 28 de mayo de 2021

Las buenas maneras

Una de las primeras cucharas de palo que como premio concedió la Muy Ilustre y Noble Orden de los Caballeros de la Cuchara de Palo, de la que me honro en ser su maestre prior, fue al entrañable jaenero, encantador de perfiles y siluetas, domador de tintas y lápices de colores, gobernador de ínsulas de papel prensa en las que corría como un soplo la Brisa de la Alameda, y por todos recordado siempre, Pepe «Vica«.

         En su discurso de ingreso como caballero de esta Orden, que lo hizo en verso, glosó al modesto artilugio de madera que da nombre a esta institución, y entre otras muchas e interesantes cosas nos dijo a modo de epílogo:

«Pido a Dios que me ponga cuando muera /como cruz, dos cucharas de madera /para que los hambrientos gusanos /no pierdan las buenas maneras / y se coman mi cuerpo con las manos«.

         Nos dan pie sus versos, llenos del buen humor que da la agudeza del lápiz que los escribió y la mente que los inspiró, para hablar de las buenas maneras en la mesa de comer, en la mesa de negociar y en la mesa de gobernar, en unos tiempos en los que ya es costumbre que ante todas las mesas: las de comer, las de negociar y las de gobernar, se pierdan las buenas costumbres y las buenas maneras en el arte de dialogar.

         Pues bien, fueron los pueblos del Cercano Oriente, fenicios, caldeos y egipcios, los primeros en establecer normas de comportamiento en la mesa mientras se tomaban la diaria pitanza, las cuales fueron seguidas por los griegos al pie de la letra y modificadas y aumentadas por los romanos hasta alcanzar un mayor grado de limpieza y comodidad. Este desarrollo en el refinamiento de las cosas del comer, se truncó bruscamente con la caída del Imperio Romano y la llegada de Atila y los demás bárbaros del Norte, de gustos y procederes más rústicos y no especializados, precisamente, en extender el dedo meñique mientras bebían. El Medievo fue un lento retorno a las viejas formas, y no será hasta el Renacimiento, con modos de vida más cultos y sofisticados, cuando los hábitos gastronómicos comiencen a transformarse, hasta llegar al delicado Barroco en el que se establecieron normas y utensilios que han llegado hasta las buenas formas de nuestros días.

         Vivimos unos tiempos repletos de atilas y atilesas, y me aterra pensar que llegado el caso se nos haga sucumbir ante el esquema vital que desde los poderes fácticos globalizados –incluido el religioso— se nos pretende aplicar, resumido en uno de los consejos ripiosos del médico del siglo XVII Juan Sorapán de Rieros: “Dieta, mangueta y siete nudos a la bragueta“. Sobre todo, cuando uno se entera de que la susodicha mangueta no es otra cosa que una cruel y vil lavativa, ya sea de uso dietético, jurídico, político, religioso o anti buenas costumbres democráticas y de respeto ante quien no piensa como el resto de su prójimo.

Hoy en día, y más con los efectos de la pandemia, se nos pretende cosificar. Hacernos cosas estadísticas. La perversión de esta estrategia ha conseguido, en un alarde de virtuosismo, que se cosifiquen también nuestros cosificadores. Lo decía Groucho Marx: “Nunca partiendo de ideales tan altos podríamos haber caído tan bajo”.

¿Y usted de mayor que quiere ser? –me preguntaban hace mucho tiempo–. Pues mire, yo quiero ser más tolerante, más respetuoso, más educado, mejor que era ayer a esta misma hora, con mejores maneras y más demócrata, de lo que usted pretende enseñarme con su impresentable proceder. Pero si usted no me entiende, o no quiere entenderme, me esforzaré por ser peor que es usted, a ver si así se ve usted reflejado en el espejo de la mala persona que usted pretende que yo sea.

Lo primero que se aprende de los seres tóxicos es, a ser posible, a no ser como ellos, aunque todos los pesebres en sus diferentes tamaños y calidades, si hacen milagros, casi siempre lo hacen a peor.

Quedémonos, ahora que hablamos de pesebres, con lo que decía Juan Ramón Jiménez a propósito de su Platero: “Si al hombre que es bueno hubiera que llamarle asno. Si al asno que es malo hubiera que llamarle hombre”.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 30 de abril de 2021

La Europa de chichinabo

Esta es la Europa de los Pueblos y del respeto a sus gentes, sus valores y su cultura, no la Europa de chichinabo de los mercados que pretenden imponernos. (Siento no poder poner el nombre del autor de la fotografía, por desconocerlo)

Cuentan que en la antigua Grecia hubo quienes pleitearon ferozmente por sostener que la luna de Atenas era mejor y más luminosa que la de Éfeso. Aunque no faltaron entre los atenienses quienes se burlaban de los propios conciudadanos que pretendían llevar su amor propio más allá de los confines de la estratosfera. Fueron los franceses quienes le pusieron nombre a este fanatismo patrio, llamándolo chauvinismo, y ensalzando con ello la figura del soldado Nicolás Chauvín que vistió el uniforme gabacho en tiempos de la Revolución Francesa, de la I República y con Napoleón, a quien admiró fervientemente hasta después incluso de que cayera en desgracia con su pueblo y con su ejército, no teniendo otro oficio ni beneficio que el ensalzar de forma enfermiza y desmedida a su patria con todos sus patrioteros.

Hay quienes han considerado, hispanochovinismos aparte, lo estéril que fue que los españoles nos tomáramos tanto trabajo en combatir a los franceses durante la Guerra de la Independencia para que después de toda la sangre y todo el quijotismo derramado acabáramos recibiendo al impresentable de Fernando VII al grito de “¡vivan las caenas!”. Con la expulsión de los franceses entonces, según parece, ganamos la dignidad nacional, pero perdimos la oportunidad de evitar que padeciéramos nuestros cien años de soledad de España sin Europa, al final de los cuales sólo nos quedaron unos cuantos sombreros de paja chamuscados de los últimos de Filipinas, y una colección de vitolas de los puros de la Cuba colonial.

El hecho es que en las últimas décadas hemos pasado del glorioso “La, la, la” de Massiel y de poner la mano para que Europa nos socorriera, a tener que rascarnos el bolsillo cada vez más para socorrer a los “nuevos” europeos que son ahora los que cortan el bacalao en el Festival de Eurovisión, relegando a los últimos lugares las canciones y el orgullo de los intocables de la vieja Europa. Tomen nota, a propósito de esto, nuestros paisanos olivareros, ahora que el olivo va dejando de ser patente de corso para ejercer de jaenero con la boca chica y europeo con el cazo grande. Las subvenciones y ayudas por los efectos de la pandemia están prometidas pero pendientes de venir. Europa siempre ha sido una buena madre prometiendo y mejor madrastra recortando.

La Unión Europea que nació como un entramado de intereses económicos de países que trataban de llamarse hermanos, pero en el que algunos tendrían que seguir siendo los primos de siempre, y no como la Europa de los pueblos unidos en la diversidad. Por la Europa de chichinabo a la que engañaron hace un año con mascarillas de broma y ahora con vacunas que se pierden o no llegan, pululan desde la ultraderecha neofascista hasta la extrema izquierda trotskista, pasando por los antiglobalización, los ultraliberales, los republicanos jacobinos, los antiliberales radicales, los socialistas disidentes, los soberanistas eurófobos, los nacionalistas oportunistas, y los rojos de derechas y los fachas de izquierda de toda la vida, sin que sean capaces de aportar soluciones, o al menos esa es la sensación que se percibe. Posiblemente, ojalá nos equivoquemos, después de la pandemia en curso se inicien los cien años de soledad de Europa sin Europa, pasados los cuales tal vez nazca quien se invente un chovinismo europeo plurinacional que añore apasionadamente la sociedad de los derechos sociales que vamos perdiendo entre la desidia de unos y el cinismo de otros.

La Europa de nuestros sueños ha resultado ser la Europa de nuestros desencantos. Por eso antes de levantarnos sobre las piedras lunares, deberíamos arrancar los sesenta y seis millones de olivos que dicen que hay en Jaén, pegarles fuego, y en esa pira quemar también todos los embustes con los que nos han engañado invocando a Europa y todos sus rollos.

Con sus cenizas se podría escribir en las piedras lunares: “Ardan aquí todas vuestras mentiras”. Nos habéis ido quitando todo con vuestros “bellos” argumentos, pero recordad que la pira ya se ha encendido y arde también por y para vuestros chichinabos.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes día 2 de abril de 2021

Sentirnos vivos en Jaén con JAÉN

Publicado en en el Suplemento Extraordinario de Diario JAÉN con motivo de su 80º Aniversario el jueves 1/4/2021

Decía Gloria Fuertes, que vivir, en esencia, era como hacer una tortilla, cuestión de echarle un par de huevos …pero con mucha poesía. Todo lo demás, según parece, no es más que el artificio que nos montamos para alargar los días, pese a que la vida nos resulta injustamente breve. No hay nada, por tanto, tan efímero como todo lo escrito en un periódico, y sin embargo nunca renunciamos al íntimo deseo de hacer posible que   nuestras palabras nos sobrevivan.

Esto de juntar letras se inició en mí en Granada, ciudad en cuya universidad comencé –allá por los años setenta del pasado siglo– este oficio de tinieblas en el que tarde o temprano acaba convirtiéndose la pasión por escribir. Aunque, como decía Borges, hay que jactarse más de lo que uno ha leído que de lo que uno ha escrito, porque en el fondo ponerse a escribir no es otra cosa que intentar abrir una caja de sorpresas, o el cofre de Pandora, o la chistera de un prestidigitador. Como diría Nathalie Serraute, “escribir es tratar de saber qué escribiríamos si escribiéramos“.

Fue en el Diario Patria de Granada en el que comencé en unos años en los que se presentía que un dragón moría y un ruiseñor estaba por nacer. Allí conocí a José Luis Moreno Codina, el redactor de deportes veterano, que siempre nos abrió los brazos a los novatos más como hermano mayor de una familia que olía a plomo de linotipias, que como maestro que olía a incienso, aunque de él aprendimos el respeto a santuario que hay que tenerle a la redacción de un periódico

Andando el tiempo los dos recalamos en Jaén. Qué cosa más grande y qué privilegio es que la vida le dé el doctorado de buena gente a los “granaínos” en Jaén,  porque nos hace impenitentes aprendices de ser todos los días unos buenos granadinos en Jaén, a cambio de acabar siendo con los años unos giennenses incondicionales “nacíos en Graná”. Dicen desde la sacrosanta “malafondinga” que los de Granada nacemos donde nos da la gana, a excepción de los “granaínos privilegiados” que tenemos la suerte de renacer cada día en Jaén.

¡Qué bonitas son la mayoría de las palabras! –exclamaba el Beato Manuel Lozano Garrido “Lolo» desde su exquisita espiritualidad y su condición de periodista–, tan minúsculas, tan relativamente cortas cruzan la hondura de nuestro silencio como un cometa que dejase en el aire el bello recuerdo de su luminaria”. Y sentenciaba: “Lo bueno de las palabras es su interioridad, su verdad”.

Escribir en la prensa diaria es una aventura muchas veces fascinante que tiene la buenaventura de dar a la luz pública nuestras palabras, nuestras ideas, nuestros conocimientos, a través de la letra impresa y en un número de ejemplares, en una tirada, que difícilmente se consigue en un libro. Pero, a la vez, padece el gran inconveniente de ser flor de un día que suele perder interés a la caída de la tarde. El artículo periodístico se oculta en las páginas del diario o de la revista para morir en el contenedor de papel y sólo se salva gracias al archivo particular, al del mismo medio o al estante de la hemeroteca, en donde ha de ser descubierto casi milagrosamente para recobrar la libertad gracias, sobre todo, a la fotocopiadora. Afortunadamente la tecnología telemática hace en estos tiempos que los periódicos pervivan en internet, y que no decaiga en nosotros el romanticismo de leerlos en papel, acariciando sus hojas.

Casi media vida de este periódico llevo escribiendo en sus páginas, en sus coleccionables y en sus enciclopedias, y ni un sólo día he dejado de sentirme orgulloso de hacerlo. Por eso hoy, Jueves Santo, llegada la hora de la emoción tabernaria, junto a mi contertulio El Caliche, brindaré por estos 80 años de Diario JAÉN, y por el recordado José Luis Codina que me abrió sus puertas, y por Juan Espejo que nunca me las cerró. Y brindaremos también por todos los que han hecho posible esta seña de identidad de nuestra tierra, y brindaremos con Godot, si es que viene con el duende de la esperanza, que tanta falta nos hace. Y nos encontrarán, como siempre, al oriente de la barra, que es dónde se ponen los hombres que buscan la luz de las cosas, sobre todo hoy Día del Amor Fraterno.            

¡Feliz cumpleaños Diario JAÉN! Que cumplas muchos más, y nosotros lo veamos, lo escribamos y lo leamos.

© José María Suárez Gallego

El pito del sereno

Autovía IV a su paso por Despeñaperros.

La vida sólo te permite llorar, o sobre tu ombligo, si no dejas de mirártelo desde el victimismo, o en el vaso de la paciencia resignada. En el primer caso no hay gota que lo colme nunca, porque todas las lágrimas chorrean hacia la complacencia masoquista; en el segundo, sí es posible que una lágrima lo haga rebosar, transformando la tristeza resignada en indignación capaz de hacer cambiar las cosas.

No nos engañemos, la Humanidad ha progresado dando puñetazos en la mesa, con gente que ha llevado su cabreo hasta los mismos muros de la Bastilla, y nunca aceptó asumir el “eso es lo que hay, y confórmate” como un buen argumento.

La resignación siempre ha sido el mejor sofá para aceptar desde el confort que la vida es un valle de lágrimas que nunca llega a ahogarte el ombligo, siempre que las lágrimas no acaben llegando al vaso de la paciencia y la resignación, porque entonces llega a rebosar ahogando el miedo colectivo de un pueblo, poniendo a flote su dignidad.

Nuestro inolvidable y genial Miguel Hernández bien pudo completar los versos que han acabado siendo nuestro himno provincial: Jaén levántate brava sobre tus piedras lunares, no vayas a ser esclava con todos tus olivares y… todas las cabronadas.

Siempre se ha dicho que el hombre como el pez muere por la boca, pero no sólo por lo que come y por lo que bebe, sino también por lo que habla. Y esto es válido, sobre todo, para los que se ganan la vida hablando, es decir, para los parlamentarios, que, en el castellano más puro y lógico, según las etimologías de mi contertulio el Caliche, doctor en ciencias tabernarias, habría que llamarlos simplemente los “hablamentarios”. La política, como afirman los “politólogos” que saben de esto, es el arte de lo posible, y ya decía también un eminente torero metido a filósofo que “lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible”. De ahí que la política, a veces, sea también el “desastre de lo imposible” gracias a algunos de sus políticos en los que perdura el ADN del viejo caciquismo localista.

La lección primera que debe aprender todo político es que sólo a los enamorados y a los poetas, que creen en lo imposible, les está permitido decir lo que piensan. Y a la vista está, tarde o temprano a los enamorados se los acaba tragando el desamor y la desidia de lo cotidiano, y a los poetas… ¡ay, a los poetas no los toma en serio nadie! Sin embargo, fue un poeta, precisamente, quien dijo que unas veces por prudencia y otras por cautela nos paren con cuentos, nos mecen con cuentos, y a la luz de cuatro cuentos, y con los pies por delante, acaban haciéndonos ciudadanos de la Eternidad, sobre todo de la eternidad del olvido y del ninguneo.

Estamos sujetos a la inexorable ley de Murphy: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Ley que desde el fatalismo que heredamos de la cultura árabe y el victimismo resignado del que hacemos gala las gentes de Jaén, tiene su extensión metafísica en “…y además es muy probable que salga mal”. Dicen que el tal Murphy fue más expeditivo al formular la segunda parte de su famosa ley: “Es inútil hacer cualquier cosa a prueba de ineptos, porque los ineptos suelen ser muy ingeniosos para salirse con la suya, que precisamente nunca es la nuestra«.

En la última mitad del siglo XVIII nació en España la figura del sereno, vigilante de noche y custodio de las calles de muchos de nuestros pueblos y ciudades, y que en el siglo XIX formó parte del costumbrismo literario de ellas. El sereno iba provisto de un pito, de un silbato, con el que alertaba a la policía de posibles desórdenes e incendios. Su exceso de celo hizo que por cualquier nimio motivo hiciera sonar el silbato en la noche, con lo cual la policía dejó de prestarle atención como señal de emergencia, ignorando el pito del sereno por ineficaz.

En Jaén, o pitamos todos juntos, o los serenos de turno se quedan sin su pito, y sobre todo sin el pesebre que alimenta su ineficacia.

¡A ver si el domingo despeñamos en Despeñaperros, de una puñetera vez, el pito del sereno por el que nos tienen tomado a Jaén!

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario Jaén el viernes 5 de marzo de 2021

Instintos y pandemia

Recuerdo haberle oído a José Saramago (1922–2010): «A mí no me gusta hablar de felicidad sino de armonía: Vivir en armonía con nuestra propia conciencia, con nuestro entorno, con las personas que se quieren, con los amigos. La armonía es compatible con la indignación y la lucha; la felicidad no, la felicidad es egoísta«.

El ser humano ha desarrollado dos instintos que pueden parecer contrapuestos pero que se complementan como el yin y el yang del taoísmo. Dos energías necesarias para mantener el equilibrio universal. Esta pandemia está poniendo de manifiesto, más que nunca, los dos instintos que nos invaden paradójicamente en situaciones difíciles: El instinto de supervivencia para seguir sintiéndose vivo, y el instinto de felicidad para no comenzar a sentirse muerto.

Sobre el instinto de supervivencia ya nos habló Charles Darwin (1809-1882), al afirmar que no eran las especies más fuertes ni las más inteligentes las que sobrevivían a una eventual crisis evolutiva, sino las que sabían adaptarse al medio en cada cambio vital. Más que el renovarse o morir que siempre le hemos oído decir a los innovadores, es el adaptarse o morir que predican los más conservadores.

Del instinto de felicidad ya nos habló André Maurois (1885-1965): “El anhelo de felicidad atañe a todos los seres humanos y durante toda su vida, por encima de prejuicios culturales y de hipocresías sociales.”

Las aspiraciones del ser humano siempre entran en pugna, y en tiempos de problemas sobrevenidos y no esperados, como es el caso de esta pandemia, mucho más, entre el instinto de supervivencia que lo mantiene vinculado a su irrenunciable cualidad de animal, y el instinto de felicidad que trata de aislarlo de la “triste realidad” de ser un animal acosado por el peligro y el miedo a lo desconocido.

En la comarca de raíces mineras en la que vivo, los mineros, la noche anterior de tener que volver a la mina a la mañana siguiente, sin saber si ese día sería el último de su vida, se iban a la taberna y ante sus problemas se decían que “el mejor remedio es empinarse un medio”, haciendo alusión a la botella de medio litro, de aquellas labradas de Anís El Mono, que se servían llenas de vino blanco en las tabernas mineras de Linares, La Carolina y los pueblos de la zona.

Hay un tercer instinto más difícil de calibrar en estas circunstancias de pandemia: Es el instinto de insensatez, que es cuando el deseo hedonista de felicidad ciega la necesidad de sobrevivir. El refranero español es preciso en esos aspectos: “Hay que vivir como si fuera el último día de tu vida”. “Que nos quiten lo bailao”. “El que venga atrás que arree”. O “Para lo que me queda que estar en este convento…”

            A final de cada día, después de cenar, nos solemos sentar en nuestro sillón de espectador del circo de las pandemias para que infinidad de asesores científicos, políticos curtidos, e ilustres ignorantes en varias disciplinas, nos hablen sobre “nuestros” tres instintos frente al virus: Si sobrevivimos, si nos divertimos o si nos idiotizamos.   

            Cuando concluimos sin tener las cosas claras, nos tomamos la temperatura con un termómetro de infrarrojos, y nos acostamos tranquilos si la pantalla se ha encendido en verde.

Recuerdo, tantas veces que mis manos se han quedado quietas frente al blanco absorto de una cuartilla muerta, sin saber nada de mis tres instintos de pandemia. Y recurro a la “Poesía Urgente” de Gabriel Celaya:

¡Prohibido, señores, jugar al Paraíso! / Todo está prohibido: Fumar, beber, reír a locas, /disfrazarse de arcángel, entrar en los espejos, / llamarle guardia al guardia y a una rabia, alegría, / o dar fuego al cohete con una rosa roja. […]

Debemos ser formales, solemnes, decorosos; / siguiendo los carriles crear libros y cuadros, / retratos que se pagan, poemas publicables; / disimular con formas sabias que estamos locos.    

            Me han dicho que estamos cerca de la “inmunidad de rebaño”. Por lo pronto ya han vacunado al pastor y el perro. ¡Progresamos adecuadamente hacia la supervivencia, la felicidad y la insensatez!

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 5 de febrero de 2021

Corresponsal de barra

Taberna El Gorrión (Jaén).

En el fondo, lo que yo quería era ser corresponsal de guerra, y esto lo digo en estas fechas que este periódico, Diario JAÉN, cumple sus primeros 80 años, y en el que llevo colaborando y unido a él casi cuatro décadas, desde que mi doblemente paisano, el recordado José Luis Codina, me abriera las puertas de esta casa. Pero de la misma forma que no soy cazador porque dudo que algún animal se dejara matar por mí, dudo también que yo tuviera cabida en alguna guerra, de esas en las que los poderosos mandan matar a los débiles sólo por la soberbia de sentirse más poderosos matando a débiles.

Si no puedo cambiar el mundo, al menos me conformo con cortarlo. Y los mostradores de las tabernas son un mundo, o muchos mundos diversos como las burbujas del agua carbónica que bullen y coinciden en el universo de un mismo sifón. Por eso, la vida me cambió el chaleco antibalas del corresponsal de guerra, con el cartel de “¡no disparen, soy periodista!”, por la paciencia infinita del corresponsal de barra, que espera cada día al duende de la vida leyendo el periódico, como Vladimiro y Estragón siguen esperando a Godot cada tarde.

El gran Antonio María Carême (1784-1833), el francés que es tenido en la Historia como «el cocinero de los reyes y el rey de los cocineros», inventor en su juventud del merengue y los crocantis, escribía a propósito del desplome del Imperio Romano, y de cómo se apagó allá en el siglo V ante las venerables barbas de San Crisóstomo, toda una civilización que había dominado el orbe conocido: «Cuando ya no hubo cocina en el mundo, tampoco hubo literatura, inteligencia elevada y rápida, ni inspiración, ni idea social». Fue el momento en el que Atila entró a saco con los «hunos» en la vieja Europa, y el buen comer, con sus entresijos culturales, hubo de refugiarse en las cocinas de los conventos y pasar la larga noche del Medievo.

La esencia última de la cultura de los pueblos del Mediterráneo reside en la especial querencia que las gentes del Mare Nostrum le tenemos a la calle. Es la plazuela, o la calleja íntima de un pueblo, o de un barrio, el cuenco en el que se subliman las esencias más puras de lo que somos, de lo que cada uno es como individuo o como colectivo.

No hay mayor crueldad, por tanto, para el paisanaje mediterráneo que encerrarlo entre las cuatro paredes de su propia casa, si no es para dormir, claro está, porque para vivir la vida en toda su extensión está la calle con sus múltiples facetas: la taberna, el bar, la tienda de barrio, la barbería, las casas de comidas cercanas a la parada de autobuses de los pueblos, la puerta de la iglesia el domingo por la mañana mientras tañen las campanas, la llamada a la oración de la tarde desde el alminar de la mezquita, los rabinos recitando el Talmud en la inmensidad del sábado, la churrería sosegando urgentes mañanas de inciertos lunes.

El gran triunfo de la cocina mediterránea es que sigue teniendo en sus bares y en las tabernas una forma de disfrutar de una gastrosofía vital en la que más importante que lo que se come y lo que se bebe, es con quién se hace.

Estos tiempos difíciles de la pandemia nos están poniendo de manifiesto que nuestros pueblos y ciudades sin sus bares son unos desiertos de emociones cotidianas. Nuestra gastronomía sin nuestra cultura de la tapa es como si la mascarilla se la hubieran puesto también a la esencia popular de lo que somos como cultura.

Colaboremos todos para que esta pesadilla pase pronto y en nuestros bares se oigan más órdenes a la cocina de que vayan marchando tapas, que silencios ante el miedo a un futuro incierto.

¡Venceremos y volveremos a nuestros bares de los que el virus nos echó! Pero para ello hay que erradicarlo desde la sensatez, y ya se encargará la sabiduría de la solidaridad tabernaria de reponernos el derecho irrenunciable a nuestra Cultura de los Bares.

¡Y que no se le ocurra a nadie elaborar una tapa denominada “pandemia”! porque sería amarga como la incertidumbre, ácida como el miedo y fría como una taberna sin parroquianos y sin corresponsales de barra.

© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 8 de enero de 2021