Cibeles, leones y vainilla

Fuente de Cibeles en Madrid


La historia nos engendra leyendas, las leyendas generan mitos, y los mitos hacen parir o abortar a la historia, según convenga.

            Mi buen amigo Odysséas Graham, me dijo hace tiempo que la única forma de que les gustaras a la mayoría de las personas era siendo un helado de vainilla, aun sabiendo que hay gente que no le gusta la vainilla y te pondrá sus pegas.

            Leo estos días que el cuadro que se expone en el Museo del Prado sobre el mito de Atalanta e Hipómenes,  óleo sobre lienzo obra de Guido Reni realizada entre 1618 y 1619, ha sido felizmente restaurado recuperando sus colores originales.

            Esta obra trae a mi memoria la época universitaria en Granada, cuando a pesar de ser de ciencias, acabé recalando en la apasionante playa de la mitología conociendo el mito de Atalanta e Hipómenes, tan presente en nuestra realidad actual.

            El padre de Atalanta deseaba únicamente tener hijos varones, y fue por ello por lo que  al nacer ella la abandonó a su suerte en el monte Partenio. Pudo sobrevivir gracias a que una osa enviada por Artemisa la cuidó y la amamantó, hasta que unos cazadores la encontraron y decidieron criarla. Una vez convertida en una ágil y bella mujer, Atalanta decidió no casarse nunca y mantenerse virgen para consagrarse a la diosa de la cacería y los montes, Artemisa, a quien emulaba con sus acciones. Por ello, Atalanta vivía en el bosque​ y llegó a ser una de las cazadoras más renombradas de la mitología.

Además de estar consagrada a Artemisa, lo que implicaba que debía mantenerse siempre virgen, un oráculo predijo que el día en que se casara sería convertida en animal. Por ello, para evitar cualquier pretendiente, anunció que su esposo sería sólo aquel que lograra vencerla en una carrera; por el contrario, si ella triunfaba, debía matar a su oponente. Aun cuando Atalanta concedía ventaja a sus rivales al comienzo de la competición, ella siempre vencía y les daba muerte.
Así fue hasta que apareció el hombre que logró derrotarla. Este joven, llamado Hipómenes,  consiguió obtener la mano de Atalanta gracias a un ardid: llevaba con él unas manzanas de oro que le había regalado Afrodita, diosa del amor, y que procedían del jardín de las Hespérides. Cada vez que la joven iba a darle alcance en la carrera, Hipómenes dejaba caer una de las manzanas, que Atalanta se detenía a recoger hechizada por su mágica belleza. Mientras ella se distraía con cada manzana que caía, el joven logró llegar antes a la meta.

La pareja, muy enamorada, vivió feliz durante un tiempo, compartiendo cacerías y aventuras. En una de estas ocasiones, los esposos entraron en uno de los santuarios de Cibeles y disfrutaron allí de sus pasiones amorosas. A Cibeles, enterada de ello, no le gustó lo que ella entendió como una profanación, montó en cólera ante tal sacrilegio y los transformó en dos leones, que son precisamente los que tiran de su carro, como se ve en la famosa fuente de Madrid, condenados a estar juntos, pero sin verse las caras. Por eso un león mira a la izquierda y el otro a la derecha, aunque tiren juntos del mismo carro.
Hay que decir que los dos leones que custodian las puertas del edificio de Las Cortes, fueron bautizados como Daoíz y Velarde, en honor a los héroes de la guerra de la Independencia. Pero es curioso destacar que uno de los leones carece de los atributos propios de la virilidad masculina. Anécdota que se desconocía hasta el momento  que se procedió a su restauración en 1985. Es por ello por lo que se llegó a creer que fueran de distinto género, pero se descartó tal idea, ya que ambos lucen una frondosa cabellera propia del género masculino. Parece ser que en un primer momento se concibieron como que dichos leones representaban a Hipómenes y Atalanta.

Tampoco estos leones se miran a la cara. Uno lo hace a la derecha y el otro a la izquierda. Lo mismo acabamos todos tirando del carro de Las Cibeles en busca de un helado de vainilla que ponga de acuerdo a nuestras excelsas señorías para mirar juntas a un mismo horizonte llamado realidad española.
 
© José María Suárez Gallego

Publicado en Diario JAÉN el viernes 7 de octubre de 2022

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