Colipoterras y hurgamanderas, pero comadres.

HACIENDO LA ESQUINA

 

Escribió Gabriel García Márquez que los seres humanos no nacemos para siempre el día que nuestras madres nos alumbran, sino que la vida nos obliga a parirnos una y otra vez. Esto me hace pensar que no debemos ser de donde nacemos, sino de aquel instante en el que, por un momento, nos creímos que éramos el rey del mambo, o el ombligo de las maracas del inefable Machín.

El peligro de volverse a parir en el Macondo particular que todos llevamos dentro, es que, ni aún así, uno se libra de asistir impertérrito a los rifirrafes que se montan los que aspiran al poder: Unos por seguir en él, otros por volver a él, y, los más, por soñar con él. Ya lo cantaba el Forges, a modo de tango: “Sillón de mis entretelas, mi silloncito oficial…”, cuando eso de la transición política tenía marchamo de taumaturgia, y los del pueblo llano nos creíamos, a pies juntillas, que se le podían poner los cascabeles al gato, sin otro requisito que saber elegir el color del lazo que los sujetara.

Papeles oficiales y ladrillos, licencias y cemento, recalificaciones y solares, nos traen a la memoria desde todas las órbitas del planetario patrio el caso aquel en el que dos colipoterras doctoradas como hurgamanderas, en un agarre que tuvieron por la posesión de una esquina, una a la otra, mutuamente, se llamaron “puta”. Cada una denunció a la otra por tan grave ofensa, y el juez, después de una meditada reflexión, convino en fallar que “ambas susodichas tenían razón, pues ninguna había mentido en lo que a la otra le dijo, no pudiéndose sentir agraviada ninguna por algo que a todas luces era manifiesto”.

No pasaron muchos días en los que la necesidad de su oficio las llevó a encontrarse pululando por esas esquinas, y conveniencias del negocio las llevó a hacer las paces, haciéndose cierto una vez más, también para los cuernos políticos y los desamores urbanísticos, aquello tan sabido de “hoy putas y mañana comadres”.

Con los años, después de haberme parido en el escepticismo sereno de los sesenta y tantos, uno aspira a volver a parirse en un hombre encantadoramente gris, que antes que plantearse en qué dios creer, a qué diablo venderle el alma, con qué bandera cubrirse, o qué idearios combatir con “napalm”, disfruta observando plácidamente el ajetreo cotidiano y anodino de esta fauna, a la que todos pertenecemos y que piadosamente llamamos  prójimo.

 

© José María Suárez Gallego

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