La mentira encuadernada

(Publicado en el Diario JAÉN el viernes 6 de abril de 2018)

Esto de escribir la Historia con objetividad es tarea ardua y muy complicada. Ya el refranero popular desde su docta gramática parda nos pone en sobre aviso al recordarnos que “cada cual habla de la feria según le ha ido en ella“, o lo que es igual, que lo que para unos parecen podencos para otros no son más que galgos corredores, y quien fue alabado como recto profeta y casto varón por unos, por sus contrarios ha sido tenido por vil embaucador y amante del pendoneo. De todos es sabido que mucho antes que la Historia fue la Fábula y es condición humana el pretender fabular la realidad por adornar de este modo con un mayor interés las vidas que carecen de él.

Ya Cervantes nos dejó dicho al respecto en El Quijote: “habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les haga torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir“, cita a la que acudo con devoción bíblica cada vez que como cronista oficial de mi pueblo he de sentarme a la orilla del río de los sucesos, que diría Madariaga, para dar cuenta de las aguas, las turbulentas y las mansas, que por su cauce fluyen.

Sonroja leer los libros de historia que se enseña a los alumnos en las “ikastolas” vascas, no ya por el vapuleo que se da a la historia del resto de los españoles, los “maketos”, sino por la tendenciosa falta de rigor con el que se quieren justificar unas pretendidas identidades nacionalistas salidas de los delirios antiespañoles del ínclito Sabino Arana. Tres cuartos de lo mismo pasa en las escuelas catalanas donde se cae en el contrasentido de que los alumnos tengan que estudiar la historia de Europa, europeos somos, evitando en lo posible contar la historia de España. ¿Se conseguirá, al menos, que al resto de las comunidades autónomas se nos incluyan en la lección dedicada a África?

Que desde los nacionalismos excluyentes se diseñen los contenidos a estudiar sobre la historia común de los pueblos de la vieja Iberia bajo la óptica de sus particulares intereses nacionalistas, no deja de ser una temeridad cívica y una falta de respeto con las generaciones venideras. Que cada pueblo asuma, por tanto, su historia y padezca a sus políticos con resignación perseverante, de lo contrario no tendremos más remedio que darle la razón a aquel que dijo que la Historia no es más que la mentira encuadernada, lujosamente encuadernada en algunos casos, pero mentira barata al fin y a la postre cargada de delirios supremacistas.

El genial Francisco de Goya intuyó como nadie el turbulento mar en el que suelen desembocar las tormentas ideológicas de algunos espíritus delirantes. En uno de sus tenebrosos aquelarres mentales nos dejó escrita a los pies de un durmiente una de sus demoledoras moralejas: “El sueño de la razón produce monstruos“.

De Goya siempre me sorprendió su cuadro “Perro semihundido”, en el que un chucho anónimo, tal vez descendiente bastardo de Melampo, el perro que pintara junto a Carlos III y en cuyo collar estampara su firma, lucha por librarse de unas difusas arenas movedizas. Pudiera ser que en este expresivo lienzo nos dejara el viejo Goya la imagen, no ya de los monstruos que produce la razón, sino la de cuando como perros semihundidos en la Historia comenzamos a preguntarnos qué hacemos con los monstruos de la sinrazón y sus víctimas.

Hay quienes han considerado lo estéril que fue que los españoles nos tomáramos tanto trabajo en combatir a los franceses durante la Guerra de la Independencia para que después de toda la sangre y todo el quijotismo derramado acabáramos recibiendo al impresentable de Fernando VII al grito de “¡Vivan las caenas!”.

A la Historia no siempre le resulta fácil ni edificante ser ejemplo y aviso de lo presente, y advertencia de lo por venir. Lo malo del futuro es que no sabemos las intenciones que tiene hasta que no nos devora como Saturno a sus hijos.

dav

 

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