Ahora que termina la Navidad

by-victor-gonzalo

Foto by Victor Gonzálo

Decía el bueno de mi abuelo Paco –quien me enseñó, entre otras cosas, a coger los días por sus aristas cortantes y no sangrar— que cuando alguien llamara a mi puerta solicitando unas monedas de ayuda, lo socorriera sin titubear, sin entrar a considerar la certeza o el fingimiento de su necesidad.

Argumentaba mi abuelo que en el ejercicio de toda caridad siempre había una gran dosis de egoísmo, además de la consabida pretensión vana de aquellos que dejados llevar de su cicatería moral pretendían ganarse la vida eterna a golpe de calderilla, pues el fin último de la caridad, se mire por donde se mire, no es un acto de solidaridad pura –ni mucho menos de justicia– sino el deseo de que no se pierda, perpetuándola, la costumbre de dar cuando se nos pide de sopetón, sobre todo por si llegada la desgracia nos vemos obligados a pedir nosotros también, que de sobra es sabido lo veleidosos que son los avatares de la vida en tiempos de vacas flacas.

Apostillaba mi abuelo que toda limosna debía ir acompañada sólo de una sonrisa. Para él era bochornoso el comportamiento de quiénes por el hecho de dar unas monedas se creían con derecho a dar también un consejo: “Tenga hermano y no se lo gaste usted en vino”, esgrimiendo la pretensión de constituirse en socios capitalistas de la desgraciada empresa del pobre –precisamente su pobreza— decidiendo también el destino más apropiado para tan insignificantes fondos.

La sociedad del “pan y amor todos los días“ me ha asignado, por lo visto, un “mendigo oficial” con el que hago caridad callejera sin darle consejos, acompañando mi exigua limosna de una sonrisa –ciertamente con lo que le doy no tiene más remedio el buen hombre que conformarse con el tinto de tetrabrik–, pero tengo la sensación íntima de que con mi silencio cobarde, con mi actitud cómoda y pasiva, estoy colaborando a que se sigan haciendo pobres durante todo el año desde la injusticia, para luego poder hacer caridad con ellos en Navidad, tiempo de vergonzantes chantajes emocionales.

@suarezgallego

 

Instintos básicos

ilusion-consciente

(Publicado en Diario JAÉN el viernes 6 de enero de 2017)

Es fácil comprobar, si miramos a nuestro alrededor, que el ansía de felicidad es el motor primordial de los humanos. Anoche en la cabalgata de los Reyes Magos, observando a los niños y sus padres, comprobé, una vez más, que el instinto de felicidad debe estar escrito en el código genético. Todos nacemos con la capacidad de proteger y buscar nuestra satisfacción en la vida, tan necesaria para perpetuar la especie, pero en el caso de los niños, si les dejamos tranquilos y a su aire, de forma natural van a ser felices espontáneamente.

Cada seis de enero me viene a la memoria aquella lejana noche de recuerdos infantiles, cuando henchido de ilusión puse mis zapatos escolares en el balcón, y a la mañana siguiente habían desaparecido. Desde entonces no volví a fiarme de los Reyes Magos, ni de los plumeros de sus pajes, ni de las barbas de mentira, ni de los negros de betún, ni de los oropeles de purpurina, ni de las joyas de hojalata, ni de los diamantes de culo de vaso. Me consolaron diciéndome que tal vez se los había comido un camello. Desde aquel instante comencé a tomar conciencia de que el mejor regalo que se nos puede hacer es que no nos quiten lo poco que nos pertenece. Y cada año escribía la misma carta: “Queridos Reyes Magos: ¡Devolvedme mis zapatos! “

Esto me hace creer que los instintos básicos del ser humano son tres, como los Reyes Magos: El instinto de supervivencia para poder permanecer en la vida; el instinto de curiosidad para conocer, saber y experimentar el hecho de estar vivo; y el instinto de felicidad, para gozar y disfrutar de la sensación de vivir. Aunque éste último ha sido el que más se le ha tratado de cercenar desde que el mundo es mundo. Los siglos nos han ido llenando la Historia de contrabandistas de desencantos que siempre han pretendido cambiarnos los tres instintos básicos por un montón de baratijas emocionales que nos adormecieran el deseo de vivir, saber y ser felices. A este mundo de sucedáneos le sobran demasiados contables y le faltan muchos poetas: ¡Menos “tíos del saco”, que asusten, y más “tíos de los globos”, que diviertan!, habría que gritar en los telediarios cada día.

Hay un empecinamiento histórico por parte de quienes desde siempre han pretendido gobernar nuestros cuerpos y dirigir nuestras mentes, en que nos aflore el instinto tribal de nuestro aldeanismo endémico, para de este modo mantenernos divididos según los idearios políticos, las creencias religiosas, los planteamientos intelectuales, los gustos sexuales o las pasiones deportivas. Vano intento, porque hay algo en lo que todos estamos de acuerdo por encima de las demás circunstancias: En querer ser felices.

Un mercantilismo exacerbado que identifica lo que somos con lo que tenemos; un feroz nacionalismo racista que nos hace creer que somos lo que no pueden, o no les dejamos ser, a los otros; y un pobre hedonismo de chichinabo que nos complace en el confort de la pereza mediocre, son las patologías que amenazan el deseo de una felicidad compartida.

Llegado a esa edad en la que, como en el tango, las nieves del tiempo han plateado mi sien, uno ha aprendido ya a coger los días por sus aristas cortantes sin sangrar, movido por estos tres instintos que no nos permiten sentirnos obsoletos o caducados, porque viejo, a fin de cuentas, es quién se niega a ser un mundo nuevo cada día, un universo de estrellas cada noche, el gallo que canta por la mañana, el atardecer púrpura, la luna llena, el sol de mediodía, el aire respirado de cada instante, la brisa que mece las hojas, el soplo que como un suspiro nos lleva a amanecer mañana para arbitrar las luchas de los perros con los astros. Viejo es quien se resigna a ignorar para siempre lo que esconden las entretelas de este juguete, a veces ameno, a veces caprichoso, a veces incomodo, pero siempre excitante, que llamamos vida. Viejo es, en definitiva, quien se niega a ser un militante activo de la vida, como nos recordaba Benedetti.

Aún hoy me pregunto qué sería del niño que llevó puestos mis zapatos desde aquel día de Reyes, y sobre todo si fue feliz con ellos.

img_20170106_113333