La Inmaculada Concepción y Europa

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Monumento a la Inmaculada Concepción en los Jardines del Triunfo de Granada

Hace hoy sesenta años, el entonces Consejo de Europa adoptó como bandera un paño azul con doce estrellas en círculo de color oro. Treinta y un años después esa misma bandera sería adoptada como el símbolo de la Comunidad Europea.

El entonces Consejo de Europa, en agosto de 1950 abrió un concurso de ideas  para elegir una bandera propia. Se presentaron más de un centenar de proyectos, de los que sólo doce quedaron seleccionados atendiendo  a la armonía de sus colores y símbolos. El color azul del paño de la bandera y las estrellas en distinto número destacaron como los más preferidos.

Finalmente el jurado se decantó por el diseño del artista francés, afincado en   Estrasburgo, Arsene Heitz, un hombre de profundas convicciones religiosas marianas. Él mismo explicó que en la época que realizó el diseño había leído la historia de las apariciones de la Virgen en París, y ello le llevó a pensar en doce estrellas en círculo sobre fondo azul, la iconografía tradicional con la que se representa a la Inmaculada Concepción de María.

En su mente, según dijo, estaba presente lo que San Juan había escrito en el capítulo doce del Apocalipsis: “Y apareció en el cielo una gran señal: una mujer resplandeciente, como vestida por el sol, y la luna bajo sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas“. No deja de ser curioso que, de forma intencionada o  casual,  los representantes del Consejo de Europa aprobaron el diseño de Heitz precisamente el 8 de Diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción de María.

Una visión más laica actual interpreta oficialmente el color azul como representación del cielo de Occidente, mientras que las estrellas, en número exacto de doce,  simbolizan a todos los pueblos de Europa, y su número y disposición representan la unión, la perfección y la plenitud.

La Inmaculada Concepción es la Patrona de España por deseo expreso del rey Carlos III, fundador de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, consideradas como el primer proyecto de “europeidad” de la Historia, que también la tienen como Patrona de todas ellas.

(@suarezgallego)

ARTÍCULO LA INMACULADA DIARIO JAEN

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Ilustración de Ana María McCarthy, La colmena y el Patio de los Naranjos

 

Fue el cineasta bilbaíno Víctor Erice quien en su película “El espíritu de la Colmena” (1973), nos contaba, a modo de leyenda subliminal de posguerra, la fascinación de una niña rural por la figura de Frankenstein. Todos, al fin y al cabo, vivimos atrapados por la colmena y su espíritu, que por un lado nos tiraniza con su sistema férreamente organizado, y por otro nos permite hacer de la imaginación la mejor solución para sobrevivir en la geometría impersonal de sus celdillas  hexagonales.

La colmena, sobre todo en épocas de crisis como ésta que ahora vivimos, es el paradigma del espíritu de  solidaridad y colaboración de una sociedad que habiendo sido amamantada por las vacas gordas, ahora se defiende de las dentelladas rabiosas de las vacas flacas, como si se tratara de cerdos en su marranera viviendo la existencia feroz de la pocilga. A mordiscos y hocicones defienden su comida y su rodal de podredumbre, compartiendo con sus congéneres sólo el lodazal y la inmundicia en la que todos se revuelcan –y nunca mejor dicho– como marranos en un charco.

A las abejas, por el contrario, las une la perfección de sus panales,  la utilidad de su cera y la golosina de su miel. A los cerdos que comparten zahúrda  y marranera los mantiene unidos, en una palabra, la mierda común en la que retozan y con la que se embadurnan.

En el fondo, todos  aspiramos a convertirnos en la mosca cojonera de nuestras moscas cojoneras, y  esa metamorfosis hace que el inquieto mulo del destino siga dando violentas coces en la cuadra de nuestras conciencias. Impagables moscas, que volando como abejas emuláis a los cerdos, pero nos mantenéis despiertos y ligeros de equipaje a la sombra estéril de los vanidosos laureles.

Bien que lo dice don Quijote después de ser apaleado por los presos que él mismo liberara del cordel de condenados a galeras: “Siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar agua en la mar.

(@suarezgallego)