La ley de los cataplines, o cómo paladear la libertad.

Duelo a garrotazos. Francisco de Goya

Duelo a garrotazos. Francisco de Goya

Mira, paisano, por estas tierras de las piedras lunares, el alma se agazapa en el corazón, la razón se exilia en la cabeza, y la libertad se hace huésped de la bragueta. Habitante del territorio dónde se juntan las piernas.

De los denominados compañones  por las gentes de nuestro Siglo de Oro, nos aflora, la mayoría de las veces, el alma y la razón con la que justificamos los fundamentos de nuestra parcela de libertad. Hacer las cosas porque nos salen de los “cohones” -con hache aspirada- suele ser el argumento último que avala el habernos pasado un semáforo en rojo, el haberle propinado un injusto pescozón al niño cuando pierde nuestro equipo de fútbol, o negarnos a pagar los recibos de la comunidad de vecinos cuando no funciona el ascensor. De los también llamados “cataplines” nos brota, como de inagotable fuente, una altivez incansable e insensata, irreprimible e ignorante, en la que se ahogan nuestras más íntimas limitaciones.

En el fondo, ya lo decía Gracián, necios son todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo aparentan, de ahí que a estos últimos los delate el uso que hacen de la libertad. Si son fuertes, emergerá su exageración.  Si son débiles, aflorará su indolencia. Pero siempre encontrarán tras la bragueta el destino de su fatal destierro existencial. La tiranía de chichinabo de los que sólo ven en la cojonera el lugar idóneo en el que guardar la razón última de la libertad, más que oprimirla acaba por deshonrarla.

Si el alma reside en el corazón y la razón en la cabeza, la tolerancia, o libertad que no emerge de la zona testicular, debe residir en el paladar. Efectivamente, sobre gustos no hay nada escrito, y hora es ya que algo se vaya escribiendo, sobre todo para no confundir el culo, antípoda de la bragueta, con las témporas, en las que han naufragado siempre los ayunos de nuestros antecesores. La mejor forma de que no se nos atragante la libertad es paladearla, apreciando todos los matices de la diversidad opinable.

Ningún saber es nuestro, paisano, aunque nos pertenezcan todas sus esencias. Es por ello por lo que entre lo dulce y lo amargo no exista más distancia que la que media entre la felicidad y el sufrimiento, o entre la tiranía y la libertad.

(@suarezgallego)

Las utopías de cartón piedra y atrezo

utopias de carton piedra

Al final nos vamos enterando de qué estaba pasando cuando los políticos de turno nos estaban vendiendo utopías de cartón piedra, mientras los financieros nos iban ajustando las cuentas del Gran Capitán: Estaban haciendo de la democracia un objeto de atrezo teatral.

 “Nosotros el pueblo” –que así, precisamente, da comienzo el preámbulo de la constitución del país de Obama– pasamos sólo cada cuatro años por los colegios electorales, mientras que “ellos, los financieros,” nos “han pasado por la piedra” cada instante de nuestras vidas. Nos venden y nos administran desde lo más real de ella, hasta la vida virtual que nos montamos para huir de la puta realidad. Nos venden y nos cobran desde la vivienda que nos cobija, hasta la pasión por el  fútbol, o el morbo del “chinchorreo rosa vómito” de la telebasura.  Los financieros  afianzan  su poder económico con el pan y circo de una sociedad esquilmada esperando obtener así el beneplácito popular en las urnas, mientras que los políticos consienten y defienden la democracia virtual para obtener los favores  de los financieros y de este modo no perder –o volver a ganar– las elecciones, y la poltrona.

            ¡Es una vergüenza que los contables dirijan el mundo! Pero aún así habrá que seguir mimando la Democracia. Su alternativa autocrática, amén de impresentable, es execrable y harto peligrosa.

Winston Churchil, quien en tiempos muy difíciles le dijo a los británicos: «No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor», lo dejó bien claro: «Cuando llamen a la puerta a las seis de la mañana, hemos de seguir teniendo el pleno convencimiento de que sólo puede tratarse del lechero».

Harina de otro costal será el que la central lechera sea de una multinacional, y el que la ubre de la vaca que tal leche dio se encuentre hipotecada  hasta los cuernos. Siempre consuela pensar que la Utopía no ha muerto y que la leche agria, pese a todo, puede comercializarse como yogurt e idealizarse en el tradicional y exquisito requesón que genera la mala leche.

@suarezgallego

Los arreboles y el canto de los pájaros

pajaros en cables

Mira, paisano, hoy al ver amanecer he comprobado que aún siendo muy parecidos los arreboles del amanecer y del atardecer, no así lo son el canto de los pájaros en la salida del sol o en su ocaso.

A veces el ajetreo de lo cotidiano nos mantiene ausentes de toda la tramoya de la vida. Fue ayer precisamente, mientras hacia mi caminata por el campo, cuando pude percibir que tras el ocaso se hizo un silencio de los pájaros que en mucho rememoraba la cita del Apocalipsis de san Juan que da nombre a la extraordinaria película del sueco Ingmar Bergman “El séptimo sello” (1957): Y cuando el Cordero abrió el séptimo sello, hubo un silencio en el cielo como de media hora. (Ap 8:1)

Confieso que mis conocimientos sobre el canto de los pájaros no van más allá de haberlos oído dentro de sus jaulas en los balcones de mis vecinos, o en el campo cuando salgo a pasear, pero sí se que el único pájaro que canta pasada esa “media hora apocalíptica” es el ruiseñor, que lo hace hasta por la noche desafiando con su valor la astucia de las rapaces nocturnas.

En este verano, paisano, se percibe en el ambiente un sentimiento de ocaso. Una sensación de que algo se está acabando, por mucho que nos quieran poner en los arreboles de este atardecer unos cantos enlatados de unos jilgueros de mentira que hagan de este crepúsculo de derechos y de libertades un trampantojo de la España democrática surgida de la Transición. Se nos conforma diciéndonos que ya se ve una luz al final del túnel. Muy probablemente sea la de un rotulo luminoso que dice “Precaución. Continúa usted en el túnel”.

La marca España en este crepúsculo social está llena, sobre todo, de “pájaros de cuenta” con contabilidades poco claras; de pavos reales con vocación de gallos de Morón, y de cuervos carroñeros pululando por el mundo laboral.

A  la caída de la tarde pude apreciar que los pájaros no cantaban, estaban posados en silencio sobre los cables de alta tensión de las compañías eléctricas, y entre las púas de las alambradas de espino. Paisano, convéncete, no hay una canción para enterrar los ocasos.

(@suarezgallego

Amanecer con arreboles en Guarromán.

Amanecer con arreboles en Guarromán.

Cuando el viento es caricia

EUROPA DE ESPINAS

Mira, paisano, a estas alturas de la película ya nos hemos dado cuenta que la Europa que nos vendieron los europeístas convencidos no es otra cosa que un cajón repleto de intereses más que de ideas, por mucho Himno a la Alegría beethoveniano que se le ponga al videoclip de promoción.

Hasta no hace mucho se ha tenido por cierto que es el ánimo humano quien crea la riqueza, llegándose a pensar ingenuamente que es preferible un hombre sin dinero, que el dinero sin hombres. Ahora, con las martingalas con las que nos embaucan el neoliberalismo y la revolución tecnológica de la informática, estamos comprobando en nuestra carne social que no sólo hay hombres y mujeres sin dinero –cosa harto lamentable-, sino que el dinero ya es capaz de generarse sin la laboriosidad de mujeres y hombres, es decir, la exaltación de la especulación pura, que en boca de mi tabernero de cabecera no es otra cosa que: “El dinero no da la felicidad… ¡es la felicidad¡

Hasta que en el siglo XVIII a nuestros pensadores de la Ilustración se les encendió la bombilla y se percataron de que es sólo la laboriosidad de sus gentes lo que engendra la prosperidad de los pueblos, se pensaba y defendía  a macha martillo que las naciones se hacían más grandes con sólo ampliar sus fronteras y defender las peculiaridades de su identidad colectiva. Apreciaron en su disquisición economicista cómo era posible que  poseyendo España tantos territorios –incluidos los de ultramar– y tantas fronteras, disponiendo de un idioma universal, y sobre todo estando protegida por el único Dios verdadero, ¡ahí es nada¡, cómo era posible entonces que la inmensa mayoría de las gentes que la habitaban vivieran en la miseria. Famosa es la frase de Carlos III, rey que ya lo fue de Nápoles durante veinticuatro años antes de serlo de España, en la que resumió la idiosincrasia celtibérica: “los españoles son los únicos que cuando se les quita la mierda lloran”.

La cultura de la subvención nos ha hecho más “señoritos” europeos que “españolitos” laboriosos. Lo decía Einstein: “Sin crisis todo viento es caricia”. Ahora, paisano, no nos queda otra que superar este vendaval de bofetadas.

(@suarezgallego)

Los rencores del estómago

rencor de estomago

Sardinas en salazón, paradigma de los años del hambre.

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Mira, paisano, decía Montesquieu,  el mismo que aportó al Liberalismo el principio de separación de los tres poderes del Estado, que la medicina cambia con la cocina. Esto, dicho para que nos entendamos, es  que la salud se negocia en la oficina del estómago, ese órgano tan rencoroso que cuando se le atiborra de  hambre es capaz de vomitar guerras civiles.

La crisis –no hay mal que por bien no venga, paisano— está sirviendo para que se abran las alacenas de los partidos políticos, de los sindicatos, y de algunas instituciones   del Estado, y se perciba el hedor de  las corruptelas de algunos que están siendo la causa del hambre y de la desesperación de muchos. Cuando quiénes deben buscarles soluciones a la crisis no saben –o no les interesa– aplicar otra medicina que la de “cortar por lo sano”, la cocina popular los estigmatiza sin piedad con sus eufemismos.

De este modo hemos oído que a la política del tongo se le llama pucherazo. Si  éste ha sido a iniciativa personal de sólo un individuo se pone como excusa que se le ha ido la olla; y si en el  ajo hay más gente, se hablará entonces de olla podrida, que debe su nombre, dicho sea de paso, a la olla poderida, monumento del pensamiento culinario gótico español,  llamada así porque solamente la tomaban los que tenían poderío para costearla, por las muchas y costosas viandas que la componían. Para investigar en los pucheros no hay más remedio que meter la cuchara, sin que otros pongan el cazo y sin que algunos metan la gamba, pues ya es sabido que en todos sitios cuecen habas, siendo mejor que éstas hiervan con agua transparente que con mala leche. No nos extrañe, por tanto, que al lugar dónde se conspira corruptamente se le llame cenáculo. Tiempo ha que se sabe en la práctica politiquera lo que ya escribiera Cervantes al respecto: La mejor salsa del mundo es el hambre, y como esta no falta a los pobres, siempre comen con gusto.

Conviene no olvidar,  repito a modo de aviso a navegantes, que el estómago es el órgano más rencoroso del cuerpo humano, y que el hambre es el primer motivo de rencor.

Pero también solía decir Montesquieu que para prosperar en el mundo había que tener aire de tonto sin serlo, tal vez porque el  pueblo acaba defendiendo más la gramática parda de sus costumbres que la prosapia de sus leyes. Después de Dios, la olla, y lo demás bambolla, decían en el Siglo de Oro, que fue también el siglo del hambre. Lo que pasa es que como siempre, paisano, el oro lo trajinan unos cuantos, precisamente los mismos que reparten el hambre tan generosamente.

Al pueblo lo único que le están dejando últimamente es que administre el rencor de su estómago, y hasta para eso ya se le están poniendo pegas y malas caras.

(@suarezgallego)

Gastrósofos y gastrogilis

Toreros de Fernando Boteroo

Toreros de Fernando Botero

Mira, paisano, decía de sí mismo el maestro Federico Fellini (1920-1993) que  era un artesano que no tenía nada qué decir, pero sabía cómo decirlo. Definía don Federico su filosofía existencial de esta forma: No existe un final. No hay un principio. Sólo la infinita pasión de la vida. Se desprende de esto, paisano, que vivir es lo más sorprendente y genial que le puede ocurrir a cualquier bicho viviente, siempre que como artesano de la vida se le ponga pasión a lo que se hace, aunque no se tenga algo que decir.

La pasión vital se suele poner de manifiesto de manera más evidente en los tiempos difíciles, en los que el único realista de verdad siempre ha sido el visionario.

Cuentan que Ferrán Adriá, un visionario de la cocina, estando un día en su restaurante El Bulli, y teniendo que dirigir la cena de su equipo, echó en falta las patatas para hacer una tortilla, recurriendo para ello a una bolsa de patatas fritas –las de Casa Paco, Santo Reino o las Oya de toda la vida, paisano—, las desmenuzó con la mano, las mezcló con el huevo batido, y culminó una inimaginable tortilla que inauguraba sin pretenderlo la era de la “cocina de la deconstrucción”. Adriá, y su paradigma culinario, dio pie para que el planeta de las cosas del comer se llenara en tiempos de opulencia de dos especímenes bien definidos: Por un lado los gastrósofos, más proclives a valorar con quien comían, que propiamente lo que comían. Y por otro lado los gastrogilis, más por la labor de amargarle la vida a sus compañeros de mesa hablándoles de lo que comían sin saber lo que comían.

Es significativo que ahora haya más niños que quieran ser cocineros, que niños que quieran ser frailes, tal vez porque lo de ser cocinero antes que fraile siga siendo el paradigma de  una buena formación para sobrevivir.

Desgraciadamente, paisano, en tiempos como éstos el hambre comienza a ser parte de la infinita pasión de la vida. Estamos en manos de cuatro gastrogilis empecinados en una “deconstrucción” social y moral para que los cocineros y los obesos sean un suculento espectáculo mediático. Es la nueva teología de la nutrición encumbrando a sus herejes.

(@suarezgallego)

Lo viejo, lo antiguo, lo rancio y los garbanzos negros

El aquelarre (1823). Francisco de Goya.

El aquelarre (1823). Francisco de Goya.

Mira que nos gusta, paisano, oponernos por sistema a todo lo nuevo, por bueno y conveniente que sea, o nos parezca. El ilustrado Pedro Campomanes, factotum de Carlos III, en su famoso “Discurso sobre la educación de los artesanos” (1775), que dio lugar, entre otras cosas, a la creación de las Sociedades Económicas de Amigos del País, se refería al caso de fray Juan de Medina, que dos siglos antes, en el XVI, ya pedía que no se le acusara del “delito de novedad”.

Claro está, en un lugar donde lo “nuevo” llega a ser considerado delito, se le acaba tributando veneración legalista no a lo viejo –tantas veces venerable–, ni tampoco a lo antiguo –tantas veces admirado–, sino a lo “rancio” y a su hedor inmovilista.

Siempre he pensado, –y perdóname, paisano, esta incursión gastronómica, pero bien sabes que la cabra invariablemente acaba tirando al monte –, que lo que le da el justo sabor vitalista al popular cocido es precisamente el tocino fresco que luego se pringa en el pan, y no el ambiente de familia en el que siempre se han comido sus tres vuelcos.

Antológica es la anécdota que me contaba mi recordado amigo Diego Rojano sobre el filósofo y ensayista catalán Eugenio D’Orts, cuando al bajar del tren en Zaragoza lo esperaba a pie de vagón un amigo castizo hasta las trancas que le dijo a modo de recibimiento: ”Vendrá a mi casa… Y comerá un cocido en familia”. D’Orts, desde la retranca que gastan como nadie los hijos del Mediterráneo, murmuró por lo “bajini”: “Precisamente las dos cosas que más me molestan: la familia y el cocido”. Debió pensar el ilustre filósofo catalán que tanto en el cocido, como en la familia, son dónde más florecen los garbanzos negros.

Konrad Adenauer, el padre de la nueva Alemania que surgió después de la locura hitleriana, decía no sin cinismo que “no hace falta defender siempre la misma opinión porque nadie puede impedir volverse más sabio”.

Quien es capaz de aceptar como algo natural la mutabilidad del Universo –el cambio constante–, acaba por desabrocharle la blusa al propio inmovilismo, y descubre que la vida en esencia se mueve y nos conmueve, y con ello nos airea y nos ventila.

Por eso me preocupan tanto, paisano, los que dicen que nunca han cambiado un ápice su manera de pensar. La ranciedad a la que suelen oler sólo les sirve de coartada para no admitir que, pese a todo, se nos brinda cada día la posibilidad de volvernos un poco menos garbanzos negros en un universo que inevitablemente se expande, achicándonos hasta los límites infinitesimales de lo ridículo.

(@suarezgallego)