Homo homini lupus

03/09/2010 Mendigo durmiendo en las calles de Madrid. Los problemas cardiorrespiratorios representan una amenaza mayor que las congelaciones para los 'sin techo', según ha asegurado a Europa Press el secretario general de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (SEMFYC), el doctor Salvador Tranche. SALUD MADRID SOCIEDAD EUROPA PRESS/AYUNTAMIENTO DE MADRID

Recurro al latín para ponerle título a este artículo por la concreción semántica que permite esta lengua clásica. No hay en ello el más mínimo “animus eruditandi”, pues bien advertido que me lo tiene, desde su gramática parda, mi buen amigo el Caliche: “Citas latinas, corral de pamplinas”. Digamos, yendo al grano, que con “homo homini lupus” no pretendemos otra cosa que incidir en el consabido aforismo el hombre es un lobo para el hombre.

Ya Juan Ramón Jiménez ironizaba al respecto en “Platero y yo”: ¡Si al hombre que es bueno debieran decirle asno! ¡Si al asno que es malo debieran decirle hombre! Yo mismo me negué hace años a tener un perro al comprobar que todo chucho acaba pareciéndose, tarde o temprano, a su amo. Mi respeto hacia ellos me ha llevado a evitarle a alguno el castigo inmisericorde de servirle de inexcusable espejo donde mirarse, amparándome, también, en que la sabiduría popular esto lo ha tenido siempre claro: Viendo al perro del cortijo, se sabe como es el cortijero.

De la misma forma que el pobre de Gregorio Samsa –el protagonista de “La metamorfosis”, de Kafka– una mañana, tras una noche de un sueño intranquilo, se despertó en su cama convertido en un monstruoso insecto, viviendo a partir de ahí en sus propias carnes el abandono paulatino de su familia hasta morir por inanición, algunos animales acaban transformándose en réplicas de sus amos, y pagando por ello las consecuencias de los desmanes y tropelías de aquellos. ¿Quién no ha sentido alguna vez la malvada tentación de darle una patada clandestina al perro de quien nos cae mal, ante la imposibilidad, o cobardía, de dársela a él mismo?

Hace tiempo tuve un vecino que todos los días, al cruzarnos, emitía un gruñido a modo de saludo matutino. Nunca abandoné la esperanza de que su perro, que invariablemente lo acompañaba, acabaría, con el tiempo, respondiendo a mis “buenos días” como un ser humano educado, por una mera cuestión de afinidad entre especies. No fue así. Con los años, aquel pequinés mal encarado, gruñía exactamente igual que lo hacía el desagradable de su amo.

Desde entonces espero que el lobo que todos llevamos dentro devore sin piedad a quienes abandonan en el abismo de la soledad completa a los que por ser viejos, pobres o marginados nos estorban en la conciencia imposible de nuestros intereses más egoístas.

¡Perro hombre! ¡Hermano lobo!

(Según el reciente Informe de Cáritas el 26,8% de los españoles viven en situación de pobreza y exclusión social)

@suarezgallego

La liturgia de los aceites premium

Aceites Jaén Selección 2015

Aceites Jaén Selección 2015

Cada vez le voy profesando un mayor fervor al “ligero de equipaje” de don Antonio Machado, y es por ello por lo que agradezco los regalos que no puedan en modo alguno sobrevivirme. Sobre todo si son exquisitamente digeribles.

Los que nos dedicamos a estudiar la Cultura Tradicional, incluyendo en ella la cultura del aceite, estamos expuestos a la tentación de tomar el sendero del estéril chauvinismo y comenzar a confundir lo “propio”, lo “castizo”, con lo “puro”, y a los “casticistas” con los “puristas”. A la memoria me vienen las sucesivas guerras de los vinos franceses contra todos los vinos del mundo, como puede ocurrirnos con nuestros aceites.

El reputado antropólogo e historiador Julio Caro Baroja nos avisa al respecto en sus Temas castizos (Ediciones Istmo, 1980) cuando nos dice: “Lo castizo -insisto– no es lo puro o lo genuino ni lo antiguo. Es más bien lo determinativo, lo más significativo, dentro de un ámbito popular en un momento. […] La palabra “castizo” encierra, pues, unos principios de equívoco tan grandes como la palabra “tradicional”. La gente quiere darle valores de pureza y de cosa remota e invariable. Pero con frecuencia esta voluntad se basa en datos falsos y aún contrarios a la experiencia histórica.”

Me sirven estas precisas palabras de Caro Baroja para argumentar que, si bien no tenemos en esta tierra un referente más castizo de nuestra más pura identidad tradicional que el aceite de oliva, ha sido precisamente al alejarse de la tradición y del casticismo cuando se han comenzado a elaborar en nuestras almazaras unos aceites de gran calidad.

Bien es cierto que toda tradición fue innovación en sus orígenes, y la gran calidad de los actuales aceites Premium, esos que unen a la excelencia del contenido del envase, la categoría de la exclusividad y estética del propio envase, están llamados a formar parte a partir de ahora de lo más noble, castizo y puro de nuestra tradición. Sólo falta que seamos capaces de  tejer una liturgia de su excelencia para disfrutar de ellos, como ha ocurrido en las culturas del vino, del café, del té, de la ginebra o del tabaco.

Forman parte pues los aceites Premium de ese tipo de regalo noble que no nos va a sobrevivir porque los vamos a  hacer nuestros mediante el disfrute de su ingestión a través de un cuidado ritual. No se trata sólo de echar aceite en un plato y mojar pan. Se trata en suma de disponer de un plato blanco de fina loza en el que escanciar varios aceites separados, y disfrutar del fulgor de sus tonalidades verdes y amarillas resplandeciendo  junto a sus olores, instantes antes de que probemos su sabor a través  de distintos tipos de pan, o distintas cristalizaciones de sal. Protegernos del lamparón con una servilleta de lino y hacer del momento de la degustación de un Premium todo un ritual de excelencia gastronómica, es la mejor manera de que un aceite de oliva virgen extra no sólo sea un alimento saludable, sino que se sublime en la liturgia de un estilo de vida sana e inteligente.

(Publicado en el nº 6 de la revista Oleum Xauen, mayo 2015)

Acceso al número 6 completo de Oleum Xauen

LALITURGIA DE LOS ACEITES PREMIUM, OLEUM XAUEN

PORTADO OLEUM XAUEN Nº 6 MAYO 2015

Elogio de la dieta mediterránea

DIETA Y CUCHARA DE PALO

Es el gastrónomo, a fin de cuentas, aquel que hace de la buena mesa y la palabra dos amantes sempiternamente reconciliados, pues con ambos sublima a la categoría de  cimiento de la Cultura la triste necesidad de tener que comer cada día para poder vivir.

No es una casualidad el feliz hecho de que fueran Grecia y Roma, respectivamente creadoras de la Filosofía y del Derecho, las que primero otorgaron patente de prestigio a una primera personalidad social culinaria, la del cocinero, capaz de hacer posible la reconciliación eterna del buen comer con la palabra. Es una feliz coincidencia que la Filosofía y el Derecho nacieran, precisamente, en los pueblos que supieron hacer de la liturgia de comer todo un arte.

Griegos y romanos conforman, junto a la influencia semita en las riberas del Mediterráneo, las patas culturales que sostienen las trébedes en las que cuece desde hace siglos el puchero dónde se avía la cocina mediterránea, que es tanto como decir el santo y seña del origen intercultural –y no siempre bien avenido– del Mediterráneo.

El gran triunfo de la cocina mediterránea, no ha sido sólo alumbrar en la cultura sajonas las bondades de la dieta mediterránea, sino por el contrario, la culinaria del Mediterráneo sigue siendo el acicate reivindicativo por el que se sigue practicando una cultura que, además de para alimentarnos tres veces al día, como ya reivindicaba también la cultura china hace tres milenios, lo hagamos nutricionalmente bien y, sobre todo, gozando de ello, a modo y manera de cómo muy bien hubiera podido expresar uno de los mejores gastrónomos de la gramática parda que cabalga por nuestra cultura popular, el bueno de Sancho Panza: “Pues sepa vuesa merced, mi señor don Quijote, que cosa bien triste es que sólo el hambre haga llenarnos la andorga, cuando también con buenas viandas pueden colmarse las entendederas sin renunciar al goce de ellas”. Y ese y no otro es el triunfo de la cocina mediterránea: comer sano y con conocimiento, sin renunciar a los placeres –voluptuosos y hasta transgresores– del paladar.

DIETA MEDITERRANEA EN DIARIO JAEN