La pluma clavileña de Diego Rojano Ortega.

El escritor  y abogado Diego Rojano Orega

El escritor y abogado Diego Rojano Orega

(Publicado en Diario JAÉN en martes 16 de diciembre de 2014)

Escribir en los periódicos, tarde o temprano, acaba convirtiéndonos en oficiantes de tinieblas, esto es, en sempiternos viajeros a las calimas del pasado, o a las brumas que al  futuro le emergen tras el paso de los días. La cosa es estar siempre yendo y viniendo en el tiempo como un Quijote a lomos de una pluma clavileña. Mi amigo Diego Rojano escribía con ella pese a haber sido conminado seriamente, y repetidas veces, a que lo hiciera con un procesador de textos.

Los oficiantes de tinieblas, cuando escribimos terminamos por creer a pies juntillas lo que en su visión del mundo nos dejó dicho “san” Alberto Einstein –sabio  relativista al que acabo de subir a los altares laicos–: “Sólo el que lo ha vivido sabe lo que son años enteros viviendo entre la alternativa de esperanza y desfallecimiento, hasta que por fin un día irrumpe la claridad”. Eso sí, a unos les irrumpe antes que a otros, y los hay a los que por una maldición “macondiana” se les condena a esperar otros cien años de soledad interior para que el resplandor que desvanece las calimas y las brumas perpetúen sus naufragios existenciales en las arenas movedizas del presente.

Pese a todo, “san” Alberto Einstein nos consuela desde su evangelio científico al hacernos ver que el tiempo es relativo, como lo son la claridad, la esperanza, el desfallecimiento, los periódicos, la Historia, las opiniones,  los taumaturgos, y las arenas movedizas, y, llegado el caso, hasta el procesador de textos  informático que mi amigo Diego Rojano se resistió a utilizar para escribir sus artículos.

Absoluto, lo que se dice absoluto para los oficiantes de tinieblas, sólo es la pluma clavileña en la que cabalgan cada vez que se enfrentan al blanco absorto de una cuartilla muerta, y, llegado el caso, hasta es absoluto el mago Malambruno que tira de los renglones hechos riendas una vez que han sido escritos: “Suba pues a esta maquina de desfacer tinieblas quien tuviere ánimo para ello” –escribiría más o menos Cervantes–, que no faltará un don “Quijote de la Panza”, amante de buscar la verdad relativa en las tertulias de taberna, asomado al Gran Teatro del Mundo desde el mostrador del tabernero, reclamando el buen vino que nos merecemos, y sin que nos falte un platillo lleno de viandas que nos despierten la colambre. Y líbrenos Dios del “Sancho Mancha” –que haberlo háylo, enjuto escudero de triste figura que perdió el seso y la dignidad por el plato de lentejas viudas de los viernes.

Dos cosas le vi hacer a Diego Rojano con exquisita elegancia: Una, coger una pluma mientras escribía; y la otra, sostener una copa de vino mientras hablaba. Y entre ambas, abría  un abanico de palabras para hacer oídos sordos a la llamada del tiempo, ese que a la chita callando nos roba la vida sin que al Quijote y al Sancho que llevamos dentro les importe lo más mínimo. Te echamos de menos, maestro, cada vez que repasamos los proyectos que nos dejaste en los brazos de tu ausencia.

(Nota biográfica en la ENCICLOPEDIA GENERAL DE JAÉN)

ROJANO ORTEGA, DIEGO. (Jaén, 1942-2004) Abogado y escritor. Realizó estudios de Derecho y Filosofía y Letras en las universidades de Granada, Madrid y Oviedo. Realizó los cursos de doctorado en la universidad de Jaén. Ejerció la abogacía en la década de los años setenta del siglo XX, y la docencia como profesor de derecho en diferentes centros jienenses de formación profesional, y en la escuela de Artes y Oficios. Articulista de los diarios Jaén e Ideal, y de diversas revistas taurinas, fue colaborador habitual de las cadenas de radio Ser y Cope en sus emisoras de Jaén. Prolífico conferenciante sobre temas  gastronómicos y vinícolas, habiendo impartido documentados pregones como en de la XV Fiesta de la Aceituna de Martos en 1995, la IX feria de la Manzanilla en Sanlúcar de Barrameda en 1996, las Fiestas de la Virgen del Rosario en Moriles Montilla (Córdoba) en 1997,  la Fiesta de la Exaltación del Guadalquivir en Sanlúcar de Barrameda en 1998, pregonero del Toreo Jerezano en Jerez de la Frontera en 2002. En 1997 publica junto a Juan Eslava Galán su primer libro: La España del 98, el fin de una era; en 1998 edita Nombres, hombres y paisajes; en 2000 aparece Galería de Políticos y abogados de la España contemporánea. Publica la trilogía Luces y sombras del toreo, en 1999; Fulgor y tragedia de la fiesta, en 2001; Escritores, políticos, artistas y toreros ante las corridas de toros (Mis memorias taurinas), en 2003, en las que  desglosa la esencia de la fiesta  de los toros y los ambientes que la rodean. En 2000 organiza el ciclo de conferencias taurinas “Los toros ante el tercer milenio”  en la Universidad de Jaén, que posteriormente, después de su fallecimiento, llevaría su nombre: “Ciclo taurino de Diego Rojano”. En 2006 vería la luz su libro póstumo Crónicas y Semblanzas, que fue presentado en la Universidad de Jaén a modo de homenaje a su memoria. Pertenecía como numerario a la Academia Andaluza de Gastronomía y del Vino, y era comendador honorario de la Orden de la Cuchara de Palo. Falleció en Jaén en el mes de octubre de 2004.

Oleonáutas, aceite y paisaje olivarero

Ilustración de Efe Suárez

Ilustración de Efe Suárez

(Publicado en el número 5 de la revista Oleum Xauen)

En el fondo, nunca he llegado a tener claro si mi afición  a viajar es la responsable última de mi querencia a la buena mesa, o por el contrario, es el natural apego que le tengo a las alcuzas, las ollas y a lo que en ellas se cuece, lo que me ha llevado a ir de aquí para allá buscándole el norte a los hilillos de humo que a los fogones se les derraman por las chorreras de las chimeneas.

Mis hijos, que lo son también de este tiempo milenarista en el que la cruda realidad de conflictos, epidemias y saqueos  supera con creces el esperpento imaginario de las historias telefónicas que nos contaba el recordado Gila –¡Donde se ha visto que a un pueblo  muerto de hambre se le bombardee primero con bombas y  una hora más tarde con Bimbo!— me dicen desde la influencia irresistible a la que los somete Internet que soy un gastronauta empedernido, es decir que soy un navegante impenitente  que tiene su particular Ítaca de sabores allende dan bien de comer y a las sobremesas, al hilo del último sorbo de vino, le crecen las palabras y las ideas como a los olivos de este tierra le salen las aceitunas.

Ciertamente los sabores como los paisajes no viajan, de ahí que tengamos que ir a rescatarlos a la magia de sus confines, cobrando sentido entonces la razón ultima del llamado turismo gastronómico en el que los gastronautas, mejor que nadie, gozamos de los paisajes de los sabores, o tal vez, si afinamos más los conceptos, acabamos gozando de los sabores que cada paisaje guarda en los vericuetos de sus lejanías. La geografía gastronómica es mucho más profunda que lo que a primera vista nos pueda sugerir el hecho de tirarse a los caminos sin otro santo al que encomendarse que al de llenar la andorga. Nada más lejos de ello. Al verdadero gastronauta su afición a gozar de la buena mesa en un buen entorno le lleva a ser en el mejor de los casos un Sancho por fuera y un Quijote por dentro. En la brújula viajera gastronómica, como diría el matemático francés René  Thom, “lo que limita lo verdadero no es lo falso, sino lo insignificante”, de ahí que el amante de los paisajes y los sabores se recree en lo auténtico antes que en la parafernalia con la que algunas veces nos enmascaran lo que saboreamos. El buen gastronauta, es bueno saberlo, goza más con la compañía y el entorno de un plato que con el plato mismo.

Jaén acuna un mar de olivos con rompeolas de plata en el que más que naufragar hemos conseguido extasiarnos esperando la hora de comer. Sin lugar a dudas el mejor premio que un gastronauta del aceite le puede conceder a un establecimiento de hostelería es que vuelva a él, y los buenos profesionales lo saben: Al oleonauta, buen trato, precio razonable y esmero en la calidad de los aceites. Lo demás es matar la gallina de los huevos de oro antes de que empiece a ponerlos. Y eso sí es naufragar y ahogarse en el rompeolas de plata de este mágico mar de olivos.

(@suarezgallego)

ARTICULO OLEONAUTAS, ACEITE Y PAISAJE OLIVARERO, OLEUM XAUEN 5

Cien pájaros volando

Pájaro en mano

Pájaro en mano

Publicado en Diario JAÉN  el martes 9 de diciembre de 2014

            Lo peor de cumplir años es que cada vez se hace más persistente en ti la idea de que has cruzado ya,  y al sprint, las metas volantes más decisivas del tour de tu vida.

            Llega un día en el que, sin saber por qué, uno toma conciencia de que lo que hasta ahora ha sido escalar el puerto que te llevó a las primeras canas, casi sin sentir y sin la necesidad de culear sobre los pedales, una vez culminado, se vuelve cuesta abajo y ruedas a la velocidad precisa en la que el miedo a sentir miedo te hace dar unos leves toques a los frenos con el disimulo y el sigilo del que nunca ha roto un plato.

            La caída por esa cuesta es imparable. El sabor de la llamada del tiempo ya es ineludible. Cuando lo has probado es inevitable que cada mañana te levantes con un regusto último a aceitunas machacadas. Los sabores se aprecian o se desprecian, pero no se llega a comprenderlos jamás. Es el destino, te dicen, pero piensas que sería una putada –no tiene otro nombre– caerte de la bicicleta vital en este preciso momento cuando ya te has enterado de hacia dónde corres.

El vivir de cada día nos suscita a cada paso la eterna duda entre optar por la seguridad de un futuro resuelto, o elegir el riesgo y la incertidumbre de no saber si mañana amaneceremos pez, sonrisa o patada en la entrepierna. Woody Allen, en su ya legendaria encíclica en blanco y negro Manhattan, se planteaba el “además” que le pedía a la vida el hombre que había conseguido asegurarse el plato de lentejas diarias. La sociedad competitiva, y ahora en crisis, en la que nos derramamos cada mañana al levantamos, nos adiestra cumplidamente en el positivismo del “vale más pájaro en mano que ciento volando“, y una vez enjaulado el pájaro de nuestra seguridad, el “además” que le pedimos a la vida es que no se nos niegue la capacidad de soñar con los cien pájaros que siguen volando. ¡Ojalá veas tus sueños realizados, aunque tengas que apechugar con ellos y sus consecuencias!

¡Antonio, tabernero, si no voy a por el décimo de lotería, no me lo guardes, que conozco a gente tan pobre que sólo tiene dinero!

(@suarezgallego)

CIEN PÁJAROS VOLANDO ARTICULO EN DIARIO JAEN 09-12-14