Esconder a los pobres

Ernest Boix: Balcones antiguos.

Ernest Boix: Balcones antiguos.

El magistral dibujante Quino, reciente Premio Príncipe de Asturias, ponía en boca de la redicha Mafalda: “Me parte el alma ver gente pobre. ¡Habría que dar techo, trabajo, protección y bienestar a los pobres!“; y Susanita –su mejor amiga– le respondía: “¿Para qué tanto? Bastaría con esconderlos“.

A los pobres nacionales y a los extranjeros pobres –que son doblemente pobres por ser doblemente extranjeros— los aficionados a apropiarse de las banderas comunes los suelen esconder debajo de ellas. Y si no que se lo pregunten a ese tipo de “andaluces” que no hace tanto tiempo llamaban “trapo” a la que hoy reclaman para abanderarnos. ¡A buena hora mangas verdes (blancas y verdes, por supuesto)!

La realidad es que bajo un mismo dios y una misma patria no siempre todos los fieles creyentes, ni muchos menos todos los ciudadanos, son iguales. El viejo proverbio árabe lo expresa meridianamente: “El pobre es un extranjero en su patria”. Al rico extranjero se le suele llamar hermano y hasta se le llega a hacer hijo adoptivo de la patria en la que malvive el pobre. En la Marbella de la época de los “ostentoreos” se clasificaba con descaro a las gentes de una misma raza y de una misma creencia, según su poder adquisitivo: Los “paisas” que vendían ventiladores y linternas por los chiringuitos eran “moros de mierda”, mientras que a los jeques que llegaban envueltos en el halo del lujo y del derroche se les denominaba árabes, a secas.

Por lo que vamos viendo en estos últimos tiempos, España no tiene otro futuro que volver al pasado.  Reivindico la voz del poeta Antonio Machado cuando recuerdo una reflexión de él al respecto, recogida en sus Poesías de la Guerra, Apuntes: “Cuando penséis en España, no olvidéis ni su historia ni su tradición; pero no creáis que la esencia española os la puede revelar el pasado. Esto es lo que suelen ignorar los historiadores. Un pueblo es siempre una empresa futura, un arco tendido hasta el mañana”.

Efectivamente hay que “esconder” a los pobres, pero en los balcones de las conciencias. Allí donde colgamos las banderas.

(@suarezgallego)

Publicado en Diario JAÉN el martes 24 de junio de 2014

José Díaz de la Plaza, amigo y contertulio. In memoriam.

Con mi amigo y contertulio José Díaz de la Plaza, junto al monolito de Pablo de Olavide en Guarromán, en 1995.

Con mi amigo y contertulio José Díaz de la Plaza, junto al monolito de Pablo de Olavide en Guarromán, en 1995.

Se van a cumplir dos años desde que mi amigo Pepe Luchana, José Díaz de la Plaza en los papeles oficiales, nos dejó en los calores del verano. Con él compartí durante muchos años, y algún que otro día, la “hora de la deshora”, que no es otra que ese momento mágico en el que dos copas de vino, con tertulia de por medio, marcan el impreciso límite donde es demasiado pronto para llegar tarde, y demasiado tarde para llegar pronto a comer. Es ese soplo sublime cuando el día pone la proa hacia la tarde y se va borrando la estela de todo lo que el día ha dado de sí en la mañana.

A Pepe Luchana, siendo un chiquillo, le pusieron un cajón vacío de botellines de cerveza para que alcanzara al fregadero y pudiera lavar los vasos en una taberna como aprendiz de tabernero. Era su primer trabajo en unos tiempos en los que lo único que se despachaba gratis era la esperanza en “algo mejor”. Esperanza surgida en los comienzos de los años cincuenta de la desesperanza con la que vivieron las gentes de los años de la dura década anterior.

Mi amigo y contertulio Pepe Luchana, a quienes los buenos camareros de hoy en Guarromán, como el inefable Parrita, le seguían llamando familiarmente “Tito Pepe”, se metió en política mucho antes de que el ínclito, y ya extinto, Pio Cabanillas, diera una magistral clase de ciencia política ante el incierto recuento de las urnas: “¿Quiénes hemos ganao?”. Y como era de esperar, Pepe Luchana, siempre fue de los que perdieron. Después de veintidós años de concejal salió de la política harto de “cornás”; unas de los tirios, las otras de los troyanos, pero ni los galgos ni los podencos le quitaron la querencia de seguir colaborando con su pueblo. Y fue un buen presidente de la Unión Deportiva Guarromán (el estadio municipal lleva hoy su nombre); fue un excelente presidente –posiblemente el mejor– de la Peña Flamenca Fuentecilla, un buen corresponsal deportivo de Diario JAEN durante mucho tiempo, y un buen guarromanense en todo aquello en lo que estuviera su pueblo y sus vecinos de por medio.

Pepe Luchana, en los años sesenta de siglo pasado, cuando todo el mundo tuvo que emigrar a las grandes ciudades, fue uno de los que se quedó en su pueblo con la incierta encomienda de mantener el fuego encendido y la casa limpia para recibir cada verano con una sonrisa, y como el mejor anfitrión, a los que retornaban cada año. Mantuvo y sacó adelante una familia de siete hijos, una empresa local de distribución de bebidas, y una empresa textil en la que sobrevivieron treinta puestos de trabajo hasta que la dura competitividad de los países orientales emergentes la devoraron.

Recuerdo haberle oído decir en una de sus muchas tertulias: “A correr, el galgo le gana al mastín, pero si el camino es largo, el mastín le gana al galgo”. Y percibo ahora desde el recuerdo que el corredor de fondo que José Díaz de la Plaza, el guarromanense de bien Pepe Luchana, llevó siempre dentro sigue corriendo sin haberse dado por vencido. Irse ligero de equipaje siempre ha sido el gran triunfo de los perdedores honrados.

(@suarezgallego)

Publicado en Diario JAÉN el jueves 19 de junio de 2014

Juan Sánchez Caballero, cronista oficial de Linares, en el recuerdo.

Juan Sánchez Caballero, en el centro, entre quien fuera alcalde de Linares Tomás Reyes Godoy (izq.) y Alberto López Poveda, biógrafo del guitarrista Andrés Segovia.

Juan Sánchez Caballero, en el centro, entre quien fuera alcalde de Linares Tomás Reyes Godoy (izq.) y Alberto López Poveda, biógrafo del guitarrista Andrés Segovia.

Días pasados las Asociación Provincial de Cronistas Oficiales “Reino de Jaén” ha conmemorado el XXV aniversario de su fundación. Fue Juan Sánchez Caballero, ilustre cronista de Linares, quien propugno de forma generosa desde 1986 el nombramiento de cronistas oficiales en los pueblos y ciudades de la Comarca Norte de Jaén y Sierra Morena. Vaya con estas líneas nuestro recuerdo emocionado a este maestro de cronistas que nos dejó hace casi diecisiete años, pero cuyo ejemplo y honestidad perdura aún en nuestro recuerdo.

Hubo alguien, cuyo nombre no acierta a recordar mi torpe memoria, que nos dejó dicho que huérfano era “toda aquella persona viviente a quien la muerte de otro había privado de ejercer la ingratitud filial”. Y en este mundo desquiciado donde sólo es noticiable que la gente no se quiera, donde sólo es mercancía de comunicación vendible el que se explote, el que se maltrate a las mujeres en su propia casa (hogar, amargo hogar), o el que se aísle a los viejos en la soledad de sus muchos años y todas sus carencias, en este mundo, que tarde o temprano nos acabará fagocitando en un sin par festín de paramecios coprófagos, es casi una locura ponerse a escribir de la gente que queremos y que hemos querido a pesar de que la muerte, inevitable compañera de viaje, nos los haya quitado de nuestro vivir de cada día.

La muerte nos robo a Juan Sánchez Caballero, quien además de todo lo mucho y bueno que merecidamente se ha dicho de él, fue ante todo para nosotros nuestro entrañable amigo y maestro como cronista. Hombre en su apariencia menudo como un soplo, que como el pajarillo pardo de la carrera de San Bernardo en la canción de Juan Manuel Serrat, le gustaba volar bajito, a pie de calle, como el gorrión, sintiendo piadosa pena del canario que enjaulado vendió al alpiste su color y su canción, pajarillo pardo revoloteando en sus calles de Linares que nunca envidió el vuelo del águila altiva ni las garras del halcón. Y sin embargo tenía la talla interior de los que pudiendo volar alto guardaba todos los vientos en la sencillez de un soplo. Fiel al viejo adagio de que más enseña el maestro con lo que hace que con lo que dice, descubríamos tras su voz casi apagada todo el torrente de su generosidad y toda la vitalidad de quien ni en sus postreros días perdió su curiosidad investigadora ni dejó aparcados sus proyectos. Decía Pablo Picasso que “cuando se es joven, se es joven para toda la vida”, y Juan Sánchez Caballero en su juventud de espíritu, envejeció junto a su espíritu honesto, al que siempre tuvo como su mejor amigo. En el homenaje que Linares le tributó cuando leyó su discurso de ingreso en el Instituto de Estudios Giennenses, sólo unos meses antes de su muerte, nos dio la clave de su talla humana y espiritual: “Sólo aspiro en la vida a que cuando sea llegada la hora de ajustar cuentas con Dios, no tenga nada por lo que sonrojarme”. Y el día que lo llevamos a la tierra sólo se sonrojó el cielo en el atardecer de un aciago día de finales de noviembre, cuando se nos murió el  maestro Juan  en el regazo de todos nuestros proyectos.

Después de haber compartido con él congresos de historia,  sesiones de trabajo en instituciones donde coincidíamos como miembros, mesa y camino, donde por no conducir él tuve la oportunidad de llevarlo de compañero de viaje,  hoy me sigo sintiendo huérfano de un amigo y un maestro, sin saber a cierta si con unas lágrimas no reprimidas y con estas líneas se le podrá pagar a nuestro maestro Juan todo cuanto de bien nos hizo.

(@suarezgallego)

Publicado en el Diario JAÉN el sábado 14 de junio de 2014

El pueblo entretenido…

El Toro de Osborne en tiempos de crisis.

El Toro de Osborne en tiempos de crisis.

 

Mira, paisano, hace unas décadas cuando aún pervivía en mís años adolescentes la vocación de científico empedernido y releía el Mundo Feliz de Huxley, creía  –ingenuo de mí— que cuando llegaran los tiempos que hoy vivimos, la sociedad del ocio haría de nosotros unos ciudadanos libres del país de la curiosidad insaciable, instalados en la contemplación de la holganza infinita. Lo más duro del trabajo –nos hicieron creer entonces– sería hecho por máquinas silenciosas que nos permitirían, entre otras muchas cosas, leer sin agobios textos tan bellos como los Cuentos de Ise, en los que el principe japonés Ariwara Harihira filosofa sobre el imparable paso arrollador del tiempo:

“La luna no es la misma,

la primavera no es ya

la primavera de ayer.

Solamente yo no cambie.”

Pero la realidad de esta malograda sociedad del ocio en la que cada vez se nos priva más de la libertad de elegir cómo queremos destrozar nuestro tiempo, no es otra que comprobar fehacientemente cómo las libertades que nos son reconocidas en la  solemnidad de los papeles oficiales, cada vez son más descafeinadas. Libertades de atrezzo, paisano, a las que les chorrea la pringue de la parafernalia teatrera. Ya se lo oí decir al nobel Saramago hace un par de años: “La democracia, como la vivimos nosotros, es una falacia. El mundo está gobernado por las finanzas y no elegimos, precisamente, a los financieros“.

Hoy en día los políticos del liberalismo feroz y los financieros de la globalización económica se han repartidos los papeles en esta farsa. Los primeros, destrozan los esquemas de la sociedad del trabajo permitiendo la basura laboral en los sectores económicos más rentables en favor de los segundos. Mientras, los financieros, rentabilizan los mitos pacotilleros de usar y tirar. Y entre ambos se reparten los dividendos de la democracia virtual.

Aquella imagen del Che Guevara, con boina y barba revolucionaria, que en otros tiempos  era paradigma y bandera del “pueblo unido jamás será vencido”, la sociedad del ocio adormidera la comercializa hoy junto a las camisetas de los chicos de  La Roja, las bufandas de la selección de fútbol, o las fotografías de los protagonistas del culebrón de turno televisivo. Tal vez porque nunca nos dijeron que el gran secreto de la sociedad del ocio que nos han diseñado es que: “El pueblo unido puede ser vencido… si se le mantiene entretenido”.

            El poeta griego Eurípides, un heterodoxo austero de hace veinticinco siglos que hacía hablar a los dioses del Olimpo en sus obras de teatro como si se tratara gente de la calle, llegó a decir en un rapto de sinceridad tabernaria que “donde no hay vino, no hay amor.” Tal vez habría que buscar en esta afirmación la razón última por la que Jesucristo, antes de ser entregado para su pasión y muerte, se reuniera con sus más allegados y después de llenarles las copas de vino siguiendo el ritual hebreo del Hallel, hiciera el brindis más grande que jamás haya conocido la Historia: “para que os améis los unos a los otros”.

            Sin lugar a dudas Marañón, el médico filósofo, tenía razón cuando afirmaba que todas las enfermedades –y el desamor es una grave dolencia— se reducen a una sola: la tristeza de vivir. “Vivir en el fondo –decía— no es usar la vida, sino defenderse de la vida, que nos va matando; y de aquí su tristeza inevitable, que olvidamos mientras podemos, pero que está siempre alerta. La eficacia del vino en esta lucha contra el tedio es incalculable”. El gallego universal de la pluma y los fogones Álvaro Cunqueiro, por su parte,  no se quedó corto cuando este asunto de gastrosofía lo llevó hasta los confines de la otra vida: “Sin vino no hay cocina, y sin cocina no hay salvación ni este mundo ni el otro”, tal vez porque cocinar, que es el supremo arte de la paciencia, sea un acto intrínseco de amor que requiere  que cada fracción de tiempo sea querida en sí misma, es decir, dejando que la vida  se vaya haciendo a su amor.

            Bien sabes, paisano, tú que aprendiste a pie de mostrador tabernario aquello de que el vino es la parte intelectual de la comida, que con mala uva no sólo no se hacen buenos vinos, sino que se malogran también muchos platos. En definitiva, paisano, la mala leche en la cocina como el desamor en la vida, sólo sirven para hacer yogur y gente desgraciada, respectivamente.

(@suarezgallego)

La república juancarlista

republica juancarlista

Mira, paisano, tengo la machadiana suerte –o la desgracia, según se mire– que ninguna de las dos Españas ha logrado helarme el corazón porque cada uno de mis abuelos ondeó una bandera diferente en una misma España, si bien ambos acabaron padeciendo las mismas contradicciones y los mismos sinsabores de una misma patria. Las guerras siempre las gana el mismo lobo que una vez que se ha comido los tres cerditos del cuento trata de culpar de ello a Caperucita y a su abuela. Nuestra patria, entelequia diversa de intereses contrapuestos, nos ha ido convirtiendo en las piezas de un mecano de una sociedad bipolar que nos exige a cada paso que seamos monárquicos o republicanos, de  izquierdas o de derechas, del PSOE o del PP, del Real Madrid o del Barcelona, de  Movistar o de Vodafone, de Coca Cola o de Pepsi,  fumadores o no fumadores, creyentes o ateos, taurinos o antitaurinos, de Belén Esteban o de la Campanario…  Nuestra vida, como diría el proscrito Jorge Luis Borges, es un jardín de caminos que se bifurcan. Es el dilema perpetuo entre el blanco y el negro en un país en el que están desterrados los términos medios y las medias tintas.

            Del rey Juan Carlos, que tendrá todos sus defectos menos el de ser un cursi, se cuenta una anécdota de cuando fue a inaugurar una bodega y el enólogo le dio la vara, antes de probar el vino, con los retronasales y los aromas que se potencian en boca con cierto exotismo de frutas tropicales.  Habiendo acabado el experto catador de su retahíla de sandeces vínico descriptivas, el rey, más práctico y sencillo, metió su real nariz en la copa, olió, y probando el vino dijo: “¡Coño que vino más bueno! ¿De dónde has dicho que es?”

            En esta republica juancarlista, paisano, en la que unos no creen en la democracia y los otros no la practican, hay que hacerle caso a mi contertulio El Caliche cada vez que dice que más olla y menos bambolla. A mí lo que de verdad me hiela el corazón es ver cada noche a quienes salen a buscar en la basura algo con lo que sobrevivir sin perder la dignidad.

(@suarezgallego)