Ciudadanos cosificados

 

Ilustración de Tetsuya Ishida

Ilustración de Tetsuya Ishida

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Mira, paisano, me pasa últimamente que cada mañana al levantarme percibo, al mirarme en el espejo, la extraña sensación de que todo lo que nos ocurre en esta crisis forma parte de un plan establecido que sigue una puntual  hoja de ruta para llegar a un objetivo preciso: La devaluación de la sociedad en la que vivimos y la cosificación de los ciudadanos que la componemos. Dado que nuestra moneda no admite devaluación posible en un sistema dominado por los mercados especulativos, nos están devaluando a todos dándonos la consideración de simples cosas. Es curioso, paisano, pero también en el régimen de esclavitud de la antigua Roma el esclavo era considerado como una mera cosa.

Los sociólogos, tan acostumbrados a vernos  como cobayas de una sociedad que es capaz de fagocitarse a sí misma, han llegado a afirmar que el nivel de bienestar de un país se mide por la cantidad de cosas que produce para ser necesariamente consumidas. Tan evidente es todo esto que hasta el mayor o menor gasto de papel higiénico es una medida del desconsumo de todo lo consumido, siendo un referente de primer orden sobre el alto nivel de vida que hemos llegado a alcanzar en esta  sociedad del aquímelasdentodas-aquímeloquitantodo por la que se dejaron el pellejo tantísimos ideólogos de la Utopía.

Se está intentando, a todas luces, que fracase todo aquello que nos ha hecho personas, para una vez derribado el sistema social darnos la opción de que nos conformemos con ser  cosas que resignadamente aceptan su destino. Se nos ha creado un sentimiento de culpa fatalista según el cual todo lo que nos está pasando es porque hemos pretendido vivir por encima de nuestras posibilidades, cuando la realidad es que son precisamente los que están gestionando el problema quienes nos están gobernando muy por debajo de las suyas.

La perversión de esta estrategia ha conseguido, en un alarde de virtuosismo, que se cosifiquen también nuestros cosificadores. Lo decía Groucho Marx, paisano: Nunca partiendo de ideales tan altos podríamos haber caído tan bajo.

            (@suarezgallego)

Publicado en Diario JAÉN el martes 27 de mayo de2014

Memoria histórica, o la desmemoria de la Historia

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Hay dos cosas que me intranquilizan sobremanera. Vamos, que me provocan  mucha jindama. Una de ella es hablar de muertos, y otra tratar con “mandamases”  locos. Y mira que tengo asumido que en cuestiones de muertos y de otras locuras vitales se basta solito el ser humano en su conjunto para diseñar barbaridades y otras putadas de especie sin ponerle  adjetivos de raza o procedencia ideológica. Simple y llanamente hay gente con mala leche visceral y congénita que hace de la locura y de la muerte un monumento a la vergüenza colectiva, ya sean cristianos, moros o judíos, o tengan la piel blanca, negra, cobriza o amarilla, o sean rojos o azules en el trasfondo de sus  conciencias. Y para ello sólo es cuestión de echar mano de los papeles con el mismo espíritu y ánimo con el que Cervantes nos lo deja dicho en el capitulo noveno de El Quijote: “Habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les hagan torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir“.

            Ponerle nombre a los huesos de las fosas comunes no es sólo una cuestión de empecinamiento de quienes cogen pico y pala para desenterrarlos, sino una advertencia al porvenir contra quienes desde la ignominia las llenaron a golpe de machetazo y tiro en la nuca.

(@suarezgallego)

Las banderas de mayo

Novecento

Novecento

 

(A los que dieron vida a la tierra de Olavidia, dejando sus vidas en ella)

Me decía días pasados el “Cantaorejas” –un contertulio aficionado al cante con el que comparto alguna vez que otra el espacio tabernario—  que el mes de mayo es el mes de las banderas: “Si no fíjese usted –me explicaba–, banderas rojas que llevan los sindicalistas el día del trabajo; banderas de tós colores que llevan los barandas de las romerías de mayo; banderas de  rayas que sacan los forofos a los campos de fútbol pa animá la Liga y la Championlí, o cómo demonios se llame; banderas con las que unos y otros se limpian la sangre y los rencores de las guerras… ¿Y las plazas de toros?, sobre tó la Maestranza de Sevilla y las Ventas de Madrid, llenas de gente hasta la bandera… Se ha dao usted cuenta que hasta toas las mujeres por mayo son unas mujeres de bandera…

Mi contertulio “Cantaorejas” es un pensionista minero, de esos de edad imprecisa que lleva grabada en la cara la evidencia certera de que la silicosis,  el tabaco y el aguardiente de haber ahogado muchos gusanillos mañaneros, no van a dejarle que cumpla la edad que  representa. No es consciente de la transcendencia que tuvo el “mayodelsesentayocho”, cuando, también por mayo, se  levantaron las banderas en las calles de París buscando la playa debajo de los adoquines.

¡Si el pobre “Cantaorejas” supiera que hoy muchas de aquellas banderas arrastran sus pespuntes de nostalgia por las moquetas de los despachos oficiales de Bruselas! Con razón se me queja, entre trago y trago, que cada año que pasa las banderas de los sindicatos van siendo menos rojas; que cada mayo que pasa las banderas de las romerías van siendo más laicas, y que cada vez hay menos hombros en las tabernas a los que agarrarse para cantarle por lo “bajini” a las orejas del alma:

“Desgraciao aquel que come

el pan en manita ajena.

Siempre mirando a la cara

si la ponen mala o güena.“

El desencanto también tiene su bandera, y nunca faltan malos vientos que la tremolen. Sobre todo en este mayo en el que los mástiles de la esperanza los tenemos desde hace tiempo repletos con las banderas de los piratas y sus cómplices.

(@suarezgallego)